Son las cinco de la tarde y la primavera ya se siente como en casa. En el bar donde acordamos que sería la entrevista flota un aroma a comida que pareciera tener la fuerza de impregnarse en la ropa de cualquiera que ose entrar; incluso en las páginas de ese papel levemente rugoso en el que se imprimió La llorería (Alfaguara, 2025), el nuevo libro de Martín Sivak (Buenos Aires, 1975), que continúa la tradición que el autor estrenó en El salto de papá (Alfaguara, 2017), donde relató los alrededores del suicidio de su papá, el banquero marxista Jorge Sivak, cuando él era apenas un adolescente. Una tradición que le permite, también ahora, hurgar en el pasado familiar y contar la historia desde un yo sensible que más que buscar razones ensaya la aceptación.
La cita es en el Montecarlo, un café notable anclado en una esquina de Palermo. Allí, durante años, Sivak solía sentarse a escribir, en alguna de las mesas de madera rústica que todavía hoy, en una suerte de coreografía estática, ambientan el local. ¿Acaso buscaba sortear, con el hilo sutil de la palabra, el clásico abismo entre el periodismo, la sociología y la literatura?
Es que además de escritor y periodista, Sivak es sociólogo (UBA) y doctor en Historia de América Latina (Universidad de Nueva York). Quizás esta sea la razón que explique por qué sus libros más personales puedan leerse, también, como registros precisos y jugosos de las épocas en las que ocurren los hechos que allí se narran.
Autor de una colección de biografías, que incluye El dictador elegido: biografía no autorizada de Hugo Banzer Suárez (Plural, 2001), El doctor: biografía no autorizada de Mariano Grondona (Aguilar, 2005), Jefazo: retrato íntimo de Evo Morales (Debate, 2008), Vértigos de lo inesperado. Evo Morales: el poder, la caída y el reino(Seix Barral, 2024) y Clarín. La era de Magnetto (Planeta, 2015), basado en su tesis doctoral, Sivak trabaja, también, como editor y docente universitario.
En La llorería, que por momentos se torna un relato muy íntimo, y en otros, se vuelve algo más distante, con una voz más parecida a la del cronista, Sivak expone lo que duele y lo que brilla; lo que sangra y retumba, pero también lo que enternece, reconcilia, calma. Esta vez es el turno de su mamá, a la que desde la página 97 homenajea con una frase que, dice, pudo articular recién al escribir este libro: “Mamá intentó lo que papá no pudo o no quiso. Quedarse”.
Mientras conversamos, en el Montecarlo se oye, potente, la voz de Julio Sosa:
Porque cuando quiero me
Desangro en besos
Porque quise mucho y no me
Han querido
Por eso canto tan triste, ¡por
eso!
La música pareciera sintetizar el azar de las líneas narrativas que se entrecruzan en un libro en el que ciertos sucesos históricos se inmiscuyen en la vida personal del narrador, y viceversa. Un narrador que busca salir de la desesperación mientras teclea en la computadora y recupera momentos, lugares, personas y tiempos en función del clima de la escritura, del tono y de las tensiones que se van anudando. También a partir de sus lecturas: Annie Ernaux, Vivian Gornick, Karl Ove Knausgård, Emmanuel Carrère y Joan Didion, entre otros autores que tal vez no recuerda. En el libro aparece el amor en todas sus formas: el amor paternal, el romántico, la amistad, el amor de hijo, de sobrino, de nieto, el desamor, el amor por la vida, por los libros, la pasión, el epistolar.
La llorería bien podría leerse como la continuación de El salto de papá, pero el autor no pensó las historias como un todo, y mucho menos como saga. A pesar de ello, ambos libros dialogan entre sí, e, incluso, el título del segundo es una frase que viene del primero (“A llorar a la llorería”). Casi un cordón umbilical.
La llorería es, por supuesto, otro libro de duelos, como el anterior, y se nutre de finales, de nuevo. Pero en este, a diferencia de lo que ocurre en El salto…, es el derrumbe amoroso lo que impulsa el relato hacia delante y también hacia atrás (“Nada, en realidad, es tan extraordinario. Dos personas supuestamente se enamoran, una sigue de largo y otra frena”), como un vaivén en el que conviven varios niveles de escritura (el diario personal, la carta, la novela, la crónica), distintas tonalidades de la voz (la escurridiza, la nostálgica, la desbordada, catártica, la mesurada) y numerosos desplazamientos temporales (la infancia, la adolescencia, los comienzos como periodista, el suicidio del padre, el trabajo como fixer, la agonía de la madre, la vida con N., la paternidad). En esa línea temporal algo caprichosa, lo único que se mantiene imperturbable, desde el principio y hasta el final, es la amistad con un antiguo jefe, que, en cierto momento, pasa a ser amigo: Sean Langan, periodista y documentalista británico que fue secuestrado por los talibanes en 2008 y liberado meses después.
A continuación, la charla con Sivak y, al final, un bonus track (gentileza del autor).