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Verano, vacuna y vacío

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Por Claribel Terré Morell

Tanto el orden como el caos se convirtieron en parte de mi vida en este 2020.  En febrero yo estaba en Jerusalem. Habíamos decidido irnos de vacaciones en familia a pesar de que ya se hablaba de una enfermedad extraña en China. “China, siempre ha tenido sus misterios”, recuerdo que pensé. Y Jerusalem, que era sino, la tierra prometida. Y lo fue a nivel de historia. Nunca antes había sentido en una ciudad tanta mística, real o mentirosa.

Apenas regresé a Argentina el mundo se cerró casi por completo. BE CULT, esta revista de cultura en la que veníamos trabajando hacía tiempo un grupo de amigos desde diferentes países, nació por casualidad los primeros días de abril. La presentamos, confinados en nuestras casas, vía zoom sin ponernos demasiado de acuerdo en cuanto al nombre. Desde entonces han pasado 9 meses y entre significados y fonéticas ajenas, la palabra Cultura sigue siendo nuestra guía.  Cultura para que nadie te engañe, para que puedas pensar por ti mismo, para que puedas tener acceso -donde quiera que estés- a la belleza de la solidaridad que puede -de hecho lo está haciendo- luchar contra todo, contra el Covid y contra otra pandemia, más mortal y sin vacuna a la vista. Hablo de la violencia que con diferentes nombres (grieta, diferencia, enemigos…) se ha apoderado de nuestros días, no solo la física, sino la que viene también con la palabra, el vale todo de la cobardía.

En estos momentos duros, crecen los enfermos de odio. Desde los graduados, llenos de títulos universitarios y maestrías, a los que apenas aprendieron a leer y a escribir o ni siquiera a eso. Quien grita más, gana, parece que nos decimos y a la vez es lo que enseñamos.

“Probablemente siempre estemos enfermos y no lo sepamos (…) porque lo raro es vivir. Hay tantas cosas que podrían salir mal”, dice la chilena Lina Murane en su libro Sistema Nervioso, una historia de una familia en la que los cuerpos enfermos y los síntomas van más allá de una historia para contar también. …”todos estamos enfermos, negociando no solo con nuestros cuerpos, sino con los discursos de la salud y con otras instancias en que se piensa lo otro como enfermo: el migrante, el drogadicto, la prostituta, el homosexual.”

Casi llegando a una esquina de la avenida Santa Fe en Buenos Aires hay una librería de saldos. Ante la crisis han rebajado todos los libros. Compro el de Lina Murane por un precio casi simbólico. El librero me ve tomar un libro de Emile Cioran y se acerca. Mientras busco en Breviario de podredumbre: “Nuestro destino es pudrirnos con los continentes y las estrellas, pasear como enfermos resignados, y hasta el final de las edades, hacia un desenlace previsto, espantoso y vano” él me interrumpe para decirme que también ha vuelto a leer a Cioran, el pensador de la desesperación y recita con voz grave: “A veces uno quisiera ser caníbal no tanto por el placer de devorar a fulano o mengano como por el de vomitarlo”. Cuando termina tiene los ojos nublados. “En los últimos tiempos sobran ganas de vomitar”, afirma mientras quita el polvo del libro que le he acabado de comprar. “Cioran fantaseaba con ser el hijo de un verdugo”, le digo no sé por qué. El me responde “pero su padre era un sacerdote”, respira y sigue, ortodoxo “Para entender la ortodoxia hay que leer a Chesterton”. Yo sonrío, Borges definió en Otras inquisiciones a Chesterton como un tejedor de pesadillas “algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, ciego y central”.

“En situaciones difíciles sobreviven los más fuertes”, dice el librero que me abandona para atender a una madre con su hijo. El niño no cree en Santa Claus pero pide libros por Navidad.

Salgo de la librería con una bolsa llena de libros y un marcador con una frase de Samuel Beckett “¿Qué es lo que sé sobre el destino del hombre? Podría decirte más cosas sobre rábanos.”

Lo cierto es que el virus no da tregua a finales de este año 2020 en el que el alma de toda la sociedad corre peligro de muerte. La pandemia puede ser letal para la humanidad y estas, que en otros momentos podrían parecer palabras altisonantes, hoy les pasamos por encima con casi absoluta indiferencia.

Llegó el 2021. Los políticos que dirigen el mundo no saben qué hacer. Científicos y personal médico siguen trabajando para salvar las vidas aquejadas por el Covid. La masa que somos todos: políticos, economistas, empleados, desempleados, trabajadores por cuenta propia, mujeres, hombres, binarios… podremos o no, interpretar la realidad y tratar de cambiarla, algunos intentarán hacerlo, incluso con sangre. Pero serán los niños, esos que ahora ni siquiera acariciamos por temor a contagiarlos, esos a los que enseñamos a cumplir y a no cumplir normas y protocolos, los que llevarán la peor parte. Ellos ya entienden que el mundo puede ser feo y que no todos los adultos quieren salvarlos.  

Me gustaría regresar al inicio y escribir algo diferente, positivo, que comience con Verano, vacuna y vacío.