Ser culto ya no significa saberlo todo

Valeria S. Groisman

Por Valeria S. Groisman

¿Cuál es la diferencia entre estar informado y saber? ¿Cambió la función de la escuela y de los maestros en tiempos de inteligencia artificial? ¿Qué habilidades es necesario entrenar si queremos navegar la incertidumbre y transformar la duda en preguntas que delineen futuros posibles? Estas son algunos de los disparadores que propone Saber o no saber. El sentido de la educación en tiempos de inteligencia artificial (Paidós, 2026), el nuevo ensayo de Silvia Bacher, escritora, docente y representante de América Latina y el Caribe en la UNESCO Global MIL Alliance, y Tomás Balmaceda, doctor en Filosofía, docente, periodista y cofundador de GIFT (Grupo de Inteligencia Artificial Filosofía y Tecnología).   

Escribir a cuatro manos puede suponer un desafío. La doble mirada suele imponer distintos ritmos, abordajes de un mismo tema, enfoques para entender el mundo. Pero en el libro de Bacher y Balmaceda esa polifonía se lee como una conversación nutritiva entre dos apasionados por el aprendizaje que, entre otras cosas, sostienen que hoy es fundamental “educar para lo que no se puede automatizar” y que muchas veces la escuela “ignora” el lenguaje de los jóvenes.   

 

VSG: El libro plantea una distinción fundamental entre estar informado y saber. En un ecosistema saturado por la IA y algoritmos que nos dan respuestas inmediatas, ¿el saber se convirtió en una resistencia o en un lujo?

Silvia y Tomás: Nos gusta pensar que el saber no es un lujo sino un derecho humano, incluso una necesidad democrática. Lo que ocurre es que hoy parece exigir un esfuerzo mayor porque nunca fue tan fácil acceder a información y, al mismo tiempo, tan difícil construir conocimiento con pensamiento crítico.

Un chatbot de inteligencia artificial puede responder una pregunta en segundos (muchas veces de manera correcta, a veces con equivocaciones), pero comprender implica algo distinto: relacionar ideas, contextualizar, dudar, cambiar de opinión cuando aparecen mejores argumentos. Ese proceso lleva tiempo y no puede ser automatizado. En ese sentido, coincidimos en que saber se volvió una forma de resistencia. No porque haya que rechazar la tecnología, sino porque implica resistir la tentación de conformarnos con la primera respuesta. En una época que premia la velocidad, el saber sigue necesitando pausa, tiempo, fricción…

VSG: En un entorno en el que se disputa la atención de las personas, ¿cuál es el mayor desafío de los educadores hoy? ¿Y cuáles son las habilidades que se deberían entrenar en la escuela (y que no son negociables)?

Silvia y Tomás: Creemos que el desafío ya no es transmitir información, sino ayudar a construir criterios para orientarse en medio de un exceso de información. La escuela siempre enseñó contenidos, pero hoy también debe enseñar a distinguir evidencia de opinión, reconocer fuentes confiables, formular buenas preguntas, sostener la atención, escuchar a otros y argumentar sin reducir todo a consignas.

Hay habilidades que creemos que deberían ser irrenunciables, como el pensamiento crítico, la comprensión lectora profunda, la escritura, la conversación, la capacidad de cooperar y la curiosidad. No porque sean antiguas o “prestigiosas”, sino porque son las que permiten aprovechar inteligentemente las nuevas tecnologías en lugar de depender de ellas.

VSG: Pasamos de un modelo educativo basado en la escasez de información a uno de abundancia absoluta y dispersión. ¿Cómo se redefine el rol de quien enseña cuando deja de ser el portador del saber para convertirse en un mediador de la atención o curador del contenido?

Silvia y Tomás: Es incorrecto pensar que el docente era simplemente quien acumulaba respuestas y los estudiantes los que traían cuestionamientos y dudas. Por el contrario, los docentes siempre fueron quienes ayudaban a los estudiantes a formular mejores preguntas. Es cierto que hoy cualquier estudiante puede acceder en segundos a más información de la que un profesor podía reunir hace veinte años, pero eso no vuelve menos importante a los maestros. Muy por el contrario, hace más necesaria su capacidad para dar contexto, conectar saberes, acompañar procesos y generar conversaciones significativas.

Nos gusta pensar que el profesor deja de ser una extensión del conocimiento enciclopédico para consolidarse en alguien que ayuda a construir sentido y que esa tarea es fundamental ahora que los datos parecen estar más disponibles que nunca pero el criterio, no.

VSG: A la luz de la IA y de plataformas que automatizan respuestas de forma muy empática y asertiva, ¿cómo se educa a una ciudadanía para que aprenda a dudar de una prosa sintácticamente perfecta pero que puede ser potencialmente falsa o inventada?

Silvia y Tomás: Durante un tiempo enseñábamos a detectar noticias falsas observando errores ortográficos evidentes, mirando si las páginas eran confiables o chequeando la autoridad de los links. Hoy eso ya no alcanza. La inteligencia artificial puede escribir textos impecables y … completamente equivocados y puede ponerle cara a nombres inventados y crearles biografías, sitios webs y otras publicaciones. Eso obliga a desarrollar una alfabetización mucho más sofisticada. Tenemos que enseñar a verificar, contrastar, preguntar por las fuentes, entender cómo funcionan estos sistemas y aceptar que una respuesta verosímil no es necesariamente una respuesta verdadera. Una de las competencias más importantes hoy es aprender a convivir con respuestas convincentes sin bajar la guardia.

VSG: ¿Existe el riesgo de estar consolidando una ilusión de saber? Es decir, personas que confunden la capacidad técnica de pedirle un resumen a un chatbot o googlear un dato con el proceso humano de comprender un fenómeno.

Silvia y Tomás: Sí, y creemos que ese es uno de los riesgos más importantes de esta etapa. La IA puede generar la sensación de que entendimos algo simplemente porque recibimos una explicación clara. Pero comprender supone mucho más. Es hacer conexiones, detectar contradicciones, recordar experiencias anteriores, discutir con otros, equivocarse y volver a empezar. En el libro insistimos en que conocer no es solamente obtener respuestas sino que es transformar la manera en que pensamos el mundo. Ningún resumen puede hacer ese trabajo por nosotros.

Portada libro saber o no saber

VSG: En el libro nos invitan a pensar juntos. ¿En qué momento de la escritura o con qué concepto específico tuvieron los mayores debates o discrepancias entre la mirada pedagógica y la filosófica?

Silvia y Tomás: Curiosamente, discutimos mucho menos de lo que imaginábamos. Venimos de disciplinas distintas, pero compartimos una misma preocupación: cómo preservar las condiciones para aprender en una época de cambios tecnológicos acelerados. Eso nos llevó a escribir juntos. Quizá Tomás tenía más experiencia en escribir a “cuatro manos” por libros anteriores, pero Silvia conocía mejor lo que se estaba discutiendo en el resto de América Latina y está familiarizada con la bibliografía más relevante. Esa complementariedad nos sirvió mucho.

Tal vez donde aparecieron más matices fue en el lugar que ocupa la escuela. La filosofía suele preguntarse por el sentido del conocimiento en términos más abstractos, mientras que el mundo de la comunicación orientada a la educación trabaja todos los días con las condiciones concretas para que ese conocimiento ocurra. Las diferencias terminaron enriqueciendo el libro y demostrando lo que sospechábamos cuando arrancamos: estamos frente a una problemática que no será resuelta por una sola disciplina.

VSG: Si el saber ya no se mide en la cantidad de datos que podemos acumular o recordar, ¿qué significa ser una persona culta hoy?

Silvia y Tomás: Ser culto ya no significa saberlo todo. Lo cierto es que eso nunca fue posible y hoy es directamente absurdo plantearlo. Una persona culta es, en realidad, alguien capaz de relacionar conocimientos, comprender contextos, reconocer la complejidad de los problemas y seguir aprendiendo durante toda la vida.

También es alguien que sabe convivir con la incertidumbre. La cultura no consiste en tener todas las respuestas, sino en desarrollar mejores preguntas y la disposición para revisar las propias certezas.

VSG: ¿Cómo fue su propia experiencia como niños y adolescentes en la escuela? ¿Qué extrañan de aquella época y qué les parece que es necesario rescatar?

Silvia y Tomás: Aunque no vamos a negar que fuimos abanderados y muy buenos alumnos, los dos tuvimos experiencias escolares muy distintas porque mientras una crecía en la Ciudad de Buenos Aires, el otro lo hacía en la Provincia. Incluso fuimos a la escuela en diferentes décadas, claro, Sivia terminaba la escuela cuando Tomás ingresaba. Sí compartimos recuerdos en común, como, por ejemplo la marca que dejaron en nosotros algunos docentes que despertaban nuestra curiosidad más que transmitir respuestas a preguntas que no habían sido formuladas en clase. Y también los dos extrañamos cierto tiempo para conversar, para leer sin ansiedad, ¡incluso para aburrirnos! Hoy todo parece exigir velocidad y productividad.

Pero no creemos que haya que volver a “la escuela de antes” ni tenemos una mirada nostálgica. Sí creemos que vale la pena rescatar aquello que sigue siendo valioso: el encuentro entre personas, las conversaciones cara a cara, la lectura compartida y el derecho a equivocarse mientras uno aprende para, justamente, aprender de ese error.

VSG: ¿Cómo se informan y aprenden ustedes hoy? ¿Es algo sobre lo que piensan a menudo?

Silvia y Tomás: Muchísimo. De hecho, escribir este libro también fue una forma de revisar nuestros propios hábitos. Los dos leemos libros, seguimos investigaciones y conversamos con docentes, estudiantes, periodistas y especialistas. Utilizamos medios tradicionales y también herramientas digitales. Pero ninguno de los dos está exento de dar por ciertas desinformaciones o fake news, nos ha pasado más de una vez.

Pero cada vez prestamos más atención a cómo nos informamos. Intentamos combinar la velocidad que ofrecen las tecnologías con espacios de lectura lenta, reflexión y conversación. No alcanza con consumir información; también hay que darle tiempo para que se convierta en conocimiento.

VSG: ¿Utilizan IA? ¿Para qué? ¿Se imponen límites a la hora de usarla?

Silvia y Tomás: Sí, ambos la usamos con frecuencia. Nos ayuda a explorar ideas, organizar información, resumir documentos extensos, preparar clases o programas de radio, comparar perspectivas o encontrar conexiones que quizás no habíamos visto. En el caso del libro, por ejemplo, la usamos para encontrar erratas, que nos sugiera cambios o para organizar la bibliografía.

Procuramos que nunca reemplace aquello que justamente queremos defender: el pensamiento propio. Y esa fue una de las experiencias que más disfrutamos durante el proceso de escritura de Saber o no saber: las conversaciones, los intercambios de perspectiva para lograr una voz que nos representara a ambos.

Hay una diferencia importante entre usar la IA para pensar mejor y usarla para dejar de pensar. Ese límite no lo establece la tecnología, sino cada uno de nosotros. Nuestro desafío no es aprender solamente a usar inteligencia artificial. Es aprender a seguir siendo inteligentes cuando la tenemos al alcance de la mano.

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