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Gombrowicz y Piñera entre los pacientes buscadores del verbo

Una aventura literaria y americana en el porteño Café Rex

Por Atilio Caballero

Un año antes de que Alemania invadiera Polonia, Witold Gombrowicz publica en Varsovia Ferdydurke, su primera novela. El libro provocó un revuelo inesperado, sobre todo en los círculos intelectuales polacos de la anteguerra. Pocos meses después, “…cuando las olas de la polémica estaban por calmarse y ya pensaba en escribir algo nuevo”, según afirma el propio Gombrowicz en sus Diarios, el escritor es invitado a participar en el viaje de inauguración de un nuevo trasatlántico que inauguraría una ruta entre Polonia y Argentina. Un viaje que estaba pensado para tres semanas, se convirtió entonces en una estancia obligada de casi diez años por el estallido de la guerra.

Este exilio involuntario sumió a Gombrowicz en una profunda depresión. Según cuenta en el Prefacio para la edición castellana (1947) de Ferdydurke, lejos de buscar vinculaciones con los ´círculos´ locales, “…llevaba una vida anónima y bohemia muy cercana, desgraciadamente, a la miseria. Perdido en este país, entontecido y aplastado por los acontecimientos europeos, vagaba por las calles de Buenos Aires sin ganas de hacer nada, o, bajo una mesa de café, lloraba amargamente”. Así, literalmente refugiado en la sala de ajedrez del café Rex, se lo encuentra algunos años después, en 1946, otro exiliado involuntario, el escritor cubano Virgilio Piñera. “Allí estaba él, dice el autor de Aire frío, un hombre solitario, sentado a una de sus mesas, un noble arruinado que hablaba mal el español y que pertenecía, como yo, a la extensa legión de los escritores marginados”.

Witold Gombrowicz y Virgilio Piñera. Be Cult. Revista Be Cult.

Virgilio Piñera y Witold Gombrowicz

A diferencia de Gombrowicz, Piñera había llegado a la Argentina en un largo viaje en avión, tras escalas en Santiago de Cuba, Rio de Janeiro, Sao Paulo y Porto Alegre. Tenía treinta y cuatro años, y había sido invitado a disfrutar de una modesta beca de estudios otorgada por el gobierno argentino. Estuvo un año en la capital argentina, y tras un breve regreso a Cuba, regresó a Buenos Aires, donde residió de manera ininterrumpida hasta finales de 1958 (y donde trabajó esporádicamente, como funcionario del consulado de su país, como corrector de pruebas y como traductor.)

Siempre con frío y siempre mal alimentado, según confiesa en una de sus cartas a su hermana –aunque con la ayuda del mecenas literario José Rodríguez Feo, quien lo nombró corresponsal de la revista Ciclón en Buenos Aires-, Piñera y Gombrowicz se hicieron grandes amigos y como espíritus afines al fin y al cabo, juntos planearon “batallas literarias” contra el grupo de la cultura oficial argentina, según cuenta Antón Arrufat. Piñera llegó incluso a publicar una revista, de impresión muy modesta y poca duración, un solo número, escrita íntegramente por él, Victrola, en la que parodiaba la escritura del grupo rioplatense. El título era ya una burlona alusión a Victoria Ocampo. Una reacción típicamente piñeriana, al que ni siquiera le importó que Borges fuera su amigo y le hubiera publicado, en Anales de Buenos Aires, dos cuentos, “En el insomnio” y “El señor ministro”. En las páginas de esa misma revistilla llegará a definir la literatura argentina de la época como enferma de “tantalismo”, distante del mundo y encerrada en “un orbe metafísico gratuito”, y al propio Borges como un escritor indeciso. Algo de lo que se arrepentirá pocos años después, sobre todo a partir de su estrecha amistad con Graziella Peyrou y José Bianco, quien prologó su volumen de cuentos El que vino a salvarme, publicado por la Editorial Sudamericana, en 1954, y sus Cuentos fríos en Losada, en 1956.

Cabría observar de paso que Buenos Aires era el lugar de residencia de tres grandes escritores marginales: el mencionado Gombrowicz, el uruguayo Juan Carlos Onetti y el propio Piñera. “Podría decirse, afirma Antón Arrufat en su excelente libro de memorias Virgilio Piñera. Entre él y yo (Unión, La Habana, 1994), que con los dos primeros la posteridad ha sido justa y los ha asimilado, mientras el último permanece hasta ahora reducido a un interesante ejemplar de la atractiva fauna habanera. Pobre y excéntrico, se quedó solo, lo que tal vez en el fondo quería y buscaba”.

Pero la verdadera aventura literaria entre estos dos grandes escritores en el exilio bonaerense comienza allí, en el Rex. Ahora miro la foto tomada en el puerto de Buenos Aires en Diciembre del 47. En ella un grupo de amigos ha ido a despedir a Piñera, de regreso transitorio a La Habana. Al fondo se ve una sombra gris que debe ser el casco del barco, y la escalerilla. Allí está Adolfo de Obieta, el hijo de Macedonio Fernández, a través de quien el cubano ha conocido al novelista polaco. Que también está en la foto, con sombrero de panamá, como dispuesto a realizar una travesía turística por el trópico. También está la Peyrou, Carlos Coldaroli, y los escritores cubanos Humberto Rodríguez Tomeu y Augusto de Castro. Es decir, el núcleo duro de la pandilla del Rex.

Durante los días de la traducción de la novela, Gombrowicz llegaba al Café Rex en la calle Corrientes con lo que él mismo había traducido, al tum-tum, del polaco a su errático español, luego el Comité de Traducción se encargaba de reparar lo hecho “en busca de las palabras apropiadas, luchando con las deformaciones, locuras, excentricidades de mi idioma”, como aseguró el propio Gombrowicz en su Diario.

Gombrowicz en el Rex. Be Cult. Revista Be Cult.

Gombrowicz en el Rex

Porque Gombrowicz le ha propuesto a Piñera traducir su Ferdydurke al castellano, y este ha aceptado el reto. Más bien, la misión, por disparatada que pudiera parecer. Piñera es un excelente traductor… Del francés, no del polaco. Su método de traducción, como ha confesado en su artículo sobre Imre Madách, estaba regido por el principio de la literalidad. Como cuando tradujo Les fleurs du Mal, proponiéndose casi un imposible: traducir del francés al español palabra por palabra “como a través de un cristal”, citando el conocido consejo de Chateaubriand. Gombrowicz nombra a Piñera Presidente del equipo de traducción, “esos pacientes buscadores del verbo”, un grupo variopinto de entusiastas de la literatura que, sin cobrar un centavo por ello, se reúnen cada noche a fumar, a discutir a gritos cada término, a trasladar, a crear un nuevo lenguaje envuelto en una espesa nube de humo de tabaco –todos eran grandes fumadores-; Piñera llega a decir de Gombrowicz que “le salían de la boca volutas de humo mientras hablaba”, y en ese entramado verbal que es el texto de Ferdydurke. Una labor colosal, según Ricardo Piglia: “El Ferdydurke ¨argentino¨ de Gombrowicz es uno de los textos más singulares de nuestra literatura. Antes que nada hay que decir que [es] una mala traducción en el sentido en que Borges hablaba así de la lengua de Cervantes. En la versión argentina de Ferdydurke el español está forzado casi hasta la ruptura, crispado y artificial, parece una lengua futura”. Lo que aquí pudieran parecer “errores” de traducción no es más que la mezcla con las extrañas soluciones dadas por aquellos amigos que se dieron a la tarea de esta traducción colosal, creando muchas veces un atractivo caos. Como dos cuerpos extraños que se unen para convertirse en una nueva “forma”, por usar una palabra que le agradaría mucho al mismo Gombrowicz. Una obra de una riqueza enorme, de una poesía violenta y baja, un entramado de brillo y profundidad, de teatro grotesco y locamente humorístico. Según su mismo autor, la novela tiene “…un doble aspecto: por un lado es un relato y una novela, una descripción y, por otro, un acto de mi lucha personal con la forma”.

Despedida de Gombrowicz por parte de su comité de traducción

Ese “comité de traducción” (Gombrowicz dixit), enloquecido, gritón y sublime, estaba compuesto por figuras tan estrafalarias y dispares como los ya aludidos Obieta y Rodríguez Tomeu, Jorge Calvetti, Manuel Claps, Gustavo Kotkowski, Adán Hoszowski, Pablo Manen –“pacientes pescadores del verbo”–, Mauricio Ossorio, Eduardo Paciorkowski, Ernesto Plunkett, Alejandro Russovich, Carlos Sandelín, Juan Seddón –“obstinados buscadores del giro adecuado”–, José Taurel, Luis Tello y José Patricio Villafuerte –“eficaces e intuitivos”–, etc. Todos bajo la enigmática y bondadosa sonrisa del director de la sala de ajedrez del Rex, el maestro Paulino Frydman. Una epopeya de la historia literaria hispanoamericana que, al decir del mismo Gombrowicz en su Prefacio…, tiene que agradecer “… ¡por Dios!, a todos esos nobles doctores de la ¨gauchada¨, y a los criollos les digo solo eso: ¡viva la patria que tiene tales hijos!” Una patria que, añado yo, se extiende hasta el Caribe, y que tuvo también en Virgilio Piñera a su más entusiasta promotor.

Atilio Caballero (Poeta, narrador y dramaturgo cubano)

De Gombrowicz a Virgilio Piñera

Virgilio, en este momento solemne declaro: tú me has descubierto en la Argentina. Tú me has tratado sin mezquindad, ni reserva, ni recelos, con amistad fraternal.  Tu inteligencia e intransigencia se debe este nacimiento de Ferdydurke. Te otorgo, pues, la dignidad de Jefe del Ferdydurkismo Sudamericano y ordeno que todos los ferdydurkistas te veneren como a mí mismo. ¡Sonó la hora hora! ¡Al combate!
Witoldo.

De Virgilio Piñera a los porteños

(…) desde ahora comeréis milanesas de ternera y peras en vainilla, desde hoy devoraréis Ferdydurke, arriba y abajo, oh porteños del más o menos, porteños inescrutables, medidos, correctos, helados y muertos. Galvanizados seréis con las aventuras de Ferdydurke, será vuestro libro de cabecera, a él acudiréis en procura de fuerza y no tomaréis más mate. El mate os mata, perdonadme, oh porteños este chiste malo, pero no puedo, no, no puedo dejar de hacerlo. Es el mate lo que os define, soy tomadores de mate y jugadores de ajedrez. Estáis amenazados por esas dos plagas de Egipto. El mate lleva al mate y el ajedrez da el mate y de estos dos mates todo lo que sale es de un espantoso color mate. Huid, pues del mate y refugiaos en Ferdydurke que no toma mate, Ferdydurke la sabrosa cañita añeja. Emborrachaos, oh porteños, caminad por Florida a las cinco pero hacedlo vivos, no muertos, como soléis hacerlo, que se os oiga hablar, gritar, desbarrar, jurar, sed pueblo, no seáis pasos ahogados. Dejaos de vuestra sombrías confiterías, de vuestras charlitas de café, sotto voce que hace a Buenos Aires una inmensa aldea; sed arrojados, hablad mal de vuestro amigo, no seáis tan educados, tan circunspectos, no os vistáis más a la inglesa porque no sois ingleses, ni produzcáis el arte a la francesa porque no sois franceses. Recibid en vuestras casas sin prevención y ofreced al visitante té con masitas, no lo abruméis con vuestra producción ni escondéis la cara de la cara, ni el ojo del ojo, ni la pierna de la pierna. Sacad la lengua que es el único modo de saber si se la tiene limpia o sucia. ¡Qué más da! ¡Oh, porteños, calorizad vuestra ciudad porque la pobrecita está amenazada de enfriamiento! No son las nieblas, el frío repentino, las lluvias persistentes lo que hacen de esta bella un cadáver. No, sois vosotros mismos con vuestros cuerpos y vuestras almas los que recubrís de norte a sur y de este a oeste el inmenso cementerio de Buenos Aires. Alegraos, arriesgaos, haced tres, diez mil ridículos al día y os salvaréis de la pan-conflagración que sobre vuestras cabezas se cierne. Devorad a Ferdydurke, Ferdydurke burlón, impiadoso, sensato y loco, loco y prudente, que prefiere un eructo a las potitesses de un triste salón de arte. Huid de las exposiciones, de los cuadros colgados, de la modestia de la hiena, de las mujeres sabias, de los filólogos muertos de filología, de las “tías culturales” -como dice el propio Ferdydurke, de los pasitos medidos, de los gestos comedidos, de las películas de arte, del último libro, del concierto sacro, del profano, de la canción a dos voces, del alma de los días, de los paseos sentimentales, de la buena educación, de los monstruos sagrados de la literatura porteña, de los laberintistas, de los tantálicos, de los policías literarios, de los viajes a Francia, de las telas importadas, de los biombos que nada ocultan, de las pantallas, de vuestra piel, de vuestro huesos. Salud.

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