Por Federico Kirschbaum
Durante mucho tiempo idealicé la opción de vivir en otro lugar. Quizás era un síntoma camuflado de no encontrarme.
A los 17 me imaginaba que Buenos Aires era la mejor opción. Me veía viviendo la vida de esos personajes que seguía en Montaña Rusa. Todo lo que no encontraba no era por nada en especial: era culpa del lugar.
Más adelante empecé a pensar que necesitaba irme aún más lejos. París, Nueva York… miles de oportunidades me estaban esperando.
Nunca me fui. Un poco por cobarde, otro poco por los apegos, las raíces, los amigos, la familia.
Dejé de pensar en irme como una opción y llegué a un término medio: viviría medio tiempo en Salta y medio tiempo donde quisiera. Así no tenía que decidir por un código postal y tampoco dejaba a nadie; solo me iba para volver siempre.
Estos días que estuve paseando no dejé de admirar cuántas más opciones hay en algunos lugares. Las frutas son tantas, de formas tan fantásticas, que no podés elegir. En las carteleras hay una oferta inagotable de espectáculos. Hay tantísimos lugares para comprar la misma remera blanca.
Millones de opciones del mejor perfume, de las mejores pastas.
Tantos pueblos de ensueño, tan cerca, tan accesibles, pero imposibles de recorrer porque lo que siempre apremia es el tiempo.
Tanta gente en Tinder que no alcanzaría la vida para pasar todas las pantallas. Imposible elegir, más difícil todavía concretar una cita. Siempre parece que la mejor opción va a ser la próxima.
Y esta vez entendí, quizás por la edad, quizás por las cosas que ya fui resolviendo, que tantas opciones a mí no me ayudan. Elegir se vuelve tan complejo que termino quedándome sin nada.
Y quizás recién ahora entendí lo mágico que es para mí vivir en Salta.
Voy a comprar frutas y hay solo tres: banana, manzana y naranja. A veces llegan las frutillas o los quinotos.
En el cine, con furia, hay una película interesante por semana, y muchas semanas ni siquiera eso. Ni hablar de que cines hay solo tres.
A los restaurantes voy casi siempre a los mismos.
En la heladería tengo sesenta sabores y me doy cuenta de que los clientes terminan eligiendo siempre los mismos. Muchas veces hay algo profundamente emotivo en esa elección. Elegimos crema del cielo no porque sea el mejor sabor, sino porque sabe a infancia.
Y entendí que hace mucho tiempo, cuando decidí que irme no era una opción, empecé a ampliar mi lugar. Y no estoy hablando de metros cuadrados. Empecé a hacer más amigos, a hacer de mi casa mi lugar, a encontrar cada vez más interesante estar en mi taller, donde puedo pasar horas sin ninguna urgencia porque afuera no siento que me esté perdiendo de mucho.
Alguna vez alguien me enseñó que el gran problema de los seres humanos es que nuestro deseo de placer es interminable, pero nuestra capacidad para obtenerlo es limitada. Después de un rato dejás de sentir el perfume. No podés comer más de una o dos porciones de tu plato favorito. Y cada vez la satisfacción dura menos.
Corremos detrás de las opciones como el Coyote detrás del Correcaminos, sin alcanzarlas nunca, y terminamos agotados, con la vida empeñada en esa carrera.
Una vez, en un viaje, entré a una librería artística tan, pero tan grande, que me enojé porque no podía llevarme todo lo que quería. Era imposible. No me alcanzaban los recursos ni para pagarlo ni para traerlo. Y en ese enojo, cuando volví a Salta, empecé a pintar mis propios papeles, que también son interminables. De ahí surgió una serie, y después una muestra.
Quizás que las opciones de afuera sean más acotadas me obliga a ampliar mis propias opciones.
Por lo menos por ahora.
Porque si algo también me va enseñando la edad es que, la mayoría de las veces, con el tiempo descubro que mis certezas estaban equivocadas. Así que seguramente esta vez también.
Pero ¿qué es la vida sino una suma de tantísimos «mientras tanto»?