Vi a mis personajes caminar por la ciudad

Por Marina Gambier

Alejandra Naughton es economista egresada de la Universidad de Buenos Aires con una prolífica trayectoria en el sistema financiero local e internacional, ámbito en el que alcanzó cargos ejecutivos en organismos, bancos y corporaciones de alto nivel. Su recorrido profesional la ubica en un territorio de tecnicismos que, sin embargo, terminan por infiltrarse en lo más concreto de la vida cotidiana. Esa doble lectura del mundo – la abstracción de los números y sus consecuencias visibles- atraviesa, de manera silenciosa pero decisiva, la trama de Tantos ojos sobre ellas (PAM! Publicaciones), su primera novela de ficción.

Todo empezó en 2008, cuando decidió abrir un blog para volcar crónicas de viajes e impresiones personales. Mucho más tarde, en pandemia, el tiempo de ocio la animó a participar en distintos talleres literarios, experiencias que fueron sedimentando una vocación que ya estaba allí, esperando la señal. Durante la presentación en la librería El Ateneo destacó especialmente el rol de esos espacios como pilares del proceso creativo, subrayando la red de lecturas, comentarios y acompañamiento que permitió dar forma definitiva a su obra.

La incursión en la literatura deja atrás una escritura ligada al análisis y la toma de decisiones (es coautora del libro La realidad financiera del BCRA. El antes y después de la convertibilidad, 1997, material de referencia académica sobre la evolución de la banca central en América Latina) para encontrar en la ficción una inesperada libertad. Ese pasaje se vuelve especialmente notable en la trama de esta novela generacional en la que su formación opera como sustrato narrativo: las decisiones de los personajes están atravesadas por variables económicas, expectativas de movilidad social y restricciones estructurales propias de un país, la Argentina, siempre a punto de naufragar.

Tantos ojos sobre ellas sigue a tres mujeres ante decisiones vitales: ser madre o ser profesional. Ese dilema organiza un relato anclado entre fines de los años setenta y el presente, arco temporal que trasunta una certeza inquietante: los mandatos sociales y la inestabilidad como fuerzas constantes que, tarde o temprano, acaban moldeando nuestros deseos y renuncias. Contexto y destino individual encuentran su traducción en una historia femenina sobre vínculos, elecciones de vida y esas zonas de incertidumbre que jamás podremos controlar.

Libro Tantos ojos sobre ellas

 

¿Cómo nació tu interés por “formalizar” tu inclinación por la escritura?

Escribir fue siempre el hábitat en el que más cómoda me siento. Mi padre me había inculcado aquello de “es importante saber redactar”, y esas observaciones en mi etapa educativa, y luego en la profesión, me hicieron ganar seguridad, pero centrada en la escritura como forma de documentar decisiones y reseñar para que las cosas que me importaban no se perdieran. Tantos ojos sobre ellas se dio a partir de una consigna de escritura en el primer taller literario que hice en mi vida. Fue durante la pandemia cuando me sumé por invitación de una amiga que armó un grupo de WhatsApp cuyo nombre era: “¿Escribimos?” Hasta se ocupó de buscar el taller; eligió el de Cecilia Maugeri. Terminado el cuatrimestre quedé sola, pero ya no pude dejar de escribir.

¿Qué personas, experiencias o lecturas inspiraron Tantos ojos sobre ellas?

La novela hace foco en la historia de tres personajes femeninos, y a ellas les dedico el texto. Creo que tiene que ver con mi condición de mujer, las dinámicas familiares (mi mamá, mis abuelas, mis tías, mis primas), las conversaciones con amigas que me han permitido admirar el efecto “tornasol” de la esencia femenina. Y con tornasol me refiero a cambiante y hermoso a la vez.

El título alude al “deber ser” femenino. ¿Por qué ese eje temático y cómo se construyen los tres personajes a partir de esa condición?

Mi generación no hablaba de condicionantes por “ser mujer”: las cosas eran como eran y cada quien hacía lo que podía desde su lugar. Con los años pude identificar esos matices que nos hacen diferentes y, fundamentalmente, hacen que nuestro desarrollo, crecimiento y posición en la sociedad sea menos potente o llegue más tarde en nuestro ciclo de vida.

Y si bien las nuevas generaciones van cambiando con valentía esos estándares, creo que sigue vigente eso de que a “cierta” edad debemos estar en pareja, a “cierta” edad tener hijos. Estos temas venían rondando en mi cabeza, imagino que por haber vivido los dilemas de qué hacer primero: ¿terminar la carrera o casarme?, ¿buscar un hijo o recibirme?

Esa consciencia sobre el peso de esa mirada que sostuve sin saberlo (ni sufrirlo), con el tiempo y los espacios de conversación que se fueron abriendo, se revelaron como evidentes y, de ahí el interés por sumarme a la conversación para acelerar el paso y también desmitificar.

En ese sentido, la novela describe mi época. Transcurre entre 1978 y 2020, y ese arco me dio espacio para contar distintas maneras de navegar las expectativas, la maternidad, la autonomía personal, cómo se perciben los mandatos y cómo todo termina afectando las decisiones que toman las mujeres de la trama.

Respecto del escenario: la Argentina y su inestabilidad económica definiendo nuestras elecciones. En ese contexto ¿los personajes pueden realmente tomar las riendas de su destino o están condicionados por el entorno?

Los mandatos sobre maternidad sí/no, profesión sí/no vienen acompañados de otros, como los de la movilidad social aspiracional de la clase media. Y se asumía que esa movilidad se daba si se estudiaba: se estudia, se consiguen mejores trabajos, se vive mejor que nuestros padres.

El tema es que la inestabilidad económica traba a generaciones enteras en esa aspiración y, en consecuencia, los personajes, en función del entorno, deciden: ¿estudio o trabajo?, ¿trabajo o materno? ¿Cuántas postergaciones en calidad de vida disparan cada una de esas decisiones? ¿Puedo tener casa propia? ¿Cómo lo logro si, con los niveles de inflación, no puedo soñar con un crédito hipotecario o, peor, por una crisis, mis ahorros quedan atrapados en un banco?

Tenemos un personaje como Rafa, arquitecto que, en un momento, le dice a Iris, con pesar, en una conversación en 1988, que no pudo hacerse de materiales porque “con esta inflación nadie se anima a ponerle precios a las cosas”; y, en el mismo diálogo, al personaje de Iris tratando de convencerlo de mudarse a una casa más grande porque “tenemos algunos ahorros y ya sabemos lo que pasa en este país si no los invertimos en ladrillos”.

Sí, son personajes que toman decisiones atravesados por la inestabilidad que los fuerza a estar a la defensiva del contexto, en lugar de ser el contexto un estímulo para avanzar.

¿De qué manera la pertenencia a la clase media influye en las decisiones y posibilidades de los personajes? La escena de la decisión de invertir en ladrillos que sugiere Iris es muy descriptiva de nuestra cultura

Quise escribir sobre una familia de clase media preocupada por la educación de sus hijos, convencida de que la educación pública de calidad era la clave de la prosperidad. Los ubiqué en barrios porteños que los representan. Traté de reflejar su satisfacción al acceder a un nivel de vida superior al de ellos. Así era en esa época.

El arco narrativo dibuja las expectativas e ilusión que trajo la vuelta a la democracia, como también la desilusión posterior, traducida en comportamientos inevitablemente más individualistas (ejemplo: el acto simple de usar ahorros, ganados a fuerza de trabajo, se transforma en un acto heroico, como cuando el narrador, en una escena situada en 2002, nos cuenta que Rafa “no paró hasta lograr sacar de milagro los ahorros que les habían quedado atrapados en el corralito y buscar un departamento cerca…”).

¿De qué manera tu formación y experiencia como economista influyen en la historia?

Mucho. Creo que se cruzaron mis mundos porque estoy entrenada en leer el impacto del ambiente macroeconómico en las personas, en sus decisiones. Si pongo a un personaje a comprar una casa, inevitablemente me pregunto: ¿de dónde sale la plata?, ¿la tiene?

Pero también, y diría que más importante, la novela habla de diversidad de miradas, disenso, debate, y eso quizá se deba a que soy egresada de la Universidad de Buenos Aires en una época en la que, si no coincidíamos, lejos de enojarnos, ese disenso nos estimulaba a seguir pensando.

¿Hay puntos de conexión entre tu recorrido profesional y los temas que aborda la novela?

Soy mujer, profesional y madre. Y ahora abuela, como Iris. Enfrenté muchas de las vivencias de los personajes; imaginé otras cuando la historia que quería contar se fue revelando. Soy porteña, amo a mi ciudad; vi a mis personajes caminando la ciudad, los parques que yo misma conozco como la palma de mi mano. Pertenezco a esa clase media que lucha por defender su nivel de vida y sus aspiraciones. Imposible que todas estas dimensiones no hayan atravesado la trama y, lo que más me emociona, la de los lectores que se acercan y me dicen: “me sentí identificada”. Describir esas circunstancias de ilusión y expectativa de progreso como un camino posible siento que es una forma de iluminar una posibilidad que, tal vez, para muchos pueda lucir difícil de alcanzar, dadas las dificultades económicas.  Es posible.

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