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Alberto ante el dilema del jefe

Por Esteban De Gori.

¿Cuándo cae la bomba? Cierta ansiedad social fantasea con un virus como un rayo. Que caiga y pavonee un par de semanas, que se lleve a alguien y que después se aplane. Que venga. Que explote y ya.

El aislamiento social tiene un pulso propio. La Argentina no solo se ha convertido en un hospital abierto sino en un universo de actos y palabras que van marcando el ritmo, las fantasías y malestares que impulsa esta crisis.

Los balcones, los barrios, las calles, los edificios, los interiores de casas y apartamentos van a convertirse en las marcas urbanas de la experiencia pandémica. Un tipo toma unos binoculares para mirar desde su balcón a una chica que toma sol en la terraza. Ella se da cuenta, están casi de frente. Le grita: “¡pajero, voy a llamar a la policía!”. Una señora se viste de consumidora (bolsa de supermercado visible) y visita a sus hijos. Un joven en la calle le exige a una chica que se ponga el barbijo y ella le grita que mejor se dedique a mirar culos o vergas que tapabocas. Otra chica mientras hace su clase de power circuit piensa si va a denunciar a su padre que llegó de Dinamarca y rompió la cuarentena. Un obrero se apura a entrar a una obra en construcción para que nadie lo observe. Entra. Hay otro colega que lo espera con un serrucho en la mano. Germán me dice que aguanta pero no tanto y si el dinero no llega se va a anotar en Rappi, PedidoYa, Glovo o donde pueda. Queman un auto de una médica en La Rioja por miedo a ser infectados y a otros profesionales de distintas ciudades del país le exigen abandonar sus edificios. Mi tía Adelina dice que está cumpliendo su misión cívica. Estuvo en una guerra en Calabria y puede estar en otra en un país que conoce a medias. Un empleado comenta a otro que ahora los presos se pasearán por la calle y que él prefiere que se jodan donde están.

Describían una imagen parecida a la última escena del Guasón de Todd Phillips donde este y otros vandalizaban y controlaban la ciudad. Una señora de muchos años le grita a una cajera de la verdulería que no le rompa los huevos por no llevar el barbijo. Varios manifestantes que dicen apoyar la cuarentena se expresan en distintas ciudades porque la ayuda estatal no llega. Hay una vida más allá del Zoom y de otras aplicaciones y esta empieza a salir a la calle. Un día la virtualidad se te cae.

En las calles, en el ritmo de los ascensores, en los barrios populares comienza a observarse un hormigueo social constante, en dosis homeopáticas. Personas que por diversas razones comienzan a desgastar su propio aislamiento. Pero que también siguen siendo el brazo “médico” y cultural del Estado. Todos estamos atravesados por una estatalidad que apoyamos y detestamos. Inclusive se puede erosionar el aislamiento en nombre del Estado y allí su gran paradoja actual. Existe una lucha constante entre la autoridad y la libertad a la que todo individuo y gobierno se ven asediados. Y más en un país como Argentina donde las porciones de conflictividad política son relevantes y digeridas con desorbitante ansiedad.

Alberto Fernández cabe dentro de esta radiación sociológica de la individualidad actual. Hay un Chernobyl silencioso que se metaboliza en la individualidad que se está gestando. De hecho, el mismo presidente no soporta ser solo el Estado o el gobierno. Un Luis XIV actual que advierta que él es el Estado mismo estaría en graves problemas para seguir obteniendo legitimidad social. Alberto Fernández puede coquetear a ser el Estado, pero también debe tocar la guitarra para los jóvenes, interpretar algún flujo de la individualidad que lo saque solo del presidente que te hará vivir. No solo de ese dar vida (por los dirigentes políticos) viven las personas.

Hay una vida más allá del Zoom y de otras aplicaciones y esta empieza a salir a la calle. Un día la virtualidad se te cae.

Alberto Fernández se enfrenta a la pandemia y a todo aquello que está en nosotros y nosotras. Creemos en el Estado, en sus disposiciones, pero siempre puede ser hasta ahí. Podemos invocarlo, hacerlo presente frente a otro individuo que trasgrede, pero también tenemos fantasías de saltarlo, de joderlo un poco. Un día te salís. En ese territorio simbólico se articulan formas del malestar y del deseo que puede barrer con cualquier Jefe, Jefa o Jefatura. Un jefe o jefa puede ejercer la capacidad de cuidar a sus ciudadanos, también puede asumir el riesgo de acciones que no vayan en ese sentido. El presidente argentino está ante el dilema del Jefe. Uno que solo cuida y protege y otro Jefe que hace eso pero que se permite asumir zonas de riesgos que acelere, tal vez, el número de muertos. La economía es vida en riesgo y no es su antítesis. Por eso pesa tanto.

Lo otro que pesa es esa imaginación resumida en la pregunta que me hizo un amigo. ¿Cuándo cae la bomba?. Cierta ansiedad social fantasea con un virus como un rayo. Que caiga y pavonee un par de semanas, que se lleve a alguien y que después se aplane. Que venga. Que explote y ya.

Los balcones, los barrios, las calles, los edificios, los interiores de casas y apartamentos van a convertirse en las marcas urbanas de la experiencia pandémica.

El riesgo de que no caiga ese rayo (por cierto, dramático) confirma la figura presidencial pero, al mismo tiempo, puede ser objeto de críticas en relación con la continuidad de un aislamiento severo. La espera de aquello que sucedió en otros países parapeta a las personas en sus casas pero también las va desalentando cuando esa vida de bunker pierde sentido. El jefe recibe esa espera social angustiante y todo su esfuerzo se dirige a calmarla, morigerarla. Su imagen positiva habla de este esfuerzo. Pero las confianzas, en política, nunca son absolutas. Y la espera, a veces, puede restar pulso político. Todos y todas quedaremos socializados por este tsunami sanitario. O la promesa de uno que nunca llega.

Siempre recuerdo un libro sobre Florencia que indicaba que sus palacios y torres se convirtieron en signos de las luchas faccionales. Delimitaban espacios, fronteras, territorios de sangre. Zonas asediadas por personajes como Giovanni delle bande nere y sacerdotes mesiánicos como Savonarola. Argentina tendrá su propio escenario de guerra contra la pandemia. Se librará en la gran ciudad argentina. Sin facciones, sin padres fundadores, ni héroes visibles, sin condottieri que deseen asediarla. Toda heroicidad señalable será puesta sobre el gobierno, quedará en ese lugar, en su astucia por hacerse de aliados y por desalentar a otros que deseen acumular adhesiones. Pero también, esa heroicidad coloca a sus figuras en un brete, en el dilema del cuidado o control absoluto para que la mayoría no sea afectada o de una política que asume riesgos para garantizar, inclusive, intereses vitales. Todo héroe, como decía el viejo David Hume para explicar el Adán de la obediencia, necesita un trance de guerra. En ese trance hoy está Alberto, como en su capacidad de dotar de dramaticidad y astucia a una bomba que nunca llega y en ver cómo responder a demandas que empiezan a emerger.

Todos estamos atravesados por una estatalidad que apoyamos y detestamos. Inclusive se puede erosionar el aislamiento en nombre del Estado y allí su gran paradoja actual. Existe una lucha constante entre la autoridad y la libertad al que todo individuo y gobierno se ven asediados.

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