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¿Me das un like?

Por Claribel Terré Morell

Selfies y economías

Vestidos, desnudos, en poses sensuales, cansados, felices, niños, jóvenes, viejos, hombres, mujeres, enfermos y moribundos…, todos parecen estar dispuestos ante la cámara del teléfono móvil. Seres humanos, hambrientos de comunicación, listos a mostrarse, y luego a esperar el like que los resitúe en el tiempo y en el “¡Mirame, yo existo!” se acogen a la democracia de la selfie que llegó para quedarse y a la que ahora se le agrega la modalidad: “selfies de pandemia”.

En los últimos tiempos de reclusión obligatoria en las que se sumió el mundo ante la pandemia provocada por el Covid19, estas crecieron de manera inimaginable como especiales exponentes del yo y ahora de la  vida moderna y su historia. En los últimos tiempos, el balcón, el patio, la biblioteca de la casa y también la cama del hospital se han convertido en el marco acompañante de nuestro yo fotografiado por el yo mismo. Autorreferenciales en la alegría y en la tristeza, en muchas familias, la última imagen del ser querido es esa selfie que se hizo con su teléfono antes de agonizar y que envió a sus familiares en señal de despedida.

Los selfies son una hidra, una bestia de mil cabezas, dijo el teórico de medios y crítico de Internet, Geert Lovink (Amsterdam 1959) y puede que esta sea la mejor definición.

En sus inicios, fueron los jóvenes y las mujeres quienes la tomaron como su elemento de expresión, pero hoy no hay edades para hacer uso y abuso de ella, igualó al rico y al pobre en el hecho de poder apropiarse del mundo (espacios públicos, objetos…) y desde ahí decir lo que quiere y estar donde quiere, sea suyo o no. En definitiva, la selfie, mentirosa o real, da pertenencia, estatus social y reconocimiento, además de actualidad e inmediatez.

Fotografía autotomada tiene una narrativa propia de las redes sociales virtuales. Sin embargo, en su existencia y genealogía participan otros lenguajes, como el mito, la pintura, la literatura, la fotografía como arte y diversas incorporaciones sociales de las tecnologías, reconoce en “Del mito del Narciso a la selfie. Una arqueología de los cuerpos codificados”, el experto argentino, Norberto Leonardo Murolo.

Alguna vez se han preguntado ¿por qué tantas selfies se toman en la soledad de los baños, ante la presencia del espejo que refleja la figura, pero que también la mayoría de las veces, muestra el inodoro, el bidet o la ducha, escenario escatológico que no necesitamos conocer y que se mete de lleno, a través de las redes, en la intimidad de la persona y de su familia?. O ¿por qué muchas de las mujeres engloban la boca en forma de beso? ¿Por qué los hombres prefieren tomarse la foto colocando el teléfono desde la cintura o más abajo?  En la narrativa específica de la selfie se encuentra un formato de cliché y estereotipo.

¿Me das un like?. Revista Be Cult. Be Cult.

Para los estudiosos del tema, la falta de legitimización del like en la selfie de ocasión produce diversas reacciones, entre ellas la tristeza y la melancolía, algo que ya viene analizando hace un tiempo, Lovink. Leer su ensayo Tristes por diseño (Consonni) en el que habla de los efectos de la tecno-tristeza.

“Voy en busca de la reacción y el comentario y lo obtengo, siempre hago trampas. Antes de publicar tomo cinco, diez, … fotos, busco el mejor ángulo, la mejor sonrisa, adopto la postura que más me favorece, ensayo infinidad de rostros antes de decidirme. El que me ve podrá tener dudas si en la vida cotidiana, realmente luzco así de bien, pero al no saberlo con exactitud me da like”, dice CR con miles de seguidores en Instagram quien publicita tutoriales de cómo verse bien en redes. CR afirma que es fea, pero en la virtualidad de las redes se ve muy bien y eso es lo que le importa.

En una selfie, no siempre la belleza es la condición, aunque proliferen los filtros que embellecen la piel, perfeccionan los dientes, cambian el color del cabello y exista el  Snapchat dysmorphia, una forma de trastorno dismórfico corporal, que padecen quienes no se ven igual que en sus fotos con filtros. El cuerpo natural con arrugas, papadas, panzas prominentes y paisajes tenebrosos como fondo también forman parte del narcisismo que se muestra ya sea en Instagram, Facebook o cualquier otra red.

Para Murolo, “La selfie supone el regreso de la audacia de los primeros planos. Reservados a las estrellas de cine y los modelos publicitarios, los ignotos históricamente vieron sus rostros en primeros planos solamente en fotografías para documentación oficial ─documento nacional de identidad, registro de conducir, prontuario─ necesaria para conocer cabalmente rasgos de la fisonomía de los ciudadanos. La codificación de esas fotografías, variaron algunas veces por desarrollos tecnológicos: del blanco y negro al color, del tres cuartos perfil a la mirada de frente, de la prohibición de la sonrisa a permitirla, de tomar una sola imagen a en algunos casos mostrarle la fotografía a las personas para que digan si les gusta o quieren tomar otra. Como sea, ese primer plano se trató siempre de una prueba ante la sospecha más que de una búsqueda estética”.

Agotados, bajo el síndrome del cerebro cansado, el humano prosumidor, apenas logra dejar su teléfono a un lado. Basta una notificación y regresa a él. No vaya a suceder que el que esté al otro lado se enoje por la demora en responder. Incapaces de distinguir la diferencia entre la comunicación real y virtual (los lazos que se crean en las redes sociales suelen ser muy fuertes aunque imaginarios) vuelven a la selfie, (meme o emoji con su propia imagen) publican y preguntan. ¿Me das un like?

En este escenario, las selfies atraen por sí solas a la maquinaria de vigilancia y reconocimiento social y por ende también a las economías, llámese “economía de la atención” “economía moral” o cualquier otra clasificación que se haga afín. Tema para después.