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Martín Sivak: Escribir desde el desborde

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Por Valeria S. Groisman

Foto:  Alejandra López

Son las cinco de la tarde y la primavera ya se siente como en casa. En el bar donde acordamos que sería la entrevista flota un aroma a comida que pareciera tener la fuerza de impregnarse en la ropa de cualquiera que ose entrar; incluso en las páginas de ese papel levemente rugoso en el que se imprimió La llorería (Alfaguara, 2025), el nuevo libro de Martín Sivak (Buenos Aires, 1975), que continúa la tradición que el autor estrenó en El salto de papá (Alfaguara, 2017), donde relató los alrededores del suicidio de su papá, el banquero marxista Jorge Sivak, cuando él era apenas un adolescente. Una tradición que le permite, también ahora, hurgar en el pasado familiar y contar la historia desde un yo sensible que más que buscar razones ensaya la aceptación.

La cita es en el Montecarlo, un café notable anclado en una esquina de Palermo. Allí, durante años, Sivak solía sentarse a escribir, en alguna de las mesas de madera rústica que todavía hoy, en una suerte de coreografía estática, ambientan el local. ¿Acaso buscaba sortear, con el hilo sutil de la palabra, el clásico abismo entre el periodismo, la sociología y la literatura?

Es que además de escritor y periodista, Sivak es sociólogo (UBA) y doctor en Historia de América Latina (Universidad de Nueva York). Quizás esta sea la razón que explique por qué sus libros más personales puedan leerse, también, como registros precisos y jugosos de las épocas en las que ocurren los hechos que allí se narran.

Autor de una colección de biografías, que incluye El dictador elegido: biografía no autorizada de Hugo Banzer Suárez (Plural, 2001), El doctor: biografía no autorizada de Mariano Grondona (Aguilar, 2005), Jefazo: retrato íntimo de Evo Morales (Debate, 2008), Vértigos de lo inesperado. Evo Morales: el poder, la caída y el reino(Seix Barral, 2024) y Clarín. La era de Magnetto (Planeta, 2015), basado en su tesis doctoral, Sivak trabaja, también, como editor y docente universitario.

En La llorería, que por momentos se torna un relato muy íntimo, y en otros, se vuelve  algo más distante, con una voz más parecida a la del cronista, Sivak expone lo que duele y lo que brilla; lo que sangra y retumba, pero también lo que enternece, reconcilia, calma. Esta vez es el turno de su mamá, a la que desde la página 97 homenajea con una frase que, dice, pudo articular recién al escribir este libro: “Mamá intentó lo que papá no pudo o no quiso. Quedarse”.

Mientras conversamos, en el Montecarlo se oye, potente, la voz de Julio Sosa:

Porque cuando quiero me
Desangro en besos
Porque quise mucho y no me
Han querido
Por eso canto tan triste, ¡por
eso!

La música pareciera sintetizar el azar de las líneas narrativas que se entrecruzan en un libro en el que ciertos sucesos históricos se inmiscuyen en la vida personal del narrador, y viceversa. Un narrador que busca salir de la desesperación mientras teclea en la computadora y recupera momentos, lugares, personas y tiempos en función del clima de la escritura, del tono y de las tensiones que se van anudando. También a partir de sus lecturas: Annie Ernaux, Vivian Gornick, Karl Ove Knausgård, Emmanuel Carrère y Joan Didion, entre otros autores que tal vez no recuerda. En el libro aparece el amor en todas sus formas: el amor paternal, el romántico, la amistad, el amor de hijo, de sobrino, de nieto, el desamor, el amor por la vida, por los libros, la pasión, el epistolar.

La llorería bien podría leerse como la continuación de El salto de papá, pero el autor no pensó las historias como un todo, y mucho menos como saga. A pesar de ello, ambos libros dialogan entre sí, e, incluso, el título del segundo es una frase que viene del primero (“A llorar a la llorería”). Casi un cordón umbilical.

La llorería es, por supuesto, otro libro de duelos, como el anterior, y se nutre de finales, de nuevo. Pero en este, a diferencia de lo que ocurre en El salto…, es el derrumbe amoroso lo que impulsa el relato hacia delante y también hacia atrás (“Nada, en realidad, es tan extraordinario. Dos personas supuestamente se enamoran, una sigue de largo y otra frena”), como un vaivén en el que conviven varios niveles de escritura (el diario personal, la carta, la novela, la crónica), distintas tonalidades de la voz (la escurridiza, la nostálgica, la desbordada, catártica, la mesurada) y numerosos desplazamientos temporales (la infancia, la adolescencia, los comienzos como periodista, el suicidio del padre, el trabajo como fixer, la agonía de la madre, la vida con N., la paternidad). En esa línea temporal algo caprichosa, lo único que se mantiene imperturbable, desde el principio y hasta el final, es la amistad con un antiguo jefe, que, en cierto momento, pasa a ser amigo: Sean Langan, periodista y documentalista británico que fue secuestrado por los talibanes en 2008 y liberado meses después.

A continuación, la charla con Sivak y, al final, un bonus track (gentileza del autor).


VSG: Hay dos cuestiones que noté al leer La llorería y con las que me gustaría comenzar a conversar. Por un lado, hacés una suerte de desmitificación del llanto como una cualidad particularmente femenina, aunque no sé si existió esa intención. Por otro lado, aparece el tema de la salud mental. Están la angustia, la desesperación, los psicofármacos y la escritura como salvación.

MS: Sí. Primero, yo no me propuse desmitificar ni nada, ni intentar como una especie de elevación moral. Yo soy sensible frente a todo. Nada más alejado de dar cátedra de sensibilidad. Me reconforta que muchos lectores me hayan dicho eso, pero no tiene que ver con esa idea. Fue la única manera (que encontré) de publicar una parte de un documento privado donde hay esa desesperación y ese desgarro. Me parecía deshonesto borrar las lágrimas y tampoco hago una especie de celebración de ellas. Por ahí lo que me faltó es (expresar) en el libro, después me di cuenta, sobre todo a partir de las conversaciones, que yo lloro por cualquier cosa. De hecho, mi hijo más grande, Cami (Camilo), que nació en Estados Unidos, dice que yo lloro todo el tiempo. Él siempre se burla de eso. Cada vez que me pongo a llorar por una idiotez, me pregunta: “¿Momento sentimental?”. Y él no llora nunca. Entonces, es una inversión de roles que yo celebro mucho.

VSG: En El salto de papá ya aparece esta frase “a llorar a la llorería” (en palabras de tu padre), como una cosa de “el hombre no llora”, y vos desparramás la palabra llanto y un clima melancólico en la escritura.

MS: ¡Totalmente!. La única vez que lo vi llorar a mi papá fue cuando me dijo que mi tío había muerto. Yo volvía de un campamento con mis compañeros del colegio. En la ruta, cuando volvíamos, paramos en El Palmar de Entre Ríos. Fue el típico viaje de los 11 años. A la vuelta, hicimos esa parada técnica y ahí aparece la noticia de que había aparecido el cuerpo de mi tío. Fue una cosa muy dolorosa, obviamente. Yo estaba con mi maestra y mis compañeros. Mi papá casi nunca aparecía durante mi escolarización, nunca me iba a buscar, pero fue al colegio para darme la noticia, sin saber que yo ya sabía. La única vez que vi llorar a mi papá fue ahí, cuando me estaba dando la noticia de la muerte de su hermano. Y después, desde ahí, durante sus últimos tres meses (de vida), lloraba todo el tiempo.

VSG: ¿Tu mamá sí era más de llorar?

MS: Sí, mi mamá era más llorona. Entonces, dicho esto, el que escribe este diario es alguien que llora mucho y obviamente los temas de esa separación o abandono, o como se quiera llamar, me ponían en una situación de mucha fragilidad.

VSG: ¿Tuviste dudas en incluir el alcohol y los psicofármacos en el relato?

MS: Primero, quiero aclarar que nunca tuve alcoholismo. En el libro no está aclarado, no es que yo viviera un problema de alcohol, no. Tomar fue parte de las rarezas de los cambios radicales. Era boxear, tomar alcohol, caminar, contar las frutas que comía. Era como una especie de… Para organizar la desesperación, necesitaba tener una rutina, porque yo tenía un trabajo fijo en ese momento que me ayudaba. Fue justo un año antes de la pandemia que empecé a escribir. Y con el Rivotril también, o sea que es una cosa con la que tuve bastantes dudas. Yo hasta ese entonces… la primera vez que tomé un ansiolítico fue en el viaje que cuento con Sean (el documentalista).

VSG: ¿Y el hecho de publicar estas cosas te genera incomodidad?

MS: Sí, son esas decisiones… Tomar la decisión de publicar estas cosas no quiere decir que esté del todo seguro. Insisto, lo hice sin la idea de decir: “Toda la gente oculta que se (auto) medica y yo te lo muestro”. Gente muy querida está muy atravesada por la medicación, la automedicación. Son zonas que quiero abordar con mucha responsabilidad. Por eso, traté de limitarlo a mi universo privado.

VSG: En un momento decís algo así como que necesitabas escribir para no entrar en la desesperación más absoluta, como si no hubiera otra manera de administrar el dolor.

MS: Cuando hay un tema que no puedo contarle a nadie el desborde es total. Es un aluvión. No me había pasado nunca.

VSG: Hay como dos tonos, ¿no? Por un lado, está esa especie de diario íntimo en el que  aparece ese desborde, y después está el libro en sí, que contiene a ese texto íntimo, pero es un discurso más controlado.

MS: Totalmente. Y obviamente que para mí es más fácil la escritura controlada. Sin duda. Entonces, la otra escritura fue algo arriesgado. Hay escritores que admiro mucho y que han elegido ese (desborde). De hecho fueron una inspiración, en el sentido de que las leí antes de escribir el libro, volví sobre ellas. Pero para mí (este libro) fue bastante más difícil que escribir sobre mi papá. Es un libro difícil, que tiene una carga familiar muy grande. Ahora estoy como aliviado, porque ya está.

VSG: ¿Y esos autores a los que volviste? ¿Quiénes son?

MS: A ver, de los más recientes, la saga de (Karl Ove) Knausgård me impactó mucho. No llegué al sexto, pero hasta el cuarto o quinto. En los últimos años, (Emmanuel) Carrère, Vivian Gornick. Apegos feroces, es el libro que más regalé en los últimos 5 años. Y también Annie Ernaux, aunque llegué tarde a ella. Y Joan Didion.

VSG: Mucha literatura del yo, ¿no?

MS: Creo que ya empecé la curva de agotamiento como lector de autoficción. Pero cuando empecé este libro, no, porque empecé hace mucho tiempo. Después leí muchos libros sobre caminar y correr, muchísimo sobre eso. Hay uno que me gusta mucho, de (Werner) Herzog. En general, todo Herzog me gusta. Pero hay uno que es Caminar sobre el hielo, que es una historia muy linda. Él está en un pueblo de Alemania y se entera de que su maestra, su tutora, su referente del cine, se acaba de morir en Francia y él va caminando desde el pueblo alemán (en el que está) hasta Francia. Y también leí a corresponsales de guerra, porque lo de Sean me tomó mucho la cabeza, su larga caída. Un amigo al que querés tanto… Ver su caída, verlo roto. (Sean) es alguien a quien la vida se le truncó en un momento y que al mismo tiempo tiene una actitud tan vital.

Martín con su amigo Sean Langan, en Londres. (Foto: publicación de la cuenta personal de Instagram del autor.

(“The Kidnap Diaries” cuenta la historia de Sean Langan y su secuestro, disponible en https://m.imdb.com/es/title/tt2191713/?reasonForLanguagePrompt=browser_header_mismatch)

VSG: ¿Tenés alguna rutina al escribir?

MS: Una cosa buena de haber trabajado en redacciones es que puedo escribir en cualquier lugar, no necesito un silencio absoluto. Escribo donde venga. Prefiero escribir a la mañana, porque creo que a la noche ya estoy cansado. O sea, el mundo ideal es escribir a la mañana, pero obviamente que me acomodo a lo que puedo y también inciden mucho las rutinas escolares. Cuando era más joven podía escribir muchas horas y ahora digo que es mejor tres o cuatro horas buenas y no estar todo el día escribiendo. Una pelea que no consigo ganar es la distracción con internet. Yo no puedo escribir a mano, tengo que usar la computadora.

VSG: ¿Sos de reescribir mucho?

MS: Reescribo mucho. No es una virtud. Tiene que ver un poco con el periodismo. Tenés la nota y después la tenés que mejorar. Reescribo y participan muchas personas en ese proceso de reescritura.

VSG: Lectores de confianza…

MS: Muchísimos, sí. En este libro, Gabriela Esquivada, que es editora y además una amiga muy querida. Ella editó este libro y también El salto de papá. Gabriela leyó la primera versión (de La llorería), que tenía 600 páginas, o sea, más del doble. Entonces, ella fue muy importante en ver eso (que era un texto muy largo) y en identificar el tono. También trabajó en este libro Magalí Etchebarne, sobre todo en las lecturas finales. Y hubo otros y otras lectoras. Yo creo mucho en la devolución. Cuando trabajaba en Planeta, me llamaba mucho la atención que a algunos autores no les gustaba que los editaran. Es lo más lindo que te puede pasar que alguien te edite y te edite bien. Pero había una cosa, ¿viste? Hay personas que escriben y creen que su escritura… que tienen que tener la soberanía total y absoluta, lo cual es una decisión. Yo soy todo lo contrario.

VSG: En La llorería aparecen personajes que pueden leerse como figuras sustitutas de tu papá. Hablo de Sean (Langan) y de (Jorge) Lanata.

MS: No lo había pensado. En el caso de Lanata, empecé a trabajar con él cuando tenía 21 o 22 años, y era tan impresionante, tan enfático, tan contundente…

Los padres de Martín en Epcot. (Foto: gentileza del autor)

VSG: Tu papá ya no estaba en ese momento.

MS: No, ya no estaba. Y compartía con mi papá la gordura y la desmesura del cigarrillo. Creo que la única persona que fue más fumadora que mi papá fue Lanata.

VSG: En el libro decís que en algún momento te encantó el periodismo de investigación y después para vos ese tipo de periodismo pierde un poco de encanto.

MS: Lo que hacíamos era ruido, intentábamos hacer ruido. Entonces, algunas cosas (de las que hicimos) me abochornan. Y lo asumo como algo mío, no como que Lanata me mandó a hacer nada. Algunas de las cosas que hicimos tuvieron un efecto completo. Una vez hicimos guardia (en la casa de Emilio Eduardo) Massera, que salía por la prisión domiciliaria. Fui con un fotógrafo, sacamos la foto, lo abordamos a Massera y entonces él perdió la prisión domiciliaria. Ese tipo de denuncias, eso era el mundo de Lanata. (Martín) Caparrós era muy gracioso, porque trabajaba en esa (misma) revista y nos decía: “¿cómo va el periodismo inmobiliario?” Porque hacíamos guardias en casas. ¡Toda esa época!

VSG: ¿Periodismo inmobiliario? Me encanta.

MS: Sí, es muy bueno. Caparrós es muy gracioso. Vuelvo a lo que decías de la figura paterna y Lanata era como mi segundo apellido, porque yo decía mi nombre y el de la revista de Lanata. Entonces… pero nunca lo pensé así. Por ahí sí tenía algo de figura paterna, pero era una figura distante porque yo tampoco tenía tanta confianza.

VSG: ¿No tuviste con él un vínculo afectuoso?

MS: Con los años… pero no de confianza personal.

VSG: Y, sin embargo, contás que, la primera vez que presentás una nota en la tele, él te anuncia con bombos y platillos, con admiración. Dice algo así como: “El periodista que voy a presentar ahora…”.

MS: (completa la oración) En 40 años, cuando yo no exista, lo van a recordar. Llegué a mi casa y había como dieciséis mensajes. Ni siquiera cuando me iba de vacaciones un mes había tantos mensajes. Había algo ahí puesto sobre la excesiva confianza. Para mí fue como una alerta sobre qué es el periodista.

VSG: ¿Leían tus papás? ¿Escribían?

MS: Mi papá no escribía, en absoluto. Era un lector de cuatro grandes temas: la Segunda Guerra Mundial, el marxismo, la literatura marxista y el peronismo, y no tanta ficción. Mi mamá no era una gran lectora, leía psicología. Lo que pasa es que salvo la época de Punta del Este, que la recuerdo como la única época tranquila de mi vida, porque nosotros estábamos en el exilio, en un lugar hermoso, después volvimos y enseguida fue el secuestro de mi tío y después la muerte de papá y después los años posteriores fueron años muy difíciles para todos y en particular para mi mamá. Hay gente que puede leer en la tempestad, pero mi mamá no podía leer en la tempestad. Ella dejó de lado un poco su carrera de psicóloga (por el exilio), entonces volvió (a la Argentina) y cuando empezaba de nuevo su carrera, pasó lo del secuestro. Y cuando murió mi papá, mi mamá necesitaba trabajar para vivir. Lo que me acuerdo, y creo que en el libro está, es que (mi mamá) hizo una maestría y leía a (Salvador) Dalí, a (Jacques) Lacan, y estaba muy enganchada con eso. Mi abuela sí que era muy lectora, era bibliotecaria.

VSG: Entonces, supongo que en la casa de tu abuela había una biblioteca.

MS: Sí. Y me acuerdo que yo publiqué mi primer libro en 1997 (El asesinato de Juan José Torres, Ediciones Colihue) y ella se murió en el año 2000. Mi abuela estaba con la cuestión de que (el tema del libro era) muy peligroso. Entonces, me dijo: “Que el próximo no sea un tema peligroso”. Era muy linda mi abuela. Sí, había mucha dulzura del lado materno.

VSG: Hay una parte del libro, casi al final, en la que tu mamá y tu tía toman una última merienda. Tu mamá no quiere que esa merienda se termine, entonces le dice: sigamos comiendo este pedazo de torta, charlando de nuestros hijos, que es lindo, ¿no? Como si ella supiera que ya era el final.

MS: Sí, hay algo de eso.

VSG: ¿Esto te lo contó tu tía Pity?

MS: Eso está en el libro que escribió mi tía. Y Martín Rodríguez escribió algo muy hermoso, que leyó en la presentación del libro y tiene mucho que ver con lo que vos dijiste, que es que mamá nos quiso ahorrar otra muerte. Quiso evitarnos otra muerte.

Martín junto a su mamá. (Foto: Gentileza del autor)

VSG: Bueno, lo decís en el libro, ¿no? No recuerdo la frase exacta, pero es algo así como lo que papá terminó haciendo, mamá lo evitó hasta el final.

MS: Sí, hay algo de pulsión de vida de mi mamá que fue algo muy hermoso y muy conmovedor. Y el libro me hizo poder escribirlo.

La mamá de Martín. (Foto: gentileza del autor

En la presentación de La llorería, el periodista Martín Rodríguez, editor y fundador de la revista Panamá, además de amigo del autor, leyó el siguiente texto (sólo reproducimos aquí un fragmento):

“Más que no querer morir, la bella madre de Martín pareciera no querer dolerles una vez más. No saltar. Irse en paz, su contraseña de amor. Dormirse. Administrar ese final. Muchas veces los muertos dejan todo tirado, lo sabemos. Pero esta madre, contada en sus días finales, nos enfrenta a su despedida bucólica. En la página 126 dice Martín a partir de una de sus hipocondrías: “Desde Buenos Aires un médico amigo me sugirió que no me hiciera esa tomografía porque solo agregaría angustia. Que tratara de dormir, que no tomara alcohol. Empezaron a aparecer más recuerdos de mamá. De sus veraneos en el campo de Córdoba cuando andaba a caballo sin montura y se metía en un río manso con sus primas”. Ese río manso, esa cabalgata sin montura, recogen el legado poético de una buena madre suave, dotada del verdadero amor: saber domar lo salvaje”.