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Una escribe, a veces, para perderse

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Por Claribel Terré Morell

Censurada y reconocida, Reina Roffé dice que es bastante tímida y que las personas le gustan de una en una, que  más de dos o tres le parecen multitud y la inhiben o la asustan. La escritora argentina, nómada como ella misma se define, ahora está en España, es  una de las voces sólidas de la literatura en español y la culpable de haber creado personajes en los que la ficción y la realidad, se unen de muchas maneras.

También es una precursora de temas que tomó como suyo hace tiempo y que ahora están en el centro de atención. Migraciones, exilio, sexo, amor, feminismo, homosexualidad, decadencia, entre otros, rondan y se acrecientan en cada uno de sus libros de ficción. Honestidad, investigación, curiosidad, en los que ha tomado la vida de otros como tema de investigación, como Federico García Lorca o Juan Rulfo o a los que entrevistó, entre los que se encuentran, Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Láinez, Adolfo Bioy Casares, Álvaro Mutis, Griselda Gambaro, Antonio Benítez Rojo, Manuel Puig, Sergio Pitol, Fernando del Paso, Alfredo Bryce Echenique, Ricardo Piglia, Cristina Peri Rossi y Alberto Ruy Sánchez.

Ahora trabaja en dos novelas. Lo hace por las mañana. No le pregunté en cuanto tiempo cree que las  tendrá lista. Es una pregunta que a la mayoría de los escritores no se le hace y a ella, mucho menos, porque tal como afirma en esta entrevista: “Todo libro tiene su contra libro, que permanece oculto”.

Reina Roffé nació en Buenos Aires. Es narradora y ensayista. Su obra incluye novelas como Llamado al Puf (1973), Monte de Venus, (1976) La rompiente (1987), El cielo dividido (1996), Lorca en Buenos Aires (2016) y el libro de relatos Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras. Y uno más (2011). También ha publicado Conversaciones americanas (2001) y Voces íntimas. Entrevistas con autores latinoamericanos del siglo XX (2021). Entre otros ensayos, ha publicado Juan Rulfo: Autobiografía armada (1992), Juan Rulfo. Las mañas del zorro (2003) y Juan Rulfo. Biografía no autorizada (2012) Ha sido distinguida con la beca Fulbright (1981) y con la Antorchas de Literatura (1993). Recibió el primer galardón en el concurso Pondal Ríos por su primera novela (1975) y el Premio Internacional de Novela Corta otorgado por la Municipalidad de San Francisco, Argentina, por La rompiente, en 1986. Numerosas antologías europeas y estadounidenses reúnen cuentos suyos y parte de su obra ha sido traducida al alemán, italiano, francés e inglés.

-¿La vida es un lugar incómodo para Reina Roffé, tal como decía tu personaje Eleonora Ellis en El cielo dividido?

-Creo que el personaje lo decía con ironía, un poco en broma. De lo contrario, sería una perogrullada. Digo “creo”, porque no suelo releer mis libros una vez publicados. Solo lo hago en el caso de una reedición. Me prohíbo todo acercamiento a ellos, porque sé que encontraría errores, defectos, imprecisiones, y eso sí que me pone muy incómoda. Una siente que no dará la talla nunca. Cada libro es un desafío en el que vuelves a tomarte el pulso como escritora. Pero tengo la sensación de que, en mi caso, el fracaso es inevitable. Recordarás aquellas frases breves y punzantes de Rumbo a peor de Samuel Beckett: “Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Eso me pasa con casi todo en la vida. Sin embargo, ciertas mañanas me parecen promisorias. Se presentan cargadas de expectativas y deseo de continuidad. Es cuando creo que, tal vez, el próximo libro que escribiré o en el que ya estoy trabajando será, no digo una obra maestra, mejor que el anterior, más perfecto, más satisfactorio para mí.

Clarice Lispector dijo que “Escribir es uno de los modos de fracasar”. ¿Para ti qué es? ¿Y en tiempo de pandemia que significó?

-Claro, es lo que decía antes. Un fracaso y también una tabla de salvación. Tanto es así que cuando me canso o me rindo ante la escritura de un cuento o de una novela, escribo en mi diario. Hace 22 años que realizo ese ejercicio. Fue fundamental durante los momentos más crudos de la pandemia. El diario es como el viaje. Y el viaje, para Claudio Magris, “siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo…”. Una escribe, a veces, para perderse. Otras, para encontrarse. Es orden y caos. Placer y dolor. Carta de triunfo y derrota. Siempre aprendizaje.

-Tus personajes femeninos suelen ser audaces, adelantados, complejos, revolucionarios, estoy pensando en tus libros, pero sobre todo en tu novela Monte de Venus y en el de relatos Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras. ¿Cuánto hay de ti en ellos? ¿Qué piensas de la literatura del yo?

-¿Qué hay de mí en ellos? Todo y nada. De alguna manera, los libros -incluidos los de no ficción- son autobiográficos. Detrás de la construcción de una historia, de un personaje, de una idea o concepto, está la visión de quien escribe, su interpretación personal, subjetiva de las cosas, de los acontecimientos que se describen o se glosan, y de los seres que transitan por las páginas. Ahora bien, en el caso de Monte de Venus, una de las protagonistas quiere ser un hombre. Yo no, para nada. Me encanta ser mujer, aunque me gustaría que me consideraran con el mismo respeto con el que se trata a los hombres. En mis cuentos, la protagonista de “La noche en blanco” es una señora parisense asociada con la resistencia francesa durante los años de la ocupación alemana. Juro, y puedo demostrarlo, que no había nacido en esa época ni viví esas circunstancias. En cuanto a lo demás, si te refieres a las escrituras del yo, es decir, la carta, el diario, las memorias, la autobiografía, me gustan mucho como género. Manuel Puig utilizó la carta en su obra. Por ejemplo, en su novela Cae la noche tropical, y muchísimos otros autores. Marguerite Yourcenar escribió una novela breve, cuando era muy joven, que es una obra extraordinaria –Alexis o El tratado del inútil combate– en forma de carta. Si pensamos en autobiografías, me viene a la cabeza la muy conmovedora de tu compatriota Reynaldo Arenas, Antes que anochezca. Si pienso en diarios, aparecen en mi memoria los de André Gide y Virginia Woolf. Escritos con una gran sensibilidad, llenos de reflexiones de enorme lucidez sobre la vida, la literatura, la historia.

-¿El sexo sigue siendo tabú? ¿Los cuerpos gozantes venden en la literatura? ¿Por qué se habla o se escribe poco de la erótica literaria sin caer en lugares comunes?

-En Afganistán, seguramente, sí continúa siendo tabú. Creo que los tabúes sobre el sexo son inversamente proporcionales a la evolución de las sociedades. Algo parecido ocurre en la literatura erótica, donde grandes obras conviven con otras fallidas y trilladas. Se confunde erotismo con pornografía, lo cual es un grave error.

Hay dos temas en tu narrativa que son de especial interés hoy, año 2021, pero que tú has tratado muchos años atrás. En tu novela La rompiente, dices: “¿Acaso las mujeres no nos adaptamos fácilmente a las vicisitudes del destino? (…) ¿Acaso no estamos bien entrenadas para el destierro?”

-No hice ni hago otra cosa que continuar el camino abierto por figuras pioneras. Basta leer a Colette, a Simone de Beauvoir, a Virginia Woolf, a Djuna Barnes, autoras que todas podemos tener en mente.

-¿Qué piensas cuando escribes las palabras destino, destierro, mujeres, dictaduras?

-Que es preciso conservar la memoria para defender la libertad, siempre tan frágil, frente a los totalitarismos que nos acechan, en especial a las mujeres, porque en esto el mundo ha cambiado poco.

-¿Qué opinas sobre el lenguaje inclusivo?

-No lo utilizo, pero me parece bien que otras personas lo hagan si consideran que es necesario.

 -¿Cómo te llevas con la crítica literaria? ¿Existe hoy?

-Soy una escritora minoritaria. Carezco de interés para la crítica literaria existente en los medios de comunicación de masas. La otra crítica, la especializada, que se mueve fuera del circuito mediático, sí se ha ocupado de mi obra con cierto entusiasmo.

 Biografía no autorizada de Juan Rulfo, Autobiografía armada y Las mañas del zorro. Has escrito tres buenos libros dedicados a un mismo escritor: Juan Rulfo. ¿Hay algo más que admiración en este hecho puntual? ¿Acaso una obsesión? ¿Qué piensas de las obsesiones?

-El caso es el siguiente: en 1973 publiqué en Buenos Aires un libro breve que se titula Juan Rulfo: Autobiografía armada. Por entonces, había muy poco escrito sobre el autor jalisciense. Él era demasiado parco y si una leía las entrevistas que le hacían encontraba respuestas prácticamente monosilábicas y alguna que otra cosa de mayor consistencia. Pero nada más. Para componer algo de peso había que buscar en distintos medios lo que había ido dejando en sus mínimas declaraciones. Él se presentaba siempre como un misterio. Autor que había escrito dos obras excepcionales, como son El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), a quien editores, periodistas y lectores le preguntaban constantemente cuándo iba dar a conocer su próximo libro. Nadie entendía ni aceptaba su silencio creativo. Entonces, se me ocurrió armar, con los breves testimonios suyos a la prensa, que yo había ido recopilando de medios argentinos y de otros países, una suerte de relato en primera persona. Rulfo contando su vida y hablando de su obra. Como tenía un lenguaje poético-campesino delicioso, el texto, hilvanado, quedó como si fuera otro cuento suyo. Ese libro llamó mucho la atención y se constituyó en un material valioso para la crítica, está citado en numerosos trabajos y ensayos sobre el mexicano. Pasó mucho tiempo y, un buen día, surgió la posibilidad de reeditarlo en España. Salió en 1992 por editorial Montesinos. Transcurrió otra década y una mañana me llaman de Espasa Calpe para contarme que estaban por sacar una colección de biografías de escritores y me piden que escriba una sobre Rulfo. Así que, Juan Rulfo. Las mañas del zorro, se publicó en 2003 en esa colección. Luego, ese mismo libro, corregido y ampliado, con prólogo y epílogo, y bajo el título de Juan Rulfo. Biografía no autorizada, fue publicado por Editorial Fórcola en 2012 y reeditado en 2017. Por lo tanto, no fue una obsesión mía, sino de las editoriales y de los lectores del autor mexicano que siguen interesándose por él y su obra.

-¿Es el ensayo un género de pocos lectores?

-El ensayo tiene en España muchos adeptos. Tanto es así que el catálogo de las editoriales medianas y pequeñas, que son independientes, está repleto de estas obras. Son las que permiten su financiación y continuidad. La ficción quedó relegada a un segundo o tercer plano.

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-¿Qué es la poesía para ti?

-La perfección del dolor y de la dicha.

-Tienes un libro de entrevista, Voces íntimas, que es, sin duda, uno de los mejores que yo he leído y que reúne a muchos de los escritores más importantes de América Latina: Borges, Bioy, Mutis, Elena Poniatowska. Ricardo Piglia, Cristina Peri Rossi. ¿Te gustaría contar alguna anécdota sobre el proceso de escritura?. ¿Quién fue el escritor o la escritora más divertido? ¿El más serio? ¿El más insoportable? Ahora, ¿a quién te gustaría entrevistar?

-Todo libro tiene su contra libro, que permanece oculto, lo que no se dice en él.  En este sentido, podría contarte varias situaciones que se dieron en torno a las entrevistas. La verdad, hubo de todo: momentos difíciles, de tensión, momentos cómicos y hasta emotivos. Para no extenderme demasiado, me ceñiré a uno solo. La entrevista que más me costó llevar a cabo fue la de Bryce Echenique. Nos habíamos citado en la cafetería del hotel Suecia de Madrid a una hora en la que suponíamos habría poca gente y, efectivamente, cuando nos sentamos, no había nadie. Probé la grabadora, funcionaba. Precavida, como soy, había llevado pilas y cintas de repuesto. También mis cuadernos y lapiceras. Bryce tenía tiempo. Es un hombre muy amable y dado a la conversación. Todo estaba en orden y comenzamos a charlar. De pronto, llegan unas cuatro o cinco personas. A excepción de nuestra mesa, todas las demás estaban desocupadas. Pero con ese espíritu gregario que en Madrid funciona de manera realmente temeraria, esas personas no vieron mejor opción que sentarse en la mesa de al lado. Uno de los hombres advirtió la presencia de Bryce y vino a saludarlo. Era evidente que se conocían. Se dieron la mano, intercambiaron palabras de cortesía y ahí acabó la cosa -eso era lo que creía-, nosotros retomamos nuestra charla. Pero a los pocos minutos, el grupo colindante inició una de esas conversaciones en las que no se sabe si se trata de una conversación a gritos o de una discusión de las que van a terminar a golpes. Primero, pensé: están hablando animadamente, el carácter expresivo, apasionado del español. Después, cuando empezaron a decir palabrotas, dudé de que fuera solo una charla con nervio flamenco. A todo esto, Bryce Echenique seguía hablando con normalidad y en ningún momento demostró perturbación alguna, parecía ajeno a lo que allí sucedía. En cambio, yo me sentía cada vez más incómoda, subí el volumen de mi grabadora, porque no dejaba de pensar que, con ese ruido, clamor de fondo, me iba a resultar muy difícil distinguir las palabras de Bryce de las otras, a esa altura incalificables, que provenían de la mesa de al lado. Preocupadísima de que se me fuera a chafar la entrevista, comencé a tomar nota de lo que decía Bryce, de lo que podía descifrar que decía Bryce, porque todo era mentar a la madre y tú no tienes ni puñetera idea. Pero, luego, como si nada hubiera pasado, estos caballeros se levantaron muy tranquilos y se fueron de la cafetería con risas y bromas de amigos queridísimos.  Bien, después de una semana de intenso trabajo, de oír un montón de veces el mismo fragmento de la conversación, pude transcribirla, organizarla, y se la mandé a Bryce Echenique por e-mail.  A los pocos días, recibí su respuesta. “Me alegra mucho que hayas logrado desgrabar nuestra entrevista sin mayores problemas, aunque imagino fácilmente que por ahí escucharías alguna de las mil cosas soeces que dijo aquel personaje que en Madrid un grupo de amigos conocemos como Adolfito El Increíble”.

-Eres porteña de Buenos Aires, pero viviste en varios lugares. Dijiste que “la patria nunca está lejos de nada, que está en el tiempo de tu escritura”. ¿Lo sigues afirmando? ¿Qué escribes hoy? ¿Cómo es tu día?

-Sí, en el sentido de que siempre está muy presente en mis relatos y novelas. Ahora estoy trabajando en dos a la vez. Una locura. Cuando me canso de una, paso a la otra. La primera que comencé transcurre en la Argentina y es una historia ligada a la infancia; en realidad, a todo el itinerario vital del personaje central. La otra tiene un escenario distinto, pero la protagonista es argentina. Diría que varios escenarios, porque cada capítulo contiene un viaje a distintos lugares del mundo. Mi día a día, en estos dos últimos años, con la pandemia que nos atraviesa y atrapa, es acotado, aunque no mucho más que antes. Siempre he vivido de puertas hacia adentro. Habitualmente escribo por la mañana durante varias horas. Unos días los dedico a mi propia obra y otros a trabajos periodísticos, a preparar algunos cursos que doy y a organizar encuentros con autores que se realizan en un centro cultural. Cuando la mañana me resulta insuficiente, y sigo con energía y buen ánimo, también trabajo por la tarde. Por las noches, leo, miro alguna película. Es mi momento reconfortante. Si advierto que, por las tardes, no voy a escribir, entonces salgo a caminar, hago la compra o voy al cine, al teatro, a ver exposiciones, me encuentro de tanto en tanto con gente para tomar un café o cenar. Una vida muy corriente, sobre todo ahora que no se puede viajar. Soy muy sencilla, bastante tímida. Las personas me gustan de una en una. Más de dos o tres me parecen multitud y me inhibo o me asusto. He tenido que batallar mucho conmigo misma para poder hacer algo de vida social.

“Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir”, dijo Lorca sobre quien también escribiste un libro. ¿Reina Roffé le teme a la muerte?

– La muerte es el fracaso último y definitivo. Ya no se puede intentarlo una vez más.  A partir de los 40 años comencé a pensar con frecuencia en esa parca que siempre nos mira desde la vereda de enfrente. Así que me fui preparando con suficiente antelación para entregarme sin un “renuncio”, como dice el tango, cuando llame a mi puerta.  

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