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No hay hormigas en la nieve

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Por Amir Valle

…un Stradivarius, la ventisca…

Gina, tu gran amor argentino, y esa niña por la cual su familia renegó de ella, avergonzado el viejo ricachón ganadero y todo su clan porque la única heredera de la familia engendrara una hija tras sus cópulas pecaminosas con un negro, eran todavía fantasmas que no conseguías atrapar cuando abriste la puerta del bar y te recibió la afable carota de bulldog de Don Gervasio, el cantinero asturiano con quien en aquellos ya lejanos días de tu primera visita habías forjado una amistad real, y que ahora se conservaba casi intacta, más allá de los pocos dineros que en este nuevo viaje ─¿o deberías decir “estancia definitiva”?─ pagabas como cliente pobre de aquella pocilga en el barrio La Boca. Años atrás, en tus tiempos de gloria, Gina y tú escapaban allí, se sentaban a comer unos sabrosísimos locros que preparaba Aldonza, la mujer de Don Gervasio ─”se me murió hace dos años, podridiña la pobre por el cáncer”, te había dicho él, triste aún, al reconocerte─, y precisamente por la complicidad que el matrimonio asturiano les ofrecía, aquel sitio devino en refugio donde Gina dejaba de ser la niñita rica mimada por sus padres y tú podías escabullírtele a la fama que seguía, tozuda, cada uno de tus pasos en Buenos Aires. El influjo hogareño del lugar los despojaba de todo el brillo de sus vidas encumbradas y los transformaba en dos amantes simples, sencillos miembros de ese vulgo anodino que vagaba afuera. Y ese escape de las riendas que los ataban, teñía aquellos encuentros con la pátina rebelde y afrodisíaca de lo prohibido.

Regresar allí años después y encontrarte a un Gervasio tristón, apagado, apabullado por la única persistencia salvadora de los recuerdos de casi cincuenta años de matrimonio, e incluso más arrugado y con cara de viejo gruñón, fue como entrar en un terreno que te resultaba conocido. Él también, en ese recodo de su vida, era un perdedor. “Es triste descubrir que ya nada queda, amigo. Solo respirar, hasta que consumas el aire que algún cabronazo, desde el infierno o el paraíso, sopló para ti en este mundo”, te dijo. Pero, incluso aún cuando estuvieras perseguido por las dentelladas constantes de la tuberculosis y los estragos paulatinos que eso iba causándole a tu cada vez más débil cuerpo, al menos a ti te quedaba una esperanza: Gina y esa niña que comenzó a importarte solo cuando supiste que habías perdido para siempre a esos tres hijos a quienes Gertraud consiguió finalmente envenenar para que te consideraran, como creía ella, un monstruo. ¿Por qué jamás contestaste las cartas que te enviaba Gina a la dirección que le habías dado de París?, ¿qué te impidió estar a su lado, aunque fuera desde esa distancia que no implicaba ningún otro compromiso que el espiritual como padre de la criatura, cuando ella te suplicaba al menos unas palabras de aliento, como bien te hizo ver el alma noble de White siempre que tuvo chance? Nada vale negar ahora que llegaste a eludir encuentros con él porque siempre sacudía ese incómodo tema ante tus narices: “ninguna mujer merece que la dejen sola en una situación así, Brindis”, te dijo más de una vez, haciéndote sentir realmente cubierto por el pellejo duro de esa bestia con la que todos pretendían vestirte: “Eres un monstruo, Brindis”, parecían empeñados en repetir. Y en todas esas ocasiones prometías escribirle a Gina, “aunque sea unas palabras de consuelo, Brindis”, sugería White, ¿o debías decir “suplicaba”?, pero apenas minutos después, debes confesarlo, ni siquiera recordabas esa parte de la conversación.

Aún así, solo a White, en un fugaz encuentro en Madrid antes de tomar el barco (él andaba de gira por España y fue muy reconfortante para ti aquel último encuentro con tu viejo amigo), le confesaste que tu destino final sería Argentina. Lo viste sonreír.

─Me haces respirar, hombre ─ y, como para demostrarlo, suspiró─. Llegué a creer que tus guerras personales con Gertraud te habían arrancado el alma. ¿Buscarás a tu hija?

Debiste decirle que pretendías buscarlas a las dos. Un regreso a la pasión de Gina. Y el descubrimiento ─te sentías tentado, sin saber por qué─ de qué cosa sería ese “amor de hija” del que hablaban algunos amigos. Sin embargo, jamás le dijiste que tu salida años atrás de Alemania había sido más exactamente una huida, escape forzado de un espacio donde todo te recordaba ya la derrota, la pérdida incluso de los últimos vestigios de ese brillo con el que años atrás creíste iluminar aquella ciudad, esa misma Berlín en la que, luego de tu separación de Gertraud, intentaste vivir durante un par de años hasta que en 1900 te aplastó la certeza de que, a duras penas, a ese tiempo podría llamársele “sobrevivir”. Dos cosas muy distintas: vivir, en el concepto que habías forjado desde que tu violín te colocó en el centro de interés de algunos poderosos caballeros con dinero en muchas partes del mundo, era habitar sin preocupaciones esos escenarios mundanos o de la realeza, como si fueras uno más; sobrevivir, en cambio, fue cerciorarte hora a hora de cuánto había de circo en esos escenarios que, de la noche a la mañana, solo podías observar desde el gallinero, esa parte de las gradas en los teatros destinada a los pobretones y desclasados. Tener todavía reservas de dinero te impedía caer en ese otro abismo que era el malvivir, pero muchas noches, tirado en la lujosa cama de la pensión con balcón al Monbijou Park donde alquilaste durante esos dos últimos años berlineses, llegaste a preguntarte qué valor real podía tener el dinero si no era capaz de concederte ni siquiera un minuto de ese sosiego espiritual que tu cuerpo y tu cabeza pedían a gritos.

Lo más terrible de las puertas abiertas, lo descubriste entonces, es que se cierran. Parece simple, frase tonta, pero cuando se trata de puertas que se cierran ante tus narices, y lo hacen con un estruendo hiriente, estremecedor, porque supuestamente deberían estar siempre abiertas desde que unas ilustres manos de ilustres gestos las abrieron para ti, desaparece toda la simpleza de ese acto tan común ─¿acaso existe alguien que no haya recibido un portazo literal o espiritual en plena cara?─ y lo que queda es la tortura del golpe, la rugosa mordida de la madera en tu nariz y la ardentía de la vergüenza que cae sobre quien vive una situación tan estúpida como inesperada. ¿Cuántas puertas que abrió el mismísimo Emperador Guillermo viste cerrarse desde que abandonaste tu casa de la Kantstrasse y comenzó a correr por Berlín la noticia de tu divorcio?, ¿cuántas de esas que entornaron galante, zalamera y secretamente para ti algunas de las damas de sangre azul de Berlín?, ¿y cuántas de esas que algunos supuestos amigos sostuvieron durante algunos años con una fidelidad que siempre te pareció admirable? Al final, abandonado por todos, solo Mahler se dignó a visitarte.

─¿Sabías que has sido el único que ha traspasado esa puerta? ─ murmuraste.

─Sería ingenuo que esperaras algo distinto… ─le oíste decir.

─¿A qué le temen? ─porque esa era la idea que durante aquellos meses se te aparecía en tus momentos de reflexión, con la insistencia de esas manchas de musgo que pudren, desordenadamente, las paredes abandonadas.

─Nada tiene que ver en esto el miedo, Brindis─ y esta vez su mirada, quizás ampliada por los cristales de aumento de sus espejuelos redondos, poseía ese filo magnánimo y misericordioso de los sabios─. Ya no importas. Y en nuestro ámbito, cuando ya no importas, dejas de existir.

─Ya… la loca de Gertraud… ─balbuceaste─. No lo entiendo…

El filo en la mirada de Mahler adquirió sutilmente, en segundos, los matices de una sosegada interrogación. Su vasta frente, más que contraerse, era una prominente arruga.

─¿Cómo Guillermo puede apoyar a Gertraud? ─intentaste explicar─. ¿Sabes cuántas veces me dijo que sabía que ella estaba loca, que el padre y el resto de esa familia eran como ratas, sanguijuelas de salón esperando solo el chance para chupar a otros la verdadera sangre azul que ellos no tenían…?

─Ahí comienza tu error, querido amigo ─te interrumpió Mahler, se puso de pie y caminó hasta el alféizar de la ventana que daba al parque Monbijou. De espaldas a ti, sólo escuchabas su voz─. Has olvidado que ese a quien llamas Guillermo es, en términos más exactos, el Emperador Guillermo, y aunque tuviste el privilegio de oírle hablar como Guillermo, el ser humano, una vez que se ponga la piel de Emperador siempre defenderá a los suyos. Sabes que lo digo desde el afecto, pero… ¿dónde naciste?, ¿de qué apellido ilustre vienes?, o, aún peor, ¿de qué color es tu piel?… ─y, mientras extendía una pausa, se volvió a mirarte─. ¿Crees que ellos, esos que te aplaudían y supuestamente te mimaban, ¿olvidaron alguna vez esas “pequeñas diferencias”?

¿Por qué, siempre que recordabas tu estancia alemana, esas palabras se teñían del mismo gris terroso en que se convertía la nieve en las calles de Berlín? Un gris sucio y a la vez frío, anclado en tu cabeza con el terco empecinamiento de las pesadillas; imagen capaz de reproducir en tu cabeza el tono que Mahler dio a “pequeñas diferencias”, como si pretendiera ─siguiendo tal vez una encomienda espiritual de Mahler─ que estuvieras preparado para todo lo que vendría después: el regreso en 1900 a una Habana enrarecida por la presencia del ejército yanqui, que se resistía a ser gringa sin querer ser tampoco española; la gira de conciertos por la isla que no interesó ni a la prensa ni al público ─”hay sólo seis personas en el Teatro, señor. ¿No quiere cancelar su presentación?”, te había preguntado, apenado, el director del Teatro Campoamor─; la acechante presencia de la miseria confirmada día a día en la volatilidad del dinero que habías acumulado en tus años de gloria y que comenzó a desangrarse como una bestia herida de muerte entre borracheras y farras y bacanales en La Habana, Pinar del Río o Santiago de Cuba, hasta que confirmaste, desilusión tras desilusión, cuánta razón tenía tu padre cuando, al ver el costo de tus diversiones, dijo: “el dinero, como la luz, atrae siempre a falsos amigos, mijo, y esas son polillas más dañinas que las polillas de verdad”; las giras por América y Europa, que parecían estar marcadas por una rara resistencia de tus manos a dominar el violín como lo hiciste en los grandes tiempos, haciéndote creer que el mal signo tenía que ver con América, pues en Europa siempre el instrumento era como una extensión de tu cuerpo y no ese objeto extraño en que se había transformado desde que abandonaste Alemania; y, finalmente, descubrir que quizás Mahler tenía razón: ya no existías, el genial Brindis de Salas se había esfumado lentamente en los últimos diez años y solo quedaba ese negro descorazonado que ─lo confiesas, después del vergonzoso y todavía ensordecedor fracaso del último concierto en el Teatro Vicente Espinel, de Ronda, en España─, acosado por la intensa tos, los esputos sanguinolentos y el dolor en el pecho y los pulmones, decidió tomar el único camino en el que quizás quedaría alguna luz, aún cuando fuera una remotísima esperanza: viajar a Buenos Aires, ir a la búsqueda de Gina y de esa hija que, según había dicho White alguna vez ya casi perdida en tu memoria, podría ser la única posibilidad de mostrar que poseías un alma o, si es que realmente la habías perdido, de rescatarla.

La vieja hacienda en la Quebrada de San Lorenzo, a unos kilómetros de Salta, volvió a colocarte frente a esa presencia umbría que parecía perseguirte, obstinada, incansable, incluso allí en Argentina: era ya apenas el raído esqueleto de un espacio glamoroso, gloria pasada que solo conservaba su espíritu en las amplias terrazas de mármol rosa desde donde, alguna vez, los dueños habían podido extasiarse con las soberbias vistas de las montañas cercanas, abrigadas por una variedad alucinante de verdes, plateados y sienas que se hundían en esa grama compacta y azulísima veteada de blancas nubes que era el cielo en aquella parte del mundo. De la casona central sobrevivía solo la que debía haber sido el ala de los dormitorios de criados, a uno de los que, ahora transformado en recibidor, se ingresaba luego de subir una gastada y peligrosa escalera de adoquines semidesprendidos. Estampa perfecta de la desolación. Esencia del abandono. Flanqueando aquella extremidad agónica pero aún coleteante de la casona, trozos renegridos y calcinados de la antigua armazón de madera conferían al sitio esa lúgubre sensación que solo se percibe en los cementerios abandonados. Algo allí te hacía creer que ese oscuro esplendor moribundo había comenzado a murmurar cuando apareciste. “Ven aquí”, “nos perteneces”, podría significar aquel runruneo que comenzó a cercarte, mientras tocabas la enorme puerta de entrada, turbado por la rara impresión de que, si cedías a esos reclamos, llegarías a mimetizarte con aquella desolación olvidada. Y desaparecer como parte de aquellas ruinas.

Después sabrías ─la casa en esos momentos estaba ocupada por los hijos de una anciana que había ejercido de nana de los hijos del dueño─ que la familia de Gina, propietaria de aquella y otras haciendas en Salta, la consideró durante décadas una suerte de prisión familiar lejos de la alta sociedad rioplatense, a la cual enviaba a sus hijos, o a cualquier otro miembro levantisco del clan familiar; fórmula de exorcismo moral por cierto heredada de los bisabuelos, que habían edificado aquella vivienda cuando se hizo necesario limpiar los pulmones podridos de cáncer de la matrona familiar, a quien los médicos habían recomendado vivir en las alturas y respirar aire limpio. Gina, obligada por el padre para ocultar la deshonra de un embarazo fuera del matrimonio, “y encima, con un negro saltimbanqui”, la había desterrado allí apenas la barriga no pudo ya ocultarse de los ojos indiscretos y las lenguas venenosas de la burguesía bonaerense.

─Cuando nació la nena, el señor le ordenó a Gina que se deshiciera de ella─ masculló en voz grave la anciana, que accedió a verte apenas hiciste saber a su hija que eras “el famoso Brindis de Salas”, había dicho, sonriendo con una visible tristeza al añadir lo de “famoso” y lo de “de Salas” al corto “dígale que es Brindis” con el cual te habías presentado.

─¿Lo hizo?… ¿Se deshizo de la niña?… ─ quisiste saber.

─La niña Gina no se atrevió a retar a su padre. La única vez que lo hizo, que yo sepa, fue cuando lo conoció a usted en Buenos Aires ─le oíste decir─. Aceptó que, una vez que la niña dejara la teta, vinieran a buscarla. Y, si mal no recuerdo, su única petición fue que se la dieran a una familia con dinero.

Entendiste entonces, por experimentarlo en carne propia, qué significaba esa frase que tanto usaban tus amigos del barrio, allá en tu Habana de la infancia: “tremendo trancazo”; en simples palabras, la cabeza bien lejos de allí, las ideas flotando en una niebla rara, la inquietante impresión de que tus pies y manos se habían volatilizado, el pecho apretado… y la imposibilidad de pronunciar aunque fuera una palabra, atrapada al vuelo de esas muchas frases indescifrables que chocaban, atropellándose, en la única parte de tu cuerpo que parecía seguir funcionando aún cuando fuera caóticamente: tu cerebro.

─Era la salida más inteligente: ganar tiempo─ siguió diciendo la mujer, engarrotándose sobre el viejo butacón, como si recordar todo aquello añadiera más arrugas a las miles que ya convertían su piel en un horrendo cuero reseco y semimuerto─. Una noche antes de que vinieran a llevarse a la niña, me pidió que se la preparara… Esa misma madrugada se la llevó. Creo que a Uruguay… o a Brasil, nunca lo supe. Cuando el señor llegó, no quiso creerme cuando le dije que la niña Gina se había llevado a la nena.

Comenzó a buscar en todas las habitaciones de la casona, pieza por pieza, y la rabia, que fue creciendo más y más a medida que iba cerciorándose de la jugarreta que le había hecho la hija, lo fue transformando en una alimaña ciega que rompía todo lo que se le ponía por delante en aquella búsqueda desesperada. “Pateaba como un potro cerrero cuando lo intentan domar”, maldiciendo a cada paso, “era un hombre muy tosco, pero jamás lo oí decir tantas malapalabras como ese día y menos contra la niña Gina, que había sido como un ángel para él hasta que usted apareció”, contaba la anciana, y en una de esas arremetidas de furia, uno de los candelabros cayó sobre las cortinas de las ventanas…

─Cuando intentamos apagar el fuego, nos ordenó salir de la casa─ dijo, los ojos buscando algo indescifrable en las montañas, más allá de la única ventana de la habitación. Te resultó obvio que rememoraba algo que habría querido olvidar. Creímos que había perdido el juicio. Quisimos entonces hacer algo contra el fuego, sin importar lo que dijera…, al final, esta ha sido también nuestra casa desde que yo era una niña, pero él sacó una de esas grandes pistolas que siempre llevaba encima y nos obligó a salir al patio.

Frente a la casa, ante el infierno de fuego, humo y ceniza que creció voraz, indetenible, el cañón de la pistola que el padre de Gina mantuvo apuntando hacia ellos hasta que ya las llamas empezaron a devorar el ala central de la casona, los obligó a permanecer paralizados, impotentes, contemplando un panorama que jamás podrían haber imaginado. “Los ojos del señor reflejaban el fuego. Como dos espejos”, dijo la anciana, sin dejar de mirar esa nada perdida en las montañas. Sabía, dijo, que nunca olvidaría ese momento, aquellos ojos, porque algo en ella la forzaba a buscar en los ojos del señor una explicación a tamaña locura.

─Cuando vio que ya toda la parte de la casona que ellos ocupaban era insalvable ─siguió contando─, dejó de apuntarnos con el revólver, me miró con la cara más triste que he visto en toda mi larga vida, y puedo jurarle que me conozco todas las caras de la tristeza, y murmuró: “salvá lo que puedas. Lo que quede de esto es tuyo”. Se alejó de nosotros, le dijo al cochero que regresaría a Salta caminando, y le ordenó que nos dejara el coche. Se largó por ese mismo camino por el que Usted vino, y fue la última vez que lo vi.

─También la última vez que hemos tenido noticias de ellos, mamá─ la apoyó la mayor de las hijas.

No atinaste a decir nada. Sentías, sin embargo, la punzada molesta de los ojillos afilados de aquellas dos mujeres, jóvenes sin dudas pero casi igual de arrugadas y maltratadas que la madre. Y pudiste entresacar de sus miradas, sin apenas esfuerzo, los acerados destellos de la recriminación, la mansedumbre herida del reproche.

─¿Le habló alguna vez de mí en esos últimos días?─ lograste preguntar.

─Siempre habló de usted, señor Brindis─ contestó. ─ Perdóneme que se lo diga, pero siempre creí que era usted un monstruo, que alguien tan cruel con mi niña Gina merecía la muerte…

El silencio, o una nata pegajosa parecida al silencio, se extendió entre ustedes. ¿Qué podías decir? Ni siquiera habías pensado que alguna vez, en aquella búsqueda de Gina y la niña, tendrías que defenderte. Pero, como si se tratara de una confirmación de lo que Dios o el diablo opinaban sobre tu verdadera alma, allí estaba de nuevo la maldita palabreja: monstruo. Y esa certeza de que vivías un juicio divino te impedía reunir fuerzas para al menos balbucear alguna excusa en tu defensa. Aunque, siendo honesto contigo mismo, por alguna extraña razón te habías resignado a la idea de que, a esas alturas de tu vida, no te interesaba defenderte. Tampoco te hubiera hecho falta: aquella mujer ya te tenía en su lista ─seguramente larga─ de condenados al infierno acusados de lesa monstruosidad.

─Ahora que lo veo, sé que no… no tiene sentido desearle la muerte… incluso siento lástima por Usted─ dijo, y esta vez te miró: no hay nada más aterrador que unos ojos vacíos, sin sentimientos, como muertos, pensaste, segundos antes de que volviera a hablar. ─Ya hace mucho tiempo que usted murió, señor Brindis de Salas… Y los muertos apestan, ¿sabe?

Y apestaban. Incluso alguien tan obsesionado con la limpieza y el cuidado del cuerpo como tú podía olerlo. El hedor de la muerte propia es algo doloroso. El tufo es, irremediablemente, más rechinante. Con la persistencia fantasmal de las sombras, te persigue a todas partes, envenena con su inseparable vaho a tumba abierta, moho y humedad podrida todos los rincones y se vuelve una fetidez asfixiante en los espacios cerrados. Tal vez por ello apenas pasabas tiempo en el hostal de mala muerte donde vivías. Pocas horas después de tu llegada a Buenos Aires, rentaste un cuartucho diminuto en una posada de la calle Sarmiento, en el número 357, que te recomendara el flaco cochero que habías alquilado en el puerto. Apenas dos días pasaste allí, más que nada por el letal acoso de esas mortuorias emanaciones que te perseguían y por los caretos de asco del gordo casero ante tus ataques constantes de tos. Errando por la ciudad en busca de otro lugar más apacible ─habrías preferido una pieza que tuviera ventanas, todas las posibles, para que la brisa se llevara aquellos hedores fúnebres, pero ese era ya un lujo que tu presupuesto no te permitía─ encontraste otra posada: Aire dei Vini se llamaba, tan pobre como la primera y con un cuartucho aún más miserable, en el Paseo de Julio 294, aunque con una casera de ojos tan desvalidos y nobles que, siempre que la encontrabas en la ruinosa y oscura recepción, te preguntabas cómo una mujer de mirada tan ingenua e inocente podía estar casada con un patán insensible y descerebrado, a quien, por suerte, viste apenas en un par de ocasiones. Fue ella quien te recomendó la casa de empeños Monte de Piedad, la tarde en que le confesaste que, pese a haber tenido mucho dinero, ya tus arcas estaban completamente vacías.

─Quizás Usted tenga algo de valor que le pueda dar algo de plata ─dijo, aunque el tono de su voz dejaba entrever la duda. No podía ser distinto: la noche en que ella te dio la llave del único cuarto que quedaba libre en la posada, al fondo, en la parte más lúgubre, tenía que haber notado que tu única propiedad era la ropa que llevabas puesta, un viejo saco de cuero tallado donde guardabas tu Stradivarius, y el pequeño y raído maletín, de cuero y manillas lustrosas de tanto uso, que se había convertido, junto al violín, en tu inseparable compañero de viajes por el mundo.

─¿No será robado? ─dudó el tasador, un flaco encorvado de larguísimos dedos manchados de nicotina. En la casilla estrecha desde donde, a través de un ventanillo de cristal, atendía a quienes se acercaban a empeñar algo, parecía un famélico espectro saliendo de esa niebla inconstante alimentada por el hilillo de humo de un enorme tabaco que mantenía casi todo el tiempo en un cenicero mugroso cerca de su mano izquierda ─ “zurdo, como todos los tacaños”, pensaste─, y al cual dio dos o tres cachadas mientras duró aquella charla.

─Es mío, señor ─dijiste, algo incómodo─. Soy… ─y quedaste unos segundos en silencio─, fui un músico famoso.

─Le doy diez pesos.

─Vale más, señor ─y esta vez la voz te salió quebrada.

─Le doy diez pesos ─repitió el espectro.

─Es un gran violín, un Stradivarius, único en todo el mundo…Yo ahora soy pobre, pero fui rico y famoso.

─Diez pesos es mi oferta ─inmutable, mirándote con fría fijeza.

─Escuche Usted, señor ─dijiste entonces, esperanzado de que, al escucharte tocar el violín, aceptara darte algo más de dinero, y ejecutaste un fragmento del Concierto en E menor, opus 64 de Mendelssohn.

─Le doy diez pesos ─volvió a decir, impasible, el flaco tasador.

Los necesitabas, por eso terminaste aceptando tan ridícula transacción.

─Deme los diez pesos ─dijiste─. Pero no lo venda, por favor. En tres días volveré a buscarlo.

Pagaste con ese dinero cinco noches en la posada, dejando algo para comer y, aplastado por un cansancio angustioso que convirtió en un infierno el camino de regreso, subiste la escalera hacia la segunda planta, creyendo que no llegarías nunca a tu cuarto. Cuando lograste abrir la puerta, arrastraste los pies hasta el baño, vomitaste unos grumos amarillentos de la sopa de pescado que horas atrás te había regalado la casera y, custodiado por terribles mareos en los que hasta las paredes parecían vivas e inquietas, dejaste caer tus huesos en el camastro. Las brumas, voraces, te rodearon.

─Hace dos días que no salía del cuarto y creí lo peor, ya sabe…─ decía la casera, asustada, casi gritando, y llorosa, seguro hablando con alguien, cuyos pasos retumbaron en las maderas del piso en el pasillo mientras se acercaban a tu cuarto. Sus palabras ─campanas lejanas que, pese a su débil repiqueteo, te habían sacado de tu letargo─ llegaban como un eco apagado a ese agujero profundo donde creíste haber caído y del que, curiosamente, no sentías ningún deseo de salir. Solo te molestaba el hedor, aquel hedor que, desde que te supiste enfermo de tisis, había ido creciendo, anegando cada milímetro de tu cuerpo, cada segundo de tus días. Era ─menuda obsesión─ lo único que todavía te hacía sentir vivo. Pero era, también y sobretodo, una fetidez rechinante, asquerosa.

─¿Podrían llevarse a este negro atorrante de una vez? ─soltó una voz que reconociste: el marido de la casera─. Si se corre la voz de que alguien ha muerto aquí, se me arruina el negocio.

─Nadie ha muerto ─replicó otra voz─. Todavía, al menos.

─Usted es el médico y sabrá, pero… ¿y por qué no se mueve? ─quiso saber el casero─. ¿O soy yo el único aquí que siente peste a bicho muerto?

─A este fiambre le quedan unas horas todavía, hombre, no se asuste ─escuchaste decir a una tercera voz.

Y fue lo último. Otra vez las sombras, aún más voraces que la primera vez, impusieron el silencio… una cálida nada.

Despertaste entre sábanas blancas. En una habitación blanca. Diríase que toda luz. Y tal vez por eso no lograbas despegar los párpados. Solo escuchabas. Lejanas las voces, aunque las sabías ahí, rodeándote.

─¿Otro con la tisis, Damián? ─le escuchaste a uno, la voz ronca, como de viejo acatarrado.

─Otro ─fue la respuesta, seca, fría, la voz afeminada, como de flauta─. Como si fuera cierto que Dios hizo la tuberculosis para limpiar el mundo de unos cuantos pobres. Mira este… parece uno de esos pobres diablos que mandamos cada día a la morgue, ¿cierto?

─Y para colmo, negro… Negro, pobre y podrido por la tisis. ¡Jodido destino! Aunque creo que los muertos de hambre saben que su fin será algo así.

─Este no era un muerto de hambre ─lo interrumpió el de la voz afeminada─. Cuando lo desvestimos, bajo el saco y los pantalones, que daban pena, sucios y descosidos, tenía una camisa inmunda pero de tela carísima. Y el corsé, que era más raro porque es casi idéntico al que usan las mujeres, dice el doctor que debió costar una fortuna.

─Los pobres recogen ropa de la basura de los ricachones ─replicó el de la voz ronca─. No es nada nuevo…

─Este no es el caso ─le interrumpió el de la voz aflautada─. El doctor encontró en el bolsillo un pasaporte. Era un músico famoso, conocido en todo el mundo.

─¿Famoso?

─Sí, tenía un nombre raro: Brindis de Salas. José Brindis de Salas. Y le oí comentar al doctor que en sus buenos tiempos tocó incluso en fiestas personales para el expresidente Mitre. Te digo algo: no podemos olvidar este día… 2 de junio de 1911.

─¿Porque es la primera vez en mucho tiempo que mandamos a un pobre diablo a la morgue? ¿Cuántas veces hemos hecho lo mismo?

─Porque va a morir un artista famoso, animal. ¿Has vivido algo así alguna vez?

─2 de junio de 1911… Muere entre la mierda, pobre, abandonado y comido por la tisis, un artista famoso. ─discurseó, burlón, como si declamara un poema─. ¿Te suena eso glorioso?

Después, el silencio. Largo, desesperante. ¿Acaso no se daban cuenta de que necesitabas escucharlos, que sus voces despejaran las brumas que te asediaban ahora que, por suerte, el hedor era apenas un efluvio debilucho que, a ratos, batía en tus narices.

─¿Qué lo ata a este mundo? ─susurró el de la voz aflautada─. ¿No tienes la impresión de que se resiste a morir?

─¿Quién no lo haría, Damián? Imagino que a cualquiera que llegue tan alto, le costará resignarse a un destino tan miserable, ¿no crees? 

─¿Cómo habrá acabado así? ─y ya las palabras que siguieron apenas las escuchabas, como si se alejaran, espantadas, huyendo de ti y de esa luz intensísima que comenzó a rodearte.

─Solo ese Dios al que tú le rezas tanto puede saberlo, Damián ─alcanzaste a escuchar─. Los artistas siempre se llevan sus secretos a la tumba.

Fragmento de la novela de igual nombre de próxima aparición

Amir Valle

(Cuba, 1967). Escritor, Periodista y Editor. Su obra narrativa ha sido elogiada, entre otros, por los premios Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, Gunter Grass, Herta Müller y Mario Vargas Llosa. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en Europa de su serie de novela negra «El descenso a los infiernos», sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006), Largas noches con Flavia (2008) y Los nudos invisibles (2021). Su libro Jineteras (Habana Babilonia), publicado por Planeta obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006. Entre otros premios internacionales en el 2006 resultó ganador del Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa con su novela histórica Las palabras y los muertos (Seix Barral, 2006). Sus libros más recientes son las novelas Hugo Spadafora – Bajo la piel del hombre (Aguilar, 2013), Nunca dejes que te vean llorar (Grijalbo, 2015), el libro de cuentos Nostalgias, ironías y otras alucinaciones (Betania, 2018) y el volumen de ensayos La estrategia del verdugo. Breve panorama de la censura cultural en Cuba (2020). Reside en Berlín, donde trabaja en los servicios informativos de televisión de la agencia Deutsche Welle para América Latina y desde donde dirige la editorial Ilíada Ediciones y OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura.

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