Hay un animal en mí

¿Cómo pensar la comunidad therian? Lo primero para todo: análisis. Evitar cualquier moralismo rápido y cualquier patologización psiquiátrica. Lo segundo: propongo una interpretación. Solo eso.

Esteban De Gori

Por Esteban De Gori

¿Therian? Aquellas personas que se sienten conectadas -de manera involuntaria- con un animal son parte de una subjetividad atravesada por grandes mutaciones sociales y tecnológicas. Esta comunidad urbana nace en los años 90 y se va recreando en las periferias digitales. Mientras el mundo se “desmantela” algunas personas sienten que son llamados por la naturaleza, por un animal u otros seres para situarse en un mundo con una velocidad de transformación inaudita. En los 90 empieza el gran desierto para las subjetividades: es decir, las grandes narrativas que modelan y bordeaban al individuo comienzan a resquebrajarse. La política, las religiones, las instituciones colectivas, como los sindicatos y partidos, empiezan a declinar. Ya no pueden “abastecer” identitariamente a los individuos que pretendían representar o lograr su adhesión. El “fuel oil” identitario entró en crisis. 

La revolución tecnológica dispara la (re)elaboración de un individuo cada vez menos bordeado por esos valores tradicionales que antes eran referencias y seguridades experienciales para las personas. El mundo individual que conocíamos -antes de los 90- se averió severamente. ¿Qué se rompió? Una individualidad que se sentía interpelada por valores  religiosos, morales, éticos y políticos tradicionales. A partir de fines del siglo XX todos esos “bordes” se desgastaron y el individuo debió buscar, como siempre sucede, un territorio firme donde poner en juego sus memorias y deseos. Acomodarse frente a una tormenta que llega hasta hoy. Debió transitar cierta “orfandad” en un mundo que se derrumbaba y frente a una revolución digital que “volaba” a una velocidad nunca vista. En parte, la disolución de experiencias colectivas (partidos, sindicatos, una idea de familia, de amistad, etc.) y el aflojamiento de valores conservadores o tradicionales permitió la construcción de nuevas subjetividades e individualidades.

El individuo, como un Terminator,  emergió del caos. Nuestro cuerpo y nuestra identidad quedaron bajo nuestro mandato para hacer con este y con aquella lo que nos plazca. Las transformaciones digitales y subjetivas se potenciaron con el universo liberal que como sabemos su fuerza de gravedad está en el individuo, sus elecciones y su contrariedad con el Estado y ciertas instituciones. Una mirada liberal del mundo se amplifica con ese debilitamiento de valores tradicionales y con esa orfandad que provocó la caída del mundo del siglo XX.

No solo se amplifica sino que se convirtió en un GPS experiencial para darme a mí mismo el poder sobre mi cuerpo e identidad. Un individualismo silencioso e hiper autocentrado se fue creando, rompiendo estereotipos y maneras de obrar y hablar. Y con este individualismo explotaron diversas formas de sentir, amar y obrar. Por tanto, ser therian, como miembro de otra comunidad, es parte de procesos de construcción de decisiones individuales que tienen mucho que ver con nuestra época. No son una anomalía ni un desorden mental.

Qué impacta? 

La aparición en las ciudades de la comunidad therian es observada como algo impactante. En parte porque nos recuerda la ruptura entre la cultura y la naturaleza narrada por las religiones (por ejemplo: el bautismo es la ruptura con la naturaleza) como el psicoanálisis (cultura vs naturaleza). En ambos universos hay algo de la idea de “renuncia” que en esta época vuelve a ser revisado. La conexión con la naturaleza y los animales es milenaria. Pese al cristianismo y al judaísmo que los han expulsado de la adoración y de las lecturas destinales y sagradas, esa conexión existe. Estuvo entre los romanos, estuvo entre los griegos, egipcios, etc. y otras formas más contemporáneas de vínculos reales o esotéricos con la naturaleza y a los animales. 

La imagen de la naturaleza en el cuerpo de una persona se vuelve algo inquietante. Hay un animal en mí o hay algo de mí que conecta con un animal, se vuelve un misterio para muchos y algo angustiante para otros. Eso supera la idea de naturaleza que nosotros conocemos. Nos gusta, por la forma en que se construye la relación entre lo humano y lo animal, que la naturaleza esté ahí, cerca o lejos, pero no pegoteada. Que se mantenga como algo diferente. La fusión humano-animal parece insoportable. Pero si rastreamos algunas tradiciones, imágenes y expresiones todos coqueteamos con lo animal. La imagen del therian impacta, la forma de caminar por la ciudad nos conduce a imágenes que están reñidas con una cultura que rompió y se construyó (hegemónicamente hablando) contra la naturaleza.  Pero lo animal, la naturaleza está y viene a nosotros y nosotras. Los seres mitológicos y dioses mitad humanos y mirad animales plagan los relatos. De hecho, esto lleva el nombre de teriomorfismo. Pero no solo existe teriomorfismo en las culturas sino en ciertas expresiones: “comí como un animal”, “cogen como conejos”, “trabajé como una bestia”, “ese tipo es un caballo”.  A ello deberíamos añadir todas las imágenes del mundo erótico que dialogan con el mundo animal (el mundo felino es un clásico). El therian parece un llamado a la naturaleza inverso a lo considerado tradicionalmente. La naturaleza se mete, asalta la subjetividad y la liga de manera involuntaria. Vive conectada a lo humano. En este caso no es pura dominación de lo humano sobre la naturaleza sino el asalto de la misma en lo humano. Inclusive, si tiramos del hilo, el mundo therian es una crítica a la feroz humanización a la que se somete a perros y gatos de las grandes ciudades.

Otro universo que nos recuerda la naturaleza, sus poderes y derechos es el ambiental.  Los años 90 también coinciden en parte en una ampliación de los movimientos ambientales y del cuidado de la naturaleza. Los derechos de la naturaleza aparecen en algunas constituciones y en documentos oficiales. 

El ambientalismo es una reivindicación del poder y derechos de la naturaleza y del lugar que tiene para una vida humana mucho  más apacible. Y por último, la comunidad therian es una respuesta -no importa el tenor de la misma y ni si es buena o mala- a la forma de intervenir en vidas urbanas que -añoran la naturaleza  (quiero irme a vivir al campo)- pero que poco saben qué hacer con ella, fundamentalmente, cuando se discuten modelos de desarrollo. 

La comunidad therian, como otras comunidades, se inscriben en las agendas diversas y múltiples de las últimas décadas. Visibilizan un proceso, un malestar y una experiencia posible. El mundo digital alberga formas comunitarias y otorgan y recrean habitaciones para el individualismo. Uno que está impulsado, con pocos bordes (tradicionales), u otros bordes más flexibles, a una larga travesía. Y a diversas formas de intervención en la conversación cultural.

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