Paula Winkler: Intentar convivir con menos malestar

En la obra de Paula Winkler hay una palabra
que llama la atención: sensatez.

Esteban De Gori

Esteban De Gori

¿Qué pasa cuando una palabra que apela a la prudencia suena en estos tiempos como disonante y disruptiva? En su libro «Un giro hacia la sensatez» (Edit. Casa Bukowski, Chile, 2026) nos propone sumergirnos en una reflexión sobre la convivencia y sus probabilidades. En su trabajo resuena la pregunta del sociólogo francés Alain Touraine: ¿podremos vivir juntos? Una insistente interrogación y búsqueda que nos pone ante el texto de Paula Winckler y que nos recuerda, sobre todo, las potencias de la conversación, de la prudencia como forma de alojar al otro y de la escucha pausada. 
En dos encuentros en una cafetería de Las Cañitas, donde los helados que acompañan el café se derriten sin respiro, conversamos con la autora sobre su libro y sus exploraciones.  


 

ED: Empecemos por la palabra sensatez: ¿por qué la reponés para una reflexión sobre la convivencia? ¿Por qué la trajiste a un debate que piensa en los vínculos?

PW: “Sensatez” en el título, sí: pensé en el Giro lingüístico, de Ferdinand de Saussure, el  semiólogo suizo. Y me dije que había llegado el momento de un giro hacia la sensatez para intentar convivir con menos malestar. Es que estamos dejando de ser seres sociales, lingüísticos, lamentablemente: está bastardeada la palabra, todo el mundo debate y opina sobre cualquier cosa y predomina la metonimia (etiquetar, estigmatizar, sintetizar, huir de la dificultad). Todo, por razones de una velocidad extrema, que en verdad conduce a la nada misma. Etimológicamente, “sensatez” significa “buen juicio, sentido común, reflexión”… Los vínculos personales y los sociales se han infantilizado a extremos impensados. Hoy se confunde literalidad con transparencia (incluso disfraza cinismo, hipocresía). Y mejor, negar: la pasión “por no saber”, de esto hablo también en “Un giro hacia la sensatez”.

ED: ¿Cómo morigerar eso que llamas la «la cultura de la insensatez»?. ¿Qué dimensiones de lo social y de las individualidades son puestas en entredicho por esta cultura?

PW: Mirá, “cultura” articula con “civilización” pero también con “malestar”, si tal cultura es presuntuosa, “culturosa”, excluye y promueve un consumo desproporcionado de la estupidez y de esos sesgos de confirmación que aúnan grupos, seguidores en las redes y hasta inspiran a algunos foros académicos cerrados y a-históricos… A mí me gusta contrastar, debatir ideas, pero no negar los hechos. Hay límites, la ontología, un ejemplo.  Compra mercancía (quien puede) pero también, discursos; se copia y repite, ignoro si para no sentirse solo o porque últimamente se confunde “derecho” con “obligación”, deseo con goce. De momento la tendencia marca el “ser feliz a toda costa”. Instrucciones de vida, textos de autoayuda, invitaciones a eventos, lecturas, viajes; entrenadores de conductas, mestizajes insólitos que auguran el futuro; interiorismo y gastronomías, moda, reciclajes de “buen gusto”. Esto tranquiliza “felizmente”, en apariencia. Se consumen medicamentos, tratamientos invasivos y peligrosos para ser juveniles. Como si la felicidad fuera eterna, viniera de los cielos y no dependiera de una libertad ejercida con responsabilidad, de trabajar en uno mismo para conocer(se). La felicidad es un derecho, disfrutar es una opción. No obliga. A esta altura de mi vida, prefiero a los escépticos, me resultan más auténticos. Las sociedades occidentales, son las que conozco, están cansadas (de sí mismas), por ello nadie puede estar consigo en paz subjetiva. Y si las personas tratan de averiguar la causa del desnorte, observo a menudo por comentarios y experiencia, que creen que “ir a terapia”, psicoanalizarse, encontrarse en silencio y tal parecerían actividades análogas a ir a la peluquería: justificarse para olvidar la matriz y el sentido propio de la vida (no, los mandatos familiares, profesionales, etcétera). Pocos hoy son escucha, inclusive hay profesionales de la salud que cometen la imprudencia de intervenir todo el tiempo para “acelerar” los procesos de recuperación y retener tranquilos a sus pacientes, en fin.

Libro Un giro hacia la sensatez

ED: En relación con la sensatez, entiendo que ella funciona más como un «llamado» a la acción que para restituir una moral de los vínculos. Es así?

PW: Sí. No solo para que la humanidad toda recupere sus significantes (no los que imponen las modas ni las tendencias) sino para que esta advierta dónde hay falacias y estrategias discursivas, hasta qué punto se juega lo de cada uno y la conciencia. Incluso en el amor y en la amistad. Todos los vínculos tienen sus malentendidos. Doy herramientas, con ejemplos concretos. Algunas cuestiones políticas, colectivas dependen de nosotros como ciudadanos de a pie, como hombres y mujeres, como seres humanos, supuestamente racionales y sintientes. Aprender a ver y a oír, sobre todo, se trata de esto.  Lo cual implica acción, gesto, asumir conductas menos pasivas. ¿Acaso no poseemos cerebro, razón?

ED: ¿Por qué reflexionar sobre la sensatez en estos momentos convulsos y qué beligerancias limitaría una acción sensata?

PW: Son tiempos complejos. Antes el saber venía de Dios, de las iglesias; ahora, de la Ciencia. Pero hay científicos, no me gustan los “cientistas”. Y el poder, en definitiva, constituye una relación entre falta y exceso: no lo hay sin un coro victimizado o convencido que aplaude y promueve al poderoso, sea por ignorancia, sea por intereses personales ciegos, sea por falta de pensamiento crítico. Te pongo un ejemplo que no está en el libro, en la misma línea de reflexión del mismo. Una conferencia en Port Bou que organizó una fundación catalana en homenaje a Walter Benjamin (allí, en la patria de Salvador Dalí, se encuentra un abreviado y austero monumento en el lugar próximo al mar donde se habría suicidado el filósofo). En el encuentro descolló una filóloga madrileña, profesora emérita de varias universidades y traductora del inglés, que expuso sobre Hannah Arendt cuando, con motivo de la presencia que le tocó a Arendt  en el enjuiciamiento al jerarca nazi Eichmann, refirió a la banalidad del mal. Destacó que tal banalidad se situaba en todos los germanos de la época. Que ello podía repetir atento a la naturaleza humana. Aludía en forma parecida a esto mismo de que estoy hablándote: oír, mirar, atender, pensar, porque no solo la razón evita beligerancias y barbarie. Hay que tener el coraje de buscar (y encontrar) verdad, que no es dogmática ni tampoco eterna ni una sola. A menudo, hasta presiona por salir de nuestro inconsciente (acrónico) y se manifiesta cuando menos te lo imaginás. Pero la crueldad es idéntica a sí misma y su búsqueda requiere de cierta ética. Somos pulsión de vida y pulsión de muerte, nos guste o no.  En Port Bou, sin embargo, pocos oyentes quedaron conformes con este modo de interpretar los escritos de Arendt, y una asistente (especialista en; no, en hermenéutica) le replicó a quien exponía con toda lucidez, aquello de que los monstruos nunca nos habitan, que hay algunos pocos poderosos  nomás que hacen daño y hay que combatir. Como si nadie tuviera sus sombras y no existiera la complicidad indiferente de países enteros, que se declaran neutrales haciendo como que no ven o adhieren impensadamente a cualquier cosa y fuera de acuerdos previos internacionales. Si se rompen los mínimos contratos sociales, no nos asombremos luego de la violencia incontrolable (también de niños y adolescentes, de los llamados “lobos” solitarios) que deviene en el mundo ni de las beligerancias vigentes: guerras, decadencias e indigencia; excesos y descontrol. Pura anomia. Agrego, al pensar en la palabra devaluada que circula en el siglo ahora: si el lenguaje técnico aporta mayor certidumbre a la opacidad propia de la lengua,  los organismos internacionales ¿son sensatos cuando negocian? En páginas 65/78 transcribo la respuesta de Sigmund Freud a Albert Einstein. El científico creía (un poco ingenuamente, a mi juicio) que la entonces Liga de las Naciones evitaría nuevas guerras en el planeta. En la era de la imagen visual, la reflexión parece, en efecto, un desafío casi de ficción.  Sin embargo, intento en este breve ensayo que la gente distinga realidad de ficción, algoritmos de conciencia; deseo de goce. Asimismo, sería auspicioso dejar de echar culpas ajenas y hacerse cargo. Sí, es disruptivo y extraño buscar hoy el punto medio. Nada es blanco y negro. Solo hay que vivir un poco para darte cuenta de que la sensatez aporta.  

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