Lorena Soler
Desde Dallas, USA
La final de la NBA opacó por algunos días el inicio del fervor mundialista. Los Knicks se adueñaron de Nueva York y las calles lucieron enfurecidas con riñas callejeras. Los pocos argentinos compraban remeras de San Antonio, aquel sueño de Ginóbili evocado en una final eterna. Luego, con el cumpleaños ochenta del presidente Donald Trump, que coincidió con la conmemoración por el 250.º aniversario de la independencia de los EE. UU.
Los festejos inyectaron pulsión de vida en la aséptica y desangelada Washington. La ciudad de los funcionarios y la diplomacia amaneció sitiada. La Casa Blanca, tras una muralla alemana, albergó en su jardín la inauguración de una jaula metálica de combate (bautizada «La Garra»), donde Trump agasajó a unos estrictos 4000 invitados con la pelea de la UFC entre Justin Gaethje vs. Ilia Topuria. Adicto a la Coca-Cola Light, la compañía sacó una versión en su nombre. Sus seguidores llegaron desde temprano. En su mayoría americanos jóvenes vestidos con los colores de la patria. “¡Trump! ¡USA!”, avivaban en un corredor donde solo podían verse varias camionetas negras armadas hasta los dientes. Los vendedores ambulantes improvisaban en precarias mesas y lonas la venta de todo: merchandising, bebidas, comida doméstica, juguetes. Por algunas horas, el Estado suspendió la mirada impositiva y policial para celebrar el cumpleaños del jefe. Un puñado de negros, tal vez la última memoria de la resistencia en este país, reivindicaban en soledad los derechos de los inmigrantes: los latinos hinchaban por Topuria y nadie recordaba que, a pocos kilómetros de ahí, se jugaba el primer partido de Ecuador.
Finalmente, el Mundial arrancó con Pochettino, siguió con los goles de Mbappé y estalló con Messi. Kansas fue propiedad de Messi y el ingreso al estadio aglutinaba tantas nacionalidades como colores blanco y celeste. El sueño de la marca global, la Coca-Cola argentina que coreaban en los acentos idiomáticos más extraños. Todos eran Messi, pero no tantos tenían pasaporte argentino. Abrazaban una bandera y una nación que Messi les había prestado. Yankis, chinos, indios, mexicanos y hasta brasileros se animaron a gritar “el que no salta es un inglés”. Después del resultado, la camiseta argentina trepó 50 dólares y no quedó local deportivo sin su vidriera.
Los dos próximos partidos se demoran en llegar. En Dallas, el desierto de petróleo que EE. UU. se anexó tras la guerra con México, el calor y los huracanes amenazan con convertirlo en un infierno. Alertas en los teléfonos y urgencias climáticas ponían vértigo a una larga espera. Una población con 40 % de latinos, casi en su totalidad mexicanos, que pugnan por representación política propia en una economía de servicios que les corresponde por completo. El capitalismo de plataforma y de la autogestión no puede aún desembarazarse de una migración masiva que sostiene cotidianamente la economía del país y que, con 12 horas de trabajo diario, cumple el sueño americano. Se hablan tantas versiones de inglés como ediciones de green card.
Periodistas deambulantes, familias y otros ensambles, grupos de amigos (sí, solo amigos) esperando al reparo del sol volver al estadio. -¿Qué se puede hacer acá? es la pregunta que recorre el desayuno de los visitantes mundialistas. El dólar subsidiado es el único atractivo para algunas compras. No tantas. Pero sin auto no hay ciudad y la urbanización no deja lugar a los caminantes. Dallas, una comunidad de negocios y el principal exportador de gas y petróleo de EE. UU., no imaginó ser sede mundialista, tampoco consumir algo que desconoce: el ocio.
Llueve en Dallas, baja dos grados la temperatura. Los primeros en rodear el estadio son los austríacos, su alegría es inmensa y sus litros de cerveza también. En un hotel de muchas estrellas, pegado al estadio, desfilan funcionarios de la FIFA y su aparato burocrático envueltos en perfecto lino, los hinchas de los clubes financiados por el brazo populista de la AFA, muchos extranjeros y algunos de los argentinos que viven en EE. UU. (después de España, el país donde más residen los exiliados). Los cuentapropistas llegamos en bondi o en auto alquilado. También está el grupo de sobrevivientes, los que dejan sus ahorros en el pasaje y se libran a la suerte, al destino futbolístico y al rebusque. Desde temprano en la cancha, improvisan carteles artesanales. Venden lo que tienen y buscan la revancha en la reventa de tickets. Son los únicos que la cuentan en primera persona.
Este país ha hecho del entretenimiento una industria y ahora pone acciones en el fútbol. El estadio AT&T Stadium está diseñado para Instagram. Más que un partido de fútbol parece un recital de Bad Bunny. Pero el inicio errático del partido logró callar a los hinchas. Se balbuceaban canciones, hasta el segundo gol de Lionel. Ahí comenzó la fiesta. Y la emoción ya no me permite seguir.