No me iba a dar por vencida, seguí con el impulso de lo comercial, lo argentino y apostando a las caras conocidas. «La Casa», con protagonistas muy actuales, tenía un relato con un protagonista hombre, donde no se mostraba casi mujeres presentes, solo unas pocas casi desdibujadas: la voz de una mujer Recursos Humanos desde China en un mensaje de teléfono que sonaba a robot, una empleada doméstica a la que el protagonista despide sin ceremonia que no emite reclamo ni tiene voz. La esposa del amigo del protagonista que es silenciada cuando intenta ayudar a salir a su amigo de una situación financiera compleja. Además, a unas bailarinas de un videoclip, como objetos, luminosos, y sin historia casi fuera de plano. Y a la de más presencia, una señora mayor de un kiosko —un local del conurbano, sin clientes donde vendía sándwiches a «los obreros de la zona»— además de recibir cartas dirigidas al antagonista de la película, un corredor inmobiliario/bróker de inversores, quien participaba de soporte, de asistente, cargando el duelo por un hijo muerto en Malvinas. Temáticamente, aquí también el protagonista después de un viaje y travesía llena de violencia, de cruce de la moralidad, recupera lo material pero pierde lo humano, quedando solo, quebrado, en el limbo del presento llorando mirando a cámara.