Gonzalo Aguilar: «No creo en la pureza absoluta»

Si hay un tema sobre el que en los últimos años se habla, se escribe, se piensa, se investiga y se discute es el machismo. Machirulo, mansplaining, micromachismo, misoginia, patriarcado, paternalismo: todo un universo semántico que desde el movimiento #MeToo cobró una dimensión lo suficientemente potente como para impulsar desde un dispositivo discursivo una serie de transformaciones concretas: cupo femenino, legalización del aborto, políticas de diversidad, sólo por poner algunos ejemplos.

Valeria S. Groisman

Por Valeria Sol Groisman

Foto: Sol Etchegaray

El motor de este movimiento en contra del machismo, o mejor dicho, a favor de una sociedad en la que ya no exista diferencia de oportunidades por cuestiones de género, fue, en un principio, la mujer. Pero, de un tiempo a esta parte, la voz masculina comenzó a abrirse espacio en el debate acerca de cómo llegamos a vivir en un mundo dominado por hombres y qué podemos hacer para que eso cambie. 

¿Existe una nueva masculinidad? Andrés Neuman (Umbilical, Anagrama), Iván Jablonka (Hombres justos, Libros del Zorzal/Anagrama), Antonio J. Rodríguez (La nueva masculinidad de siempre, Anagrama), Nicko Nogués (Posmacho Alfa, Penguin), Luciano Fabbri (La masculinidad incomodada, UNR Editora/Homo Sapiens), Ritxar Bacete (Nuevos hombres buenos, Ediciones Península), Octavio Salazar (El hombre que no deberíamos ser, Planeta) son algunos de los escritores y pensadores que, desde distintas miradas, argumentan que ser hombre y no ser machista es posible. 

Gonzalo Aguilar, doctor por la Universidad de Buenos Aires (UBA), profesor de Literatura brasileña y portuguesa en esa misma casa de estudios e investigador del Conicet, se suma a la lista con su libro ¿Qué es más macho? Ensayos sobre las masculinidades (Fondo de Cultura Económica, 2023). 

“Mi hipótesis es que estamos en un momento en el que hay un cambio de régimen época profundo, o ese a que, claramente, algunas estructuras sobreviven y, en muchos casos, se resisten a ceder”, escribe en el prólogo. 

Director de la maestría en Literaturas de América Latina de la Universidad Nacional de San Martín, Aguilar ha sido profesor visitante en Stanford, Harvard y en la Universidade de Sao Paulo. En 2005, recibió la beca Guggenheim y ha publicado numerosos ensayos sobre cine y cultura. Publicó, en colaboración, El cine de Leonardo Favio (1993) y Borges va al cine (2010). Es autor, también, de los libros Poesía concreta brasileña(2003); Otros mundos. Un ensayo sobre el nuevo cine argentino (2006), Episodios cosmopolitas en la cultura argentina (2009) y Más allá del pueblo. Imágenes, indicios y políticas del cine (2015).

En una charla entre correos electrónicos y mensajes de Whatsapp, Aguilar conversó con Be Cult acerca de su último libro, en el que disecciona las nuevas masculinidades desde la literatura, el arte, el cine, la música y la filosofía sin caer en una noción simplista de hombres malos versus mujeres buenas. 

VSG: ¿Qué te llevó a querer escribir sobre la masculinidad y cómo la definirías?

GA: Una de las preguntas más importantes de la crítica es cómo se hace una cultura. Cuándo tenés hijos ves cómo se forma una cultura que ya no es la tuya, y eso es un aprendizaje. Y eso pasó también, en mi caso, con mi pareja, que comenzó a encontrar en el feminismo todo un arsenal de conceptos y actitudes que cambiaron nuestra relación. En un momento me di cuenta de que yo ya no era el pater familias para el que había sido criado. La noción de pater familias se remonta a los códigos jurídicos romanos que son la base de toda nuestra legislación y de prácticas muy incorporadas en la sociedad a lo largo de los siglos. Hay en esa figura una cantidad de privilegios avalados por el poder que influyeron en nuestra educación y que continúan vigentes en la vida cotidiana. Basta pensar, para poner un ejemplo, que en la Argentina la patria potestad compartida y el divorcio se sancionan en la década del 80. Todo un entramado cultural, político, jurídico, religioso, médico y económico que estaba siendo cuestionado por el feminismo y que obviamente me afectó profundamente en relación a lo que había sido mi educación y mis certezas (que no eran solo mías, obviamente, sino que estaban muy presentes en la sociedad).

Al mismo tiempo que se resquebrajaban nociones que teníamos como naturales, me pareció que los discursos del feminismo se manejaban con una noción muy plana y estereotipada de los hombres y la masculinidad, tal vez efecto de la típica estrategia política de simplificar al adversario para enfrentarlo y sacarle poder. Sin embargo, creo que los hombres no sólo somos antagonistas, sino que somo parte fundamental del cambio y en ese sentido me parecía que se hablaba de la masculinidad desde cierta exterioridad, sin ver todos los matices y complejidades. Y que llevar todas las situaciones a una cuestión de género (identitaria en última instancia) planteaba un montón de dificultades y aporías. Por eso me decidí a investigar el tema, tanto en mi vida cotidiana como en lo que es mi oficio: es decir, en la interpretación de textos, películas y obras de arte.

VSG: En el último tiempo se escribieron varios libros sobre el tema. Pienso en Iván Jablonka, Andrés Neuman o Ritxar Bacete. La masculinidad está en el tapete porque pareciera que debe barajar y dar de nuevo para sobrevivir en un mundo que ha cambiado. ¿Se podría decir que frente a los logros de los feminismos surgió una nueva masculinidad?

GA: El feminismo significó el cuestionamiento más profundo que hubo en las últimas décadas de modos de vida que pueden remontarse a la antigüedad. Justamente el libro de Iván Jablonka tiene como objetivo mostrar que el patriarcado, con diferentes variaciones, tiene una presencia universal. Fue un modelo naturalizado que está en cuestión y si bien el protagonismo es femenino, no va a poder transformarse si no hay un cambio en los varones. Como se trata de salir del binarismo (uno de los efectos más fuertes del pensamiento patriarcal), es un cambio que también implica un cuestionamiento de nuestras ideas de género y sexualidad. Algo de eso traté de pensar en la muestra Metamorfosis, que curé con Samuel Titán para el Instituto Moreira Sales en Brasil, y que después vino al Malba. Ahora bien, ¿esto quiere decir que surgió una nueva masculinidad? Por un lado, hay un nuevo modelo de masculinidad que es el del “padre piola”, el “amigo comprensivo”, “el hombre que ayuda en la casa” en el que todavía sobreviven restos de paternalismo (son atributos que por lo general se expresan con cierto orgullo, como si responder a este nuevo modelo debiera ser recompensado o aplaudido). De todos modos, es un cambio favorable aunque a la salida de los colegios todavía la mayoría siguen siendo mujeres (sean madres o empleadas). Por otro lado, tenemos la acentuación de masculinidades tradicionales que se dan sobre todo entre los movimientos de derecha (basta pensar en un fenómeno como Bronze Age Pervert para no hablar de los discursos gubernamentales). La pregunta acá es si se trata de un fenómeno residual o es algo destinado a crecer y a imponerse. Yo creo que debemos abandonar las hipótesis totalizantes y pensar que vamos a vivir en un mundo diverso en que todas esas cosas van a convivir. La diferencia es que esos discursos y acciones no se van a poder decir sin que sean cuestionados y que tengan que buscar justificaciones permanentemente (lo que hace que a menudo caigan en el absurdo como cuando Agustín Laje relaciona la baja en la tasa de natalidad con el aborto y la agenda 2030). Hasta creo que el resentimiento y la bronca que destilan muestran que hay un cambio que ya no tiene vuelta atrás. Un presidente puede gritar o vociferar que solo hay dos géneros, como hizo Donald Trump, pero ya al usar la palabra “género” y no “sexo” muestra la marca que dejaron las políticas de género.

Para personas más perceptivas, lo que antes se veía como natural ahora comienza a ser cuestionado: cuando se arma una mesa en un congreso, se piensa en un programa para dar clases o en la vida cotidiana, la instancia del lugar de la mujer ya es distinta. Por eso es tan importante además de la discusión política la instancia jurídica porque es el ámbito en el que estas conquistas adquieren universalidad (aunque sea para grupos determinados, por ejemplo, nacionales o regionales). Acá pienso que hay un riesgo y está, en como dice Giorgio Agamben en Creación y anarquía, que “nosotros los modernos somos tan prisioneros del derecho que pensamos que puede legislar sin límites sobre todo”. Y ahí hay una zona en la que me parece que el feminismo tendría que revisar algunas de sus acciones. Por ejemplo, cuando se usa la palabra “maltrato”, que es una palabra que tiene estatuto jurídico pero también se usa en la vida cotidiana y forma parte de las relaciones humanas. Cuando una mujer dice en el espacio público o en el laboral que fue “maltratada” abre toda una serie de connotaciones que quien las enuncia debería tener en cuenta. ¿Estoy hablando de algo que puede pasar en una pareja y que pueden ejercer hombres o mujeres o se trata de una denuncia?

VSG: ¿Cambió tu manera de ser hombre la escritura de este libro?

GA: La escritura fue también un intento de exorcizar ciertas cosas de mi vida, mi formación y mi manera de ser. Pero no quiero asumir una posición de culpa porque eso no me parece un buen punto de partida y no creo en la pureza absoluta (moral o de cualquier tipo). La frase que dice que el que esté libre de culpa arroje la primera piedra, y que está en los Evangelios, es muy sabia. Es decir, en mi libro trato de escapar a los argumentos esencialistas e identitarios que distribuyen lugares de inocencia y culpabilidad como marcas indelebles según el género (o la raza o la nación) y tratar de pensar espacios de diálogos, plurales, espacios en común, entendiendo lo común no como la convivencia de lo mismo sino de los diferentes. Como explica bien Roberto Espósito, comunidad no viene de común sino de “munus”, que es la deuda que uno tiene con los otros. Creo que esa es la tarea fundamental hoy de la crítica: antes que juzgar; pensar por qué el otro actuó de cierta manera. Esto hoy, sobre todo en política, donde hay un convencimiento de que el otro actúa equivocado y que nada de lo que hace tiene valor o puede ser correcto (otra vez la idea de pureza absoluta), es el veneno que debemos evitar. Uno corre el riesgo de ser tibio, pero los daños que hizo la frase de que “a los tibios los vomita Dios” (otra vez la Biblia), son inconmensurables. Tiendo a pensar que tibio también puede ser cariñoso, implicar cuidado del otro y no cobardía. La última película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra, opone a los personajes extremistas de interpretados por DiCaprio y Sean Penn, el verdadero héroe (el personaje de Benicio del Toro) que busca cuidar a los inmigrantes, darles refugio, afecto y ayuda. Eso en cuanto a los roles masculinos, después están los personajes femeninos. En fin, me preguntaste sobre si cambió mi “manera de ser hombre”, y te respondí con algo político. Pero tal vez es porque la idea de “lo personal es político” también deba ser algo que los hombres tengamos que repensar en nosotros y en ese sentido trato de repensar ciertas categorías que no estoy seguro de haber incorporado: tibieza, vulnerabilidad, escucha y otras.

VSG: En tu libro citás a Alan Pauls para hablar del “cansancio que implica ser hombre”. ¿Es autoexigencia, es presión social? ¿Qué les exige la sociedad a los hombres?

GA: La frase de Alan Pauls puede relacionarse con algo que también dice Judith Butler y que son los efectos angustiantes o dolorosos que tiene el ideal de masculinidad, aunque justamente es un imperativo de la masculinidad que hay que fingir que ese dolor no existe. Esto no significa poner a los hombres en víctimas. Se trata de ver cómo ese ideal, que comienza a actuar desde el nacimiento con toda su carga simbólica, es muy pesado y, como dice Pauls, cansador. Lo fálico (y el falo para los griegos es el pene erecto) puede ser una buena metáfora del imperativo de la masculinidad.

VSG: Decidiste explorar la masculinidad, pero también el machismo a través del cine, la música y la literatura. ¿Por qué y qué descubriste?

Básicamente encaré todos esos productos con un ánimo comprensivo, pero me costó porque la noción de masculinidad y la de propiedad están muy relacionadas. Yo me opongo a esas visiones tan lineales, estereotipadas y simplistas de que en todo hombre hay un violador en potencia (y hubo comentarios en ese sentido de voces feministas importantes) porque la masculinidad también tiene otras modulaciones: por ejemplo la caballerosidad, que también puede ser criticada por su carácter paternalista, pero que está exenta de violencia. Me metí entonces con poemas de Sor Juana del siglo XVII que son terriblemente actuales, películas de (Luis) Buñuel y (Lucrecia) Martel, fotografías de Madalena Schwartz y escritores brasileños como Clarice Lispector y Oswald de Andrade. Oswald de Andrade es particularmente interesante porque con su movimiento antropofágico de vanguardia (que surge a partir del cuadro Abaporu de Tarsila de Amaral que está en el MALBA) plantea que hay que criticar la conquista colonial y actualizar el legado del matriarcado que, siguiendo las teorías de Bachofen, precedió en toda la tierra al patriarcado. Si bien lo de Oswald es especulativo, su utopía le permite cuestionar la estructura social y al “pater familias” que desempeña un papel central en su manifiesto de 1928 (algo raro para un manifiesto artístico de vanguardia). Ahora bien, si el “pater familias” se define porque es propietario, se supone que entre sus propiedades está la mujer (y así es en el derecho romano). Obviamente eso ha cambiado mucho, ¿pero no quedan huellas de ese sentimiento de propiedad en el desnudo femenino de Velázquez, en la mujer a la que se le rebana un ojo en El perro andaluzde Buñuel o en la acusación a las mujeres de las que se queja Sor Juana? Por otro lado, contra todas las alarmas de la derecha reaccionaria, investigo a partir de las fotos de Madalena Schwarz de las travestis y transformistas brasileñas de principios de los setenta cómo la diversidad sexual y el cambio de sexo ya plantean un horizonte que no permite vuelta atrás. No digo que el sexo sea solamente una construcción cultural (que es la acusación totalmente desactualizada de los libertarios de la derecha fest) sino que, con Bruno Latour y Paul Preciado, es necesario repensar los vínculos entre naturaleza y cultura sin separarlos ni subordinar uno al otro.

VSG: En 2015 escribiste un libro donde te proponés analizar cómo se inmiscuye la política en el cine. ¿Pensabas ya en ese entonces qué relación había entre la representación de las mujeres en la pantalla y los roles en la sociedad?

GA: En 2006 publiqué un libro sobre nuevo cine argentino titulado Otros mundos que también salió en inglés. Uno de los capítulos estaba dedicado a Lucrecia Martel y ahí hacía un análisis a partir de la relación entre lo visual y lo sonoro desde una perspectiva de género. Seguí con ese tema ya que no solo incluí un capítulo sobre Martel en ¿Qué es más macho? sino que participé en El cine de Lucrecia Martel compilado por Natalia Christofoletti Barrenha, Julia Kratje y Paul Merchant, con un texto sobre uno de sus últimos cortos, Camarera de piso. Yo distingo entre el cine que se subordina a la política y el cine que plantea lo político revelando dimensiones que todavía no fueron incorporadas en los discursos públicos. Ya en su primer corto, Rey muerto, de 1996, que comienza con una escena de acoso, Martel estaba mostrando los funcionamientos del patriarcado. Te diría que es un tema que siempre me ha interesado: en los noventa hice unos ciclos en Apdeba (la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires) en los que trataba de mostrar que el placer narrativo en el cine está vinculado con la mirada masculina (es la hipótesis de Laura Mulvey) pero cómo también los personajes femeninos subvertían ese dominio en películas clásicas y también en el cine argentino. Eso se ve muy claramente con la generación del 60 y el nuevo tipo de actrices que surgen (Ana María Picchio, Graciela Borges, Bárbara Mugica, Virgina Lago y otras) y la pionera en ese tipo de actuación y de rol femenino que es Elsa Daniel. La casa del ángel (1957) de Leopoldo Torre Nilsson (sobre el que escribí en mi libro Episodios cosmopolitas en la cultura argentina de 2009) es la primera película modernista de nuestro cine entre otras cosas porque vincula la violencia de género a la estructura familiar pero también a la política, a la vida cotidiana y hasta a la experiencia cinematográfica como cuando Ana (Elsa Daniel) va a ver la película de Rodolfo Valentino. Siempre cuento que fui testigo del cambio que implicaron los estudios de género en la facultad de Filosofía y Letras en los años noventa y que eso cambió nuestra manera de entender el canon y las elecciones literarias y estéticas. Evité posar de crítico feminista (me hubiese parecido una farsa), pero creo que fui perceptivo a esos cambios y trato de que los lugares de trabajo la perspectiva de género esté presente: por eso convoqué a Mónica Szurmuk, que hace estudios de género, a codirigir conmigo la Maestría en Literaturas de América Latina en la UNSAM, y en la revista digital que tenemos, Transas, letras y artes en América Latina (https://revistatransas.unsam.edu.ar/), publicamos muchísimos textos con perspectivas de género (y eso creo que permea toda la revista).

VSG: ¿Te parece que la representación de la mujer es distinta en el cine y en las series? ¿El avance hacia un modelo más representativo avanza al mismo nivel o prevalece en la serie una imagen más vinculada con los ideales de belleza, juventud y delgadez tradicionales?

GA: Tanto las series como las películas -aún los documentales- suelen hacer una versión estilizada de la realidad y la mujer no escapa a eso. Existe a la vez una demanda por cuerpos atractivos -y la noción de “atractivo” no puede ignorar la idea de belleza dominante- y eso vale tanto para actrices como para actores. Pretender una representación distinta puede llevar a una propuesta de un ideal (otro ideal, alternativo) que contraría un deseo del público de ver en la pantalla cuerpos atractivos, seductores, lindos, si querés. A veces se abre a la diversidad étnica, pero eso es una trampa porque son también representaciones de la mujer según un modelo de belleza. En oposición, quedarse en que esos son los cuerpos que quiere la gente es asumir una posición conformista y conservadora. Son dos posturas que pueden llevarse a otros planos: defiendo un ideal aunque eso me lleve a obturar experiencias cotidianas y concretas, por ejemplo el deseo de ver cuerpos atractivos en la pantalla (esa es la trampa en la que suele caer el progresismo). Defiendo lo real, lo que sucede, aunque eso me lleve a ignorar mecanismos de dominación y degradación (esa es la trampa en la que suelen caer la derecha y los libertarios). Yo prefiero acercarme a la trampa progresista y me interesan las actrices que modulan diferentes posibilidades con sus actuaciones: Pilar Gamboa, Laura Paredes, Griselda Siciliani o Lorena Vega en la Argentina, o el caso de Zendaya. En el cine la representación de los géneros es inseparable de las actrices y actores y por eso las representaciones dependen en buena medida de actores y actrices que en el cine mainstream de hoy suelen ejercer el papel de coproductores.

VSG: ¿Cómo ves el panorama del cine argentino hoy?

GA: Creo que hubo un momento único que fue con el surgimiento del nuevo cine entre 1998 y principios de este siglo. A diferencia de lo que sucedió en otros momentos del cine argentino (pienso sobre todo en la generación del sesenta), muchos de esos directores pudieron seguir filmando y además aparecieron otros nuevos. Me cuesta mucho hacer listas pero sigo mucho todo lo que hace El Pampero cine (Alejo Moguillansky, Laura Citarella, Agustín Mendilaharzu y Mariano Llinás), Albertina Carri y me interesaron particularmente Los delincuentes de Rodrigo Moreno y Belén de Dolores Fonzi. Ahora viene una etapa en que, nos guste o no, está cambiado el modo en que se financian las películas y ahí me parece que cobran relevancia productoras más chicas que se adaptan a lo que llamo “cine anómalo” y que están haciendo películas muy interesantes (Gentil Cine, Cine Milagroso y 36 Caballos). Concuerdo con Pablo Piedras (en la idea de) que estas nuevas condiciones “producen una materialidad propia: células que se activan, modulan, hibernan y regresan; repertorios estilísticos que oscilan entre la novela-río y la pieza mínima”, aunque hay que estar atento a los riesgos que esto supone, tanto en la precariedad laboral como en que la producción de más costo no pueda sobrevivir. Después hay otra discusión que hay que dar en cuanto a lo que es de interés cultural y debe ser financiado por el Estado y ahí hay que luchar contra un gobierno que cree que todo lo que es de interés cultural está hegemonizado por la izquierda (esa es la idea de lo que llaman batalla cultural y que, desde mi punto de vista, está basada en una idea errónea de lo que es la financiación de proyectos en las sociedades democráticas).

Ahora bien, en el presupuesto que se envió al Congreso se propone acabar con el carácter de “ente público no estatal” del INCAA, un estatuto que se otorgó durante el gobierno de (Eduardo) Duhalde y que hace que el Estado no pueda acceder a los fondos recaudados mediante la ley de cine. Esto sería un golpe muy duro para la producción cinematográfica y otra caja más que, con el pretexto de que “no hay más plata”, es vaciada.

VSG: ¿De qué manera impacta el streaming en la industria del cine?

GA: La aparición de las plataformas de cine, que puede fecharse en 2007 cuando Netflix pasa al VOD (video on demand), es una transformación tan profunda como lo fue la aparición de la televisión. Cambian los modos de atención que tenemos como espectadores, los ámbitos en los que consumimos y hasta las obras mismas que ahora pueden ser interrumpidas y fragmentadas. Yo sigo en esto la diferencia que hace Hannah Arendt entre trabajo (producción de un objeto) y labor (las necesidades biológicas) en el sentido de que el consumo de películas se desplaza más hacia el mundo de la labor, en el sentido de que vemos películas como comemos o dormimos (dormirse con una película o una serie es algo que nos pasa todo el tiempo). Ir al cine en cambio está más relacionado con el trabajo. Yo no hago una jerarquía y no me gusta rechazar los nuevos modos de atención e interacción que suponen las redes y las plataformas, me interesa cómo podemos extraer potencias diferenciadas de cada acto (sea viendo una serie en Netflix que interrumpimos porque nos hacemos un café, scrolleando en Instagram o yendo al cine). Doy un ejemplo: El príncipe de Nanawa de Clarisa Navas utiliza mucho material de TikTok y Youtube en una película que dura tres horas y media (la película la están pasando con mucho éxito en el MALBA). En el fluir del tiempo, en la exigencia que tiene para con el espectador, la narración dota a esos materiales de una intensidad única, y esos materiales efímeros adquieren múltiples significados. Por otro lado, el streaming permite muchísimas cosas: yo, por ejemplo, pude descargar todas las películas de la directora japonesa Kinuyo Tanaka, una de mis preferidas, verlas muchas veces, detenerme en algunas escenas, tener otro tipo de relación de la que podría tener en el cine (ver además en internet fragmentos recortados que subrayan virtudes de sus filmes que de otra manera me hubieran pasado desapercibidas). No hay que ver el streaming como un río, una sola corriente que nos arrastra (aunque a veces nos pasa) sino como un delta, diferentes ríos y un mapa complejo en el que hay que entrenarse para nadar de la mejor manera posible y trata de sumergirse en toda su tecnodiversidad.

Por otro lado, existe un impacto de esta nueva situación del espectador que se ve en la duración de las películas. Muchas de las estrenadas últimamente tienen una duración más extensa que lo habitual: Marty Supreme de Josh Safdir dura 2 horas y media, La única opción de Park Chan-wook 2 horas y 19 minutos, Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson 2 horas y 40 minutos, la última Avatar de James Cameron 3 horas y 17 minutos. No es algo nuevo y habría que ver las estadísticas por año, pero creo que hay una tendencia a hacer las películas más extensas lo que hace a la diferencia del cine, sobre todo de las series que suelen tener capítulos de 50 minutos. Vi La única opción en el cine y en mi casa y son dos experiencias totalmente diferentes, percibiendo diferentes cosas y matices que se me escapaban en una versión o en otra. El nivel de concentración era mayor en el cine, pero en mi casa pude repetir varias partes y también bajar The axe de Costa-Gavras en la que está basada.

Los modos de atención es uno de los temas de hoy y yo creo que hay que evitar toda postura apocalíptica. Me gustaría señalar dos cosas: primero que sería bueno que los programas educativos pongan énfasis en la duración, en el modo en que una atención sostenida tiene sus beneficios. No creo, como dice Mariana Enríquez, que si no te gusta el libro, entonces hay que largarlo. A veces el gusto viene de luchar con cierta resistencia que ofrecen las obras. Hay que incorporar el aburrimiento como un momento posible del trato con el arte (obviamente que hay obras que aburren y es mejor dejarlas, pero no es bueno hacerlo apenas asoma el aburrimiento). Por otro lado, la atención es también una mercancía en un mundo en el que todo parece estar mercantilizado. La pantalla de los celulares y de las computadoras son verdaderos campos de batalla en el que diferentes productos tratan de llamar nuestra atención. Creo que está bueno entrenar nuestra mirada y reflexionar sobre el acto de mirar que, como te decía, es uno de los núcleos de las disputas del presente.

VSG: ¿En qué estás trabajando ahora?

GA: Actualmente estoy traduciendo al portugués mi libro Por una ciencia del vestigio errático (Ensayos sobre la antropofagia de Oswald de Andrade), que va a salir este año en Brasil. Espero terminarlo en estos días porque quiero retomar mi libro sobre cine argentino, que ya está casi listo. Se trata de una recopilación de ensayos que escribí sobre algunas películas y una discusión con ese discurso que baja del gobierno de que el Estado no tiene que financiar el cine, siempre con opciones tajantes y dicotómicas que no contemplan los diferentes modos en los que el cine argentino se ha venido desarrollando desde el siglo pasado, cuando la relación entre Estado y cine –planteada en la década del 30– se mantuvo con altibajos hasta hace poco, aún en las dictaduras. Sigo colaborando en revistas como Supernova y Búsqueda, de Uruguay, y este año estoy pensando algunas curadorías (el año pasado hice dos, una sobre el poeta brasileño Augusto de Campos en el Museo Sívori en el marco de Bienal Sur y otra en la galería Rolf Art sobre Charlie Squirru). Además, por supuesto, seguiré dando clases en la UBA porque creo que escribir, enseñar, intercambiar ideas, hacer crítica y apostar por la pluralidad es la mejor respuesta que los investigadores de las humanidades podemos dar a los tiempos por venir.

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