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Mar, Mar, vuelve a la vida

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Crónica para BeCult – Florencia Davidzon

Llegué a Mar del Plata con el lema del festival siguiéndome como una frase persistente: «El Renacer del Esplendor». Cuarenta años. Renacer. Esplendor. Palabras grandes, redondas, ceremoniosas, que parecían flotar por encima de la ciudad, o decirse desde un atril de otra época. Venía con ganas de reconectar con el cine. Había estado en festivales de Cine en Panamá, España, Estados Unidos, Canadá, México, incluso Cuba varias veces. Lugares donde uno llega sola y, sin saber cómo, siempre termina encontrando a alguien: un productor en un pasillo, un guionista mientras se sirve un café, un director que no durmió desde la proyección de la noche anterior. Festivales donde el cine se vive como una conversación, un pulso, una familia itinerante con una pasión que se hace sentir.

Nunca había estado en el de Mar del Plata. Ahora me quedaba cerca y tenía curiosidad. Quería ver qué se programa en el país, qué llega de Latinoamérica, qué historias se ponen delante del mundo. Quería encontrarme con ese murmullo humano del cine: voces mezcladas en las filas, risas nerviosas, discusiones improvisadas entre desconocidos, preguntas, respuestas, y además un lugar para encontrar grandes amigos.

Apenas salí del micro, el mar me habló primero. La rambla de La Perla me recibió con un viento que raspaba, estaba gastada, sin brillo. Los puestos de artesanías con pocos colores parecían sobrevivir por costumbre. Y en los mosaicos húmedos de la escollera, sentí a Alfonsina, y a su voz que no se iba. El mar insistía, me hablaba, pero no de esplendor, era un látigo constante de golpes punzantes.

Caminé hacia el complejo del festival y después de varias vueltas, llegué por intuición, por ensayo y error. Las señaléticas del Festival no ayudaban. Los datos oficiales publicado online por el Festival me resultaron insuficientes para entender dónde estaba parada y cómo funcionaba todo esto. El pequeño folleto con las películas, sin sinopsis, que logré tomar de la mesa de prensa, apenas mencionaba el nombre de la obra, el país, el horario y su realizador.

Llegué primero a una convención judicial en el Hotel Provincial. Después a una maratón deportiva. Estuve así un rato en un espacio a la deriva donde convivían tres eventos distintos y ninguno registraba la existencia de los otros. Era como si el festival ocurriera en un plano paralelo para conocedores. Esa indiferencia coreografiada entre actividades pegadas, casi tocándose sin mirarse, me dio una sensación rara: la ciudad podía estar llena y, aun así, cada quien ir a su en su mundo.

Cuando por fin entré a la sala de «La Gioia», la película ya había empezado. Había voluntarios, sí, pero ninguno se molestó en iluminarme el camino con la linterna. Entré a oscuras, tanteando butacas, como si irrumpiera en la casa de alguien en medio de un rezo. El lugar no estaba tan mal. Pero el teatro olía envejecido. Los baños sin papel, sin jabón, sin toallas. Los techos altos que alguna vez habrán sido imponentes, ahora iluminaban con una luz cansada. En el centro de auditorio y también afuera, el cartelón del festival anunciando «El Renacer del Esplendor» como una ironía involuntaria. Me reí y me dio bronca. Pero me saqué una foto.

«La Gioia» me estremeció. Una protagonista infantilizada por su familia hasta lo grotesco, sin capacidad de lectura del mundo. Salía a la calle como quien abre la puerta de un cuarto de una casa de muñecas y entrara a la cueva del lobo. El deseo la arrastra, pero sin herramientas. La película construye la ruta hacia su desgracia con una precisión cruel, y perversa. El feminicidio anunciado no solo duele, indigna. El guion empujaba a la espectadora a cuestionar a la víctima, como si su vulnerabilidad, y el crimen, se debieran a su ingenuidad vuelta idiotez. Salí con el estómago revuelto.

Entré después a «Flood». Llegué temprano, con la esperanza de corregir el mal comienzo. El equipo de Eslovenia presentó su película con mucho preámbulo. Antes de la función, los organizadores me hicieron soportar quince minutos de publicidades tan mal producidas que parecían un experimento sobre los límites de la paciencia. La película, en cambio, estaba bien producida, pero era devastadora. Una joven atrapada bajo el poder del padre y bajo la amenaza del sistema comunista imperante, donde su pueblo entero estaba a punto de desaparecer bajo el agua de un dique que estaban construyendo, volando literalmente iglesias entre otros edificios. Cada intento de búsqueda de libertad de la protagonista le volvía como boomerang en un aprisionamiento nuevo. Luego, el ACV del padre, que sucede porque ella dice lo que quiere para su vida la convierte en responsable de su prisión, mientras el agua avanza como un destino escrito, e imparable. Una película que habla de las estrategias para soportar y de la impotencia lúcida de nuestra época que no permite salida.

En «Calle Málaga» una película española que sucede en Marruecos, la vejez y la vulnerabilidad económica de una mujer mayor se vuelven el eje de un drama doloroso. Una hija, agobiada por la precariedad laboral y una familia quebrada, le arrebataba la casa y los muebles a su madre. La señora intenta comprenderla pero no puede, no la confronta pero intenta recuperar sus pertenencias trabajando sosteniendo su dignidad a fuerza de pequeños actos. La posibilidad de un amor tardío le da un respiro, pero la herida familiar quedaba abierta. La película termina con la hija viendo que su plan no resultó y queda llorando sobre la mecedora que su madre recuperó, una caída moral sin retorno.

Quise darle oportunidad a las películas locales. En «Pensamiento Lateral» encontré el encierro y los golpes de manera literal. Una mujer secuestrada y torturada durante casi toda la película por tres hombres de un núcleo familiar oscuro y enfermizo intentan sacarle algo que ella supuestamente tiene o sabe. Ella finalmente logra escapar, pero queda destruida: piernas rotas, sonrisa torcida, con un sobre qué tal vez revela su venganza, una recompensa de su supervivencia.

Decidí apostar al cine Latinoamericano.  «Cordillera de Fuego» de Guatemala, hablaba de una tragedia social y natural. Una vulcanóloga vio el horror aproximarse, al descubrir que muchos asentamientos indígenas estaban en tierras sísmicas donde emergía un volcán a punto de entrar en erupción. Su lucidez sin apoyo, sin herramientas resultaba un castigo. Saber más no servía para salvar más vidas. Por eso, aunque lo intentaba, teniendo al poder público y económico en contra, ella tuvo que acelerar su auto buscando sobrevivir con un grupo pequeño de niños mientras de pobladores quedaban atrás, sin esa suerte. Una película sin héroes épicos sino posibles.

De México encontré «Espina» que se filmó en Panamá. Me resultó una fábula triste sobre vidas dañadas por mala praxis. Un hombre hemipléjico decide vengarse del médico que lo lastimó al nacer. Junta dinero online estafando a sus donantes. Contrata a una mujer como acompañante para que haga de enfermera, y un amigo de chofer improvisado. La película es un viaje hacia el desencanto. El médico con quien se encuentra está peor que él. El final, cómo ya me había empezado a acostumbrar, era un plano con el protagonista solo frente al vacío, mirando el abismo como única forma de cierre.

El Festival este año hizo algo innovador, incluyó la sección de series. Como tenía un espacio entre dos películas entré a ver «Silencio», de España. Una tragicomedia vampírica queer con una estética sorprendente, pero debajo de la sofisticación del arte tenía algo bien incómodo y misógino: los vampiros eran solo mujeres. Ellas atacaban, ellas destruían, ellas encarnaban el peligro. Los hombres eran las víctimas. Muy inquietante como gesto simbólico.

Las narrativas de este festival parecían insistir, una y otra vez, en un mundo donde los cuerpos femeninos eran territorio del horror, del castigo y de la violencia.

Antes de entrar a una función, me agarró una duda válida: ¿y si el problema era yo? ¿Y si estaba eligiendo mal, enfocándome solo en lo sórdido, lo oscuro, lo que me confirmaba la tesis que me había empezado a hacer desde que vi Gioia y Flood?.

La noche anterior en una cena con otros críticos alguien comentó, con una copa de vino en la mano, que había visto una gran película “ligera, tierna, melodramática, de esas que te dejan un buen sabor” y que él la había disfrutado. Sentí un pinchazo de culpa cinéfila. ¿Estaría subestimando lo comercial? ¿Estaría evitando lo amable por puro prejuicio?

Decidí darme una tregua. Algo más cálido. Algo que, seguro se estrenaría en salas comerciales prontamente. Y con esa decisión medio absurda, medio desesperada, entré a ver «Familia en Renta». La película estaba ambientadpa en Japón y era en otro tono por el género, pero no salía del patrón marcado. De producción estadounidense, retrata una opresión social y silenciosa sobre las mujeres: Golpeadas en roles de servicio, madres solteras que tenían que alquilar un hombre, actor, para simular tener una familia completa y lograr que su hija fuera aceptada en una institución educativa. Los personajes mujeres, vivían administrando su culpa, soportando humillaciones, defendiendo una mínima dignidad desde un lugar minúsculo de “necesidad”.

No me iba a dar por vencida, seguí con el impulso de lo comercial, lo argentino y apostando a las caras conocidas. «La Casa», con protagonistas muy actuales, tenía un relato con un protagonista hombre, donde no se mostraba casi mujeres presentes, solo unas pocas casi desdibujadas: la voz de una mujer Recursos Humanos desde China en un mensaje de teléfono que sonaba a robot, una empleada doméstica a la que el protagonista despide sin ceremonia que no emite reclamo ni tiene voz. La esposa del amigo del protagonista que es silenciada cuando intenta ayudar a salir a su amigo de una situación financiera compleja. Además, a unas bailarinas de un videoclip, como objetos, luminosos, y sin historia casi fuera de plano. Y a la de más presencia, una señora mayor de un kiosko —un local del conurbano, sin clientes donde vendía sándwiches a «los obreros de la zona»— además de recibir cartas dirigidas al antagonista de la película, un corredor inmobiliario/bróker de inversores, quien participaba de soporte, de asistente, cargando el duelo por un hijo muerto en Malvinas. Temáticamente, aquí también el protagonista después de un viaje y travesía llena de violencia, de cruce de la moralidad, recupera lo material pero pierde lo humano, quedando solo, quebrado, en el limbo del presento llorando mirando a cámara.

Mientras saltaba de sala en sala, empecé a descubrir la trama invisible de este festival. No podría ser casualidad. Había visto más de ocho películas, muchas de éstas habían tardado más de diez años en llevarse al cine. No eran reflejos instantáneos, tenía signos, El festival había curado historias, a conciencia o no que eran el sedimento de una época donde la huella más notoria era la desesperanza acumulada. Esto se veía en historias sin salida, sin epifanía, sin fuga posible. Narrativas donde las mujeres cargaban lo insoportable y los hombres se derrumbaban sin aprender nada. El festival y su cine me proponían un mundo sin redención, en una estética del derrumbe, cruel y violenta.

Pensé en abandonar, pero ya tenía el ticket de mis otras dos películas. Después de tanta sombra, y gracias a las posibilidades de lo fortuito encabezado por la simpatía que me despertaba un director como Trapero, vi «&Sons». Una película que frente a tanta oscuridad me pareció luminosa en su tristeza. Eso es lo paradójico de las apreciaciones, siempre todo es relativo y depende mucho de contra qué se compara.  Ofrece una perfección magistral desde todos los departamentos que construyen el cine. Pero también, tengo que decirlo, es un mapa de hombres perdidos donde la exmujer del protagonista, en su breve aparición, viene a traer cierta claridad y la inteligencia femenina más humana de todo el festival. Suspiré agradecida, aliviada.

Vi también, es un decir, «Nouvelle Vague». Solo para hacer tiempo a mi bus nocturno que salia a media noche. Una comedia francesa que empezó bien. La sala estallaba de risas. Pero yo me dormí del agotamiento, no por la película. Lo poco que vi parecía ágil, prometía. Me juré volver a verla. A veces estar a la altura de una comedia requiere estar bien despierta para poder cazar la magia del humor, y yo ya venía caída y opacada de tanta oscuridad.

Al salir de la última función pasé por la rambla. El viento seguía castigando. El cartel del festival resistía ahora más inclinado. Me pregunté, qué renace entonces en un evento como éste. No era el esplendor seguro, pero quizás sí una lucidez peculiar una certeza sobre la oscuridad en la que habitamos.

Con el bolso en la espalda, y su peso, entendí también la naturaleza de este festival: Mar del Plata no era un festival de encuentro, sino un festival de tránsito. Un lugar donde los creadores entregan, presenta su trabajo para clasificar, muchos ni se toman la molestia de acompañar su trabajo, es un paso más para comprar credenciales que los autorice a participar de otros festivales clase A (los más caros, más codiciados, y más difíciles de entrar que clasifican para los Oscars). Aquí no se llega a conversar, a vivir el cine, ni a celebrar, más allá de las banderas políticas que exista es una oportunidad para que se ocupe, pero muchos creadores se disculpan, mandan a otros o vienen a cumplir con el un trámite. A conseguir el sello en forma de foca.

Mientras el festival lo auspicie así, el esplendor real no renacerá nunca. Porque el cine, es un arte profundamente humano. Sin ritual celebratorio, sin encuentro no hay resplandor posible. En nada tiene que ver el presupuesto.

Los premios llegaron como llegan siempre: con la ilusión de que, al iluminar unas pocas películas, se pueda fabricar un brillo que no estuvo en las salas. La Gioia se llevó: mejor dirección, mejor interpretación masculina, y nadie puede negar su potencia —aunque yo siga pensando en el modo incómodo en que la película empuja a la espectadora a culpar a la víctima. &Sons, por suerte, ganó en guion. Un guion escrito por Sarah Polley —una mujer—, tal vez lo único realmente luminoso en un festival que parecía insistir en hundirnos. Los cronistas argentinos premiaron La Casa, lo que confirma que seguimos fascinados por los relatos del derrumbe, como si ese espejo roto nos dijera algo nuevo. Calle Málaga, en cambio, fue la favorita del público y del jurado internacional: una película noble, pero sin riesgos, sostenida por la enorme Carmen Maura y dirigida por Myriam Touzani —una mujer marroquí que, al menos, puso a mujeres en el centro sin convertirlas en ornamentos. Pero aun así, incluso ahí, el conflicto nace de una intemperie que empuja a esas mujeres a sostener lo insoportable y romper a una familia.

Los organizadores parecen creer que repartir estatuillas es la forma de anunciar el “renacer del esplendor”. Yo creo lo contrario: creo que los premios apenas revelan el temblor de la época. Por Argentina también ganó Risa y la Cabina del Viento, del reconocido publicista Juan Cabral, que no vi —y por eso no opino—, pero celebro que, al menos, los jurados hayan leído que las narrativas de resistencia machista, esas que se amparan en la crueldad para excusarse en el realismo, empiezan a sonar viejas, incómodas, inaceptables. Como si, debajo de tanta oscuridad, hubiera un deseo mínimo de otra forma de mirar.

Al retirarme miré el mar y entonces recordé a Sarah Kay, esa idea tan suya de que no hay nada más hermoso que cómo el océano insiste en besar la costa aun cuando todo parece retirarse. Como la espuma que sentí sobre mis pies que volvía, aunque luego se rompiera y se evaporara. Como nosotros, el público, al sentarnos en la butaca, esperando que —de algún modo, en las próximas funciones y ediciones del Festival—el mar vuelva.