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Pedro Juan Gutiérrez (Cuba)

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El arte de ganar y perder

Por Pedro Juan Gutiérrez

Obra de Pedro Juan Gutiérrez

UN  PERÍODO  DE  ESTUPOR

Veo un viejo documental donde entrevistan largamente a Ingmar Bergman. Dice que su casa tiene 66 metros de largo y que él padece de problemas de sueño. Está solo en casa. Se levanta de noche y camina de un lado a otro. A veces piensa que hay espíritus que se comunican con él y le dicen algo. Habla despacio, en sueco, con largas pausas. Me gusta la suavidad de ese idioma. Me recuerda cuando viví allí en el verano de 1999. Yo entraba lentamente en un período de estupor. Era como entrar en un agujero profundo y oscuro.  Al fin me fui y regresé a mi país, todo lo contrario de Suecia: estridente, pobre, tumultuoso, con gente imprevisible y disparatada, que me ayudaban a salir del hueco negro. Ahora este anciano habla lentamente sobre espíritus que le dicen algo por las noches. Después lo utiliza en sus películas. Y yo pienso en el estupor, que lo envuelve todo, como un sedante a medianoche.

LA  SOPRANO

Las pequeñas flores secas de las acacias caen y forman remolinos en el aire. Dentro tienen semillas minúsculas. Diseminan su historia sobre la tierra. Entro al edificio y asciendo una escalera, tres pisos. Oigo a una soprano. Un canto amortiguado tras una puerta apenas entornada. No resisto la tentación y abro con cuidado. Hay cuatro personas sentadas a una mesa, es una audición. Y la soprano, alta, corpulenta, con grandes pechos. Su voz ocupa todo el espacio. Es agradable esa mujer y canta algo hermoso aunque, claro, no sé qué es. Cierro la puerta y sigo en busca del baño. Al fondo del pasillo me han dicho. Mientras orino veo las acacias a través de una ventana y oigo muy lejos a la soprano.

GENTE  MIRANDO  AL VACÍO

Me han regalado un libro esta tarde. Una serie de fotos que Walker Evans tomó en La Habana en 1933. Estamos en 2018. Exactamente 85 años. Y nada. Todo sigue igual. O casi. Mendigos, putas, gente mal vestida, edificios cubiertos de moho y suciedad. Gente mirando al vacío. Gente detenida. Gente que no sabe qué pasa. Gente en una esquina, arraigados en una losa de cemento. Se respira con dificultad por la humedad y el calor. Nada. No pasa el tiempo. Vamos a tomar una cerveza me dice el amigo que me regaló el libro. Tomamos una cerveza y hay silencio. Presiento que se despide.

Y así fue. Pasó un año y no supe nada más. Un día lo encontré en la calle. Sucio. Caminaba lentamente, ido del mundo. Le costó recordar mi nombre. Bueno, yo se lo dije. Después me dijeron que sufre Alzheimer y camina por las calles sin rumbo. Vive solo, y se pierde, alucinado, como esos personajes en las fotos de Walker Evans.

BLOOMSBURY 

Estuve buscando la casa de Virginia Woolf, pero sólo han dejado unas antiguas cabinas rojas de teléfono.  Están vacías y sucias. Escenografía para turistas. Premoniciones de la intriga. Sucias cabinas donde los dueños de burdeles cercanos (o los encargados o los de marketing, quién sabe) pegan pequeñas stickers con fotos de putas tetonas y provocativas, y las indicaciones para llegar en cinco minutos o llamar y concertar una cita. Me hago una foto y me voy al hotel, muy cerca, en Tavistock Square. Pido un scotch en el bar. Hay una luz mortecina y polvorienta. Un bar con cierto aire miserable y perdido, sólo para borrachines pobres. Saco un recibo que me dieron hoy en alguna tienda, y, al dorso, escribo: Atento a las derrotas, a los pequeños percances familiares, a la angustia lacerante, controlo el resplandor para que no disminuya. Oh, qué sonriente, el hombre optimista y sardónico que se niega a hundirse. A trasmutar en garrapata. Esta noche oscura las pesadillas me hacen despertar asustado y lejos de casa. No sé. Áspero como un tiburón, me sumerjo en aguas profundas y heladas. El whisky es malísimo y este lugar es real pero parece un jodío invento de pésima novelita policiaca, ¿Qué hago?

FINIS TERRAE

Salíamos cuando faltaba poco para la noche. Una vieja chaqueta de cuero, una bufanda gruesa y una gorra de lana. Él tenía una ruta ya estudiada que sabía de memoria. Y era compleja. Por dentro del bosque. Un sendero estrecho, enlodado. Y nosotros muy rápido. A grandes zancadas. Después teníamos que atravesar un largo trecho junto al mar, sobre los arrecifes. Las olas resonaban duro contra la costa. Era un lugar inhóspito, irascible como una trampa de misterio. La luz del faro a lo lejos. Se hacía de noche cerrada y seguíamos. Aprisa. Sudando. Sin hablar. Concentrados. Me aflojaba un poco la bufanda, y seguía sudando. Yo siempre pensaba en lobos hambrientos y en asesinos agazapados en los matorrales. El sentido poético de la vida irradiando su bondad y su malignidad. Después de una cena ligera no había nada más que hacer. Y yo no quería hablar de mi vida. Intentaba olvidar y poner distancia. Que es lo que hago siempre. Intento olvidar. Me iba a mi habitación y los escuchaba gimiendo un buen rato. Varias veces me dijo: Es una mujer insoportable pero tiene un buen polvo. Y sí. Pasaban una hora gimiendo y gozando cada noche. Yo me masturbaba y me quedaba dormido como una piedra. Era feliz en aquella época. Después me alejé de aquel lugar y jamás supe de ellos.  Como una visión fantasmal.

Fotografía: © Lola del Castillo
Pedro Juan Gutiérrez

(Matanzas,Cuba,1950) es reconocido internacionalmente como uno de los escritores más talentosos de la actual narrativa latinoamericana.

Desde siempre ha usado la poesía visual como medio de expresión aunque es más reconocido por sus novelas, instauradoras de un realismo sucio cubano, fuerte  y peculiar.

Sus novelas ambientadas en la capital cubana han sido publicadas en su totalidad por Anagrama, y ha aparecido en otros idiomas en más de veinte países: Trilogía sucia de La Habana (publicada también en títulos individuales: Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer y Sabor a mí), El Rey de La Habana (que ha sido adaptada al cine por el prestigioso director Agustí Villaronga), Animal tropical (Premio Alfonso García-Ramos), El insaciable hombre araña y Carne de perro (Premio Narrativa Sur del Mundo).

También en Anagrama ha publicado las novelas Nuestro G. G. en La Habana, El nido de la serpiente. Memorias del hijo del heladero, Fabián y el caos y Estoico y frugal. Vive en La Habana y se dedica exclusivamente a la literatura y a la pintura