Soledad extra large

Esteban De Gori

Esteban De Gori

En las últimas décadas se ha instalado en nuestras sociedades una soledad extra large.  Una instalación social y performática que nos organiza nuestro alojamiento en la sociedad. Nos percibimos y narramos a nosotros mismos no desde un hedonismo o narcisismo asfixiante sino por una nueva sociología de los vínculos. Estamos solos, solas y nadie registra eso como soledad sino como style de los nuevos tiempos. El gestionarme y “cargar” conmigo mismo, hoy, no supone grandes gestos de libertad sino en parte se debe a la imposibilidad –cada vez más acuciante- de suscitar un vínculo con otros. Me aíslo –dejo de prestar colaboración a los encuentros sociales- creyendo que ejerzo una libertad. No es más que la libertad de la “caída” de lo social y su entusiasmo. 

Esta soledad extra large es el resultado de un derrumbe de vínculos sociales e institucionales que habían organizado la sociabilidad por más de cuarenta o cincuenta años en el mundo occidental. La vida cotidiana contemporánea se hizo más pesada, cuesta arriba, mucho más cara y con menos tiempo para el descanso o el ocio. El “cara a cara” comenzó a percibirse como un costo social y físico. El encuentro es experimentado como una “economía del vínculo”, como un gasto o como la sensación de que estoy perdiéndome de algo mientras me reúno o estoy con otros. Hoy observamos una sociabilidad intermitente, a los ponchazos, donde quede lugar para ver al otro u otra.  

Estamos tomados por una agenda cotidiana impiadosa y que impone en ciudades cada vez más rotas, sucias y más hostiles. No hay peor austeridad que la de los vínculos sociales. Ese discurso que ha triunfado en el mundo de las finanzas públicas se introduce con una inusitada fuerza en la dinámica de los vínculos.  La restricción siempre afectó a los vínculos. Nadie se erotiza con lo apolíneo. No hay amistad ni amor si no hay momentos en donde se suspenda la restricción. La austeridad conspira con la proyección de los vínculos, los conduce a un territorio de lo insostenible. Los seca por dentro.

La soledad extra large, a su vez, se afirma ante un individualismo belicoso y pendenciero. Un individualismo con cada vez menos bordes, sometidos más a su propio deseo que a la mirada y expectativa de otros. Los encuentros se complican. Muchas personas antes de participar de un encuentro social desisten ya que imaginan que otras personas cercanas pueden proponer un clima hostil o solo referirse a ellas mismas. Nadie quiere un espectáculo de la soledad.

La soledad se amplifica con este “vivir esquivando” al otro u otra. Lo social ya no se experimenta como un respiro humano sino como momento de estrés, tensión o espectáculo de la autorreferencial solitaria del otro. No damos abasto con la fatiga imaginaria que nos propone la presencia de los otros en un posible encuentro y menos en contextos de austeridad. El otro, el cara a cara, no funciona como regulación del vínculo sino como un peso.

Estamos cada vez más solos, con una orfandad que nos recuerda la distancia y desigualdad que tenemos frente a los otros. Solos y solas frente a máquinas, a personas virtuales o ante una libertad que tendencialmente nos aísla. Hablamos solos, votamos solos, rezamos solos.  Nos hemos convertido nosotros mismos en una minoría activa. Es nuestra condición emocional y solitaria para ubicarnos en el mundo. En parte ello se debe a la disolución de grandes colectivos (partidos, sindicatos, mutuales, iglesias, grandes narrativas), a las transformaciones tecnológicas y al laboratorio mismo de nuestra subjetividad.

Tenemos cierto poder que nos enorgullece y nos condena. Puedo mostrarme como nunca antes a mí mismo (selfie, redes sociales, etc). Salir de anonimato de las vidas comunes. Puedo autoexigirme trabajar más y puedo ir a la guerra de manera muy fácil y con poco costo: accionar una narrativa belicosa desde las redes sociales sin costos ni sangre personal.

Es importante tener en cuenta algo. Ninguna sociedad se preserva a sí misma si se siente agotada, triste o asediada por deudas o por la amenaza constante de conflicto. Ninguna sociedad puede pensarse en común si el precio por vivir juntos es vivir pensando en la pesadez o quemazón de los vínculos.

La sociabilidad necesita “trabajar” una idea, una experiencia o un deseo de la no restricción.  No se puede vivir asediados por restricciones. Eso nos hace más solitarios. Más francotiradores. No hay persona que puede deleitarse con la sociabilidad si ella no es un respiro humano. Nadie quiere ir a la guerra que todos los días nos proponen. Nadie soporta esa sensación mucho tiempo.  

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