Esteban De Gori
Es poetiza y escritora mapuche huilliche. Sus palabras son magnéticas. Cuando las pronuncia se sitúan entre su presente y su pasado y eso le otorga una potencia inquietante. Es la primera mujer proveniente de las comunidades originarias en ingresar a la Academia Chilena de la Lengua. Esto habla de la fuerza de su trayectoria y del impulso de las escrituras originarias en la narrativa literaria chilena y latinoamericana.
E. D.: En tu biografía existe tenacidad por publicar. ¿Por qué? ¿Qué había ahí?
G. H.: Yo creo que fue la fuerza de mis abuelas, de mis tatarabuelas y de todas las generaciones de mujeres que corren por mis venas, porque ellas no tuvieron voz y eran mujeres muy sabias. Ellas me traspasaron oralmente la tradición familiar y la historia del pueblo Mapuche Huilliche. Pienso que si ellas hubiesen tenido la herramienta de la escritura, ellas hubieran sido las mujeres que hubiesen escrito; yo solo grafiqué sus palabras porque tuve la fortuna de aprender a leer y escribir.
E. D.: Hay algo de la fuerza de la palabra que irrumpe.
G. H.: Es un todo, una totalidad; no puedo separar la palabra de la fuerza que me dieron las mujeres porque sus palabras son la fuerza. El empuje fue dado por estas mujeres y por el pueblo en su totalidad, tanto hombres como mujeres.
E. D.: Pero lo primero que trajiste en esta entrevista fueron la presencia de las mujeres. ¿Por qué?
G. H.: Porque soy mujer. Históricamente, los hombres han tenido más visibilidad y las mujeres han sido opacadas por la fuerza masculina. Las mujeres sembraron en mi memoria sus palabras y yo solo voy rastrojeando; esa “plantación” hoy está floreciendo porque esas palabras las vengo escuchando desde el vientre de mi madre.
E. D.: En tus libros también hay obsesiones y preguntas. ¿Cuáles son?
G. H.: La obsesión más grande es la poesía. No me puedo separar de ella en mi narrativa; por eso soy distinta a otros poetas. Enlazo mucho la narrativa poética porque así hablaban mis antepasados. Me definí primero como poeta y después como narradora. La poesía atrapa, el verso engalana la narrativa y la hace llegar más al corazón y a la mente. Escribo como soy y como hablo; mi narrativa es como habla el pueblo campesino, sin necesidad de tener un diccionario al lado.
E. D.: Hay un rescate de esa oralidad pero también una marca propia.
G. H.: La historia de los pueblos originarios ha sido negada, pero ahora los poetas estamos hablando en primera persona. Antes, los escritores chilenos y argentinos nos describían desde fuera, como si estuviéramos en un escaparate. El logro más grande es decir «nosotros somos así» sin necesidad de que nos describan; es un «palmazo» a la sociedad blanca. Ahora hablamos en primera persona sin esperar una opinión de ellos.
E. D.: Hay un proceso de empoderamiento. ¿Cómo es escribir a dos lenguas y qué significa ser miembro de la Academia Chilena de Letras?
G. H.: Mis textos y mi poesía golpearon esa puerta. En 130 años, la lengua reina de esa casa era el castellano y no se había escuchado otro sonido. Ingresé con votos unánimes a la Academia y propuse hacer un encuentro en lenguas originales porque esta es la voz madre de este territorio. Llevé lingüistas para explicar la construcción del Mapudungun. Fui la primera mujer de un pueblo originario que se atrevió a decir que era poeta y escritora.
Ahora veo a un centenar de hombres y mujeres posicionándose en la literatura latinoamericana. Me siento realizada como mujer Mapuche que salió de abajo; soy el ejemplo de que se puede. Tuve que arrancar del hambre del sur a los 17 años y ahora estoy en universidades a nivel nacional e internacional. Mi padre me dijo que siempre hay que mirar atrás para saber de dónde vienes; olvidar los orígenes es cortar la raíz.
E. D.: Hay algo de esa tenacidad personal que entró con fuerza.
G. H.: Es una fuerza desde niña. Mi padre siempre me dijo que primero era Mapuche y después chilena. Estaba en «dos aguas»: el lado Mapuche en casa con abuelos, tíos y comida, y el lado chileno al salir de la puerta.
E.D.: ¿En qué idioma escribís? ¿Mapuche o castellano?
G. H.: En español. No aprendí de cuna el Mapudungun. Mi padre lo habló hasta los 12 años cuando entró al colegio de misioneros. Tengo una profesora, Clara Antinao, que hace la traducción de mis textos. Mi padre tenía el acento del Mapudungun y cuando hablaba en el colegio, mis compañeros se reían, lo cual me afectaba. Es curioso que si un norteamericano habla mal español nadie se ríe, pero sí de los pueblos originarios.
E. D.: Es una conexión interesante que escribas de forma tan estructurada habiendo vivido eso.
G. H.: Esa ha sido mi vida. Me considero una mujer feliz, más ahora que la sociedad conoce mi obra aunque no me conozcan a mí personalmente. Hay papers académicos analizando mis libros, como el de relatos sobre el fogón. Ese libro se publicó en España, se lanzó en la Real Academia de la Lengua Española, se publicó en Perú y ahora se está traduciendo al inglés para Estados Unidos.