José Luis Ariel Méndez
7 de junio
En el planeta fútbol, Nueva York no existe todavía. Como mucho, en el Thomson Reuters Building, once pantallas LED anuncian el partido de USA contra Paraguay. Por muchas camisetas argentinas que copen las vidrieras de los negocios, soccer no es football ni tiene el predicamento del béisbol, Brunson o el hockey sobre hielo. El feroz merchandising de las pantallas no se condice con el pobre ambiente futbolero a nivel de calle en esta ciudad que lo tiene todo, menos tiempo. Un Messi publicitario me mira desde lo alto en alta definición. A media milla, la seda peregrina del Hudson brilla incansable y majestuosa. La ciudad es un voraz hechizo. Un rascacielos escalonado agita sus espejos lívidos y se observa en otros que le hacen sombra. Uno acá abajo se siente el increíble hombre menguante. “La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno”, recuerdo que dice Lorca. Me escurro entre la muchedumbre. La gente que va deprisa son auténticos neoyorquinos. Los que circulamos despacio, hinchas y visitantes. Hay una fuerza centrípeta que nos impulsa a consumir en los negocios del Times Square. El agua lo justifica, pero llaveros e imanes parecen innecesarios. Hoy es un día particular. Los Knicks juegan en el Madison Square Garden, y es eso todo lo que importa en la gran manzana mordida por los nervios. Miles de supporters hacen pacientes colas para obtener un ticket que vale más que un departamento en Baires. Por los cañones del Colorado que son las arterias de Manhattan, la muchedumbre avanza en pos de su horizonte diario. Llevan petróleo en un vaso XL de papel cartón. ¿Pero qué clase de horizonte es ese entre tanta arquitectura vertical? Nadie se mira a los ojos, los saludos son murmullos de cortesía y los suntuosos SUV de riguroso negro circulan al ralentí. En esta arca grandilocuente, cada uno embarca solo, sin Noé. A diferencia de las películas, no hay locos sueltos ni borrachos ni menesterosos. Todo es tan pulcro que un papelito tirado es una aguja en un pajar. En Penn Station me cruzo con tres muchachos enfundados en la diez de Messi. Ni siquiera hablan español, pero me saludan efusivamente. Ser argentino me hace sentir especial. Cuesta mucho encontrarle a este lugar podrido de dinero el más ínfimo parecido con Buenos Aires. Tengo que hacer mucho esfuerzo para imaginarme a un neoyorquino librándose de sus máscaras, viéndolo callejear. Messi sonríe y dice: “Estamos horriblemente atrasados respecto del poder del aislamiento personal de esta ciudad fabulosa. Y eso que las calles y avenidas no se vacían nunca”. La traducción es mía, por supuesto.
8 de junio
Más que la ciudad que nunca duerme, Nueva York es la ciudad que jamás se apaga (como lámpara de Sagrario). Especialmente en Times Square donde todo relampaguea y produce fotofobia. Reaparece Messi allá arriba. Ahora está marcando el tercero a Francia. ¿se acuerdan? Dejo de lado mi fotofobia y miro al Prometeo argentino robando el fuego de la eternidad. Somos campeones y lo seremos de nuevo, parece decirme el astro desde su cielo pixelado. Eso merece un brindis, concluyo, de modo que entro en Hard Rock a beber una cerveza. Junto a la barra, escucho el inglés de Whitman mezclado con el español de Chespirito. Una brasileña me habla en samba entre las risas ceremoniales de un japonés con la diez de Maradona. Todo es Babel aquí. Y muñequitos de Messi, lengua franca de los argentinos. Ya en el hotel, puro Art Déco, me llama la atención la elegante fachada de piedra con acero esmaltado en oro y, en la habitación minimalista que me toca en suerte, la grifería del baño. Por la ventana veo escaleras interiores y solidez. Esto es América. Tierra donde los sueños están hechos de la materia con que se hacen los dólares y los negocios. Tierra profunda y baladí, pero rocosa en sus bases de hormigón armado. Acá todo es grande y las distancias se abren para guarecernos. Es Nueva York, señores. Cuna de trabajadores que levantan su cabeza de ortiga para ganarse el pan o su lugar en el mundo. Libre, individualista, pragmática, diversa. Al arbitrio de las leyes del consumo. Aquí el fútbol es un mercado más, lejos del boom que viven sitios como Miami o Dallas gracias también a Messi. Se esperan shows de entretiempos, pausas de hidratación y ferias gastronómicas en las butacas. Ya lo advirtió Maradona: “No me gusta, favorece una forma de negocio”. Miro por la ventana. Hay una boca de incendios plateada de bronce fundido y latón. Es todo un símbolo. Solo una sociedad tan sólida puede llevar una vida líquida.
12 de junio
USA arrasó a Paraguay dando una lección de fútbol elegante y contundente. La gente sale a las calles de Los Ángeles a festejar como si hubieran ganado el Mundial. Pochettino es un héroe patrio y Trump le promete la Green Card. La generosidad del presidente no tiene límites. Su estupidez tampoco.
13 de junio
Hoy los Knicks se consagraron campeones de la NBA. Los neoyorquinos gritan enloquecidos en Times Square; algunos se suben a los faroles, otros arrancan las señales de tránsito; la mayoría baila, se pelea, canta, se emborracha. Son los mismos que por la mañana caminaban absortos con un vaso de petróleo bien caliente.
16 de junio.
Llego a Kansas en víspera del primer partido. El conductor del Uber es hablador, curioso, amable. Cuna del jazz, me explica, capital de la barbacoa. Doy testimonio de ello, pero el calor…, el centro… Un lugar que jamás se me hubiera ocurrido conocer de no mediar el partido. En Méjico y España dicen que la selección está oxidada y que Messi es poco menos que un lastre. Ya veremos. Salimos de la FunFest y tardamos 4 horas en llegar al estadio. El ambiente es vibrante. Estadounidenses y fans de todo el mundo visten la camiseta del diez. La hinchada pone patas arriba el estadio. ¿Pan y circo? ¿El opio de los pueblos? El futbolista piensa con los pies y el hincha con la garganta. Messi convierte un hat trick y calla bocas y envidias. Los mismos que lo criticaban dicen ahora que Argentina es favorita. FIFA y los empresarios se están frotando las manos.
17 de junio
Vuelo a Dallas. El centro es moderno, pero desangelado. Mantiene cierta megalomanía propia de las grandes urbes que no lo son. No hay mucho que hacer bajo el sol que raja el entendimiento. Por suerte el museo de Arte es gratis y muy completo. El de Kennedy me emocionó. El de Ciencias tiene exhibiciones inmersivas que no abundan en su par de Nueva York. 10 días en Dallas (lo que media entre los dos últimos partidos de la primera fase) se antoja una eternidad para lo que ofrece este sitio. Pero Messi lo justifica todo. Para más INRI, mi hotel está a 12 millas del centro, en una zona que parece un parque empresarial gigantesco, solo apto para los que tienen auto. Apenas existen las veredas y los peatones brillan por su ausencia. Me siento raro y en peligro intentando llegar al Gallery Mall, a cinco cuadras nomás. No es un país para pedestres.
22 de junio
Jugamos contra Austria, equipo físico, grandote, pantalones cortos de cuero con tirantes rojos. Argentina carbura atrás y los delanteros penan por tocarla mientras los contrincantes hacen yodel y jitanjáforas. No importa. La evidencia es obscena. Messi es argento, Messi está inspirado, Messi canta mucho mejor, como Gardel, como Los Cafres, como La K`onga. América es un sueño enfundado en la del diez, utopía consumada por uno que vale once. En esta ciudad anoréxica, nutrida por carbohidratos, fue un 2 a 0. Se puede detener a un caballo desbocado, no a La Pulga cuando corre.
23 de junio
Escapada de 3 días a Chicago entre partido y partido. Hermosa urbe para la degustación arquitectónica. ¿En serio que se incendió por culpa de una vaca? En todos lados se cuentan cuentos. Aquí contamos que Messi nos abre puertas. Como cuando llegué a un restaurante abarrotado, sin reserva, y, al invocar su santo nombre, me consiguieron una. Camino por la ciudad cuyos autos circulan por debajo de las calles. Escucho voces por todas partes. En el autobús y el metro me anuncian cada parada, lo que puedo hacer, los grados que están haciendo, dónde comer la célebre Deep-Dish Pizza. Acá soy libre y disfruto. Frente al Millennium Park, un edificio me canta “Nessun dorma” imitando a Mario Lanza. Messi me dice que vuelva a Dallas. Se viene el tercer partido.
27 de junio
El pánico de América es que se apaguen las luces. El mío tiene que ver con que se extinga el fuego goleador de Messi. Vuelvo a Dallas. Pareidolia en los vuelos. A través de la ventanilla del avión, veo la cara de Messi después del segundo gol a Austria y sonrío de la emoción. Según descendemos para el aterrizaje, millares de coches circulan con los faros encendidos. Son las 4 de la madrugada. Lejos está mi hotel. En USA todo es distancia y Uber. De no ser por los hinchas argentinos, mi sensación en el centro de Dallas sería la de un televisor encendido en una habitación vacía. Los edificios son impactantes, algunos realmente hermosos, pero no tienen vida. Donde sí que hay vida, verdadera vida americana, es en los malls. Y, a veces, en los cementerios. La diferencia de Dallas con Nueva York, por ejemplo, es que el mundial existe. Será por la influencia hispana. Acá también prevalece la convicción idílica de sentirse el centro del mundo. Creer es poder. Cuando Trump le pregunta a Pochettino si cree posible que USA gane el mundial, la respuesta es un rotundo sí. Tiene que serlo. El negocio del fútbol en Norteamérica depende en gran parte de cuán lejos lleguen Messi y /iu es ei/. 27 millones de estadounidenses siguiendo a su selección no lo desmienten.
28 de junio
Ganó Argentina con un equipo de suplentes. Previendo un partido descafeinado, revendí las entradas y recuperé con creces lo invertido en parte del viaje. Voy a Miami a pasar calor y a comprar. He aprendido que, si la fe no mueve montañas, el dinero sí. Mientras muchos siguen a la selección para ver a Messi, yo, que he visto a Maradona, sigo a Messi para ver a la selección. Porque además del sentido de pertenencia que me toca, de la emoción de compartir con otros y de sentirme unido a una causa que en otros ámbitos resulta papel picado, Argentina no es la selección de mi país, es la selección de medio mundo. Así trascendemos todos, brillando con luz ajena, pero volviéndola propia.
En Miami nos habla un kiosko al entrar. Hellow, welcome
Diálogo con Uber cubano. Yo también hubiera vuelto a mi país después de 33 años si hubiera un Milei.