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Buscando a quién (amor en tiempo de pandemia)

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Por Andrea Ceardi

Las relaciones virtuales son de fácil acceso y salida: “Parecen sensatas e higiénicas, fáciles de usar y amistosas con el usuario, cuando se las compara con la “cosa real” pesada, lenta, inerte y complicada”, dice Bauman. En otras palabras, nos garantizan la libertad de elección y el poder retirarnos siempre que queramos.

Les neuf portes de ton corps”, un poema de Apollinaire (1880-1918)  de la serie de poemas dirigidos a su amada Madeleine, es un claro ejemplo de  los tránsitos y desplazamientos que el amante atraviesa en la búsqueda de ese objeto de deseo que siempre se escabulle y al que intentará perpetuar en lugar de escapar de sus grilletes. En él, lo imposible del amor permite a Eros deambular sin descanso en lugar de inmovilizarse frente al temor del contagio de lo otro. La mirada, la voz, el olor… todas las entradas sensibles del cuerpo, son las puertas de su amada que Apollinaire traspasa con el afán de poseerla. No se trataría de consumir al otro y despojarlo de su poder, sino de anhelar asimilarlo y de perpetuar el deseo por descifrar lo inasible “En tu cuerpo hay nueve puertas, yo conozco siete y dos quedan cerradas para mi”.

Bauman,(1925-2017) filósofo y sociólogo moderno, nos aporta importantes claves para entender que este deseo de ser traspasado por el otro, aun cuando nos sentimos frágiles ante cualquier eventual separación, ha quedado obsoleto en el contexto de la modernidad líquida, en la que se supone y se espera que las posibilidades románticas fluctúen cada vez con mayor velocidad y gratificación, y que sean impermeables.

En el contexto actual, el distanciamiento social y el discurso del miedo al contagio, vuelve discutible la pregunta por el amor en tiempos de pandemia líquida.

Ante la imposibilidad de salir a los lugares que frecuentaba para conocer a otros, me vi de un día para otro profundizando en las aplicaciones de citas, en las experiencias virtuales y en las relaciones a distancias. Comencé a preguntarme.  ¿Cómo se sostiene el erotismo en esas experiencias en que la consumación del sexo parece tan contradictoria como la valoración de la virginidad? ¿Es posible sostener un erotismo donde su gratificación es postergable? ¿Cómo se mantienen los ánimos de desear? ¿Cómo se construyen formas de acercarnos cuando estamos mediados por espacios sin cuerpo, sin aroma, sin estas nueve puertas de Madelein?

Obra de Olga Federova

Basta con recorrer la web, para ver un corpus creciente de consejos de expertos, encuestas  y protocolos ministeriales que ofrecen recomendaciones para un sexo seguro en el contexto de pandemia de COVID-19.

En general, coinciden en hablar de un cataclismo social en el modo de relacionarnos caracterizado por lo que han denominado el fin del sexo de una noche y la redención del amor romántico, donde internet aparece como un posible sustituto de los imposibles besos con mascarillas.

El sexo rápido y ocasional de bares o discotecas, hoy es reemplazado por un slow sex, donde las preliminares se toman tiempos superiores a las 16 horas. Ya se habla de nuevas formas de seducción en que predominan el sexteo y los juguetes sexuales.

Las estadísticas de aplicaciones de cita muestran que el confinamiento ha incrementado el intercambio de mensajes y la duración de las conversaciones, aumentando también el número de usuarios que buscan relaciones más largas frente a quienes quieren sexo casual. También la venta de juguetes sexuales ha aumentado, incluso el Departamento de Salud de Nueva York recomendó las prácticas masturbatorias a partir del eslogan:  tu mejor compañero sexual eres tú mismo.

De estos discursos, podemos inferir que frente a la imposibilidad del amor por el confinamiento y el contagio, coexisten dos operaciones antagónicas y legitimadas: la desesperación  por conectar con otros, y la preocupación por conservar la distancia ¿Corre acaso la imposibilidad del amor por cuenta del confinamiento o por cuenta de los tiempos líquidos?

Para Bauman, el impulso por conectarse con el resto, surge de la necesidad de seguridad frente a un mundo colmado por las señales confusas y cambios imprevisibles propios de la modernidad líquida. La palabra conexión no es menor, pues se trataría de una matriz que desconecta y conecta a la vez, y que asegura que las conexiones no deben estar bien anudadas para que sea posible desatarlas rápidamente cuando las condiciones cambien, algo que sucede a menudo. Los sujetos están desesperados por relacionarse, como un modo compulsivo de cubrir la herida narcisista que conlleva la propia desesperanza de sentirse rápidamente descartables. De ahí que podamos cuestionarnos ¿Qué tipo de amor instauran estas nuevas preliminares amorosas? ¿se trataría de un temor a evitar el contagio? o por el contrario, como decía un amigo, la soledad del confinamiento pandémico tiene un prurito aséptico que responde a nuestras propias soledades.

¿No habrá algo de eso en la soledad del que huye del otro, el temor a ser traspasado por la alteridad? ¿Son estas formas de conectarnos modos de descifrar los enigmas y volvernos permeables a un otro, o son más bien un modo de asegurar la paradoja de estar con alguien y al mismo tiempo permanecer impermeables, desconfiando de cualquier relación que nos confine en un para siempre?

Atravesar las nueve puertas, de las que hablaba el poeta Apollinaire,  posibilita la emergencia de lo inédito, contrario a la homogeneidad que imponen los saberes prescritos que aseguran un buen sexting sin conflictos y sin desplazamientos.

En Apollinaire, situado en su tiempo, hay un deseo decidido, por el que las palabras se gastan, fallan, maldicen o veneran, pero para intentar poseer a su objeto; no se trata de cortejarlo en la eterna espera y volverlo imposible. No es acceder al cuerpo transparente, a la libra de carne, sino al cuerpo ominoso, que carga con las palabras que nunca se cansan de estar de máso de estar de menosen el intento siempre infructuoso de nombrar lo que se siente. La erotización de este cuerpo implica un discurso que lo posiciona del lado opuesto a toda armonía, haciendo circular los equívocos, que entran en contradicción con las ilusiones de un encuentro posible. Este poema está lejos de ser un canto de trovadores, recitado a cualquiera sin verse enfrentado a la falla, no se trata de un juglar que se escapa de la amada, y que con las letras que compone y sus cantos no hace más que retrasar constantemente el momento en que la amada pueda quedar atrapada, quedando la satisfacción en la espera, en la privación y en la inaccesibilidad. En este poema hay arrojo, riesgo y posesión, no la exaltación del canto por el que se eleva  el objeto amoroso a la categoría de imposible, donde el placer queda desplazado en la espera, amando en la medida que hay una barrera que lo aisle.

Podemos pensar que traspasar las nueve puertas, de las que él habla y que han sido mencionadas una y otra vez en la historia, al referirse al amor, implica dar lugar a la intromisión inoportuna y escandalosa de Eros, a su descentramiento en su (mal) decir. Volvernos trovadores hoy es, por el contrario, esperar eternamente a quien aprieta primero la tecla del “delete”.

Me pregunto entonces, ¿son nuestras preliminares amorosas cantos de trovadores que se aíslan en el amor imposible en nombre de los protocolos sanitarios, o son tiempos de espera para atravesar lo imposible del amor?