Me disponía a tomar un café. Había logrado ubicar a mi hijo en una actividad que no requería mi presencia. En el mundo de la hiperinflación de las actividades infantiles, de torneos deportivos en busca de horizontes de éxito rápido, de cumpleaños, pijamadas, campamentos y socializaciones infinitas, por fin mis 40 minutos de soledad. ¿Qué hará esta generación cuando tenga tiempo?
El tiempo, entonces en esta ciudad. ¿la guita o el tiempo? me pregunto a menudo. Necesito tiempo y después plata. Prosigo con la vida cronometrada, como el taxi, como las aplicaciones de uber, como la comida chatarra o como el Tinder. Todo tiene reloj, todo también expira. Los mensajes temporales, el chat de cita, los encuentros de mala muerte.
Hago el cálculo exacto del tiempo que tengo entre estacionar el auto, tomar el café y volver a buscar a mi hijo. Camino rápido, muy rápido. Mientras miro chats por contestar desde las 8 de la mañana, antes de ir al gimnasio y después de la reunión de zoom. Antes, la compra digital del supermercado. Eso lleva menos tiempo.
Llego al café, creo que me pueden robar, pero igual apuesto a sentarme en la vereda. Al fin sola, por desparramarse en un libro o simplemente mirar cómo está vestida la gente.
Llega la moza, intenta ofrecer el QR. Abrupta y taxativa le digo: no gracias, no hace falta. Quiero un café.
¿Algo para acompañar?
No, solo café.
¿Qué tipo de café? Repregunta
La miro azorada…, intento ser amable, pero me cuesta. Tengo solo 40 minutos, que a esta altura son 35. Solo mi rostro le devuelve una respuesta. Entonces aclara “quiero decir, si prefiere ecuatoriano, venezolano, hondureño, italiano o nacional”.
¡A perdón!, el que te parezca más rico, cualquiera estará bien
¿Lo prefiere con leche?
No, no, solo un café
¿Y tenemos para ofrecerle expreso, filtrado o en cápsulas?
Necesito llorar. Sencillamente, no tengo escapatoria más que la violencia que la deposito, por ahora, en la angustia. El que salga más rápido, es lo único que me interesa.
En el preciso momento que, bajo la mirada al reloj, escuchó: perdón nuevamente: ¿lo prefiere en pocillo, taza o vaso de vidrio? Grito, una y otra vez: solo café.
Se va, no sé qué puede pasar. Viene con un café que a esta altura da igual. Antes de apoyar el pocillo me consulta: ¿prefiere stevia, edulcorante o azúcar negra?.
Grito nada. Solo un café y 40 minutos de silencio. Suena el teléfono que imaginé había puesto en modo avión (si no fuera por la incomodidad de los asientos y el despertar con el aliento de 1.000 personas, elegiría volar varias horas al día frente al mundo social)
Vuelve a sonar el teléfono. Del otro lado la voz de una mujer que indica, “su hijo la está esperando”. Me levanto corriendo, intento pagar. Nuevamente las opciones, ahora del pago: la trampa de los descuentos y el dinero en efectivo que nunca tengo.
Llego. Mi hijo me ve exhausta y me dice “me gustaría que la próxima vez te quedaras para verme en mi clase de música”. Vuelvo a llorar, nunca mis padres me vieron en nada. No existía el tiempo para los hijos, todo lo ocupaba el trabajo o el Estado.
Ahora tengo tiempo, devorado por las opciones. La vida que expira, como las sesiones de usuario. Y yo solo quiero un café.