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Tres días con Borges en Texas

Por Gwendolyn Díaz-Ridgeway

Un pedazo de pan y agua.

La joven estudiante de la Universidad de Texas en Austin que le brinda un pedazo de pan a Borges en una servilleta es hoy la escritora y profesora universitaria, Gwendolyn Díaz-Ridgeway. La historia detrás de una de las fotos más curiosas del escritor.

A mediados de la década del setenta, cuando los Beatles eran aun más populares que Jesucristo -según decían-, y la juventud de Estados Unidos seguía bajo el hechizo del Flower Power, (eslogan del amor y la no violencia), llegué a la Universidad de Texas en Austin para comenzar mis estudios de literatura.

Venía de Buenos Aries, mi ciudad si no natal, sí de origen sentimental desde los cuatro años. Papá era argentino, había estudiado en Estados Unidos donde se casó con una norteamericana, tuvieron sus dos hijos, y al poco tiempo nos trasladó a todos a la Argentina, justo a tiempo para que yo empezara el jardín de infantes.

Dorothy, mi madre, se ocupaba de transmitirnos nuestra cultura norteamericana. Solía ponernos discos de Nat King Cole y Frank Sinatra y nos explicaba que cuando fuéramos a celebrar la Navidad con nuestros abuelos estadounidenses en Houston habría nieve, que los negocios brillarían con luces multicolores y los pinos navideños despedirían el aroma aún fresco del arbolito. Nos preparaba hamburguesas horneando ella misma el bun, el pan redondo, porque en esos años no existía aún la hamburguesa en la Argentina. Papá, por otro lado, nos contaba relatos folklóricos que recordaba de su niñez, con tramas tan cautivantes y modismos tan coloridos que aún conservo vívidas imágenes de almas en pena, zorros astutos y avestruces desplumados.

Ya para cuando empezaba a cursar la secundaria en el Colegio Ward, sabía de Borges. Así empezó mi pasión por la literatura. Papá, amante de la alta cultura, se propuso llevarme a todas sus conferencias que estuvieran abiertas al público. Poco entendía a los trece años de las sutilezas conceptuales y estrategias lingüísticas de la obra del gran maestro, pero me fascinaba el tono de su voz, la sonoridad con que entonaba un poema y la gran admiración que suscitaba en el público. Antes de que Borges entrara al salón reinaba el bullicio, pero una vez que aparecía el maestro, el silencio era sepulcral. Los concurrentes parecían inclinarse en la punta de sus sillas, como queriendo acercarse al disertante para no perderse ni una sola sílaba. Recuerdo que hablaba a menudo sobre Stevenson y Conrad, sobre la filología inglesa y también, sobre los gauchos y el tango, que a mi criterio juvenil, no parecía tener mucho que ver con el inglés, su materia.

De más grandecita, y habiendo leído bastante de su poesía y los cuentos, me iba sola a la Galería del Este, donde Borges solía tomar café y aceptar los saludos de quien se le acercara. Ese secreto, no tan secreto, lo conocíamos los que frecuentábamos la icónica Librería de la ciudad, adyacente al cafetín. Allí, en la presentación de El oro de los tigres, Borges me firmó mi ejemplar editado por Emecé en la clásica serie de tapas a rayitas. Sentado con la cabeza erguida y las manos sobre el bastón, nos sorprendía siempre con sus respuestas inesperadas y su humor lacónico. Me di cuenta en esos pequeños encuentros que tras el hombre erudito e intelectual, había otro, signado por un duende travieso. Tomé nota en la contratapa del libro de algunos de los comentarios que hizo Borges esa tarde. Entre ellos: “El destino del escritor es curioso porque su tarea es de olvidar y dejarse llevar por la fantasía.”

Aquí también el pájaro secreto
que sobre los fragores de la historia
canta para una tarde y su memoria.

Texas, J. L. Borges

revista Be Cult Gwendolyn Díaz-Ridegeway

Una de las visitas de Borges a la Universidad de Texas en Austin fue en 1976. Supe que vendría por mi mentor, el doctor Carter Wheelock, erudito en Borges y autor de The Mythmaker, quien era el jefe del comité de profesores encargado de extenderle la invitación y organizar el programa. Wheelock, un texano protestante que había servido en la marina, fue uno de los primeros críticos literarios estadounidenses en trabajar a fondo la obra de Borges. El aprecio era mutuo. En un cuento del Libro de arena, Borges lo convierte a Wheelock en personaje. Reflexionando que yo era argentina -así me consideraban mis compañeros-, me eligió de representante estudiantil del comité que iba a acompañar a Borges durante los tres días de su visita.

La conferencia magistral tuvo lugar en el auditorio del Lyndon B. Johnson Center de la Universidad de Texas, la universidad pública más rica y más grande de Estados Unidos, sede de la prestigiosa Biblioteca Benson que alberga la colección más importante del mundo de tomos sobre Latinoamérica.

Me tocó caminar junto a Borges con el contingente que acompañaba al maestro hacia el salón. Mientras lo hacíamos, él contaba recuerdos de la primera vez que llegó a nuestra universidad en 1961, acompañado de su madre Doña Leonor, ocasión en que dictó varios seminarios. Nunca olvidó que la de Austin fue la primera universidad estadounidense que lo invitara a dar una conferencia. Fue en ese viaje que se enamoró de ella, decía. Encontró en Texas un doble alternativo de las pampas argentinas, los cowboys legendarios evocaban a los gauchos pampeanos, las batallas del Álamo y San Jacinto, a las batallas de los gauchos y los indios. Mientras hablaba se notaba que el pasado épico le fascinaba.

Una vez que llegamos al Centro Johnson, a Borges lo llevaron al apartado de espera y yo me senté con mis compañeros en el auditorio. El predio gigantesco estaba repleto. El entusiasmo del público se palpaba en el aire. En el centro del gran escenario, solo una mesa y una silla. La espera fue prolongada, pero el autor de maravillosas ficciones finalmente apareció ante el público. Su figura pequeña llenó de golpe el inmenso escenario mientras lo escuchábamos disertar sobre la obra de sus autores ingleses predilectos, sobre su amor por Austin, que consideraba su hogar a la par de Buenos Aires y Montevideo. Así, pasamos una velada encantada de la mano de un ciego que nos abrió los ojos a realidades aún no descubiertas.

Al día siguiente en los soleados jardines de Laguna Gloria, un museo de estilo italiano a las orillas deL lago Austin, se había organizado un suntuoso banquete en honor al invitado. Había llegado el momento que todos los estudiantes anticipábamos con júbilo, la oportunidad de sentarnos al lado del maestro y preguntarle sobre las incógnitas intelectuales que inquietaban a nuestras jóvenes mentes estudiantiles. Conservo aún, y se encuentra en Google, la primera foto de Borges en esa visita, rodeado de un grupo de estudiantes que parecían catapultados por una fuerza magnética hacia el centro ocupado por él. Entre todos estoy yo, justo a su derecha. Le pregunté varias cosas, entre ellas qué opinión tenía de Cortázar, a lo cual respondió: “Ese muchacho no escribe nada mal, me agradan sus cuentos fantásticos, yo le mandé a publicar el primero”. Se refería a Casa tomada, publicado en 1946 en la revista Sur.

Mientras el maestro hablaba, el personal de servicio preparaba la amplia mesa de mantel blanco y jarrones con rosas amarillas. De a poco fue apareciendo una cornucopia de manjares: canapés de caviar, langostinos, jamón ibérico, panecillos franceses, bombones suizos, champagne, todas delicias de las cuales nosotros, estudiantes de escasa entrada, nos servimos abundantemente y sin vergüenza. Yo me encargué de contarle al maestro todo lo que en su honor se le ofrecía de comer y beber, con el fin de ir a buscarle lo que quisiera. Cuál fue mi sorpresa cuando Borges entornó su rostro hacia mí y me dijo una frase que nunca olvidé: “Solo un pedazo de pan y un vaso de agua”.

En la despedida, reunidos frente a Batts Hall, en la explanada que baja hacia la magnífica fuente de los caballos donde lo habíamos recibido tres días antes, lo observamos alejarse. Qué perfecta conjugación de espacio y tiempo, pensé. Borges junto a la fuente de caballos bravíos, se despedía de las latitudes texanas para volver al paralelo que une a Buenos Aires con las pampas argentinas. Distintas latitudes, una norte y otra sur, que él consideraba dos caras de la misma moneda. Nadie como Borges para burlar, o mejor dicho revaluar, las nociones de tiempo y espacio.

Años más tarde, cuando me encontré con el profesor Wheelock, jubilado ya y con una larga barba blanca, me contó una anécdota. Nos unía el hecho de haber sido criados Protestantes, algo que compartíamos también con Borges por el lado de su abuela materna. Me contó el profesor que cuando hablaba con el pastor de su iglesia sobre Dios, se le ocurrían a él citas de Borges. Harto de la comparación, el pastor le dijo que solo Dios merecía veneración, Borges no. El profesor, indignado, me dijo que el pastor no entendía que cuando alguien nos acerca a la verdad, nos acerca a Dios, es una parte de Dios.

Aquí también. Aquí, como en el otro
confín del continente, el infinito
campo en que muere solitario el grito;
aquí también el indio, el lazo, el potro.
. . . aquí también el místico alfabeto de los astros.

Texas, J.L. Borges

En la obra de Borges hay muchas referencias a Austin y a Texas. El cuento El soborno, por ejemplo, toma lugar en el edificio Parlin del campus de la universidad. Está también el poema Texas donde se puede apreciar la admiración que tenía por las praderas del antiguo Wild West, tan mítico para él como las pampas de sus gauchos y malevos.

Borges regresó a Austin una vez más en 1982, acompañado por María Kodama.
Para ese entonces yo ya completaba el doctorado y en uno de mis viajes de regreso a Buenos Aires me comuniqué con Kodama para contarle del libro que estaba escribiendo donde figuraría ella. Mujer y poder en la literatura argentina, salió por Emecé en el año 2009, publicado primero como Women and Power in Argentine Literature, por la Universidad de Texas Press en el 2007. Trata la obra de 15 escritoras argentinas entre 1950 y 2001, y se centra en el tema del poder desde diferentes ángulos.

Con María entablé una amistad que aún perdura. También es fan de Texas. Hace poco la invité a dar una conferencia en el tributo a Borges que organicé con unos colegas. Fuimos juntas a Austin. La universidad la recibió con entusiasmo y le obsequiaron una copia de una de las obras de Borges poco difundida y de escasos números que ella no poesía en su biblioteca.

Sobre Borges, he dado cursos de postgrado y conferencias en Estados Unidos y Europa, en particular sobre la incidencia de conceptos científicos en sus cuentos. Ahora estoy escribiendo un ensayo sobre Literatura y ciencia a partir de Einstein: Entrelazamientos literarios y cuánticos. En este libro, reflexiono sobre autores de las Américas, cuya obra prefigura descubrimientos científicos como en el caso de Borges en la física cuántica y la teoría de la relatividad.

Mientras escribo recuerdo aquel encuentro con Borges en Texas y vuelvo sobre su pedido de pan y agua. Nunca supe quién tomó esa foto en la que aparecemos juntos. No dudo que es una imagen curiosa. Recién algún tiempo después pude apreciar la paradoja; Borges, el intelectual extraordinario que supo prefigurar la física cuántica y la internet, era en lo personal, un hombre sencillo. “Borges“ era el erudito, mientras el “yo” era el hombre sentado a mi lado en un jardín de Austin, el señor sencillo que sostenía en la mano un vaso de agua a punto de agarrar la servilleta con un pedazo de pan que yo le daba. El mismo que escribió

“¿Qué me importan las befas o el renombre? troqué en oro el cabello, que está vivo. ¿Quién me dirá si en el secreto archivo de dios están las letras de mi nombre? quiero volver a las comunes cosas: el agua, el pan, un cántaro, unas rosas…»