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Vacuna o placebo: Voluntaria para experimento

Por Odalys Villamil Viera

La previa

(Buenos Aires) No sé qué consecuencias traerá a mi cuerpo la vacuna contra el Covid19 que testean los laboratorios Pfizer y BioNTech. De forma voluntaria la recibiré mañana en el Hospital Militar. No sé si me tocará vacuna o placebo. Quiero con toda la fuerza que sea la vacuna. No tengo miedo.

Hoy en la mañana mi amiga V me mandó un Meme. Una cara deformada me sonríe en el teléfono. “¡No lo hagas!”, me pide. “¿Por qué tú?”, pregunta. “¿ Acaso eres un Conejillo de Indias?”, indaga. Y yo me respondo ¿Por qué no yo?, ¿Por qué no tú? No tengo por costumbre esperar que las soluciones caigan del cielo.

Oficialmente soy una entre las 4.500 personas que en Argentina fueron seleccionadas para el testeo. Una entre las 25 mil que se inscribieron para recibir la vacuna experimental que puede poner fin a esta Pandemia que mata, infesta y ha cambiado nuestras vidas.

Internet sirvió de intermediario para conocer de los laboratorios desarrolladores de la vacuna y con la ayuda de mi amiga Maria Marquetti Alvarez, que es analista de microbiología de la industria farmacéutica, entendí sobre el concepto de ARN mensajero en el que se basa esta vacuna para provocar la respuesta inmunológica. Con toda la información inscribirme fue fácil y un hecho totalmente pensado y racional. Llené la planilla y el miércoles 29 de julio recibí la confirmación de haber sido seleccionada como voluntaria a través de una llamada.

Siempre he preferido el viento que me pega en la cara cuando le voy de frente, al viento que me empuja por la espalda. No quiero pensar que los abrazos y los besos hacen daño; no quiero ver en cada persona que se me acerca a un posible enemigo contagiador. No quiero seguir viviendo con la angustia y la incertidumbre que me generan este “coronado” virus y las consecuentes cuarentenas que de no existir la vacuna se sucederán una y otra vez. Quiero volver a ver a mi madre y a mis hermanos. Quiero ser útil.

El Día D

Son las 6 de la mañana, Ricardo me despertó antes que sonara mi despertador. Tiene el mate listo; esa es su manera de decirme que está nervioso. No dice nada. Yo por ahora sigo tranquila, debe ser el ADN cubano; es la primera vez que soy yo quien decide cuándo y dónde vacunarme. 

De niña en la isla recuerdo estar sentada en clases y que alguien apareciera en la puerta del aula gritando “a formar y al patio que hay que vacunarse”. Recuerdo que muchos lloraban. Yo no. La hija de Cirilo y Lucrecia no le tenía miedo a las “puyas” que impedían enfermarse.

La última vacuna que me puse también fue en Cuba. Estaba en mi casa, era un fin de semana. Estudiaba mi personaje, la Esposa de Los Mellizos de Plauto, cuando tocaron a la puerta. Puse el hombro para la vacuna contra la rubéola, obligatoria para todas las mujeres en edad fértil. Recuerdo esa vacuna de manera particular porque ese mes no me bajó la menstruación; cuando fui al ginecólogo me dijo que estaba embarazada y me hizo la pregunta que para nosotras las cubanas de esa generación era la normal “¿qué quieres hacer?” Por primera vez dudé; nunca tuve en mis planes ser madre, pero por eso del karma de ser hija mayor mi mamá me tenía quemada la oreja con el reclamo de cuándo le iba a dar un nieto. Así que dije que sí, que seguiría adelante con el embarazo. Volví al consultorio para llenar lo que llamaban el tarjetón, entre las preguntas a responder estaba qué vacunas me había puesto; en cuanto respondí que me había puesto la de la rubéola hubo cambio de planes. Donde domina el materialismo dialéctico la selección de las especies no se rige por las leyes de Darwin sino por criterios más pragmáticos.

Hoy es un día cálido en Buenos Aires. Estudié qué ropa ponerme para estar cómoda, me hice un barbijo que combina con el jean y lo bordé con perlitas que tienen forma de granitos de arroz; como los que bordo en los vestidos de las novias para la buena suerte.

Estoy lista.

Un mensaje de whatsApp y otro por el mail de la organización me avisan que “se suspenden de manera total todos los turnos pactados para el día de la fecha”. Nadie explica el por qué. Me pongo a trabajar para engañar la incertidumbre. No me concentro en nada, busco en internet noticias de contagios, de reacciones adversas en los voluntarios, de muertes. No encuentro nada.

Recibo un nuevo llamado. Está la posibilidad de reprogramar para las 17 horas. Dudo, pero respondo que estaré lista. Me doy un baño de esos que crees te limpian el alma y barren los malos pensamientos. Pasan a buscarme 28 minutos después del horario en que debía haber comenzado mi Vía Crucis a la aplicación de la vacuna.

Primera vez que voy al Hospital Militar. Dos militares muy jóvenes chequean mi nombre en la lista de convocados, les cuesta encontrarlo; fueron los primeros a los que tuve que aclararle que mi nombre estaba en la planilla de la mañana. Más adelante en un segundo control me entregan la bolsa con los souvenirs; un termómetro digital, alcohol en gel, dos barbijos, una botellita de agua, galleticas y una barrita de cereales.

Una vez adentro, son civiles quienes nos reciben en el edificio Pace. En mi imaginario esperaba poco menos que entrar a la NASA: imaginaba un lugar blanco blanquísimo y médicos vestidos como astronautas. Nada más lejos de la realidad. Las chicas me entregan una carpeta con dos copias del documento de consentimiento y me indican sentarme frente a las ventanillas donde tendré que completar el registro. Mientras espero cuento que somos 11 los que esperamos. Me sorprende que no hay jóvenes. De pronto llega un suave olor a comida. No sé de donde viene. No sé si lo imagino.

Me dan una credencial con el número 47 que aclaran tendré que devolver al salir. En el dorso tiene letras y números grandes, pero lo que llama mi atención son los 7 casilleros que tiene en la base. Me asignan mi clave, la memorizo y carpeta en mano me dirijo con la doctora F.V.. Ella me explica las 29 páginas del consentimiento y los pasos a seguir durante los 26 meses que durarán los controles y el destino de mis datos.

Sé que tengo la libertad de abandonar el programa, pero mi intención es llegar hasta el final.

Una vez aceptadas las condiciones, que incluyen no saber los resultados de los procedimientos que me realicen y que reúno las condiciones óptimas para participar, ingresa una técnica, extrae mi sangre y colocan el primer sticker en la base de  mi credencial. El momento más inesperado y divertido fue cuando la doctora me orientó para pasar al baño a hacer el test de embarazo: todas las mujeres menores de 60 años estamos obligadas a hacerlo; por suerte dio negativo y rellené el segundo casillero.

El tercero lo llené en el quinto piso que corresponde al hisopado. Lo único que me provocó fue una lagrimita en el ojo izquierdo que corrió mi rímel y sequé rápido para no ponerme a cantar ”Lágrimas Negras”.

De ahí a otra mesa donde me orientan a ir al box 5, el último a la derecha. El lugar es como un aula dividida por improvisados  paneles, en cada uno hay una mesa y silla escolar. Me siento y organizo mis cosas como si fuera una alumna que va a dar un examen. Veo vacunar a mi vecina del 6, vi su sonrisa en sus ojos. Y finalmente llega mi turno; la enfermera comprueba que yo soy ese nombre y ese número.

Pongo el brazo. La vacuna BNT162b2 no duele. O ¿será el placebo?

Después de

Dormí bien. Me desperté temprano. Tengo enrojecida la zona donde me aplicaron la vacuna. Espero que sea una buena señal.