Por Mauricio Koch
Cada vez que llueve hago mi contribución a la industria del paraguas. ¿Adónde irán los paraguas que uno pierde? ¿Qué será de ellos? ¿Pasarán a otras manos que a su vez los olvidan y así hasta dar la vuelta al mundo de mano en mano, de lluvia en lluvia, de olvido en olvido?
Yo soy apegado a las cosas. No a todas, y no acumulo porque sí, pero tengo ciertos objetos sin ningún valor de mercado que atesoro y cuido. Tenía un paraguas, por ejemplo, uno muy lindo que me había regalado un amigo para un cumpleaños. ¿Quién tiene un amigo que regale paraguas en los cumpleaños? Pues yo tengo. Mi amigo me había regalado un paraguas elegante, de buen diseño, con un estampado fino que relucía bajo la lluvia, y un mal día lo perdí. No importa cuánto cuidado ponga uno en no olvidarse el paraguas, es el paraguas el que quiere ser olvidado y pone todo de sí para mudar de dueño, que nunca es dueño sino adueñado. Así de veleidosos son.
Luego llego a alguna oficina en la que entro a hacer un trámite o me siento en un banco a descansar y lo olvido por ahí, para cumplir su deseo.
Obra: «Parapluie Dans le Vient» de René Magritte