Por Valeria S. Groisman
Foto Denise Giovaneli
Para crear un mundo distópico primero hay que sentir que la realidad se le podría parecer bastante. Agustina Bazterrica (Buenos Aires, 1974), autora de Cadáver exquisito y traducida a más de veinticinco idiomas, parece haber sentido algo de eso. Educada en un colegio de monjas, vivió su escolaridad en un clima parecido al que retrata en su nueva novela, Las indignas (Alfaguara, 2023). Allí cuenta la historia de una joven, que, en un mundo arrasado por guerras y catástrofes climáticas, escribe un diario secreto en la Casa de la Hermandad Sagrada. Ese diario es un intento de denuncia, de salvoconducto, de salvataje. También es un acto de resistencia y de amor por la literatura y por los valores y sentimientos que junto con todo lo demás también han sido devorados por una humanidad insaciable. La Casa, aislada y rodeada de un bosque oscuro, es una especie de santuario místico, y a la vez terrorífico, donde distintas clases sociales de mujeres luchan por sobrevivir con alimento a cuentagotas y a merced de un régimen autoritario comandado por un hombre y una mujer, la Madre Superiora.
En La huida de la imaginación, escribe el español Vicente Luis Mora, que en los últimos años la literatura atrae más realismo que vuelo. Las indignas es un buen contraejemplo. Bazterrica crea un mundo que no existe, con reglas implícitas, escenarios palpables y personajes que no son pero parecen de carne y hueso. Hay un zigzagueo constante entre la mímesis y la invención que lleva al lector a preguntarse qué de todo lo que allí aparece viene a decir algo sobre nuestra vida. Nos invita esa ondulación a replantearnos si estamos levantando la voz lo suficiente para que el mundo en que vivimos no termine siendo el planeta gélido, pestilente y neblinoso que imagina la autora.
Hay una cosa que me acompaña desde siempre que es mi experiencia en el colegio católico, y en 2018 fui a un monasterio en Cusco -invitada a una feria- y se me ocurrió escribir sobre monjas. Pero, como yo digo siempre, está todo escrito. Entonces pensé: ¿qué elementos combinar para que eso parezca novedoso? Yo necesito (juntar piezas para armar el) rompecabezas. Me pasa esto con todos los textos. Hay piezas que pueden, no sé, tardar veinte años en aparecer o diez. Entonces fueron apareciendo el Don Quijote de la Mancha, donde se habla de la Santa Hermandad, los ensayos de Silvia Federici y un libro de una autora norteamericana que escribió sobre pesticidas (lo publicó en los años sesenta) y se llama Rachel Carson. Su libro se llama Primavera silenciosa y es silenciosa porque los pesticidas matan a todos los animales, pájaros.
Con esas piezas empecé a escribir…
¿Qué de todo lo que hoy es Las indignas escribiste primero?
Lo primero que apareció fue un hombre insultando a las mujeres. Después el comienzo cambió. Mariano, mi marido, me leyó y me dijo que le había costado entrar. Para mí fue como una daga en el corazón. Lo conversamos con mi editora, Magalí Etchebarne, y ella me dijo: ¿por qué no alivianás un poco el comienzo? Y me puse a trabajar. Son las cosas que tienen los textos. Para mí siempre publicás el mejor borrador.
La niebla es un elemento central en la novela. El miedo que genera no poder ver más allá, el clima opresivo, la sensación de apocalipsis. Recién hablabas de los pesticidas y cuando te leía pensé en la niebla en relación con la crisis climática, con la contaminación, con el uso de agroquímicos…
Ah, mira, no lo había pensado, pero lo de la niebla surgió porque yo sigo en Twitter (X) a una usuaria que se llama Science girl (@gunsnrosesgirl3) que va posteando cosas que a mí me interesan mucho. Todo que tiene que ver con la naturaleza. Me alucinan las cosas bizarras (de la naturaleza). Dos cosas tomé de ahí. Primero, lo de las hormigas arrastrando la cucaracha.
Lo de la niebla también lo tomé de Twitter porque alguien puso: Si vos pensás que tenés el peor día de tu vida, pensá que en el año 500 y algo hubo niebla en Europa durante un año y pico sin parar.
En el libro creaste clases sociales en un mundo en el que ya nada de eso pareciera existir. Me refiero a que ya no hay Estado, ni normas, pero ahí, entre los muros de la Hermandad, sí hay un orden y un poder erigido por un hombre. Y entre las mujeres no hay lo que se llama hoy sororidad, digamos, sino todo lo contrario. ¿Por qué lo pensaste así?
El poder del miedo, ¿no?
A ver, yo me crié en la religión católica, y no hablo de otras religiones porque no las conozco. Y tengo mucho para criticar. Una de las cosas es que el catolicismo es eminentemente patriarcal. O sea, las mujeres ahí nunca van a llegar a ser Papas y siempre están debajo de un hombre. Por más que llegues a ser madre superiora en un colegio, en un convento, lo que sea, siempre vas a tener una autoridad masculina que va a estar dictando lo que tenés que hacer.
Entonces tiene que ver con eso, y de nuevo, pensando en nuestra realidad también. Al día de hoy, si bien gracias a las distintas olas del feminismo las mujeres podemos hacer un montón de cosas más o tenemos más opciones, digamos, no solo quedarnos en nuestras casas teniendo niños, todavía hay un montón de injusticias, todavía no hay equidad, todavía siguen matando a un montón de mujeres, todavía tenés el riesgo de ir a otro país, o inclusive acá en Argentina, y que te pase cualquier cosa.
La figura de la Madre Superiora a mí lo que me generaba es esta cosa de que por un lado es la opresora pero también es la oprimida. Es como que juega los dos roles. O sea, oprimida y opresora al mismo tiempo, o sea víctima y victimaria. Y por un lado, ella cuestiona lo que hacen las mujeres que viven en la Hermandad, pero ella tiene esos mismos deseos.
Claro, claro, ella los tiene y los lleva a cabo. Pero bueno, hay como una cosa de “haz lo que yo digo y no lo que yo hago” que está muy presente en las religiones. Entonces hay una crítica ahí también a esas narrativas.
El poder de la palabra es muy importante en tu novela.
Sí, con las palabras tachadas juego con el tema de la represión, con lo que no se puede decir. También se repiten palabras y mantras.
(Bazterrica habla con su libro en la mano, busca fragmentos, los lee en voz alta. Cita, pone ejemplos. Hay algo muy digno: pareciera que ella quiere que su obra hable por ella. Hay una intención notable en cada respuesta).
¿Te volvés a leer cuando un texto se convierte en libro?
Una vez publicados es raro que vuelva a leerlos. Por ahí los leo en una charla, una presentación.
Otro recurso al que apelás es la cacofonía.
La cacofonía para lograr un efecto. Tal vez estoy pensando media hora en una palabra porque no me gusta el sonido del texto. Entonces puedo llegar a cambiar todo un párrafo. Trabajo con esto, con la materialidad del texto.
¿Y los mantras? Podemos pensarlos como rezos, pero más que rezos parecen lavados de culpa.
Lavados de culpa y ahora que me decís una cosa obsesiva, compulsiva. Si digo esto diez veces no me va a pasar nada. Eso también es parte de los mecanismos de manipulación: repetir, repetir, repetir. Ahora que medito los mantras me parecen súper importantes porque entrás como en una distancia mental, como en una vibración mental.
Pero en mi experiencia con la religión al principio, digamos, era esto de repetir palabras vacías.
¿Cómo te sentiste al escribir el libro?
Se mezclan dos cosas. Primero, que yo a la hora de escribir soy muy técnica, porque crear un universo implica un montón de detalles.
Y después a mí me interesa más el cómo lo voy a contar que el qué voy a contar. El cómo lo voy a contar, en este libro, con esta narradora, me pedía un registro poético. Entonces era como bueno, acceder a todos los recursos poéticos. De hecho, empecé escribiendo poesía para poder lograr algo poético y no caer en el lugar común.
Entonces, para responderte, por momentos me dio mucho placer por, no sé, lograr imágenes que a mí me parecían bellas, o me parecen bellas, y por momentos era, bueno, cómo voy a resolver cuestiones de verosimilitud, cuestiones técnicas.
Si hablaban, se lastimaban la lengua. Eso lo leí después de escribir el libro y dije: qué loco, cómo todo se conecta. Porque a veces pasa eso, que yo obviamente tomo cosas de todos lados, pero a veces el libro ya está publicado y te encontrás con un libro y decís, ¿por qué no lo leí antes?
Porque te parece que todo sirve para tu libro ¿Pensaste en algún momento en hacer como una saga?
No, no, me parece que lo que quiero hacer ahora es otra cosa. O sea, las obsesiones son las mismas, pero lo que quiero es escribir sobre brujas, porque acá está pincelado el tema pero no está profundizado. Estoy leyendo bastante sobre brujas pero no va a ser una distopía.
¿Qué estás leyendo?
Estoy con Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf. Siempre estoy conectada con la literatura. Siempre aparece algo que te sirve. A veces es una palabra.
Por ejemplo, yo creo que tengo más influencia de Juan José Saer en este libro que de Margaret Atwood. Porque lo comparan mucho con El cuento de la criada. Atwood me parece brillante la premisa, pero no la estudié. Saer sí está acá, en las descripciones, en la luz. Siempre me interesó la manera en que Saer describe. Yo siempre digo que vos me podés contar un texto, no sé, estás comiendo una milanesa. Una cosa es que me lo cuente un escritor x que no tiene herramientas y otra es que te lo narre Saer.
Porque Saer no solo te va a narrar los detalles y vos los vas a ver en tu cabeza, sino que lo vas a sentir en tu cuerpo y además te va a hacer una reflexión filosófica sobre algo. Entonces es como todo. Tiene todo.