Tiembla, la tierra tiembla! 

El terremoto advierte sobre el creciente número de edificios y urbanizaciones establecidas los últimos años y la escasa prevención en una ciudad construida sobre fallas tectónicas

Por Ricardo Enrique Ortiz

Apenas llevo una cerveza… ¿ya estoy mareado? — pensé.

 

Después de tantos días de trabajo, el feriado era un regalo. Pensé en bajar a Naiguatá para escuchar los tambores de San Juan como todos los 24 de junio. Al final preferí quedarme en casa, frente al televisor, destapar una cerveza bien fría y dejar que el Mundial se adueñara de la tarde. No había apuros. Solo el partido, el murmullo lejano de los vecinos y la calma propia de un día festivo.

La televisión seguía transmitiendo el partido mientras, afuera, Caracas parecía moverse al ritmo pausado de cualquier feriado. Nada rompía la rutina. Nada hacía sospechar que, en cuestión de segundos, la ciudad tendría que aprender a desconfiar incluso del suelo que pisaba, que terminaría moviéndose al mismo compás de los tambores.

La imagen del televisor empezó a tambalearse y, por un instante, creí que el vértigo venía del cansancio o de la cerveza.

Noté que ya no había murmullos. Solo un rugido sordo, subterráneo, que parecía salir de las entrañas de la tierra. Entonces llegó el primer sacudón. Breve. Lo suficiente para sembrar la duda. El segundo ya no dejó espacio para las preguntas. En cuestión de segundos, Caracas perdió el equilibrio y con ella la ilusión de que la tierra siempre permanecería firme.

Tomé lo primero que encontré y salí a la calle sin saber si huía de la casa o de mis propios nervios. Nadie sabía qué hacer. Unos gritaban, otros rezaban, otros buscaban a sus familiares con esa desesperación que solo aparece cuando el tiempo deja de medirse en minutos y empieza a medirse en segundos.

En ese momento, Caracas perdió toda lógica. Los edificios parecían doblarse sobre sí mismos, las alarmas competían con los gritos y las calles se llenaban de gente que corría sin un destino claro. La ciudad dejó de ser una metrópoli para convertirse en un puñado de desconocidos abrazándose, rezando o intentando convencer a sus piernas de que el suelo todavía era un lugar en el que se podía confiar.

Nadie preguntaba qué había pasado; la pregunta era cuánto había pasado. Desde la calle no alcanzaba a entender la magnitud del desastre. El polvo empezaba a cubrir las fachadas, las sirenas rompían el silencio y las noticias corrían más rápido que la gente: que un edificio se había desplomado, que otro amenazaba con caer, que había personas atrapadas. Cada versión era peor que la anterior. Miré a mi alrededor y comprendí que ya no estaba en la misma Caracas con la que había despertado esa mañana.

«Tiembla, la tierra tiembla…»

«Tiembla, la tierra tiembla…»

«Tiembla, la tierra tiembla…».

No sé por qué, pero ese coro empezó a retumbar en mi cabeza mientras intentaba mantenerme en pie. Quizá porque los tambores ya debían estar sonando en Naiguatá alabando a San Juan. Quizá porque la memoria busca refugio donde puede cuando el miedo le gana al cuerpo. Lo cierto es que aquella alabanza dejó de parecerme un canto de fiesta. Con cada sacudida, las palabras cobraban otro sentido. La tierra, esta vez, sí estaba temblando.

Mientras intentaba entender lo que estaba ocurriendo, un recuerdo que creía perdido volvió de golpe. Era apenas un niño cuando el terremoto de 1967 sacudió Caracas. No conservo imágenes nítidas, apenas destellos: el miedo en el rostro de los adultos, las conversaciones en voz baja y esa sensación inquietante de descubrir que hasta el piso podía traicionarte. Creí que aquel miedo pertenecía al pasado. Bastó un nuevo sacudón para entender que algunas memorias nunca desaparecen; solo esperan el momento de despertar.

En medio del desconcierto olvidé una verdad: Caracas se levanta sobre una de las fallas tectónicas más activas del país, la de San Sebastián. La posibilidad de un gran terremoto nunca desaparece; lo que cambió fue la ciudad. Nuevas urbanizaciones, nuevos edificios y hasta nuevos barrios expandieron sus límites más rápido que la planificación mientras la prevención quedó relegada a un problema para otro día.

Y ese día llegó. El terremoto no sorprendió a Caracas ni mucho menos a La Guaira; sorprendió a un gobierno que actuó como si estos fenómenos también pudieran aplazarse por decreto. Hospitales con recursos limitados, infraestructura envejecida y planes de emergencia que parecían existir solo en el papel revelaron que muchas grietas ya estaban abiertas antes de que se moviera la tierra. Los sismos son inevitables; convertirlos en tragedias también es consecuencia de las decisiones —o de las omisiones— de quienes tienen la responsabilidad de gobernar.

La tierra ya había dejado de moverse. La burocracia, en cambio, apenas empezaba su propio terremoto.

Entre el desorden escuché una discusión sin sentido. Una rescatista quería entrar a un edificio que amenazaba con venirse abajo. Del otro lado, un funcionario le repetía que esperara la autorización.

—¿Autorización para qué? ¿Para rescatar a los vivos o para contar a los muertos? —  pensé.

Mientras ella discutía con el funcionario, los demás no esperaban. Unos llegaban con equipos de rescate; otros apenas tenían una pala, una barra de hierro o sus propias manos. Había cascos amarillos junto a hombres en chancletas. Nadie preguntaba quién era ingeniero, albañil o vecino. Bajo los escombros esas diferencias dejaban de importar. Todos perseguían el mismo objetivo: llegar antes que el silencio.

Fue en medio de ese desespero cuando la pantalla de mi teléfono encendió. Al ver el nombre de mi viejo en la pantalla, el ruido de la calle pareció apagarse por completo.

«Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da» —murmuré.

Mi viejo soltó una risa breve, cansada.

—Pues sí, hijo… ¿Qué nos dio San Juan? La verdad, no lo sé.

Le pedí la bendición y colgamos. Durante unos segundos me quedé mirando el teléfono sin saber qué decir. Tal vez San Juan escuchó las alabanzas. La tierra, sin duda, las escuchó primero.

 

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