Cuando leo a Fabio Morábito (Alejandría, 1955) hay algo del orden de la atención que se acomoda de manera natural. Una especie de hipnosis en la que caigo, y entonces disfruto. ¿La cadencia de las palabras, acaso la concatenación de las ideas, el impulso de imponer pausas para asimilar y recién después continuar? Algo de todo eso, o todo eso junto.
Por ejemplo, en Caja de herramientas, un libro publicado por primera vez en México hace más de treinta años y ahora reeditado en Argentina por Gog & Magog, Morábito crea entradas de una suerte de diccionario dedicado a las herramientas. No importa tanto la etimología de las palabras como los comportamientos que desencadena cada uno de los objetos: “Lo que busqué en mi libro fueron los momentos en el que la imaginación dicta una particular aptitud corporal que redundará en una herramienta específica. Esos momentos pertenecen por derecho propio a la poesía. Los objetos en sí no me interesan particularmente, sino el depósito de gestos humanos que cada objeto encierra en sí y que solo el sentimiento poético es capaz de desentrañar”.
Un “depósito de gestos humanos” escribe en El idioma materno: “ (…) la cabeza siempre inclinada sobre la escritura, como solo la escritura es capaz de inclinar una cabeza·”. ¿Cuánta atención se necesita para captar un desplazamiento de la mano, un movimiento en bucle, una mueca de esfuerzo, una postura, una actitud? Morábito es un escritor que se detiene en lo minúsculo; tal vez sea eso precisamente lo que moldea en sus lectores una predisposición a la demora sin culpa. En un mundo hiperconectado, hiper-apurado, hiperproductivo, diseccionar una herramienta (y su marejada) puede entenderse como una rebelión.
Su último libro es Un bosque rodeado de árboles (Edhasa, 2026), una reescritura de “Hansel y Gretel” (“el cuento de los cuentos”, según él mismo lo define). En su versión, los hermanos se pierden en el bosque, pero también su padre y la madrastra. Pero esa no es la única mutación. Los papeles se invierten: ¿cambia el destino de Hansel y de Gretel si en lugar de víctimas son victimarios?
Autor de El idioma materno (2014), También Berlín se olvida (2015), Madres y perros (Premio Narrativa de Colima 2017), El lector a domicilio (Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2018 y Premio Roger Caillois 2019), La sombra del mamut y Jardín de noche (2024), entre otros, Morábito escribe en castellano y ha sido traducido al alemán, inglés, francés, portugués y al italiano, el idioma de sus padres.
A pocos días de cruzar el ancho charco que separa a América de Europa, Morábito conversó con Be Cult acerca de sus libros, sus manías y sobre el miedo a releer lo que alguna vez escribió.
Por Valeria Sol Groisman
Juana Libedinsky: Entrevista sobre Austen y la inteligencia
Especial para Be Cult
– Caja de herramientas tiene más de treinta años y ahora lo reedita Gog & Magog. ¿Qué te pasa al leerlo hoy, con toda tu obra posterior de por medio? ¿Alguna de las herramientas que aparecen en el libro te sigue resultando interesante como punto de partida para seguir escribiendo o volver a escribir?
Cuando apareció este libro en México, las reseñas que se ocuparon de él lo calificaron como un libro de poemas, cosa con la que no estuve de acuerdo. Para mí fue siempre un libro de ensayos. Tal vez no sean ensayos en el sentido tradicional, pero lo son en cuanto a que busqué decir sobre cada herramienta algo verdadero, develar por decirlo así el alma de cada herramienta, aunque tuviera que recurrir para ello a argumentos más poéticos que estrictamente racionales. Tal vez aspiré a demasiado. Como sea, mientras lo escribía, sentí que me conocía a mí mismo mejor que en tantos poemas que había escrito.
– ¿Qué te llevó a reversionar “Hansel y Gretel”, entre todos los cuentos de los hermanos Grimm? Es una reescritura para adultos donde las víctimas se transforman en victimarios: ¿pensaste en la clave generacional al escribirla, en cómo se hereda o se repite la violencia de una generación a la siguiente?
Para mí “Hansel y Gretel” es el cuento de los cuentos. Con variantes de distinta índole está presente en todo el folclore mundial. (El argumento de) Los dos hermanos que son abandonados en el bosque por sus padres y que, pese a eso, consiguen sobrevivir, da pie a una infinidad de lecturas, desde la más candorosa hasta la más perturbadora. Yo decidí reescribir a mi manera esa historia cuando descubrí que el propio padre que abandona a sus hijos se pierde a su vez en el bosque, algo que no aparece en ninguna versión del cuento, pero yo sé que eso está ahí, latente, y lo único que hice fue seguir el desarrollo de los hechos a partir de ese descubrimiento.
– Escribir en una lengua que no es la materna, ¿te dio una relación distinta con las palabras, más consciente o más artesanal?
Creo que la escritura es por definición una lengua no materna, aunque se escriba en el propio idioma nativo. Escribir es usar una lengua aprendida, y en este sentido, el que escribe en una lengua que no es la materna, como es mi caso, no se distingue esencialmente de ningún otro escritor. En todo caso, aprende más rápidamente que los otros todo lo que de artificioso tiene el idioma de la escritura.
– En Caja de herramientas la prosa servía a los objetos; en El idioma materno, los conceptos se tratan como objetos cotidianos. ¿Reconocés esa operación como una marca de tu escritura, más allá de esos dos libros?
Las herramientas no son más que una extensión y un perfeccionamiento de ciertos gestos humanos. La mano viene antes de la herramienta. Antes de limar con la lima o de golpear con el martillo, usábamos las piedras, que son la extensión más simple de las manos, para limar y golpear. Lo que busqué en mi libro fueron los momentos en el que la imaginación dicta una particular aptitud corporal que redundará en una herramienta específica. Esos momentos pertenecen por derecho propio a la poesía. Los objetos en sí no me interesan particularmente, sino el depósito de gestos humanos que cada objeto encierra en sí y que sólo el sentimiento poético es capaz de desentrañar.
– ¿Qué te da el texto corto que no te da la novela o el ensayo? ¿Se escribe y se lee distinto (más modo snack) en tiempos de redes e IA? ¿Qué pensás?
Creo que los textos cortos, cuando son buenos, suelen ser más difíciles de leer que los largos, porque exigen un grado de comprensión que no admite vacíos ni distracciones, algo que pocos lectores son capaces de prestar, bien sea por pereza o por falta de aptitud. Esto explica por qué los libros de cuentos se leen mucho menos que las novelas. Cada cuento propone un mundo y a lo largo de un libro de cuentos el lector se ve obligado a mudarse de un mundo a otro, algo que exige un esfuerzo imaginativo más considerable de lo que parece.
– Tenés una obra muy extensa y constante en el tiempo, entre poesía, cuento, novela y ensayo. ¿Cómo sostenés esa capacidad de producir con tanta regularidad? ¿Es disciplina, necesidad, algo del orden de la manía?
Si por mí fuera, casi no escribiría. No tengo una necesidad compulsiva hacia la escritura. Cuando viajo, por ejemplo, no escribo ni una línea y no me hace ninguna falta. Si escribo todos los días es porque siempre hay algo pendiente que promete ser algo que vale la pena escribir.
– Hablando de manías de escritor, ¿algo que necesitás tener resuelto o presente antes de poder escribir?
Un café exprés, acompañado de una pieza de pan con mantequilla.
– Contame un día de trabajo típico: horario, lugar, algún ritual antes de sentarte a escribir.
Me levanto a las cinco de la mañana, hago veinte minutos de ejercicio, preparo el primero de tres exprés y me pongo a trabajar de tres a cuatro horas. Si estoy escribiendo poesía, como ahora, sólo escribo poemas y me olvido por completo de la narrativa y de los ensayos, y lo mismo vale por lo contrario. No puedo alternar los géneros. No tengo ningún ritual. Procuro no estar mucho tiempo sentado y me levanto de la silla con cualquier pretexto. Escribo todos los días excepto los domingos.
– ¿Hay algún libro o autor al que volvés siempre, una relectura de cabecera? ¿Qué estás leyendo en este momento?
Soy un lector muy desordenado, me enamoro de las primeras páginas de los libros y cuando el encanto de los comienzos se termina, a menudo los suelto y los olvido, cosa que me produce un gran sentimiento de culpa. Ahora mismo tengo nueve libros sin terminar en mi escritorio. No, no tengo ningún libro de cabecera. Nunca releo lo que he escrito, salvo algunos poemas, cuando debo dar una lectura de poesía, para decidir cuáles poemas voy a leer. Me da miedo releer lo que he escrito.
– ¿Estás trabajando en algo nuevo?
Estoy escribiendo poemas mientras junto valor para escribir algún cuento. Siempre es así, escribo en un género con el ojo puesto en el género de al lado, escribo en un género para reunir las fuerzas de pasarme al otro. Por eso no creo en esa cháchara de la mezcla de los géneros que tanto se pregona hoy día. Los géneros siempre se han tocado y mezclado un poco, como los carriles de una carretera, pero cada uno rige un dominio espiritual concreto, y conservar esa claridad interior es imprescindible para explorar los distintos aspectos de la vida sin caer en vaguedades.