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Del síndrome de Frankenstein y la alegría

Por Susana Saenz.

Desde el siglo XIX en que Mary Shelley relató la historia de terror gótico del Dr. Frankenstein, la civilización occidental ha alimentado entre sus temores más íntimos lo que Isaac Asimov llamó “el síndrome de Frankenstein”. El infortunado protagonista de la novela estaba obsesionado por la búsqueda de la creación de vida, la victoria sobre la muerte, atreviéndose a desafiar su carácter de creado para asumir el rol de creador. Aclaremos en primer lugar, que el nombre del científico pasó a denominar a su creatura como un irónico eco del mandato divino a Adán en el Paraíso, de darle nombre a la creación y dominarla. Al monstruo le quedó su nombre. Solo que en este caso, dominar a la creación se convirtió en el problema: imposibilitado de controlar a la creatura, el doctor se aleja horrorizado del monstruo. Así Asimov describe el temor de la sociedad occidental por el desastre que, sin el control de la ética, podrían provocar los avances científicos, que siempre tienen una doble cara de beneficios y riesgos. Ni más ni menos que el mito de Prometeo, que se actualiza cada vez que el hombre desafía a las leyes naturales y se erige en creador, tomando el lugar de Dios. Por cierto, la novela de Shelley llevaba como subtítulo: El moderno Prometeo.
El síndrome ha alimentado ad infinitum la imaginación de los autores de ciencia ficción que han pintado en sus distopías mundos futuros alternativos en los que algo salió mal, con una constante: un progreso científico que se encamina hacia la dominación del hombre a través de la tecnología, la modificación genética para el diseño de humanos tan obedientes como perfectos, la anulación de la esencia humana por peligrosa, el fin de la humanidad tal como la conocemos.
Paradójicamente nos encontramos en una encrucijada en la que todas las respuestas se esperan de la biología y la tecnología, dupla que los Transhumanistas sostienen con fervor como respuesta a la superación de las “imperfecciones” naturales del hombre: enfermedad, vejez, muerte. ¿De dónde podría provenir la solución y el remedio para vencer a la pandemia que asola al planeta? De la biología aliada a la tecnología. Los gobernantes aguardan expectantes las novedades que sus asesores médicos, investigadores y técnicos les puedan aportar para dar el siguiente paso. Un traspié en las decisiones tomadas se paga muy caro, la población tiene acceso a todo tipo de información y el entrenamiento para intuir lo que huele a charlatanería. Bill Gates pasó de ser un multimillonario de la innovación y la tecnología a filántropo clarividente: supo del peligro que se cernía sobre el planeta y la humanidad y lo anunció en una charla TED de 2015, acompañando sus declaraciones con acciones e inversiones concretas para la búsqueda de soluciones, en este momento, la vacuna contra el covid-19. Nadie o muy pocos lo escucharon. Los ambientalistas, en otras coordenadas, también advertían sobre las catástrofes como consecuencia del deterioro de nuestro ecosistema, no tan específicas como esta que tomó de sorpresa a casi todos.
Sobrevuelan como sombras amenazantes las teorías conspirativas de siempre, sospechas que no descartan incluso autoridades científicas de reconocido prestigio: ¿y si el virus fue una creación de laboratorio que al igual que Frankenstein se salió de control y se rebeló a su creador? ¿y si su propagación fuera un ataque biológico deliberado? Y los miles de “what if” que se van sucediendo a medida que el miedo gana terreno, ahora que la tierra entera se convirtió en un lugar peligroso y nos debatimos con un enemigo invisible y aterrante por lo desconocido.

El vertiginoso empuje que la biología le dio en estos días a la tecnología no lo hubiera podido concebir ni el más avezado experto en prospectiva. Las aplicaciones de comunicación en un mundo que se despertó una mañana convertido a la virtualidad por el aislamiento obligatorio, han desatado una batalla inédita para captar usuarios en medio de denuncias de robo de datos y amenazas a la privacidad. Y de nuevo el miedo, a que se apropien de los datos personales que, entre nos, hace años que los especialistas en macrodatos acumulan con voracidad cada vez que navegamos por internet, posteamos en las redes sociales, hacemos una compra electrónica, un medicamento, pasamos por un peaje o usamos el transporte público. Todo se relaciona para configurar tendencias, perfiles de compradores, de votantes, datos de salud, lo que pidan…  
Byung-Chul Han, el filósofo sur-coreano reflexionó sobre las implicancias y el altísimo valor, ya no comercial, que pasaron a tener los datos acumulados durante el azote de la pandemia: la big data, obtenida por diversos canales sobre los ciudadanos, resultó clave para el control de la propagación del virus. Compara, en su observación, las distintas reacciones en Oriente y Occidente con respecto a ese control por medio de los datos: en los países de Oriente la conciencia crítica sobre la privacidad de los datos es prácticamente inexistente, y se tiene la firme creencia y confianza en que el Estado logrará enfrentar al virus con éxito a través de la vigilancia digital. Asegura Byung-Chul Han que “se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado”.
El control se implementa a través del panóptico digital, concepto de origen arquitectónico que retoma Han y que describe un sistema edilicio carcelario para el control total por medio de la observación permanente. La intención del diseño de la cárcel es inducir a los reclusos a un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. La idea fue tomada antes por Michel Foucault en sentido político: el panóptico como sistema de autoridad y control, como maquinaria de poder, una organización piramidal con un jefe que distribuye poder de control en miles de individuos lo cual permite al poder disciplinario ser a la vez absolutamente indiscreto, ya que está por doquier y siempre alerta, no deja ninguna zona de sombra y controla a aquellos mismos que están encargados de controlarlo. Por los medios se escucha repetidamente la difusión de un número de contacto para denuncias de quienes nos parezca que no están cumpliendo con las normas exigidas de aislamiento. ¿Nos estarán instando a convertirnos en vigiladores, rastreadores de rebeldes entre nuestros vecinos?
En tiempos del big data, el panóptico digital no requiere un estado policial que averigüe los datos para controlar, ni que se tienda una red de controladores, porque la gente, en su afán de mostrarse y «transparentar» todo, ofrece sus datos voluntariamente y deliberadamente en las redes, e inconscientemente cada vez que usa internet. Esa enorme acumulación de datos da un inmenso poder a quien los posee y la transferencia de poder sin instancia de debate u oposición es la lógica consecuencia de la emergencia. En medio de la tormenta hay que obedecer al capitán, todo cuestionamiento se interpreta como un motín, porque lo importante es llegar a tierra firme, vivos en lo posible. El historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, tan citado en estos días, advirtió en un artículo publicado en el Financial Times que las medidas tomadas durante la emergencia se naturalizarán como parte de nuestras vidas, porque así son las emergencias: «…aceleran los procesos históricos. Decisiones que en tiempos normales llevarían años de deliberación se aprueban en cuestión de horas».
En medio de la oscuridad de esta tormenta, mientras escribo este mediodía nació Zoilo -su nombre significa “lleno de vida”-, mi sexto nieto, y se abre paso la luz en las tinieblas. El milagro de la vida es una afirmación contundente e inapelable, no se detiene, sigue su ciclo interminable de volver y volver con la persistencia de la gota sobre la piedra, con el empeño de Sísifo para subir la cuesta, con la obstinación que ha mantenido a los humanos en el planeta a pesar de las guerras, los cataclismos y sí, las pandemias.
Las reflexiones sombrías de los filósofos, los ceños preocupados de los economistas, la penosa pantomima de los políticos y sus malabarismos tratando de controlar la catástrofe biológica, todo se desliza, se escurre y se desmaterializa a mi paso mientras avanzo, sonriendo, feliz.

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