Detalle de El gran masturbador de Salvador Dali (1929)
La Cicciolina, -Ilona Staller- en los años 80 poseía una lectura singular del pulso sexual de la sociedad italiana. De esa misma lectura decidió a quienes o qué emociones representar políticamente. Para ella su campaña electoral (1986) debía dirigirse a aquellas personas frustradas, que se reprimían a la hora de vivir el sexo libremente- como aquellas que estaban en contra del ingreso de Italia la OTAN y a la energía nuclear (una formula general: sexo libre + derechos humanos). La Cicciolina, en relación con el universo sexual, representaba la “era de la carne”. Lo propio hizo Pier Paolo Pasolini: desbaratar el mundo conservador con una literatura y una estética cruda e inquietante. Perseguía la emancipación de símbolos y ataduras frustrantes, potenciando encuentros y decisiones libres. La Cicciolina y Pier Paolo Pasolini habían salido a preguntar y a escuchar historias sobre sexo. La actriz porno desde su programas de radio y performance (Radio Luna, años 70) y el cineasta en su film-encuesta “Comizi d’amore” de los años 60. En el sexo encontraban las maneras de entender de la carne, su estado de situación (las relaciones de poder, las miradas sobre el sexo, sobre el cuerpo, las represiones, tabúes infranqueables y los tonos del placer) y la sociedad misma. Tenían, como se advierte en las hojas de rutas de la ciencia, un estado del arte de la carne. Un estado que poseía una preocupación inicial: cómo se alojaba el cuerpo del otro en el mío, el deseo del otro en mi piel y mi piel en su deseo. Pero advertían de algo más inquietante: que aquello que pasara en los territorios del sexo hablaba de la sociedad misma y de su impacto inevitable en la política. En la cama de las personas latían las tramas sociales.
¿Cuál es el estado del arte de la carne en la actualidad?
El deseo por el encuentro sexual comienza a apagarse o a retirarse a otras costas o decididamente a quemarse. El deseo no siempre está de la forma que queremos o pensamos. Circula, se enciende, se apaga, busca otros territorios y la sociología de las sociedades actuales lo vuelve loco.
Los estudios que advierten sobre fenómenos como el de recesión sexual y la reducción de encuentros sexuales principalmente en jóvenes menores de 30 años, nos hablan de las transformaciones culturales, sociales y económicas que se produjeron en esta última década.
En sociedades occidentales con una gran sobreoferta de posibilidades para concretar encuentros sexuales presenciales se observan una disminución o ralentización de las mismas. En Tinder y otras apps se coge cada vez menos. Hace dos años me lo comentó un sexólogo que llevaba adelante una investigación sobre la vida sexual y las apps de citas. Había notado este especialista como otros colegas, el aumento de consultas de jóvenes entre 18 y 30 años. Mayoritariamente no solo se observaba una reducción de la frecuencia de relaciones sexuales sino un auto retiro de las mismas. Un corrimiento.
La postpandemia trajo entre otras cosas una resonancia que llega hasta nuestros días de ciertos cuidados y alejamiento de intercambiar fluidos, y las complejidades intrínsecas al encuentro de dos cuerpos.
¿Podremos seguir cogiendo juntos? Es una gran pregunta sociológica para el futuro. Algunas películas han mostrado en el futuro un camino higiénico de los cuerpos (ahora recuerdo El demoledor de 1993 donde actuaba Sylvester Stallone). El roce como algo innecesario, accesorio, que corre el eje de lo importante. Los líquidos como algo contagioso.
En la actualidad existen gestos y acciones que deberíamos tener en cuenta para pensar el sexo. Además de lo dicho sobre postpandemia anotemos:
a. una mirada puritana sobre el ascenso social que impacta en el sexo, en tiempo del placer y del deseo. Jóvenes, sobre todo varones, dedicados a ganar dinero y a perfeccionar su cuerpo. La auto explotación a la enésima potencia en el mundo de las finanzas y la restricción del deseo en el cuerpo como desvío de la meta ascensional. Eso podemos verlo en muchachos del “masivo bro”, de “hay niveles bro”. Promueven la auto restricción en pos de situar el deseo en la búsqueda de dinero. Son los lobos “monásticos” de Wall Street. Se instituyen como un “modelo de hombre” distinto a dandy, al bon vivant o al imaginado por el dolce far niente.
b. el surgimiento de posiciones masculinas heterosexuales que odian, detestan o desprecian a las mujeres. Un mirada que coloca a las mujeres en territorios crueles: “son todas así”, “son putas”, “nada bueno se puede esperar de ellas”. Desean y odian a lo propiamente femenino y a su cuerpo. Varones heterosexuales que deciden no tener sexo ni relaciones afectivas o sentimentales con mujeres. Que las odian por esa condición. Ese sentimiento agresivo abre las puertas de las violencias y una restricción agresiva de los encuentros sexuales. Algunos movimientos sociales y políticos de ultraderecha han estimulado y acogido estas posiciones. De hecho una parte del apoyo electoral viene de estas subjetividades masculinas. Nada que no anide en el sexo está exento de llegar a la política.
c. La autoexplotación laboral y la exigencia de más horas de trabajo. Cada vez escuchamos más frases como “hace meses que no cojo! Estoy quemado!” “no tengo tiempo ni para garchar”. Estoy quemado, claro, el deseo se quema. Se dispersa, va donde adquiere otra rentabilidad significacional. Inclusive en occidente observamos cada vez más parejas que deciden vivir juntos y no tener más sexo ni con sus parejas ni con nadie. Expulsar ese “momento” y sus posibles trayectorias. El sexo estorba, supone disposiciones conjuntas, suscitar el deseo, buscar un lenguaje gestual que disponga y proponga. Alguna gente dice: “eso me da paja”. La cantidad de horas de trabajo también imposibilita encuentros: el “!no tengo deseo y además no tengo con quien!” se repite. Lentamente miles y millones de posibles interacciones sexuales se van imposibilitando.
d. La pornografía ya no es lo que era. El siglo XX se ha terminado. La pornografía –más allá de la querida masturbación- imaginaba “calentar” el ambiente, enseñar y estimular el encuentro sexual. Una búsqueda de pase al acto. Tal vez hoy quedó sobregirada sobre sí misma y se incluye en la trama de efectos virtuales. Quedarse encerrado ahí. Las acciones humanas se ciñen sobre consumo visual. Cada vez funciona menos como estímulo para dos, tres o cuatro.
e. Vínculos virtuales y la circulación del deseo. El sexo virtual se anuda a las experiencias de la retirada del cuerpo. Poner el ojo, sacar la piel. Este sexo, que no deja de serlo, es parte de la búsqueda de placeres, de la circulación de un deseo que sobrevive de otra manera. Muchas parejas construyen híbridos entre lo virtual y lo presencial y otros tantos prefieren la virtualidad porque se “ahorran” algo que se ha vuelto pesado en estos tiempos: el cuerpo del otro y de la otra.
f. El asedio de las transformaciones sobre los y las jóvenes. La actualidad les exige mucho a los y las jóvenes. Verse bien, mostrarse atractiva o atractivo, transformarte en deseable. Modelar e interactuar de manera incruenta con modelos corporales y con grandes restricciones (comida, salida, etc.).
g. Comer y coger. Era inevitable que las restricciones en la comida lleguen al sexo y a la política, fundamentalmente, cuando la asociación entre comer y coger es simbólicamente muy fuerte. Las grandes bacanales, los alimentos sobre el cuerpo del otro u otra, pintar de crema, helado o nutella, la interacción entre la mesa y la cama eran formas de exploración y expansión del placer. La mesa cada vez más corta y el deseo cada vez más flaco. La idea del “cuerpo sano” posee muchas modulaciones y significados que deben ser pensados, sobre todo, en aquellos aspectos que pueden tornar obsesiva una restricción.
h. La hiperestetización del cuerpo femenino y masculino se propone como una marquesina de cuerpos y consumos inalcanzables. Modelos-dioses que se juegan a la hora de imaginar y diseñar las interacciones sociales. Esta hiperestetización y “trabajo del cuerpo” va contra los cuerpos comunes. Un desprecio por lo común le resta placer y fantasías a los cuerpos y vidas comunes. Esos cuerpos que incluía Pasolini en sus películas en aquellos de la Cicciolina en sus relatos radiales. La tiranía de los dioses siempre rompe y desprecia lo común.
i. La persistencia en la natalidad por parte de ciertos gobiernos y sectores políticos. Placer y natalidad no van de la mano, como tampoco el sexo y embarazos. La retirada de la carne y el retroceso de las frecuencias de encuentros sexuales preocupan a los natalistas y a gobiernos que ven envejecer sus poblaciones. La hipótesis de que no aumente la natalidad se debe solo a las mujeres y a sus ideas de “salir al mercado de trabajo” no solamente son pobres sociológicamente hablando, sino que coloca injusta y cruelmente en el cuerpo y decisión de la mujer toda la responsabilidad social de la procreación. No aumenta la natalidad porque su significación como la del sexo han cambiado. Los modos de trabajo y el vínculo entre las personas ha cambiado. La imaginación del tiempo de crianza se ha reconfigurado y las restricciones económicas han colaborado en la postergación de nacimientos. Más allá que los gobiernos otorguen estímulos económicos, normativos, una campaña anti preservativo o incluso tiempo, no hay ningún plan “coja más y haga hijos e hijas” si los administraciones gubernamentales y los demógrafos van por este camino.
j. El tiempo social organizado por el tic toc veloz del mundo financiero nos impulsa a preguntarnos: ¿Cuánto tiempo para el sexo soporta esta sociedad? Una sociedad doblegada –cada vez más- por un tiempo cada vez más veloz, de eficiencias ansiosas y algo evanescentes rompe con el pulso interno de lo que supone la interacción entre personas. Plata fácil y sexo rápido chocan contra el pulso temporal que requiere la construcción de un vínculo y del despliegue del placer. Esas ideas se llevan puesto todo inclusive la idea del sexo como interacción que merece un tiempo: un acomodamiento de cuerpos, deseos y fluidos.
k. El sextech como alivio de “no sostener” a otro. La búsqueda en los robots y la inteligencia artificial de placer sexual sorteando el “momento interactivo” que supone el encuentro presencial. Se están fabricando robots sexuales que dan cuenta de ciertos fenómenos sociales: la soledad, el hiper hedonismo y la negación a incorporar al otro –entre otros- al plan de interacciones eróticas y afectivas. El robot humanoide Aria –realizado en un laboratorio californiano y que se activa con Inteligencia Artificial- se propone como compañera emocional con rasgos sexualizados.
Seguiremos cogiendo, eso seguro. Persiguiendo el placer (ya sea para potenciarlo o contenerlo), eso también es bastante seguro. Lo que está en redefinición es la compleja relación entre el sexo, el cuerpo del otro y placer. Aquello que se encuentra en el centro de la escena es el cuerpo y la capacidad de alojar al otro, de ubicarlo en su piel o no, o de qué manera lo hará próximamente. La pregunta acerca de si el cuerpo puede escaparle al placer de los encuentros sexuales y situarse en otros territorios, es pertinente.
La gran y potente idea de la modernidad que el individuo puede hacer de su cuerpo lo que desee –en tanto su posesión de sí, de su propia carne y significación de la misma- lo impulsa a sujetar y someter su cuerpo a múltiples decisiones sexuales, estéticas, políticas y económicas. El uso de nuestra carne es profundamente emancipador y al mismo tiempo puede abrir puertas a insondables subordinaciones y restricciones que pueden poner en vilo nuestra existencia.
Algunas personas están retirando el cuerpo del deseo que impulsa el encuentro sexual, le restan colaboración y se lo llevan a otro lado. Una “valija social” que comienza a viajar a otros territorios y allí es donde debemos ir para pensar ese infierno llamado subjetividad.