Por Tania Garcia Núñez
Obra de Roberto Fabelo
Acá va una confesión: ni siquiera me bautizaron.
Viniendo del lugar donde vengo —Cuba en las décadas del 60 y del 70, cuando cualquier religión era penada— permanecí lejos de toda creencia por años. Lo más cerca que estuve fue el materialismo dialéctico e histórico: existo, luego pienso; la materia organizada, etcétera. Aunque hace mucho que ya no vivo allá, sí estuve en los difíciles años 90. Me hice madre y entendí que necesitaba algo más para vivir: necesitaba ilusionarme, alguna fuerza exterior que me ayudara a no perder la razón.
Tuve momentos muy duros que me acercaron al catolicismo, sin fanatismo, pero siempre lo sentí un poco ajeno. Desde el sermón sin contenido hasta la Eucaristía sin compromiso, pasando por la casa de Dios atiborrada de oro y fastuosidad. ¿Así era Jesús? Luego descubrí el sincretismo religioso de la mano de don Fernando Ortiz y su concepto de transculturación, y algo en mí se acomodó mejor.
Como nuestros ancestros en las cavernas: encuentras problemas y te encomiendas. Te tocan eventos paranormales que no deberías haber vivido y te cuestionas tus creencias —o tu incredulidad, ya ni sé—. Por otro lado, siendo ingeniera y habiendo estudiado las leyes de la física que rigen la materia, la dualidad onda-partícula, y viendo que el propio Einstein terminó creyendo en algo, pues el ateísmo se va diluyendo solo, sin que nadie te ayude.
Confío en que nos vamos a otro lugar —como parte de las leyes físicas de energía y materia—, como ondas, como partículas, o como ambas a la vez. Teniendo en cuenta cuántos tipos de energía contienen nuestros cuerpos y cuántos átomos los componen, estoy segura de que nos transformamos. Si me dieran a elegir, querría irme a formar parte de una estrella enana. Total, si ya chiquita estoy.
También entiendo que las distintas religiones convergen en ciertos puntos, y si eso lo mezclo con las leyes que nos rigen a todos… pues algo tiene que existir. No sé muy bien qué, pero algo.
Y siempre hay un pero: los cubanos, aunque ya no vivamos en Cuba, creemos en cosas que no tienen que ser lógicas. Un día te cae en las manos El Monte de Lydia Cabrera y te encuentras de cara con la santería, de la que tampoco eres fanática, pero como buena descendiente de españoles y de negros, te bandeas en dos aguas sin que nadie te lo pida.
Al final he terminado mirando mi carta astral, de la mano de mi psicóloga, que es muy alternativa. Descubrí que soy Acuario con ascendente en Escorpio, lo cual explicaría por qué me pasan cosas por deporte, como dirían acá.
Creo en el efecto maravilloso que hacen el sol y el mar. Aún no entiendo del todo la causa, pero los días grises me cambian el humor y ver el mar se ha vuelto una necesidad. No un capricho: una necesidad.
También creo en el karma. Siento que debo hacer lo mejor posible y aprender lo que pueda, de modo que si es real que se paga, pues tenga menos culpas acumuladas. Soy altruista a pesar de las decepciones —y las ha habido—, así que confío en que cultivo un buen karma, o al menos uno razonable.
No sé adónde iré a parar al final, pero espero que sea a un buen lugar. Mientras tanto, que vengan el horóscopo, las runas y las cartas.