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Margarita Bali: Cuerpos y tecnología en movimiento

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Visité a Margarita Bali en su casa de Colegiales, Buenos Aires, unos meses antes de que recibiera el premio María Guerrero a la trayectoria, y el premio Trinidad Guevara por su labor teatral. El asunto de las nominaciones y los premios estuvo presente tácitamente durante toda la visita. Nos conocimos el año pasado durante el estreno de su obra Juego del tiempo en el Teatro Nacional Cervantes. Al llegar, me ofreció té. Acepté y volvió con una bandeja, y una tetera y tazas de porcelana. Pocas veces alguien en Buenos Aires había tenido la costumbre de ofrecerme té en tetera.

Por Javiera Miranda Riquelme

Un afiche enmarcado de Nucleodanza me recibe en la entrada de su casa. Su hogar tiene una sala amplia en la que se mezclan libros, esculturas realizadas por ella y juguetes de niños. Un poco todo parece en movimiento, como si los objetos hubiesen sido movidos hasta poco antes de mi llegada. Sobre la mesa donde me recibe hay un libro de María Gainza. Le comenté que sus estatuas de bailarinas eran obsesivamente notables. “Antes iba mucho a subastas a conseguirlas”, me dijo, y me mostró algunas esculturas propias.

Bali, nacida en Buenos Aires en 1947, ocupa un lugar excepcional en la historia de la danza y las artes audiovisuales argentinas. Bailarina, coreógrafa, videasta y artista multimedia, su trayectoria se despliega en un territorio de cruces: entre lo analógico y lo digital, lo real y lo virtual, lo íntimo y lo público. Su obra es, en el sentido más literal, un laboratorio del movimiento.

Formada inicialmente en pintura y escultura, y con estudios universitarios en física, matemáticas y biología, se graduó en Ciencias Biológicas en la Universidad de Berkeley, California, donde también comenzó a estudiar danza con maestros de renombre internacional. Ese recorrido singular —entre la ciencia, las artes plásticas y el cuerpo— forjó un modo de producción que combina lenguajes, experimentación permanente y cruce disciplinario como principio creador.

Entre 1979 y 1999 codirigió, junto a Susana Tambutti, Nucleodanza, compañía fundamental en la escena contemporánea argentina, de donde surgieron varios de los artistas y proyectos de danza más importantes del país. Paralelamente, construyó una producción que atraviesa distintos soportes: obras escénicas, piezas multimediales, videodanza, videoinstalaciones y mapping arquitectónico. Las obras se transforman de un formato a otro, se expanden y se reconfiguran: una coreografía puede dar lugar a un video, éste a una instalación, y más tarde a una obra interactiva.

Ese recorrido alcanza un punto de condensación en Juego del tiempo, unipersonal estrenado en 2024 en el Teatro Nacional Cervantes bajo la dirección compartida con Gerardo Litvak. Allí, Bali vuelve a ponerse en escena a sus 81 años, enlazando fragmentos de casi medio siglo de producción en un dispositivo que es, a la vez, retrospectiva y creación presente. Las proyecciones recuperan imágenes de piezas anteriores —desde Marea alta hasta Escaleras sin fin—, pero no como cita nostálgica, sino como recomposición de un archivo vivo. Los fantasmas de Nucleodanza reaparecen en registros fílmicos y gestos de humor, mientras la artista baila en diálogo con mares, lunas, galaxias o con escaleras infinitas. La obra sintetiza sus obsesiones: el cuerpo en tensión con la tecnología, la naturaleza expandida por medios digitales, el tiempo como materia de experimentación.

“No podíamos creer el buen trato que recibimos en el Cervantes, desde el director hasta todo el equipo: todo maravilloso. Además, con un sueldo para cada uno. Para mí era un lujo poder llamar al escenógrafo, a la iluminadora, a gente con la que siempre trabajé, como Mónica Tochi, y decirles: ‘tengo un proyecto, van a cobrar y vamos a trabajar juntos’. Fue bárbaro”.

Tras la temporada en el Cervantes, volvió al teatro independiente: “No fue fácil. Decí que como Nucleodanza siempre estuve en el circuito independiente, salvo algunos momentos especiales, como cuando de golpe el Teatro Alvear nos daba la sala. Pero siempre fuimos un grupo totalmente independiente. Trabajamos así 25 años, sin apoyo estatal. En esa época no existía PRODANZA ni nada parecido, incluso yo tuve que ver después con la gestión de eso”. Y agrega “fue todo un tema conseguir una sala, nos ayudó Andrés Neumann. Pero sigue siendo un tema porque hay muchas cosas que instalar antes de la función, y hay muchas cosas que acomodar porque hay otras funciones, otras obras. Hay una, Velar la noche, que nos desacomoda todo siempre. Cada vez que esa chica de la obra vela la noche nos desvela a nosotros”. Ríe.

Aún con todo, Margarita conserva un público fiel y también hay público que la está descubriendo. “Tengo un público de mujeres de entre 50 y 70 años, muchas profesionales, que practican yoga o algún entrenamiento. Van porque necesitan ver esto: no pueden creer que alguien mayor que ellas esté en este estado. También vienen jóvenes, aunque con ellos cuesta más: a veces llegan con prejuicios, pensando ‘vamos a ver a una vieja bailando’”. Pero antes, quizá, el mundo de la danza era más ávida de expectación. “Con Nucleodanza, si hacíamos un espectáculo, la gente de danza iba sí o sí. Éramos menos, nos juntábamos en los estudios, corría la voz, pegábamos afiches. Pero ahora la gente que estudia danza está más pendiente de la formación de su propio cuerpo que de ir a ver danza”.

Bali dirigió una escuela de danza por donde pasaron importantes artistas del movimiento en Buenos Aires. “¿Y qué cambió en la enseñanza de la danza que ahora ven menos obras?”, le pregunto. “Desde que empecé a trabajar con video me interesó más filmar y editar. Di un curso sobre video e instalaciones en colaboración con la UNA, hace unos 6 o 7 años. Me llevó mucho tiempo. Al terminar, sentí alivio: enseñar te exige seguimiento constante de cada alumno. Desde que dejé de enseñar, siento más libertad”, me responde.

Ese interés por explorar se trasladó también al espacio público, donde la ciudad se convirtió en escenario de sus obras en Ave de ciudad (1998), los bailarines interactuaban con las palomas de Plaza Congreso; en Pizzurno pixelado (2005), pionero mapping arquitectónico en Argentina, la fachada del Palacio Pizzurno se transformó en pantalla para proyecciones audiovisuales, animaciones digitales, música octofónica y danza en vivo de veinte intérpretes. Una obra efímera, irrepetible, que reinventa la arquitectura como espacio de imaginación.

Recientemente presentó sus instalaciones de videodanza Rocas y Galaxias Inmersivas en el ex Centro Cultural Kirchner. Aunque pronto volverá a presentarse en la sala infinita del Centro Cultural Borges bajo la programación de Adriana Barenstein. “Esa sala tiene bordes y ventanas. Es bastante finita (ríe), pero vamos a usar las ventanas para proyectar. Así que sí, me están empezando a llamar”, me dice satisfecha, aunque no deja de tener reparos con los espacios. “Me frustra cuando presento un video y termina en una pantallita chiquita en una sala cualquiera. Mi obra dura 20 minutos, necesita tiempo y contemplación. En artes visuales muchas instalaciones son más simples o breves, no requieren ese recorrido. Lo mío es más teatral”.

Por eso, porque ha sido pionera en Argentina y en el continente en disciplinas como el mapping y la videodanza, tiene una mirada suspicaz. “Nunca fui muy amiga del arte conceptual. Me aburre tener que leer para entender. Soy visual: me gusta que lo que veo me impacte. Creo que sirvió en su momento para renovar, pero ya está”.

Entre sus archivos y películas guardadas en subterráneo, admite que probablemente están “en un estado que prefiere no conocer”. La digitalización de su obra fue un proceso tardío: “Si no fuese por el libro Universo Bali, que me obligó a ordenar mi archivo artístico, nunca lo hubiese hecho ¿Tenés el libro?”. No, le dije, y me lo regaló.

Quiero hacerte una última pregunta, le digo. ¿Te gustaría ser más conocida?. “¿Ser famosa como Marta Minujín? No sé si ser famosa. Ella se construyó un personaje, y me parece que ya es tarde para que yo lo haga (ríe). Yo he sido artista toda mi vida, pero también llevé una vida familiar normal: crié hijos, nietas y tengo la casa llena de juguetes porque el domingo viene mi nieta a jugar. Lo que sí quiero es que, cuando hago una obra, se vea. Como todo artista, quiero que mi obra sea vista: cuanto más público, mejor”, responde.

Me despido, la abrazo. “Andá a verme al Borges en octubre”, me dice y cierra la puerta.