CARGANDO

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El atropello

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MENCIÓN

Por Reina Roffé     

Obra de Max Ernst

“No salgas sin perro, a dar la vuelta al perro”, decía mi abuela. Nunca entendí el significado de su frase o refrán hasta ayer, hasta la mañana del día de ayer cuando fui a dar un paseíto por el mundo, qué digo, si anduve apenas un par de calles. ¿Y cuál era la excusa? Porque yo nunca salgo si no es para algo concreto y necesario. He desarrollado una fobia al afuera que nadie se puede imaginar. La calle me produce desasosiego. No exactamente la calle, sino las personas. Cada vez me dan más miedo. Son como un soplo fuerte de ábrego, ese viento templado que trae lluvia tupida y te deja helada. No obstante, a veces quiero airearme, viajar sobre una alfombra mágica, verlo todo desde arriba para no toparme con nadie que me irrite o me haga daño. Ese día, ayer nomás, después de observar que las flores artificiales otra vez habían girado hacia el lado de la luz en su delirio de querer ser auténticas y naturales -llevaba corrigiendo ese movimiento anómalo una semana seguida- me busqué una excusa. Necesitaba algo de fruta. No era urgente, la verdad, porque en casa quedaban dos mandarinas y con eso podía arreglármelas hasta la compra grande del jueves, cuando mi amiga Ángela viene a buscarme en su coche y me lleva a un hipermercado que merece la pena, en el que hay variedad y buen género, un local muy amplio, de dos plantas, donde no suele haber gente, porque vamos a una hora esquiva al gentío, justo entre las 15 y las 16 horas, y no a ese pequeño, del barrio, que nunca supe cómo se llama, porque a todo le pongo sobrenombres y a éste, desde el primer día que pisé su roñoso suelo, lo llamé “El hortera”. Me sorprendió tanto la brutalidad de los clientes como la de los empleados. Allí es imposible mantener la más mínima distancia corporal. Nadie da tiempo a que una escoja las cuatro piezas de fruta, esas que parecen bonitas por fuera, pero son arenosas por dentro y sin sabor; te quitan del lugar, se anteponen frente a la góndola o sacan un brazo pulpo rápido y certero que te priva de lo que ya habías elegido y no tuviste tiempo de meter en la bolsa. Cada acción, para mayor escarnio, realizada con desdén y autoridad, como si una fuera un monigote lento y torpe, muñeca desarticulada a quien hay que poner en vereda y correr a empujones.

Le conté a mi amiga Ángela por teléfono lo que me había sucedido: salí a hacer una pequeña compra, estaba sumergida en mis pensamientos, ya sabes que ando como si estuviera flotando. Fui al super que llamo «El hortera». Cuando salí de ahí, empecé a caminar tranquilamente por la acera hacia mi casa; alguien, por detrás, que llevaba un paso rápido, me pisó los talones. Yo me aparté y, como no había coches, me fui por la calzada. Quien me había pisado era una chica alta y fuerte, corpulenta, con un culo grande, enfundado en un pantalón de chándal. Ella siguió caminando por la acera, pero había obstáculos, varios contenedores de basura, andamios a raíz de una obra importante en un edificio. La chica no pudo continuar por ahí y volvió a ponerse detrás de mí. Como daba zancadas, me volvió a alcanzar y, esta vez, me atropelló con todo su cuerpazo. Yo, que iba suspendida o colgada de mis ensoñaciones, hecha, como siempre, una idiota -para qué ocultarlo-, me sobresalté por el empellón que me dio, sospecho que a propósito. Solo atiné a murmurar: ¡Qué barbaridad! La chica no me oyó, pero vio el movimiento de mis labios y mi cara de fastidio; entonces, empezó a vociferar: ¡Gilipollas!, dijo varias veces, fuiste tú la que se ha cruzado en mi camino. Qué se piensan, iba despotricando a los cuatro vientos, porque son mayores creen tener siempre la razón. Y volvió a la carga, la palabra gilipollas no se le caía de la boca. Yo le dije: Sin insultar, ¿eh? Pero ella hizo caso omiso y continuó con sus improperios. Me dio tanta rabia que corrí detrás, ella ya había avanzado mucho, y me coloqué en paralelo. En vez de decirle algo fuerte, en su mismo lenguaje, en el único que entienden, le dije: A ver si aprendes educación.

¡Si seré tonta! Volvió a llamarme gilipollas con tono más amenazante, incluso con ojos inyectados en ese odio adolescente tan perturbador, me gritó: A ver, ¿qué? A ver si te doy yo una hostia. Hoy tengo ganas de pegarle a alguien. A mí, que a esa altura temblaba de rabia, no se me ocurrió nada mejor que contestarle con énfasis burlón: También eres violenta, ¿verdad? Por supuesto, no entendió, y continuó de largo con su “gilipollas” prendido a sus morros como un broche y ese deseo enorme, que bien se percibía, de destrozar a quien fuera. Seguramente, se había peleado con su madre. Tal vez alguna profesora la puso a raya o la suspendió. Alguien mayor, no tan mayor, le había hecho algo, impedido un sueño, cierto capricho irracional, vaya a saber. Y allí iba ella con su furor a ras de piel y sus impulsos homicidas descontrolados. Entonces, apareció la víctima perfecta y tuvo que desquitársela conmigo así, porque sí. Yo, cobarde ante tanta demencia y desacato, y por culpa de mi hilito de voz, callé lo que tendría que haberle gritado.

Ángela intentó calmarme. Cuando lo logró, dijo que mi relato me pintaba de cuerpo entero. Bromeamos un rato a costa mía. Antes de cortar, quedó en pasarme a buscar el jueves, a las 14:45, para ir al hiper.

Yo seguí rumiando el desagradable incidente. Había salido a la temida calle en actitud de holganza. Solo un poco, para estirar las piernas y saber que el afuera, tan adverso a mi persona, podía darse bien si se trataba de un contacto de minutos, en su mínima expresión, en territorio conocido, ya explorado. Advertida de cómo eran las cosas en esa zona de Madrid. Pensé en el cuento titulado “Revelación”, de mi admirada Flannery O’Connor, que había leído a los veinte años, cuando anhelaba tanto pertenecer a este mundo, conocer gente, viajar lejos en una supuesta balsa de aceite. El episodio podría haber acabado muy mal. La chica corpulenta y enojada deseaba tumbarme, como la adolescente Mary Grace, la no agraciada, tumbó de un librazo a la hipócrita señora Turpin en esa sala de espera, que se convirtió en antesala del infierno, y estrangularme o intentar hacerlo, hundir sus garras en mi cuello, si yo, aún con mi hilito de voz, pusilánime y apocada como soy, hubiera caído en el peor error, en lo que tanto abomino, en una frase estereotipada. Decirle:

-Si ahora ya tienes un culo enorme, no quiero ni pensar cómo lo tendrás a mi edad.

Ella me había tratado de vieja y, por extensión, a los viejos como si fueran estorbo, seres de tercera categoría, inútiles que impedían la independencia y el desarrollo de los jóvenes. Dos prejuicios, dos formas tremendas de discriminación se habían impuesto como insulto y manifestación de desprecio hacia el otro: llamar viejos a los mayores de cuarenta o cincuenta años y gordos, a los gordos, como si fueran culpables por serlo, como si se tratara de un mal que era necesario señalar, perseguir, acorralar, eliminar de la faz de la tierra.

Pese a todo, hubiera salido de buena gana a la temida calle solo para buscar a la chica corpulenta y llamarla gorda, cacho de gorda, gorda infame. Me horroricé de mí misma. Ahora era yo la envenenada, rebelde tenaz que no podía controlar el resentimiento, esa aversión en la que se mezclaban los tantos: el atropello, pero también el encono que me producía mi timidez, la réplica demorada, a destiempo, la chispa lenta, demasiado lenta para encenderse en el momento adecuado y reaccionar, aprender a sobrevivir en un ámbito del que era expulsada una y otra vez, de mil maneras, con fulminante golpe de metralla. Somos tantos los ofendidos y humillados. Tantos los agresores, los seres de odio, de locura, de venganza.

Por el cuento de O´Connor, por ese sur norteamericano que ella describe con tanto acierto, poblado de racistas y falsos beatos, desfilan los distintos tipos sociales, pero sobre todo sus puntos de vista morales que hielan y crispan. El círculo del repudio es transitado por quienes convierten al otro en objeto de reprobación. La buena señora Turpin, así se consideraba a sí misma, contenta con su dios por haberla hecho como es, condensa el rechazo y la repulsión que siente por aquellos que no son como ella. Desprecia a los negros, a la llamada “white trash”-que suena fuerte, sin anestesia-, a los pobres y a los feos. Nadie queda libre de sus razonados motivos condenatorios, solo ella y su marido, que “habían tenido un poquito de todo y suficiente juicio para usarlo bien”; únicos, entre algunos elegidos más, que se distinguían en su enajenada visión de acompasados y virtuosos que encauzan el orden e imponen respeto. Cualquier revelación en alguien así se difumina rápidamente ante su convencida y acendrada concepción de sí misma y de su clase. Si hubo revelación fue transitoria, un hiato en el camino ascendente de su egolatría y fanatismo.

Es peligroso dar la vuelta al perro, sin perro en un afuera hostil y en un adentro susceptible al escarnio ante la primera piedra que nos golpea, y tan, pero tan difícil construir con cada una de las que nos han arrojado, cuando las palabras se enviscan y fomentan más violencia.

Ha oscurecido y el día de ayer y de hoy se fueron en esto. También en observar si alguna corriente de aire hace que las flores artificiales miren en dirección a la ventana en vez de hacerlo hacia el centro de la habitación. No logro que se queden tiesas tal cual las coloco en estable serenidad. Dos margaritas humildes que bailan en el jarrón heredado de la abuela. Ya es noche cerrada. Aquí no hay un campo de estrellas en el cielo, rara vez se ve alguna. Nunca oí las voces de las almas que ascienden con su entonado ¡Aleluya!, como las percibía la señora Turpin. Oí, en cambio, muchas veces la voz de mi abuela, allá, en Buenos Aires. Una voz, en realidad, la que imagino, porque ya no recuerdo cómo era en aquella época en la que estuvimos tan unidas, cuando salíamos juntas de la mano a dar la vuelta al perro, y yo me sentía segura y protegida.

Reina Roffé

Nació en Buenos Aires. Es narradora y ensayista. Su obra incluye novelas como Llamado al Puf (1973), Monte de Venus, (1976) La rompiente (1987), El cielo dividido (1996), Lorca en Buenos Aires (2016) y el libro de relatos Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras. Y uno más (2011). También ha publicado Conversaciones americanas (2001) y Voces íntimas. Entrevistas con autores latinoamericanos del siglo XX(2021). Entre otros ensayos, ha publicado Juan Rulfo: Autobiografía armada (1992), Juan Rulfo. Las mañas del zorro (2003) y Juan Rulfo. Biografía no autorizada (2012) Ha sido distinguida con la beca Fulbright (1981) y con la Antorchas de Literatura (1993). Recibió el primer galardón en el concurso Pondal Ríos por su primera novela (1975) y el Premio Internacional de Novela Corta otorgado por la Municipalidad de San Francisco, Argentina, por La rompiente, en 1986. Numerosas antologías europeas y estadounidenses albergan cuentos suyos y parte de su obra ha sido traducida al alemán, italiano, francés e inglés.

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