Jens Balzer: Las identidades culturales cambian constantemente

Valeria S. Groisman

Por Valeria Sol Groisman

En exclusiva para Be Cult

Pocos intelectuales osan rebelarse contra el círculo cultural en el que han estado acostumbrados a moverse. Jens Balzer (Berlín, 1969), ensayista y crítico cultural alemán, es uno de ellos. Sus trabajos abordan la cultura contemporánea, la política y los debates en torno a la identidad. También es autor de ensayos sobre teoría cultural y cultura pop, y junto a Martin Hossbach, forma parte de la banda de DJs conocida en la escena musical como Balzer/Hossbach.

Balzer trabaja como periodista en la sección cultural del semanario DIE ZEIT, y también enseña Teoría Estética en el Instituto Alemán de Literatura de Leipzig. Entre sus libros se encuentran una historia de la cultura pop y la sociedad en cuatro volúmenes, así como los ensayos Ethik der Appropriation (edición en español: Ética de la apropiación cultural, Herder Editorial, 2024) y Erlösung (Matthes & Seitz Berlin, 2026).

En 2024, sacudido por la manera en que algunas personas a quienes consideraba sus aliadas reaccionaron frente al ataque de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2023, Balzer comenzó a escribir After Woke, que acaba de llegar a las librerías argentinas con traducción de Valeria Castelló-Joubert (Biblos, 2026). El ensayo, que conserva el título en inglés, reflexiona acerca del viraje que tomó lo woke en los últimos años y propone ideas para desarmar la trampa en la que cayó el concepto.

“After Woke no está pensado por mí como un imperativo, sino como la descripción de una época. Nos encontramos en un momento histórico en el que el potencial positivo de woke ya no es reconocido, y en el que woke es percibido esencialmente solo como un término de abuso. La pregunta es: ¿cómo podemos salvar lo que se puede salvar, y lo que hay que salvar? ¿Cómo salvamos la wokeness de sus detractores y de sus falsos amigos? Sigo creyendo que el núcleo del pensamiento woke es la preservación de la democracia liberal. Hacer eso posible, esa es la tarea para la cual esta forma genuina de pensamiento woke es lo único que nos queda”, escribe Balzer desde algún paisaje remoto durante sus vacaciones*.

Portada original del libro Afer Woke de Jens Blazer

 

VSG: Abrís el libro rastreando el concepto de lo woke desde Lead Belly (músico y compositor de blues, nacido en 1888, y conocido como “el rey de la guitarra de doce cuerdas”) hasta Erykah Badu (cantante neo soul). ¿Por qué te pareció necesario encarar ese recorrido histórico antes de entrar en la controversia actual?

JB: Porque woke y wokeness son algunos de los términos más utilizados en las guerras culturales de hoy, y, sin embargo, casi nadie sabe ya lo que significaron originalmente. Para la derecha, woke se convirtió en una etiqueta para el adversario que ahora abarca todo lo que no encaja en su estrecha cosmovisión: para ellos, son woke todos los que defienden una sociedad liberal y la igualdad de todas las personas, y se oponen a la discriminación por clase, género, raza, religión… Para la vieja y la nueva derecha, woke es todo lo que se interpone en su deseo de una sociedad patriarcal, ordenada y autoritaria. Del otro lado, nos encontramos con una izquierda progresista cuya cosmovisión me parece que se ha vuelto tan rígidamente identitaria como la de la derecha. Esa izquierda divide el mundo con la misma implacabilidad entre el bien y el mal, entre amigos y enemigos; está cada vez más preocupada por establecer reglas que rijan el lenguaje y el discurso, y por determinar con quién se puede hablar y con quién no. En la izquierda tenemos cada vez más sectas políticas.

Con la perspectiva histórica quise recordarle a la gente que wokeness alguna vez significó estar abierto, atento y vigilante frente a la discriminación racista, sexista, queerfóbica y transfóbica, tanto cuando se trata de discriminación contra uno mismo como cuando se trata de discriminación contra otras personas. El cantante de blues Lead Belly acuñó el término en una canción en la década de 1930; en 2008, la cantante de R&B Erykah Badu lo usó en una canción y a partir de ese momento lo woke entró en el vocabulario del movimiento Black Lives Matter. Para Badu, el término también implicaba explícitamente permanecer alerta ante la posibilidad de que uno simplemente estuviera equivocado en su evaluación de las cuestiones políticas. Originalmente, wokeness significaba estar dispuesto en todo momento a someterse a la autocrítica, y mantener el propio pensamiento abierto.

VSG: ¿En qué momento exacto creés que lo woke dejó de ser una forma de estar alerta y se convirtió en la etiqueta que hoy se usa como insulto, desde un lado, o como bandera de identidad, desde otro?

JB: Me parece que eso ocurrió a lo largo de la década de 2010. Durante ese período, en todo caso, (el concepto de) woke se fue convirtiendo cada vez más en un arma política utilizada por la derecha. En los Estados Unidos, el movimiento alt-right tomó forma y convirtió (lo) woke en una etiqueta para todas las fuerzas políticas opositoras. Eso incluyó a los activistas antirracistas, en particular al movimiento Black Lives Matter, pero eventualmente también a cualquiera que defendiera en términos amplios la igualdad para las minorías y una democracia liberal en la que todos tuvieran igualdad de oportunidades de participar. Por supuesto, no es nada nuevo que la derecha convierta esto en una imagen del enemigo: vimos lo mismo en la década de 1990. En aquel entonces, la derecha no llamaba woke a lo mismo, sino «corrección política». En definitiva, sin embargo, viene a ser lo mismo. El uso discursivo del término wokecontribuyó a allanar el camino para la primera victoria electoral de Donald Trump, así como sirvió a la Nueva Derecha en Alemania como arma política contra una hegemonía de izquierda, real o percibida, en el ámbito cultural. Al mismo tiempo, sin embargo, las posiciones de la izquierda también se fueron endureciendo cada vez más. Ganaron terreno ideologías de política identitaria que ya no se preocupaban por permitir que la mayor cantidad posible de personas participara en el discurso social, sino por determinar quién tenía derecho a hablar de qué temas y quién no. Un medio central de lucha política para esta nueva izquierda woke, o digamos post-woke, se convirtió en el boicot, la cancelación, la censura y el establecimiento de reglas que rigen el discurso y prohibiciones al discurso. En este sentido, la izquierda fue pareciéndose cada vez más a la derecha.

VSG: Argumentás que el silencio de gran parte de la izquierda progresista tras la masacre de Hamas equivale a una «bancarrota moral». ¿Ese silencio fue la causa de tu diagnóstico, o el detonante que te permitió nombrar algo que ya venías viendo?

JB: El hecho de que los grupos de izquierda dividan el mundo entre el bien y el mal ciertamente no es nada nuevo. Ninguna otra ideología ha sido responsable de tantas muertes como el comunismo. También existe una larga historia de actitudes antisemitas dentro de la izquierda progresista y los movimientos emancipatorios de liberación; en Alemania, se remonta a la década de 1960. La Fracción del Ejército Rojo, un grupo terrorista apoyado por muchos en la izquierda, tenía fuertes connotaciones antisemitas en la década de 1970. Al mismo tiempo, sin embargo, siempre existieron corrientes dentro de la izquierda que se entendían explícitamente como antiautoritarias y rechazaban todas las formas de fundamentalismo ideológico, incluido el antisemitismo. Siempre simpaticé con esas corrientes; y al menos en Alemania, permanecieron entre las fuerzas culturales y políticas formativas bien entrada la década de 2010. Pero entonces las fuerzas antisemitas ganaron influencia, esta vez bajo la etiqueta del antisionismo, alimentadas por ciertas formas de poscolonialismo y el activismo asociado a ellas. En la década de 2010 ya se podía intuir que el clima estaba cambiando. El giro autoritario e identitario más amplio en la izquierda y el retorno masivo de la ideología antisemita se desarrollaban en paralelo.

VSG: ¿Hubo una reacción específica, de una persona, un medio o una institución cultural que te resultara decisiva para impulsarte a escribir el libro?

JB: Lo viví primero y de manera más dramática en la escena cultural, y en particular, en la cultura de los clubes. DJs que me habían hecho bailar y con los que yo había bailado, y con algunos de los cuales incluso había pasado música yo mismo, negaron las masacres del 7 de octubre. Artistas mujeres que hasta entonces se habían presentado como especialmente conscientes y feministas minimizaron o negaron la violencia sexual de Hamas. Escritoras y activistas que anteriormente se habían dedicado a luchar contra la discriminación racista y a promover una mayor sensibilidad en el lenguaje y en el trato con otras personas de repente comenzaron a adoptar estereotipos antisemitas con total desfachatez. Habíamos sido amigos, o aliados, o al menos así era como yo lo había pensado. Y entonces apareció esa falta absoluta de empatía que se extendió por la escena woke, haciendo que gran parte de lo que había defendido anteriormente pareciera ahora no ser más que hipocresía. Eso fue un lado. Por el otro, las voces conservadoras y de derecha se levantaron de inmediato, visiblemente encantadas con lo que percibían como la bancarrota moral de gran parte de la comunidad woke: “Hurra, finalmente llegó el fin de lo woke. Son todos antisemitas y ahora se han descalificado a sí mismos, así que podemos olvidarnos de todo lo demás, también de la lucha contra la discriminación de todo tipo. Ese triunfalismo era, por supuesto, igualmente espantoso.

VSG: Citás a Habermas y a Stuart Hall para mostrar que la teoría poscolonial no tiene por qué ser unilateral. ¿Qué autor o tendencia actual creés que está cayendo en esa unilateralidad? ¿Hay alguna nueva teoría más equilibrada?

JB: Jürgen Habermas ciertamente no es un pensador poscolonial, pero en mi libro intenté renovar y agudizar el concepto de woke, tal como lo entiendo en un sentido positivo, con la ayuda de la filosofía moral de Habermas. Porque si hablamos de wokeness en un sentido positivo, entonces sin duda es, al menos para empezar, nada más que lo que Jürgen Habermas llamó alguna vez ética del discurso. La pregunta es: ¿cómo podemos garantizar, en una sociedad diversa, que todas las personas puedan participar igualitariamente en el discurso público? En cuanto al poscolonialismo como disciplina académica, creo que necesitamos sobre todo volver a autores como Stuart Hall y Édouard Glissant, que permanecieron al margen de este endurecimiento más reciente del pensamiento. Para ellos, superar el pensamiento colonialista era siempre también sinónimo de superar el pensamiento identitario y la oposición entre negro y blanco. Stuart Hall tiene una cita maravillosa: “el antirracismo no puede significar simplemente invertir el racismo, de modo que ahora los negros sean vistos como solo buenos y los blancos como solo malos”. Más bien, debe tratarse de reflejar la complejidad de las relaciones sociales. Y eso también significa reconocer que las identidades culturales están cambiando constantemente, en particular en un mundo moldeado por la diáspora y la globalización.

En consecuencia, entre los pensadores poscoloniales de la era posmoderna, Hall y Glissant, pero también Paul Gilroy, siempre hubo un enfoque en el cambio, la hibridez, el cosmopolitismo, la ambivalencia y la celebración de la ambigüedad. Esto cambió en la teoría y en el ámbito cultural durante la década de 2000. La euforia por el poder liberador de la globalización fue seguida por la desilusión: la globalización fue vista como nada más que el dominio neoliberal de las corporaciones multinacionales. La respuesta, por tanto, fue el deseo de volver a los orígenes, es decir, a lo indígena. Las tradiciones antiguas debían ser redescubiertas y protegidas contra una modernidad hostil. Uno de los principales precursores intelectuales de esta tendencia es Gayatri C. Spivak; en la teoría poscolonial en América Latina, la figura a mencionar por encima de todo sería Walter D. Mignolo. Y ciertamente es importante preservar las tradiciones olvidadas o suprimidas. Pero esto también conlleva el peligro de reducir a los supuestos pueblos indígenas a una autenticidad premoderna, y de concebir las identidades culturales únicamente en términos del pasado, arraigadas en el suelo y en nociones de lo étnico o lo völkisch.

VSG: El libro aspira a rescatar lo woke de sí mismo, no a enterrarlo. ¿Qué le dirías a alguien que lee el título After Woke (en la edición en castellano se mantiene el título en inglés) y asume que es un libro anti-woke?

JB: After Woke no está pensado por mí como un imperativo, sino como la descripción de una época. Nos encontramos en un momento histórico en el que el potencial positivo de woke ya no es reconocido, y en el que woke es percibido esencialmente solo como un término de abuso. La pregunta es: ¿cómo podemos salvar lo que se puede salvar, y lo que hay que salvar? ¿Cómo salvamos la wokeness de sus detractores y de sus falsos amigos? Sigo creyendo que el núcleo del pensamiento woke es la preservación de la democracia liberal. Hacer eso posible, esa es la tarea para la cual esta forma genuina de pensamiento woke es lo único que nos queda.

VSG: El libro apareció en un momento de marcada polarización en torno a la guerra en Medio Oriente. ¿Creés que esa división se ha agudizado, o algo ha cambiado en la forma en que se debate?

JB: La división se ha vuelto aún más profunda, las posiciones aún más irreconciliables, y al menos en el discurso alemán me parece que la izquierda autoritaria y la derecha autoritaria convergen cada vez más. Tenemos un segundo conflicto, sumamente sangriento y de gran relevancia geopolítica, en el corazón de Europa: la guerra de Rusia contra Ucrania. Ha cobrado hasta ahora muchas más vidas que la guerra entre Israel y Hamás, y sin embargo la izquierda alemana ha preferido ignorar en gran medida este conflicto hasta hace poco. Eso ha cambiado ahora. En los círculos de izquierda, está ganando cada vez más terreno la opinión, tal como había ocurrido antes en la derecha, de que Occidente o la OTAN fueron de algún modo responsables de la invasión de Rusia, y que los esfuerzos de los responsables políticos alemanes por proteger a su país contra un imperialismo ruso cada vez más amenazante mediante el fortalecimiento de sus propias capacidades militares no son más que una militarización agresivamente impulsada de la sociedad. Este argumento también es esgrimido cada vez más por círculos poscoloniales.

En otras palabras, a menudo son las mismas personas que niegan el derecho de Israel a existir y que en cambio expresan simpatía por grupos islamo-fascistas como Hamás quienes ahora muestran una simpatía más o menos abierta por el imperialismo ruso. Aquí, el resentimiento poscolonial hacia Occidente se ha convertido nuevamente en simpatía por un poder imperial decididamente antioccidental. He intentado explicar cómo se conectan estas cosas, y por qué creo que bajo esta alianza poscolonial y antioccidental yacen ciertos motivos de teología política que nos llevan directamente de regreso al fascismo de principios del siglo XX, en un nuevo ensayo que acaba de publicarse en alemán: Erlösung. Über Messianismus und Apokalyptik in den politischen Diskursen der Gegenwart (en castellano, Redención: sobre el mesianismo y la apocalíptica en los discursos políticos contemporáneos).

VSG: También tengo curiosidad por algo más personal: ¿cómo te afectó el 7 de octubre de manera que lo convirtió en el punto de partida del libro?

JB: Simplemente quedé profundamente conmocionado por las reacciones de muchas personas a quienes había considerado mis aliados durante años e incluso décadas. Una comunidad cultural y política que siempre había sido también un hogar para mí se había roto. Y no soy de ascendencia judía; no tengo que experimentar esta nueva ola de antisemitismo como una discriminación dirigida contra mí personalmente. Pero tengo muchos amigos judíos para quienes el 7 de octubre marcó el comienzo de una nueva era de discriminación, miedo e inseguridad. Y esto está ocurriendo en Alemania. Y no viene solo de la derecha y la extrema derecha, de quienes no cabría esperar otra cosa. También viene de la izquierda. Lo que está emergiendo aquí es una convergencia antioccidental e ideológicamente autoritaria más amplia que me preocupa profundamente por el futuro de la democracia liberal en Alemania. Cuando After Woke se publicó en alemán, hace dos años, todavía esperaba que al menos la izquierda alemana pudiera recobrar el juicio. Me temo que estaba equivocado.

 

*Entrevista original en inglés, traducida al castellano con la asistencia de Claude.

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