Espacio conquistado

Por Maricel Cioce*

Manejar un Clark no era algo que yo hubiera imaginado aprender. No era, tampoco, parte de lo que nos enseñaban en ese trabajo, a los hombres los capacitaban, a nosotras nos dejaban la reposición manual, lo liviano. Pero si una quería, encontraba la forma.

Trabajábamos en un hipermercado, en la sección Hogar. Un día, mientras yo estaba suspendida en la jaula a seis metros tratando de encajar algunas cajas en un palet de televisores, apareció nuestro jefe, el bueno. Se quedó parado abajo, chiquito, mirándome en silencio. No hubo gritos. Solo me sostuvo la mirada con una decepción fraternal.

En la caja vendíamos cosas chicas: pilas, encendedores, rollos de fotos, marcos. Había un chico que se encargaba de los revelados. No sé bien en qué momento del día lo hacía, pero cada tanto aparecía con sobres abiertos y nos mostraba algunas imágenes. Fotos movidas, cumpleaños, perros, caras deformadas por el flash. Se reía solo. A veces nos reíamos con él, a veces no tanto.

Entrábamos a Hogar, pasábamos por la caja, y cuando podíamos nos íbamos al depósito. Ahí no entraba la luz. Levantar la uña, enganchar el palet, girar, entrar en pasillos estrechos sin rozar nada. Manejar el Clark abría otra posición, y nuestra confianza empezó ahí: no soltar cuando la otra estaba arriba.

El aire subía caliente, con olor a metal y polvo, a madera movida, a aceite del motor. Por un momento, el depósito entero se convertía en un tablero de ajedrez, y los compañeros de abajo, piezas diminutas, sudorosas, desbordadas de rutina. Nos reíamos en silencio de nuestra audacia, como si el pacto secreto nos hubiera dado una forma de entender esa cueva del conejo blanco.

Hubo una tarde en que apareció un compañero durmiendo dentro de una alfombra enrollada, sobre los palets. Tuvimos que sumar una regla: no íbamos a ceder ni un centímetro del espacio que habíamos conquistado. La alfombra se movía apenas, como si respirara, pensamos en despertarlo pero terminó por darnos lástima.

Después bajábamos y todo volvía a su forma circular.

Dejé ese trabajo cuando aprobé el CBC. No es que buscara otra cosa en particular, ni que tuviera un plan muy claro; quería, en todo caso, algo que encajara mejor con los horarios de cursada, algo más previsible, más fácil de sostener en el tiempo.

Fueron algunos call center, con horarios para estudiantes, así funcionaban esas cosas.

En el call center de telefonía española, la consigna era fingir. Teníamos que usar términos que no nos pertenecían, como vale o móvil y evadir al que te gritaba sudaka volvete a tu país. Una parodia lingüística que fui mejorando y todavía recuerdo.

Había uno que llamaba siempre al mismo horario. El sistema lo sorteaba y le caía a cualquiera; era una lotería sucia. El tipo empezaba con una voz mansa y, de repente, soltaba el guión: “quiero que te saques las bragas”, “voy a lamértelo todo”. Pero había un truco que pasaba entre generaciones y yo también lo aprendí. Cuando identificábamos la respiración, apagábamos el sistema simulando una caída técnica y activábamos el mute. El contador de la empresa seguía corriendo, la llamada figuraba como “en curso’” y el tipo, del otro lado, no cortaba nunca. El residuo más abyecto del sistema era nuestro proveedor de tiempo. Nos sacábamos los auriculares y, mientras él seguía escupiendo obscenidades que ya nadie escuchaba, tomábamos mate, boludeábamos, eran veinte minutos de libertad.

La vereda de ese lugar: un fumadero que se extendía por toda la cuadra. El piso enorme con gente hablando, interrumpido por dos muchachos gigantes con caras de malos sentados en dos torres de panóptico. Recuerdo que en esa época se había infiltrado un periodista de Los Inrockuptibles para escribir una crónica y se armó un escándalo.

Un tiempo después, finalmente llegué al último escalón de los call center, las encuestas telefónicas, una pátina de la sociología para medir cómo, cuándo y dónde consumían radio y televisión los argentinos, me gustaba el pulso de la calle a través del cable, y también un compañero, pero eran cosas temporales y el ingreso fijo tiene una fuerza de gravedad que necesitaba, tuve que claudicar.

Así llegué a la multinacional, no era tan distinto, en el fondo. Cambiaban las tareas, el ruido, la luz, pero había algo parecido en la forma en que se organizaban los días, en esa sensación de estar siempre un poco de paso, como si nada de eso fuera a durar demasiado.

Ahí conocí a Carla, el primer día, ella era de Puán, yo de Sociales. La empresa tenía un nombre que, traducido, significaba pantano. Y lo era, nos hundía de a poco, con sueldo y todo. Arriba, una recepción brillante que lastimaba la vista, mujeres de taco alto y hombres con corbata, vestidos para un lunch. En el piso tres, nuestro lugar: murmullo constante y llamados que nadie quería atender. Aire viciado y escritorios de melamina.

Vendíamos seguros mientras avanzábamos en nuestras carreras, la facultad nos tragaba y ya regurgitadas volvíamos al mundo, que había perdido su inocencia, estábamos forzadas a indagar, a correr la mugre, de repente entendíamos que habíamos vivido con cataratas en los ojos. Aparecían textos firmados por francesas, alemanes, norteamericanos. Nos contábamos de nuestros compañeros de clases que daban discursos largos y movían mucho las manos cuando el profesor hacía alguna pregunta. Nos sentíamos chiquitas en esas aulas pero gigantes en la oficina de la calle Florida.

Había conseguido comprar Los herederos de Bourdieu y Passeron en la edición sugerida por el docente, la portada tiene una foto desenfocada de un hombre echando a correr a niños reproducidos entre sí, formando en serie, era perturbadora, escalofriante, mucho peor que I. Busqué al diseñador pensando en la figura de un artista pero Tholon Kunst es una agencia de branding.

Carla traía imágenes para analizar en sus clases de historia del arte, el matrimonio de Arnolfini de Jan Van Eyck, iconografías religiosas, representaciones marianas.

Nuestra supervisora hablaba sin ton ni son en general sobre su vida marital, el casamiento o comunión al que había asistido el fin de semana, las nuevas cortinas para su casa, la torta que preparó su suegra. Paseaba por los escritorios y se detenía frente a nuestras espaldas para mirar las pantallas que cambiábamos rápidamente, Ctrl-Tab, entre llamada y llamada, pero se daba cuenta. Un día volvió de una reunión y nos señaló con un dedo mientras se sentaba en su escritorio de jefa, Señoritas las llama el gerente. El gerente general nos levantó en peso por imprimir en demasía, pero al poco tiempo lo echaron de la empresa por fraude.

Con Carla nos entendimos enseguida. Los cigarrillos con cafés gratis de la máquina, fotocopias impresas a escondidas (ladronas de guantes blancos decía ella), correos que se volvían un chat paralelo donde escribíamos pequeñas crónicas sobre los supervisores y el ecosistema del que éramos parte.

Una tarde, fumando en la cocina (sí, en esa época se podía), me preguntó:

 —¿Por qué nos habrán contratado?

Si Kaurismäki hubiera filmado estos lugares, habríamos aparecido en planos largos, con silencios y movimientos cortos. Éramos malas vendiendo seguros, pero buenas armando conspiraciones entre cubículos. Para la otra, cada una era la posibilidad de una fuga.

Un novio que yo tenía en esa época nos invitó a su casa de Lobos, viajamos en su auto, hacía mucho que ninguna de las dos viajaba. Me acuerdo de la ventanilla del Twingo, afuera todo era verde y celeste. Una manchita blanca en el horizonte. Qué envidia esa casa construida donde comienza el mundo.

A veces la empresa organizaba jornadas de “integración”. Juegos de confianza, respiraciones guiadas, metas dibujadas con fibrones  y post-its. Una espiritualidad new age que hoy vuelve con fuerza mientras el mundo se dirime entre alianzas y guerras.

Veinte años después, Carla y yo seguimos hablando todos los días. Empezamos con algo cotidiano, un chusmerío, alguna cosa que nos pasó, como quien hojea una revista. Después la conversación se va abriendo: si podremos ir a ver a Los Paralamas, sí ya escuché a Delfina Campos o vi el nuevo consejo para la piel de nuestra instagramer favorita; los libros, las parejas, los hijos; su trabajo sobre Teresa Gisbert, los estudios culturales, lo que estoy escribiendo, trabajar en cultura hoy, las clases que daremos esa semana, la receta del pastel de papa de Ricardo Darín hecha con IA. Nos mandamos fotos de cómo nos quedó, en una competencia sutil. Seguimos usando cualquier cosa para comprobar si todavía somos las mismas. 

Cierro los ojos.

Veo el supermercado, el depósito, el call center. Los pasillos con olor a cloro, los auriculares pegajosos del verano, la máquina de café con su ruido de animal herido para advertirnos “no confíen en mí”.

Los lugares donde pasé esos años no figuran en ningún álbum. Sin embargo, si alguien insiste en preguntarme dónde aprendí a estar en el mundo, voy a tener que decir algo incómodo: ahí. Entre cajas, entre voces enlatadas, entre compañeras que enseñaban a manejar un Clark o a correrse a tiempo cuando venía el supervisor.

El hipermercado ya no. De esos call center ni noticias. La empresa de seguros, creo, sigue abierta.

Nosotras seguimos hablando.

 

* Espacio conquistado está escrito desde la autoetnografía y la ficción, y forma parte de una colección de textos en proceso.

 

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