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Morir en pandemia

Por Esteban De Gori.

La despedida y el cierre es lo que más inquieta a los seres humanos. En última instancia, la pandemia propone entregar al Estado y a sus instituciones médicas el cuidado final, las últimas palabras y sensaciones del que se va a morir. Estamos atravesando una suerte de pedagogía provisoria del duelo y nada de eso indica que no llegue de alguna manera al universo político y democrático. El duelo de los familiares transita entre la vigilancia burocrática y la asepsia. Es la asunción del fin de la conversación frente a frente.

El covid19 desbarató todo. Modificó los tiempos, las esperas y los finales. Hizo añicos algunas rutinas. La muerte y sus ritos, cosas en que poco pensamos al inicio de la cuarentena, quedaron dentro de ese menú del desajuste. Morir ya no era como antes. Indudablemente. Empezamos a tener nostalgia por esos ritos, por el llanto público, empático y recíproco entre personas que libremente eligieron estar ahí. Despedir al que ya no está es un acto fuerte. Deliberado.

La muerte y su duelo es un acto público que organizan los sufrientes. Nada más. Un pacto de dolor. Últimas palabras, promesas y plegarias. Es la asunción del fin de la conversación frente a frente.

“La pandemia no te deja sufrir en paz”, me indicó una señora cuando me contó que su amiga debió ser despedida de este mundo bajo un estricto protocolo. El cumplimiento de este se volvió más importante que el acto mismo del duelo. Así se devalúa la pena, entra en otro territorio, se desencanta la ritualidad y se introduce en un poco comprensible universo normativo.

Esta pandemia no solo quita la respiración. Retira a las personas del espacio público, quita libertad de dolor y orienta el último adiós de muchos y muchas a cuatro paredes.

Philippe Ariès, quien escribió un gran libro sobre la historia de la muerte en Occidente, había estudiado la muerte contemporánea. Morir en un hospital y no en la casa era una de las características relevantes de un mundo actual que le teme a la muerte y que desea vivir mil años. Pero la pandemia modificó, y tal vez esa es una de sus novedades, el acompañamiento en la institución médica y el rito público y/o religioso de la despedida.

El camino a la “última morada” constituye un tránsito necesario del duelo. Comprobar que allí está o que allí se queda es parte de ese rito del final del camino. De allí en más operan todas las creencias. En la Divina Comedia, Dante acompañado por Virgilio se encuentra con los muertos, observa sus pesares y singulares situaciones, pero principalmente, observa que están ahí. Esa seguridad es todo, es aquello que permite que nada quede desbaratado.

En la mayoría de los cementerios el cortejo de poquísimas personas es observada por sus atentos funcionarios. El duelo de los familiares transita entre la vigilancia burocrática y la asepsia. Una norma, en el nombre del bien general, se instaló en la gestión de las emociones y de las sensibilidades. “Sufrir en paz”, como antes. De eso se trata(ba) el duelo.

El camino a la “última morada” constituye un tránsito necesario del duelo. Comprobar que allí está o que allí se queda es parte de ese rito del final del camino. De allí en más operan todas las creencias.

Max Weber advertía que las iglesias y religiones deben administrar el monopolio de las almas, pero en este caso, la pandemia impulsó al Estado a introducirse en aquello que durante décadas se construyó como la rutina del despedir. A esto se suma el “tratamiento” diferencial que los muertos y muertas por covid19 poseen. Estos y estas integran las estadísticas que mayor audiencia tienen en el país y sus familiares soportan esa “espectacularidad” de manera estoica. Deben, además, aceptar las condiciones médicas y una distancia cruel. Radical. No existe una última caricia, solo una muerte sellada.

“Me encerraron en mi casa a llorar” me dijo Patricia quien perdió a su tío y no pudo despedirlo en el cementerio. El duelo de la partida se trasladó al interior de las casas, se individualizó y recortó. Algo de la “cadena ritual” de la despedida perdió densidad y, en cierta medida, sentido. Se cayó.

Esta pandemia no solo quita la respiración. Retira a las personas del espacio público, quita libertad de dolor y orienta el último adiós de muchos y muchas a cuatro paredes.

Existe algo de la interrupción de un ritual que permitía la conversación pública de los sucesos, la rememoración in situ y acompañarse en el dolor.

La muerte no es solo una tragedia personal. Asume un lugar en la vida social y política y más en estos momentos. Si bien los protocolos de la despedida se establecen para todos los grupos sociales y religiosos, la posibilidad de contagiarse y morir supone distinciones. El hacinamiento, las interacciones obligatorias que proponen pasillos estrechos, los accesos diferenciales a la salud pública y la presión económica que a veces obliga a esconder síntomas hace que el contagio se acelere en barrios vulnerables y pobres más que en otros barrios. Y ni hablar en instituciones carcelarias u hospitales. La fragilidad y desigualdad social impulsa la contagiosidad, aunque la muerte llega a todos y todas por igual. “Somos una familia millonaria, pero mi papá murió solo y sofocado, buscando algo tan simple como el aire” comento la hija del Presidente del Banco Santander Portugal, António Vieira Monteiro, quien murió por coronavirus. Lo hizo en soledad y casi en soledad también fue despedido en el cementerio porque una parte de su familia contagiada no pudo asistir.

La fragilidad y desigualdad social impulsa la contagiosidad, aunque la muerte llega a todos y todas por igual.

Más allá de que el número de muertes en nuestro país no es pavoroso como en otros, la imaginación de la muerte y del final circula en nuestra sociedad. La despedida y el cierre es lo que más inquieta a los seres humanos. En última instancia, la pandemia propone entregar al Estado y a sus instituciones médicas el cuidado final, las últimas palabras y sensaciones del que se va a morir.

En Argentina, Alberto Fernández debe gobernar con muertos y muertas que se precipitan a diario. Son los “caídos y caídas” de una “guerra” que la Argentina no inició. Las casi mil muertes, por ahora, no son conectadas con ninguna mala gestión del gobierno y su fortaleza política reside en ello. En las actuales condiciones políticas gobernar es controlar el número de muertes. Y, al mismo tiempo, es limitar que ese dolor que termina circulando al interior de las casas no impacte en el escenario político. En el intento de gobernabilidad es muy posible que la economía provoque mayores erosiones, pero también existe el peligro que el gobierno se “pegotee” de una manera extraña a la muerte y sus números y no pueda salir de ahí. Los decesos públicos son fronteras movibles siempre sujetas a introducirse en el debate ciudadano.

En el mundo, estamos atravesando una suerte de pedagogía provisoria del duelo y nada de eso indica que no llegue de alguna manera al universo político y democrático. Resituar y acotar en las casas el dolor público de la despedida debe ser pensado en su dimensión política. Más por su potencia simbólica que por sus números. Es un capital circulante que está allí. Que exige cierto “cierre” e interpelación. El gobierno también deberá, en algún momento, hacer el duelo. Permitírselo. Decretar días y pasarlo. Tal vez, pueda reconducir el dolor que se instaló en los hogares y en la sociedad y comenzar otro momento político.