Tarde primaveral en Villa Ortúzar, el barrio que aloja a Eterna Cadencia Editora, la casa literaria en la que Leonora Djament (Buenos Aires, 1972) se dedica a imaginar y trazar constelaciones literarias desde hace más de una década. Así es como entiende la tarea de la edición: un juego en el que se van acomodando los libros (es decir, las voces, los autores, los tonos, las estéticas, los temas) como piezas de rompecabezas, que, unas veces se completan, y otras, habilitan recovecos por donde se puede colar aquello que irrumpe con la fuerza de lo distinto.
La cita es en una cafetería de especialidad. La ciudad rebalsa de baristas supuestamente expertos que preparan bebidas con espumas tatuadas. Los dibujos son básicos, genéricos: un corazón, una hoja, una carita feliz. En este local, por lo menos, el aroma a café huele intenso y flota en el ambiente. Esa experiencia mínima, en un mundo tan plagado de lo mismo, se agradece.
Djament llega puntual, etérea. Carga un bolso liviano y lleva la cara, por poco, lavada. La camarera se acerca enseguida, y ella pide una botella de agua. “Hoy ya tomé mucho café”, dice. Está evitando sumar una taza más a la jornada que casi termina, pero el olorcito a grano tostado… Tal vez más tarde se pida un cortado.
Autora del ensayo La vacilación afortunada. H.A. Murena: un intelectual subversivo (Colihue, 2007) y de numerosos artículos sobre teoría crítica, Djament trabaja como editora desde mediados de la década del noventa. Empezó su carrera en Alfaguara, cuando todavía no formaba parte de la multinacional Penguin; más tarde, entre 2000 y 2007, se desempeñó como directora editorial de Grupo Editorial Norma. En 2008, pasó a Eterna Cadencia.
Licenciada en Letras y docente en la Universidad de Buenos Aires, la San Andrés y la Diego Portales, Djament tiene una sensibilidad especial a la hora de anticipar debates, descubrir nuevas voces o reinstalar temas que merecen una relectura a la luz de climas de época que se renuevan.
VSG: ¿Leías de pequeña?
LD: Sí, desde muy chica. En mi casa había bibliotecas y supongo que mi mamá y mi papá me fomentaban la lectura. Y también había algo propio: encontraba cierta curiosidad y cierto lugar de bienestar en la lectura. Hoy no leo todo lo que quisiera y leo muy lento. Me cuesta encontrar el tiempo para una lectura que sea de puro placer, no connotada por el trabajo editorial o la docencia. Pero termino encontrando o inventando esos espacios.
VSG: En alguna entrevista contás que tuviste dos profesores de lujo, que, de alguna manera, influyeron en tu decisión de estudiar Letras.
LD: ¡Sí! Eso fue en los 80. Yo iba al Colegio Sarmiento, que era una escuela “progre”, en el barrio de Flores en los últimos años de la dictadura. Y ahí conocí a Aníbal Jarkowski y Miguel Vitagliano. A Miguel lo conocí primero, en séptimo grado, porque era el bibliotecario de la escuela primaria. Gracias a él, la biblioteca se transformó en un espacio poderoso. Después, ya en la secundaria, Miguel fue mi profesor en primero y en quinto año, y Aníbal en parte de segundo y tercero.
VSG: ¿Y en tu casa? ¿Cómo era la relación con la lectura? Asumo que si había biblioteca era porque se leía, pero ¿qué tipo de libros circulaban?
LD: Mi mamá leía mucho y a una gran velocidad (algo que yo admiraba). Leía sobre todo ficción, policial clásico, y libros de pedagogía, porque ella era en esos años psicopedagoga. A mi papá, que era médico, lo recuerdo más leyendo revistas de su especialidad, pero también lo asocio con la biblioteca histórica, social, política, sobre todo de la década del setenta y el ochenta.
VSG: Volvamos al momento en que decidís que lo tuyo es Letras. ¿Cómo fue?
LD: Creo que llegué un poco de casualidad. Yo dudaba entre estudiar Filosofía o Psicología. Recuerdo un recreo donde Miguel (Vitagliano) me dijo algo así como “bueno, nos vemos el año que viene en la carrera de Letras”. Y para mí fue: bueno, ¿por qué no?, si la paso tan bien en sus clases y en el taller literario. Por supuesto, luego me reencontré tanto con Miguel como con Aníbal en la facultad, en las materias en donde ellos enseñaban.
VSG: Te dedicaste a la Teoría Literaria y escribiste un libro sobre Héctor A. Murena. ¿Cómo surgió la idea de escribir ese ensayo y por qué Murena?
LD: No surgió como libro desde el comienzo. Escuché hablar de Murena por primera vez cuando estaba en la carrera y cursaba Literatura argentina II con Beatriz Sarlo. Me irritaban las afirmaciones deterministas y telúricas de Murena, pero a la vez él era un gran lector del romanticismo alemán y, además, el primer traductor de la Escuela de Frankfurt al español. Como yo ya era una gran admiradora del pensamiento frankfurtiano, me pregunté cómo podían convivir esos mundos en una sola persona. Empecé a leer fascinada los libros de Murena y a escribir artículos, y finalmente toda esa investigación se convirtió en un libro.
la vacilación afortunada
VSG: ¿Cómo llegó un estudioso del romanticismo alemán a traducir a los referentes de la Escuela de Frankfurt? ¿Cuál fue la hipótesis que planteaste en tu libro?
R: En el libro cuento que el primer traductor de Frankfurt, en la década del 60 en Argentina, fue Murena, un hombre de la intelectualidad liberal. Yo supuse que en Argentina no se leyó a la Escuela de Frankfurt en los 60 justamente porque había sido traducido por Murena. La gente de izquierda, como David Viñas, por ejemplo, no iba a leerlos (a los referentes de la Escuela de Frankfurt) si (sus textos) venían mediados por esa figura liberal, asociada a la revista Sur y al diario La Nación.
VSG: La Escuela de Frankfurt habría llegado antes, o se habría popularizado en la Academia antes…
LD: Claro, me pregunté qué hubiera pasado si esa mediación no hubiera sido un obstáculo.
VSG: Ya vamos a volver a la Escuela de Frankfurt (ver recuadro “Lo que se viene en Eterna Cadencia”). Quiero que me cuentes cómo te iniciaste en el mundo editorial como editora.
LD: Yo estaba por terminar Letras y la contacté a Silvia Hopenhayn, que en ese momento dirigía el suplemento cultural de El Cronista Comercial. Le llevé una reseña, pero nunca la publicó (supongo que era malísima y tuvo el buen gusto de no publicarla). Un día la volví a ver y le dije: “Yo quiero trabajar con vos, ¿en qué te puedo ayudar?”. Ella tenía un programa de televisión en ese momento que se llamaba “El Fantasma”, en Artecanal, y me dijo: “Hago el programa sola. ¿Querés ser mi productora?”. Y así empecé.
VSG: ¿Y cómo fue el salto de la producción televisiva a la editorial?
R: Empezamos a buscar contactos en editoriales para conseguir publicidad para el programa. Silvia fue a ver a Juan Martini, que en ese entonces era el director editorial de Alfaguara, y Martini le dijo: “Necesito a alguien para prensa, alguien de Letras”. Entonces, Silvia me recomendó. Yo le dije que no sabía nada sobre el trabajo editorial, pero ella me explicó todo lo que tenía que saber, fui a la entrevista y empecé a trabajar. Fue a comienzos del ’96. Primero hice la prensa de Alfaguara y después fui editora. Estuve tres años ahí y luego me fui a Norma.
Leonora con Vargas Llosa
VSG: ¿Qué implica para vos el proceso de editar un libro y qué relación buscás establecer con el autor?
LD: Creo que el trabajo de edición implica lograr que un libro llegue a su mejor expresión en todos los sentidos. Primero el texto en sí mismo, y luego, por supuesto, que tenga la mejor tapa, la mejor tipografía, la mejor contratapa, la mejor corrección, la mejor difusión, etc. El libro debe alcanzar su mejor expresión, pensando en su potencialidad intrínseca, inclusive más allá de lo que el escritor o escritora quieren. En ese sentido, el vínculo con el autor o autora es muy importante, tiene que ser de mucha confianza, porque para el autor, el momento de la edición, de mostrar por primera vez su texto, es un momento de mucha intimidad.
Crédito: Coni Rosman
VSG: ¿Cómo fue el vínculo de edición con tus maestros, Miguel Vitagliano y Juan Martini?
R: Fue una alegría reencontrarme con Miguel desde otro lugar. Tuve el honor de editar varias de sus novelas tanto en Norma como en Eterna Cadencia. Con Juan Martini también me pasó algo curioso: él no fue profesor mío sino mi jefe en Alfaguara: era quien me había contratado, y a la vez, yo todavía era estudiante de la carrera de Letras y tenía que leer sus novelas (recuerdo especialmente El fantasma imperfecto). Así que en la facultad lo leía y era un escritor admirado, y luego en la editorial era mi jefe. Años después, me reencontré con Juan Martini como escritor, cuando yo era editora en Norma. Tuve la fortuna de seguir publicándolo luego en Eterna Cadencia.
VSG: ¿Cómo se construye un catálogo?
R: Hay una frase que repetimos mucho en Eterna Cadencia: editar es una manera de intervenir en los debates de una sociedad en un momento determinado. Creo mucho en eso. Editar es aportar palabras, perspectivas, miradas, discusiones, argumentos en una época determinada.
VSG: Pero la edición no es solo aportar una mirada social, política o económica, sino también estética. ¿Se te ocurre algún autor o autora que hayas querido incluir en el catálogo por su innovación estilística o estética?
LD: Por mencionar el primer ejemplo que se me ocurre: cuando se acercó Gabriela Cabezón Cámara con su primer libro, La Virgen Cabeza, nos pareció que esa prosa desbordante, barroca, punzante, sensual, crítica, de Gabriela era bastante poco usual para un momento donde primaba el minimalismo, la escritura más seca, cierta cuestión intimista.
La Virgen Cabeza
VSG: Incluso la innovación en la manera de utilizar el lenguaje, ¿no?
LD: Exacto. Hablando de nuevos lenguajes, podemos mencionar otro ejemplo más reciente: Mandarino la novela de Ezequiel Pérez, donde Ezequiel inventa un lenguaje para crear un mundo.
Mandarino
VSG: Hermoso libro. Respecto de los autores, ¿los buscás activamente, esperás a que lleguen manuscritos, o ambas cosas?
LD: Un poco las dos cosas. Nos llegan muchas propuestas espontáneamente, pero después, obviamente, buscamos en las ferias del libro (como la de Frankfurt), o a través del contacto permanente con editores y agentes literarios, traductores, etc.
VSG: Mencionaste que en Eterna Cadencia Editora intentan no estar pendientes del trending topic. ¿Cómo definen la línea editorial en ese sentido?
LD: Lo interesante del catálogo en Eterna Cadencia es justamente que te permite no estar pendiente de ningún trending topic. Buscamos aportar miradas y argumentos a veces extemporáneos. La revisión de un clásico puede despertar una nueva conversación. Por ejemplo, la nueva traducción de Corazón de las tinieblas (de Joseph Conrad, con traducción, introducción y notas de Jorge Fondebrider) habilitó una nueva lectura de los procesos de descolonización. Como decía Kafka: “La literatura es un reloj que adelanta”. Publicando ciertas literaturas, estás muchas veces anticipando algo que todavía no podemos terminar de ver o nombrar en la sociedad.
VSG: ¿Cómo se piensa la relación entre mercado y literatura al dirigir una editorial?
LD: Para mí, Norma fue una especie de gran escuela, de MBA (Master of Business Administration). Tuve que aprender a hacer y entender presupuestos, números, cuestiones económicas y financieras. Entendí que es fundamental que los editores podamos hacer que nuestros proyectos sean viables. Si no, tienen una vida corta. Es fundamental pensar lo económico, lo financiero, a la par del aporte simbólico de esos libros que estás decidiendo imprimir.
Leonora Djament con Valeria Añón y José Saramago, 1998. – Crédito: Alejandro Guyot
VSG: ¿Hay libros que te resultan difíciles a la hora de hacerlos “encajar” en el catálogo, pero que, a pesar de eso, decidís publicar?
LD: Es una linda pregunta. Creo que hay dos movimientos. Por un lado, es fundamental que cada libro participe de alguna conversación interna con otro libro dentro del catálogo, si no, se quedan solos. Armamos constelaciones. Pero también es cierto que cada tanto es interesante tomar un desvío y abrir el juego. Por ejemplo, la serie Pluriversos, de pensamiento decolonial, arma una nueva constelación, efectivamente, pero a la vez continúa conversaciones incipientes que ya estaban en el catálogo con el libro, por ejemplo, Solo nosotros de la jamaiquina Claudia Rankine, sobre los micro racismos estructurales en la sociedad contemporánea.
VSG: ¿Alguna vez quisiste publicar un libro o un autor para tu catálogo y no lo lograste?
R: ¡Pasa muy seguido! Pienso en libros traducidos, por ejemplo. Muchas veces, las agencias hacen lo que se conoce como subastas, y a un libro se lo termina llevando una editorial más grande que puede pagar un anticipo de derechos de autor mucho más alto.
VSG: ¿Cómo ves el panorama editorial en la Argentina hoy?
R: El panorama es muy muy preocupante. Para resumir, diría que estamos atravesando una brutal crisis económica general en el país, producto de las políticas neoliberales aplicadas por el gobierno. En ese contexto, la industria editorial está viviendo una situación muy compleja porque las ventas en nuestro país cayeron, como cayó todo el consumo, y a la vez no podemos exportar fácilmente porque los libros argentinos están muy caros para nuestros distribuidores en el exterior.
QUÉ SE VIENE EN ETERNA CADENCIA
El jardín de rosas. Maeve Brennan
En las sombras de la tradición. Una historia de la Escuela de Frankfurt en perspectiva feminista. Compilado por Christina Engelmann, Lena Reichardt, Bea S. Ricke, Sarah Speck y Stephan Voswinkel. Con Prólogo de Verónica Gago y traducción de Martina Fernández Polcuch.