La tarea del coleccionista

La necesidad del coleccionista tiende precisamente al exceso, al empacho, a la profusión. Es demasiado… Alguien que vacila, que pregunta ¿necesito esto?, ¿es realmente necesario?, no es un coleccionista. Una colección es siempre más de lo que sería necesario.

             Susan Sontag

Manuel Quaranta

Por Manuel Quaranta

La escena final de Citizen Kane (1941) es difícil de olvidar, aquel enorme almacén donde el magnate mediático Charles Foster Kane acumulaba demencialmente objetos de los más variados tratando de recuperar el ya mítico trineo llamado Rosebud. Había para todos los gustos: candelabros, esculturas, lámparas, relojes, vasijas, jarrones, y sobre todo, contenedores intactos, esperando ser abiertos, una especie de ciudad caótica y fantasmal descubierta tras la muerte del empresario.

En tamaño reducido, la casa de uno de mis mejores amigos es idéntica: imposible transitar con normalidad los ambientes porque van brotando (¿de dónde?) sobre la marcha toda clase de objetos. Y no sólo resulta una proeza recorrer las instalaciones sin sufrir un accidente; tampoco es posible sentarse  a descansar en uno de los tantos sofás, reservados exclusivamente para alojar esas mismas piezas.

Esta organización extravagante del espacio dice más del coleccionista que lo que él mismo podría declarar. Por un lado, su relación con las cosas es una forma de propiedad extrema y heterodoxa. Aprecia lo que tiene como nada en el mundo y, a la vez, ante tamaña cantidad, puede llegar a olvidar cuáles son sus posesiones; sin embargo, al reconocer una pieza, será capaz de reconstruir su recorrido minuciosamente, porque la información sobre el objeto –dónde lo adquirió, cuándo, a cuánto– es casi tan importante como el objeto en cuestión.

Si consultáramos al público general acerca del rasgo sobresaliente del coleccionista, respondería la acumulación: el coleccionista se define por un carácter francamente posesivo, pero en honor a la verdad, muchas veces parece al revés; las cosas, a su debido tiempo, terminan por gobernar su vida. El coleccionista vive gobernado por objetos, aunque se trata de un gobierno extraño, con dobleces y repleto de equívocos.

Es una experiencia límite ver al coleccionista en acción. La mirada se extravía; una sonrisa ambigua domina su rostro; se frota las manos como el cazador furtivo frente a la presa inmóvil. El tiempo ingresa en una dimensión desconocida hasta que, por fin, tras coloquios y soliloquios, ofertas y contraofertas, obtienen lo que querían. Por supuesto, con frecuencia sucede lo contrario: se van con las manos vacías, como quien regresa de una cita amorosa con el corazón partido. Porque tampoco son personas dispuestas a pagar cualquier precio, por más dinero que puedan tener. Existe incluso el orgullo de pagar el menor precio. Allí interviene la ética del coleccionista.

Al rememorar la subasta de un libro incunable, cuenta Walter Benjamin que participa con entusiasmo, pero debe “prestar tanta atención al libro como a la rivalidad entre pujadores, y, además, tiene que conservar la cabeza lo bastante fría para no dejarse arrastrar por el juego de la puja у acabar pagando caro una oferta sobrevalorada, resultado menos del placer de adquirir que del de la rivalidad”.

Frente al coleccionista, el primer impulso es preguntarle qué motiva su práctica. ¿Arrogancia, soledad, amargura? ¿Cómo empezó? ¿Cuál fue el momento en que se dijo a sí mismo –y por lo tanto podía decírselo a los otros– que era coleccionista? También genera intriga el origen de tal o cual pieza. En la magnífica novela Antiguedades (2021), de Cynthia Ozick, el protagonista confiesa: “Adquirí la costumbre clandestina de sacar este objeto de su cuna para cavilar sobre el sentido que podía tener para mi padre”, algo que no sucede con otros objetos de la casa, como planchas o licuadoras. La licuadora sirve, quién lo duda, para procesar distintas frutas; la plancha, claro, para alisar la ropa, pero ¿el perrito de porcelana? ¿El jarrón Sèvres? ¿La cucharita persa? ¿Para qué sirven?

Benjamin examina a fondo el coleccionismo en “Voy a desembalar mi biblioteca” y le dedica una sección de El libro de los pasajes. Insiste (como el epígrafe de Sontag) en develar el “auténtico coleccionista”, quien impugna la utilidad del objeto, liberándolo de su contexto particular. Algo similar al ready-made pergeñado por Duchamp, porque el objeto, luego de ser adquirido, sólo tendrá valor en esa colección específica.

Sostener que el rédito económico enciende la llama coleccionista constituye un craso error. No digo que la especulación no genere ciertos entusiasmos, pero reducir una dedicación tan adictiva al vulgar beneficio, justamente, empobrece la actividad, que, como cualquier adicción que se precie, se define más por la pérdida (la falta) que por la ganancia (la completud). O dicho de otra manera: es una ganancia cuyo único horizonte es la pérdida.

Surge espontáneamente la tendencia a relacionar coleccionismo y riqueza. Y no es del todo incorrecta, pero el coleccionismo es más cuestión de olfato (intuición) que dinero o erudición (colección de saberes). El coleccionista pone el cuerpo en cada objeto: huele, toca, siente.

Si Benjamin piensa la lógica interna del coleccionista, el cine también supo darle una forma visible. La manía coleccionista puede verse en otra gran película, que no adolece del gigantismo de Citizen Kane. En The Best Offer (2013), Virgil Oldman, marchand célebre y brutal, colecciona a escondidas retratos de mujer y construye así un mundo perfectamente controlado, silencioso y protegido del contacto real con el deseo. Su museo secreto de retratos femeninos funciona como una fortaleza emocional, una vida paralela armada contra el desorden afectivo y la vulnerabilidad. Late en él, en sus formas violentas, un miedo originario: el terror a la exposición, a la imprevisibilidad del vínculo humano. Por eso la colección no funciona como un lujo, es más bien un sistema de defensa neurótico frente al deseo.

El coleccionismo es un fenómeno con múltiples aristas, difuso, opaco, contradictorio, que entraña una enigmática relación con la propiedad y con la ausencia, ya que ninguna colección estará completa jamás. Pero, vaya paradoja, el coleccionista no pretende completarla: sabe que la tarea es vana. Subyace, en cambio, una ambición mucho más profunda e infantil en el empeño de reunir las posesiones, lo que realmente fascina al coleccionista es introducir cada cosa en “un círculo mágico en el que se congela”. Congelar el devenir, detener el paso del tiempo. Todos los coleccionistas, módicos o millonarios, histriónicos o sumisos, son como Charles Foster Kane: intentan recuperar el objeto que por fin les devuelva el paraíso perdido.

Más allá de constituir una acción individual, que responde al capricho o la intuición del coleccionista, el punto álgido se alcanza cuando llega el momento de abrir la colección. Las tensiones están a la orden del día. Aquí mostrar significa mostrarse. Lo íntimo se vuelve público.

Charles Willson Peale artist in his museum - 1822

Tomemos dos pinturas de períodos diferentes como ejemplos de esta dinámica. En El artista en su museo(1822), de Charles Willson Peale, vemos al pintor (burgués gentilhombre) descorriendo la cortina para permitir el ingreso a su museo, a la colección privada. Su pose corporal dice algo así: aquí está, este es el trabajo de mis años, pasen, observen con cuidado, no toquen nada. Pero la pintura se centra más en el gesto revelador que en la colección misma. Peale, en realidad, muestra la apertura, no la colección.

Albert and Isabella visiting a collector's cabinet

En Los archiduques Alberto e Isabel visitan el gabinete de un coleccionista (1622), Hieronymus Francken pinta aristócratas manipulando objetos de la colección; es un espacio en el que pudo haberse inspirado Welles para Citizen Kane. El caos y la anarquía priman: animales sueltos, plantas, flores, esculturas, estatuillas, instrumentos musicales, restos marinos. Entre las pinturas reproducidas, la que está apoyada en el suelo expone, casi como en espejo, a criaturas híbridas (hombres con cabeza animal) destruyendo las piezas de otra colección. ¿Anuncia esa pintura el destino de las colecciones? Todo lo reunido, inevitablemente, se dispersará. Todo lo amado, naturalmente, morirá. Mientras tanto, nada más importa, al coleccionista lo obsesiona lo que no posee y  lo estremece la posibilidad de poseerlo.

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