Catalina Mena presenta el libro que le dedicó a Sergio Larraín, editado por la Universidad Diego Portales.
Por Catalina Mena
UN TÍO EN LA MONTAÑA
Casi no tengo recuerdos de Sergio, el Queco, como le decíamos. Desapareció del álbum familiar a fines de los setenta, aunque ya desde mucho antes iba y venía. Partió al Valle del Limarí y allí vivió por más de treinta años. De los hermanos de mi madre fue al que menos traté. Nunca fui a visitarlo, pero su espectro volvía una y otra vez, obsesivamente, a las conversaciones familiares. Oíamos los niños hablar de él con un tono entre misterioso, inquieto y, francamente, cabreado. Entendíamos poco.
Tercer hijo del matrimonio entre Sergio Larraín García-Moreno y Mercedes Echenique (Pin), al tío Sergio Larraín lo nombraban Queco en la casa de mis abuelos. También su nombre salía de la boca de mi madre –su hermana Luz, la segunda, que hoy tiene 91 años. La mayor era Luisa (Lucha), fallecida en 2016. La cuarta es Bárbara, de 86. El quinto era Santiago, muerto en 1951, a sus 8 años, tras un trágico accidente que quebrará esta historia en dos.
Sergio Larraín Echenique nació el 5 de noviembre de 1931. Ese año se estrenó la película Luces de la ciudad, de Chaplin, y, por ahí, alguien quiso ver una epifánica coincidencia entre el nombre del film y su destino lumínico. Fue un año revuelto en Chile, con huelgas y tomas, asesinatos policiales, renuncia y huida del general Ibáñez, y una terrible crisis económica de la cual su familia, con patrimonio acumulado, no llegó a enterarse. Su signo, Escorpión (aunque nunca le interesó el zodiaco), coincidió con el de su padre, mi abuelo, que nació en 1905, el 17 de noviembre.
Sergio era un año mayor que su amigo el psiquiatra Claudio Naranjo y tenía la misma edad que Óscar Ichazo, el gurú boliviano fundador de la escuela de desarrollo personal Arica, que marcaría para siempre su vida.
Su infancia y adolescencia transitó las décadas del treinta y del cuarenta en un Chile mucho más feudal que el de hoy, donde los privilegiados con sus ansias de modernidad –mi abuelo era un buen ejemplo– hacían un contraste grosero con la apabullante masa de pobres y marginales. Por ello, y sumado a las propias disputas de una cabeza inquieta, la historia de Larraín y la de sus fotos está atravesada por la conciencia de clase y las contradicciones que eso acarrea.
Mi madre fue su hermana más cercana, pero ella hablaba poco de esa relación. Para nosotros era un mito alrededor del cual circulaban palabras y sonidos demasiado sofisticados. Cuando salía a colación, era en un tono constreñido, incómodo, jamás contando una anécdota chistosa. Había una especie de solemnidad que rondaba su nombre. Sospechábamos, los niños, que algo complicado se tramaba en ese signo.
Ahora entiendo que para la familia su nombre siempre fue como una piedra en el zapato. Aunque reconocían el valor de la obra que había abandonado para recluirse en el Valle del Limarí, la conversación pasaba por otro lado: tenía que ver con los conflictos familiares que generaba su personalidad contradictoria, mezcla perfecta entre elevación espiritual y majadera rigidez. Desde su partida al Limarí, no hacía más que enrostrarles los errores de sus vidas y señalarles el camino de la salvación.
Hasta que fui adulta, tuve poca noción de lo que significaba este tío para la cultura. De a poco fui sabiendo que era un fotógrafo muy importante, pero que en Chile era una figura poco conocida y plagada de mitos; que tenía una relación complicada con mi abuelo; que desde muy joven había tratado de zafarse de su origen y familia; que tras salir del colegio se había ido a Estados Unidos y que allí se había contactado con los primeros alientos del movimiento beat, la flauta traversa y la fotografía; que tras la muerte de su hermano menor había vuelto a Chile transformado en otra cosa; que había pasado por muchas terapias psicológicas; que en los cincuenta había retratado a los niños vagos que dormían sobre los alcantarillados o al borde del Mapocho y que también era el autor de las imágenes más icónicas que el mundo tiene de Valparaíso; que en los sesenta había sido reclutado por la principal agencia internacional de fotografía, la Magnum, ejerciendo admirablemente ese oficio y publicando en revistas como Paris Match y Life, y en periódicos como The New York Times.
Decían que se estresó con el ritmo de los encargos, que la ilusión del éxito no terminó de convencerlo, que le hastió el enfoque comercial que se le daba a la fotografía y tener que estar siempre demostrando (sobre todo a su padre) que era exitoso. Le costaba adaptarse, decían. Que tras retirarse de la agencia se había metido en la escuela de desarrollo personal Arica, al término de los sesenta, interesándose por la meditación, el yoga y la ecología. Y que diez años más tarde había decidido aislarse en el Valle del Limarí, donde se obsesionó con la necesidad de enfrentar la crisis planetaria.
Para nosotros, Sergio Larraín era un tío que se había ido a la punta del cerro, dejando en el aire el eco de su perturbadora ausencia. Era también, y sigue siendo, esa misma posibilidad: la de irse a la punta del cerro.
Cada tanto, llegaban desde el Limarí libritos que fabricaba artesanalmente para difundir sus enseñanzas. También le enviaba cartas a su padre quien, hasta avanzada edad, esperaba que su relación se recompusiera. Pero mi madre pensaba que mi abuelo ya estaba demasiado viejo y débil para resistir las críticas demoledoras del único hijo hombre que le quedaba, entonces se tomaba la libertad de hacer desaparecer las “horrorosas” cartas antes de que llegaran a destinatario. Ahora, a sus 90, ya no recuerda si las quemó o las rompió; por eso no pude leerlas. Tampoco mi madre tiene las cartas que le enviaba a ella, solo conservó aquellas que le mandó siendo un adolescente, cuando viajó a Estados Unidos. Pero hay otras cartas que envió a sus hermanas desde el Limarí donde se exponen sin tapujos sus acusaciones contra mi abuelo y contra el mundo en que se movía. La correspondencia con Lucha, la mayor, es abundante y aún se conservan varias cartas a las que tuve acceso. Aunque no las leía todas (pues me encontré con sobres cerrados) la tía Lucha las guardó.
Sergio Larraín padre, dandi ilustrado, canchero, hiperactivo y también vanidoso, recibía el juicio severo de quien había elegido la austeridad para vivir. Le reprochaba el interés por el éxito, la imagen social y los negocios. Lo acusaba de inconsecuente, de discursear con ideas que no practicaba.
Curiosamente –o quizás no tanto– es el mismo reclamo que su hijo Juan José le haría después a él.
Y no era que a mi tío le hubiese faltado el apoyo de su padre, porque lo tuvo y siempre: era que nunca se sintió enfocado por la mirada paterna. Pensaba que jamás podría satisfacer sus expectativas: le faltaba eso de saber moverse en la cancha del mundo.
También le escribía a mi madre. La criticaba por haber tenido siete hijos y estar sometida a un esquema convencional. Le dictaba cómo había que vivir: un solo hijo, un huerto, meditación diaria, sin pertenencias, fuera de toda fórmula.
A mi madre este hermano le movía el piso, pero su piso era igualmente denso. Los unía la angustia existencial: ella una católica mística, él un místico orientalista.
Los libros que mandaba también contribuían a su misión pedagógica: eran enseñanzas que enviaba a sus amigos y cercanos por el correo de Ovalle, como encomiendas. Tenían textos manuscritos y otros mecanografiados. Hablaba del despojo, de vivir alabando a Dios, estar totalmente en el presente, eliminar las contradicciones, desprenderse del ego y, sobre todo, evitar el colapso del planeta. Despotricaba contra los “parásitos” (que no trabajan y viven de los impuestos) y los “depredadores” (que explotan los recursos hasta agotarlos). Alguna vez hojeé esos libros en mi adolescencia sin mayor interés.
Sergio Larraín murió de un infarto el 7 de febrero de 2012. En los días siguientes se rumoreaba que habían envuelto su cadáver en un paño y lo habían depositado directo sobre la tierra. Pero no: fue enterrado adentro de un ataúd. Yo no fui a su funeral.