Por Luz Marti
De las paredes colgaban extraordinarios retratos en blanco y negro de las más famosas vedettes y capo cómicos del teatro de revistas porteño de los 60, 70 y 80. Copias estupendas de quienes fueran íconos de su época en el Maipo y el Nacional: Moria Casán, Nélida Lobato, Zulma Faiad, Susana Giménez, Alberto Olmedo, Amelita Vargas, el Gordo Porcel, Tita Merello, Mimí Pons, las hermanas Rojo y muchísimos otros. Luces, brillo, escenarios, bailarines, todo estaba ahí, condensado en tres paredes y una planera que guardaba imágenes pequeñas, cuidadosamente protegidas de la luz, para verse casi en secreto, intervenidas, kitsch, deliciosas.
Luisita, la fotógrafa y Chela, encargada de las magias del laboratorio, son el resultado de una simbiosis de convivencia ininterrumpida, trabajo, cotidianeidad y cuidado mutuo. Chela admira a Luisita: – “Luisita tiene un don, siempre ve el lado bueno de cada modelo y lo pone en la foto” dice Chela – “Yo soy el lado oscuro de la luna. Mi trabajo siempre ha estado oculto”.
La fotografía cuidadosa del film desmenuza ese piso lleno de objetos reconocibles en las casas de nuestros abuelos o vecinos. Nos abre la puerta a sus vidas a través de detalles de la decoración, cristalizada en los años ´70: cortinas de voile Niza, tapizados geométricos en gamas de marrones, muñecas, flores de plástico, plantas sencillas: lazos de amor que crecen en rincones poco iluminados replicando un verdor tropical que, en algún lado, aún se añora. La radio vieja y el ventilador de pie funcionan. Allí el tiempo es otro, y se nota. La imperiosa necesidad de renovarlo todo, está ausente.
Un conjunto de imperdibles fotomontajes enumera al equipo participante en el film.
Dos días después de ver Foto Estudio Luisita, yo estaba en Villa Crespo entrevistando a Sol Miraglia, fotógrafa, cineasta y única depositaria del archivo de las hermanas Escarriá que preserva vivo y en movimiento.
Me angustió que se perdiera y sentí que había que salvarlo. Con ayuda de Luisita empezamos a ordenar el archivo en su casa.