Por Mauricio Koch
Primera secuencia. UNA VUELTA AL MUNDO
La idea romántica de visitar cementerios me es ajena. No es algo que me despierte particular interés la caminata entre tumbas y panteones, ni me seduce el olor crepuscular de las rosas y las calas naturales, me entristece el abandono de las tumbas viejas semihundidas en la tierra y la palidez añosa de las flores de plástico más bien me deprime. Tampoco es que me resisto contra viento y marea; si tengo que ir, voy. Pero, quiero decir, no es para mí un plan visitar el cementerio de la Recoleta un sábado por la tarde o llegar a una ciudad y no despedirme sin antes haber recorrido el camposanto local. Si algún día voy a París, dudo que entre mis lugares a conocer sí o sí estén Père Lachaise o el cementerio de Montparnasse, aunque acepto que debe ser una experiencia estar frente a la tumba de Wilde, de Proust o de Baudelaire y rendirles un breve y callado homenaje.
A finales del año pasado falleció mi padre. Ahora estoy en su pueblo (que también es el mío, Hernández, Entre Ríos) y en su casa (que también es la mía, más que ninguna otra de las que he habitado), y entre otras cosas vinculadas al duelo, tengo que resolver la fachada del nicho en el que fue sepultado. De modo que fui ya un par de veces al cementerio y tengo por delante otras visitas más.
Las dos veces fui cerca del mediodía, un horario en el que no suele haber nadie, así que recorrí solo las galerías y los pasillos y, en principio, con ninguna intención de pasear ni distraerme. Iba con un objetivo: ubicar las tumbas de mis padres (hace unas semanas trasladamos a mamá para que descanse al lado de papá), escribir unas señales con tiza y tomar medidas para luego hacer las averiguaciones en la marmolería de una ciudad vecina. Y listo, volver a casa.
Pero no pude evitar detenerme a mirar algunas fotos.
Hace unos años escribí un cuento que incluí en mi primer libro, El lugar de las despedidas. A la hora de las iguanas, se llama el cuento. Está narrado por un chico huérfano de madre que todos los domingos va al cementerio con su hermano y tres tías, hermanas de su papá. Ellas los acompañan y por el camino les hablan de la vida y la muerte. De los muertos, sobre todo. Las tías saben mucho de los muertos, de sus necesidades y tristezas, y conocen a todos los que están enterrados allí, saben quiénes son, cuándo y cómo murieron: “Esa tumba está abandonada porque la familia se mudó al sur y nunca más volvieron, o los viejitos que están enterrados acá tenían un único hijo solterón, que murió de carbunclo hace doce años”, dicen las tías mientras caminan entre las tumbas, cambian flores y limpian los mármoles con un trapito húmedo.
Cuando lo escribí no imaginaba que un día me iba a pasar lo mismo. La primera foto frente a la que me detuve era la tumba de los padres de uno de mis mejores amigos de la infancia. Vivían en el campo, a unas dos leguas del pueblo; mi amigo iba a la escuela a caballo y cada tanto me invitaba a pasar el fin de semana en su casa. Teníamos nueve, diez años. La aventura de hacer ese trayecto a caballo era ya una promesa de felicidad. Todavía guardo en el cuerpo la impresión de la primera noche que me quedé a dormir: cuando apagaron la luz la oscuridad fue total. Negrura creo que es la palabra más precisa. Una negrura absoluta y desconocida para mí. Yo abría y cerraba los ojos pero, por mucho esfuerzo que hiciera, no veía nada. Segundos después me di cuenta de que con los sonidos pasaba lo mismo. No escuchaba ni veía nada. Cuando estaba empezando a desesperarme, frente a mis ojos apareció una Virgencita azul, de esas que brillan en la oscuridad, y cuando estaba a punto de gritar, mi amigo me advirtió que no me asustara si veía una Virgencita azul arriba del ropero. Tarde. Todavía siento un pequeño temblor al recordarlo. No creo que sus padres lo supieran, me callé todo esto, pero al verlos ahí en el cementerio reviví aquella noche lejana.
Unos pasos más adelante descansaba el hombre que me enseñó las primeras nociones de fútbol: don Negro Malatesta, mi primer técnico. Generaciones enteras de chicos de Hernández aprendimos a jugar al fútbol gracias a él. Él fue quien nos enseñó las primeras picardías, nos explicó cómo lograr una buena comba en los tiros libres o cabecear de pique al suelo para descolocar al arquero. Pero, sobre todo, don Negro nos enseñó a jugar en equipo, no le gustaba para nada que hiciéramos una gambeta de más ni que buscáramos destacarnos solos. “Toque, toque”, era su mantra. El verdadero fútbol era más toque y menos gambeta; más pasarla al pie del compañero y buscar el claro para volver a pedirla que trasladarla solo durante treinta metros; menos yo y más nosotros.
Debajo de él, el papá de mi amigo Nico, don Néstor, hincha de Racing y gran pescador. En la fila de arriba, una chica apenas un año mayor que yo, de la que en algún momento estuve secretamente enamorado. Un poco más allá, un hermano de otro amigo de la primaria. En ese mismo pasillo, tía Aurora, mi segunda mamá; otro amigo en el que hacía tiempo no pensaba y que tuvo una muerte trágica, horrible. Me detengo frente a su tumba, miro la foto, nos veo, somos dos chicos jugando con autitos de colección en la vereda; dos chicos comiendo moras; dos chicos en la escuela dominical aprendiendo juntos sobre la vida de Jesús. No lo puedo creer.
Cada paso que doy me deja solo frente a alguien que es parte de mi historia; con cada paso tomo conciencia de que, como las tías del cuento, conozco a todos los muertos que tengo alrededor, a todos sin excepción: conozco a sus familias, sus apodos, sus casas, una o más anécdotas y hasta algún secreto. Quizás algunos muy mayores que dejé de ver hace años se me desdibujan un poco, pero me acerco, entrecierro los ojos, traspaso barreras y capas de tiempo y logro verlos cruzando las calles del pueblo otra vez. Ninguno de ellos me resulta indiferente. Mientras pienso esto, veo a una clienta de la peluquería de mamá. Una de esas señoras que iban todas las semanas a peinarse y que me conocían de chiquito. Esta en particular tuvo una historia complicada con su marido, un mujeriego empedernido que la enloquecía, a tal punto que una de las veces en que lo pescó infraganti (con una chica muchos años más joven que él), se alteró tanto que intentó apuñalarlo. Fue un escándalo en el pueblo.
En un texto llamado El arte de narrar, Ricardo Piglia escribió: “Muchas veces he pensado que si contáramos con uno de esos procedimientos de literatura fantástica que Borges utilizaba con tanta habilidad y que resuelven rápido el paso a lo fantástico, si por uno de esos mecanismos simples pudiéramos tener a nuestra disposición todos los relatos que circulan en una ciudad en un día; si yo tuviera la posibilidad de conocer todos los relatos que circulan en Buenos Aires o en Talca en un día, sabríamos mucho más sobre la realidad de ese lugar que todos los informes científicos y periodísticos y todas las estadísticas y todos los discursos de los economistas o de los sociólogos”.
De alguna manera siento que algo de eso me pasó en el cementerio. Y no hablo de literatura fantástica ni de fenómenos paranormales. El recorrido no tuvo nada de romántico, aunque quizá sí de gótico diurno, a la manera de los narradores mexicanos: no hay grandes estatuas ni vitrales en el cementerio de Hernández, ni obras firmadas por arquitectos famosos, ni personajes de la historia argentina o mitos que involucren a doncellas de apellidos ilustres. No fue una clase de historia del arte, fue una vuelta acelerada e impiadosa por los pasillos de mi memoria. Una especie de vuelta al mundo.
“La tarea de dibujar el mundo termina por configurar a lo largo de los años la propia cara”, escribió Borges. Todas y cada una de las fotos de esa gente conocida y querida, o no necesariamente tan querida, cercana y no tan cercana, que descansa hace más o menos años en esas galerías blancas custodiadas por arañas y búhos, configuran una parte importante de mi mundo, trazan un mapa fiel de mis recuerdos de distintas épocas, un panorama de lo que fui y seguramente de lo que soy. De alguna manera, mi propia cara.
Segunda secuencia. LUNA DE MIEL
Los primeros días de enero, mientras con mi familia vaciábamos los muebles y seleccionábamos la ropa que pensábamos quedarnos o donar, en uno de los cajones de la mesita de luz que fue de mamá encontré dos fotos de la luna de miel de mis padres. Son dos fotos grandes, de 35 por 25 centímetros, en blanco y negro, y que por su tamaño no formaron parte del álbum de casamiento, por lo que yo no las recordaba. Es la clásica panorámica de Carlos Paz vista desde la aerosilla. La fecha que se ve en el cartel: 3 de mayo de 1973. Pedro en ese momento tiene 22 años y Mirta, 25. Están abrigados; Mirta lleva un suéter oscuro de cuello alto, Pedro un suéter escote en V y pantalón de vestir a cuadros; los dos calzan mocasines. Sonríen. Saludan con la mano abierta y sonríen. Sus risas son frescas, luminosas, inocentes. Se nota que tienen toda la vida por delante y no parece disgustarles la idea de pasarla juntos. No dudaría en decir que se los ve felices.
Al año siguiente, en junio de 1974, nací yo.
Diez años después, en septiembre de 1984, nació Julieta, mi hermana.
En noviembre de 2005, de un infarto, falleció mamá.
El año pasado, el 15 de octubre de 2024, a causa de un cáncer renal, falleció mi padre.
Entre aquella imagen de las sierras de Córdoba en la que saludan con una sonrisa al futuro que no pueden saber que les espera pero que seguramente anhelan dichoso pasaron poco más de cincuenta años.
Ese fue el arco vital de su historia en este mundo, medio siglo.
En mi apunte de ese día, escribí:
Ahora nosotros, sus hijos y nietos, pasamos unos días en el espacio que ellos supieron construir juntos y del que somos testigos y parte. Pensamos en ellos y tratamos de hacer, con lo que tenemos y con lo que nos queda, nuestra propia historia.