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Escritores entre la vida y la muerte

Por Claribel Terré Morell

El lugar donde más rápido y duramente suelen transcurrir la vida y la muerte, es en la página de un libro. La ficción se permite esa licencia que es la del uso de la arbitrariedad. Todo puede estar ahí, los años, la alegría, el dolor, la negación, los últimos instantes, incluso el futuro después que pasan ambas. Jóvenes y viejos, felices y tristes, vivos, muertos y moribundos se hacen cuerpo y parte de nuestros sentimientos. Tras cada palabra leída toman la forma física que nosotros los lectores le damos. Puede que se parezcan a un amigo, a un vecino o a la persona que duerme a nuestro lado. Sabemos que producen ellos en nosotros, pero pocas veces nos enteramos qué pensaba el autor que los creó mientras escribía.

En medio de la pandemia, de la obligada reclusión, le envié a varios escritores las mismas preguntas sobre la vida y la muerte. Estas son dos de las respuestas. Desde la hermosa Niza, en Francia, la de William Navarrete, escritor cubano-francés y desde Argentina, en un Buenos Aires, diferente, la de Silvia Plager.

«Me aburre mucho pasearme por los sitios donde vivo».

William Navarrete

William Navarrete. Revista Be Cult. Be Cult

Epitafio preferido:
El del Marqués de Sade: “Si no viví más fue porque no me dio tiempo”.

¿Te dio (te da) miedo escribir sobre la muerte?
Hay una palabra en francés que me fascina, sobre todo porque en español no tiene el mismo efecto. Se utiliza bastante para hablar de la muerte cuando es una liberación. Entonces en francés se dice que la muerte puede ser une délivrance. Es cierto que hay muertes trágicas, súbitas e inesperadas como también hay largas agonías. Pero hay casos en que se vuelve útil y hasta es bienvenida. A pesar de que varios personajes mueren en mis novelas, solo he descrito tres escenas de muerte propiamente dicha: una trágica, una cómica y, la tercera, tragicómica. Además de un suicidio. En ningún caso me dio miedo escribir sobre el tema. 

¿Cuándo fue la primera vez que decidiste escribir sobre ella? ¿Recuerdas cómo te preparaste?
La primera vez fue en una novela titulada La gema de Cubagua, que publiqué en España en 2011. El personaje era una dama centenaria y cae en medio de una pieza, mitad ballet, mitad teatro, delante de todos los espectadores, de modo que todo el mundo cree que su muerte es parte de la trama delirante que está ocurriendo durante un carnaval y, en paralelo, una puesta de un Giselle bucólico y posmodernista. El personaje era afable y querido por todos, pero por su avanzada edad no debió de extrañarle a ningún lector que lo matara. Decidí que muriera ahogada en un río que es el telón de fondo del escenario. Su muerte es una intertextualidad de la de Ofelia en Hamlet. La situación contrastante y el contexto hacen que todo sea tragicómico.

¿A quién matas más fácil en tus libros? ¿A los buenos o a los malos? 
Hay personajes que tienen que morir. La trama lo pide a gritos. Sacando bien la cuenta he matado a un solo personaje malo. Una especie de esbirro a la paga de las autoridades de un pueblo de provincias en la Cuba colonial. Sucede en mi última novela Deja que se muera España, publicada por Tusquets en 2017. 

¿Cuál es la mejor descripción de muerte que has encontrado leyendo? Puede ser una escrita por vos.
Creo que la muerte de la madre en Adiós a mamá, de Reinaldo Arenas, es absolutamente genial. Pero claro, no se describe el estertor del personaje sino lo que sucede mientras los hijos velan al cadáver. Mientras agonizo de William Faulkner es casi de cita obligada, pues en ella el viaje con el cuerpo enfermo de Addie termina importándonos más que su agonía. Pero mi preferida es Muerte en Venecia, la noveleta de Thomas Mann, magistralmente recreada y hasta superada por Luchino Visconti en el cine. El personaje de Gustav von Aschenbach se deja morir de amor platónico por el joven Tadzio, cuando en realidad en la ciudad sucumben decenas de personas por una razón nada romántica: una terrible epidemia de cólera asiática.

¿Qué piensas del tiempo en que estamos viviendo? 
He oído decir a mucha gente que el planeta necesitaba un parón. Algo así como que la vida trepidante de hoy es la causa de este frenazo. Entonces me pregunto, ¿acaso no hubo pandemias terribles en épocas en que ni siquiera existía la industrialización? Creo que hoy en día todo está muy interrelacionado, que a pesar de creernos muy informados vivimos entre zonas de sombras y muchas incertidumbres, que no tiene razón el que más sabe sino el que más seguidores consigue en las redes virtuales, o sea, el más tonto, que la brecha es cada vez más penosa entre quienes tienen demasiado y quienes no tienen nada, que bastaría una pequeña chispa para vernos arrastrados por una escalada sin retroceso. No sé si la gente terminará por cobrar conciencia de la frivolidad de muchos de nuestros gobernantes, de en manos de quién estamos, y de la manera en que vamos de un extremo a otro en medio de una cacofonía nunca antes vista, pues cualquier energúmeno puede erigirse en voz de grandes mayorías. Esta pandemia es el resultado de todo esto y de la incapacidad del ser humano para reconocer sus enormes limitaciones y lo mucho que le queda por aprender.

¿Cómo te llevas con la soledad?
La soledad no me molesta. Debe ser que nunca he vivido solo. En todo caso, las veces que he estado solo nunca me alcanza el tiempo para todo lo que quisiera hacer.

¿Cuáles son las diferencias más angustiantes entre la soledad del escritor, que seguro has vivido, con la soledad autoimpuesta o impuesta por esta pandemia?
La soledad del escritor consiste en aislarse para poder escribir. Como nací y crecí en un país bullicioso, en el que conseguir el silencio era casi imposible, debo haber desarrollado cierta capacidad para hacer abstracción de los ruidos que pudieran molestar a otros en el momento de escribir. En cuanto a esta pandemia, que estoy pasando en mi residencia secundaria, en Niza, nunca había sentido tanta paz. Es la primera vez que en el sitio en que vivo, en el corazón mismo de la ciudad, se puede dormir tranquilo. Primera vez también que no se oye el ruido constante de los autos, de los grupos de turistas que como manadas andan por las calles a todas horas, chillando como si fuesen cavernícolas. Si no fuera por los muchos que han muerto o padecido de una forma u otra por este virus, me atrevería a decir que este receso ha sido una bendición. Lo difícil va a ser el regreso a eso que se llama “normalidad” y que, visto ahora desde este remanso de paz, desde el cantar de los pájaros en pleno centro de la ciudad, se me antoja era una “anormalidad”.

¿Estás escribiendo? 
Varias cosillas. Mantengo siempre los artículos para la prensa y la investigación de los temas que me interesan. Y he comenzado a escribir en francés un libro que me divierte mucho, en el que, por cierto, hay unas viñetas que ocurren en Argentina.

¿Qué lees ahora?
La course à l’abîme (algo así en español como “La carrera hacia el abismo”), una novela del escritor francés Dominique Fernandez (sin acento) sobre la vida tumultuosa de ese artista extraordinario que fue Caravaggio. Me la dedicó hace tres años durante una cena en París, y como es voluminosa, siempre pensaba que no tendría suficiente tiempo para empezarla.

¿Piensas en lo que harás cuando se vuelva a la vida normal?
Lo de siempre. Tratar de quedarme en casa para protegerme de la vida normal. Y si no, levantar el vuelo. En mi vida, desde que escapé de Cuba, he estado casi siempre en casa trabajando o viajando sin parar. Pero deambular por la ciudad donde resido (París o Niza) nunca me ha interesado. Me aburre mucho pasearme por los sitios donde vivo.

¿Cómo ves el futuro? 
Ni te cuento. Asómate a la prensa o a las redes y verás. De verdad me da mucha pena con los que hoy son adolescentes y con aquellos que están por nacer. Creo que los que ya empezamos a ser mayorcitos debemos sentirnos felices de haber vivido lo que probablemente ha sido, con sus altas y bajas por supuesto, una de las pocas épocas luminosas de la historia de la humanidad. Al menos desde este lado del mundo.

William Navarrete (1968) es un novelista, periodista, ensayista, poeta y crítico de arte cubano naturalizado francés. Licenciado en Historia del Arte de la Universidad de La Habana y en Civilización Hispanoamericana de la Universidad de La Sorbona, París IV. Autor de una veintena de títulos en francés y español entre novelas, poesía, relatos y ensayos, entre los que figuran, Vidalina, Edad de miedo al frío y otros poemasLa gema de Cubagua. Sus dos últimas novelas publicadas por Tusquets son: Fugas y Deja que se muera España. Ha sido traducido a varios idiomas. Vive entre París y Niza.

“Comencé a escribir desde muy chica y en mis textos catárticos me suicidaba”.

Silvia Plager

Silvia Plager. Revista Be Cult. Be Cult

¿Te dio (te da) miedo escribir sobre la muerte?
No me da miedo porque está implícita en la vida y en varias de mis últimas novelas, La rabina, Las mujeres ocultas de El Greco, Complacer, Pequeña Viena en Shanghái, tuve que trabajar mucho el tema de la muerte. Incluso me he peleado conmigo misma por condenar a seres ficticios que se me habían metido en la carne. Suele suceder que no estaba en el proyecto original de la novela que tal o cual se suicidara o fuera asesinado o muriera de modo natural pero la trama fue imponiéndose a mi voluntad y no me quedó otro remedio que bajarle el dedo. Hubo una época en la que estaba cantado el final de la historia, ya que la heroína que transgredía la ley -Ana Karenina, Madame Bovary- debía pagar con su vida el supuesto error de haber desafiado las reglas de una sociedad machista y patriarcal. 

¿Cuándo fue la primera vez que decidiste escribir sobre ella? ¿Recuerdas cómo te preparaste?
No hubo preparación, ya que comencé a escribir desde muy chica y en mis textos catárticos me suicidaba. Por supuesto que esos textos y poemas no vieron la luz. Pertenezco a una generación que se formó con la lectura de las grandes tragedias, ¿qué otra cosa son las obras de Dostoievski, Tolstói, Gogol, Maupassant, Faulkner, Chéjov, Simone de Beauvoir, Marguerite Yourcenar?, por citar a unos pocos y no abrumar con una lista de enciclopedia. Lo que sí recuerdo es que me enojé con Louisa May Alcott por haber dejado que muriera Beth, la menor de las hermanas, en Mujercitas. Tengo tres hermanas, por aquel entonces yo tendría unos nueve años y la más pequeña de las cuatro era asmática. Imaginen mi horror, al ver calcada una representación familiar que asociaba con la mía. Felizmente el tiempo pasó y esa muerte de novela que yo había calificado de cruel y gratuita dejó de hacerme daño.

Mi primera novela, Amigas, salió editada en 1982 por Galerna. Habría querido editar mis cuentos, ya que practicaba ese género desde antes de incursionar en una estructura mayor, pero había mandado Amigas a un concurso organizado por el diario El Día, de La Plata -editorial Corregidor- y aquel galardón hizo que Galerna le diera prioridad a la novela.

¿A quién matas más fácil en tus libros? ¿A los buenos o a los malos?
Sin dudar, a los malos. En el inconsciente mas de una vez pienso que desearía matar a Fulano o a Mengano sin hacer distinción entre mujeres y varones. Es bíblico: “El que a hierro mata, a hierro muere”. Odio a los dictadores, a los violadores, a los asesinos, no les encuentro atenuantes salvo que estén defendiendo a sus familias de un ataque de otro delincuente. La vida es el bien máximo y nadie tiene derecho a quitártela o arruinártela.

Volviendo a la ficción -lo más parecido a la realidad que conozco- me dejo guiar por el devenir de los acontecimientos y los personajes, no soy una francotiradora que desde lo alto disparo mi arma sobre el objetivo. Pero es sabido que la vida y la muerte atacan por sorpresa, y a veces me sorprendo a mí misma diciéndome que ha llegado el momento de llevar a mi protagonista o a un personaje menor hacia un destino trágico que ni yo misma habría sospechado veinte páginas atrás.

¿Cuál es la mejor descripción de muerte que has encontrado leyendo?
Hace tiempo respondí en una entrevista que soy una lectora promiscua, por lo tanto debería dedicarle varias semanas a esta respuesta. Desde que de niña aprendí que leer era una pasión y que nada me apartaría de los libros, vengo llenando estantes de bibliotecas como el tío Patilludo acumulaba riqueza. Y cito esa historieta porque cuando caía en mis manos infantiles la revista, quería hacer desaparecer a ese ser deleznable que se encerraba en la contemplación de su poder sin atender las necesidades de sus semejantes. Me vino a la cabeza esa imagen porque promediando la primaria leía lo que tuviera a mano, así fuera Billiken, Papaíto piernas largas, mis amados Julio Verne, Jack London, Dickens y otras obras que no eran para mi edad como Cuerpos y almas, Cumbres Borrascosas, Una hoja en la tormenta, Gran Hotel, La guerra y la paz… Ya en la secundaria, ganaba unos pesos ayudando a vecinitos a hacer las tareas escolares y, en cuanto pude reunir cierto dinero, decidí comprar en cuotas la colección completa de los Premios Nobel de la editorial Aguilar y más adelante los clásicos de la narrativa y la dramaturgia. Pero eso no evitaba que le pidiera prestado a una compañera de clase, El diario de una princesa rusa o una novelita de amor en las que hombres de ojos verdes cautivan a damiselas tímidas que se transforman en tigresas. 

Para encontrar esas excelsas líneas sobre la muerte debería recurrir también a mis poetas, quién sino Baudelaire podría haber escrito “te amo como un coro de gusanos a un cadáver”. Por lo tanto, a fuerza de sinceridad y pereza, tomaré un párrafo de Pequeña Viena en Shanghái, la última novela de mi producción, que transcurre en Shanghái durante la segunda guerra mundial.

“ Jonas se acuclilla para asistir a una mujer cuyas piernas quedaron debajo de una viga. Cuando obligado por sus rodillas, no habituadas a esa especie de descanso asiático, se levanta, es derribado por el borde de un alero y, ante los hombres que bregan por levantar la viga, se desploma.
– Está muerto -murmura el primero en aproximarse-, y se cubre la boca como queriendo borrar sus palabras. ¿A quién avisar?, se preguntan, con la necesidad que tienen de médicos y justo cuando el doctor estaba prestando ayuda… ¿Así premia Dios a los hombres rectos? Quizás su mujer y su hija estén entre las víctimas fatales o deambulen perdidas, desmemoriadas, entre las ruinas. Dentro de cada uno, el terror a la muerte. ¿Cómo estar seguros de que los aviones no regresarán? Pero no queda otra alternativa que continuar el salvataje.
– La mujer de las piernas apresadas no cesa de pedir auxilio en polaco e invocar desde Shanghái a la madre que había quedado en Varsovia: “Oi Mame”  

¿Qué piensas del tiempo en que estamos viviendo?
Es un tiempo fuera del tiempo, como si se hubiera detenido en una fotografía y repitiéramos una y otra vez esa escena. No dramatizo, porque a veces esa imagen congelada es feliz pero a fuerza de repetirse me hace recordar a una vieja serie de televisión, Misión imposible, en la que la cinta que acaban de pasar sus héroes, en el final del episodio, se auto destruye.

Muchos hablan de una tercera guerra mundial, otros, de un renacer de la naturaleza que se venga con aguas limpias y una fauna feliz de los hombres, sus predadores. Esa última interpretación me fastidia porque me recuerda el medioevo cuando culpaban a los judíos de las pestes y armaban una caza de brujas. Tampoco creo en el castigo divino por nuestros pecados. Hubo cólera, fiebre amarilla y una enorme cantidad de pestes, sin entrar a analizar que los conquistadores españoles diezmaron a los pobladores de las tierras conquistadas más con sus enfermedades que con sus armas.

Lo que puedo decir desde mí misma, es que estoy asustada por el Covid 19 pero no deprimida, que trabajo todo el día como nunca, limpieza, lectura, escritura, películas, música y la necesidad de estar conectada durante horas para ver las caras y oír las voces de mis seres queridos. Para colmo, pertenezco a la llamada “población de riesgo” y experimento las sensaciones que tan bien describe Bioy Casares en su Diario de la guerra del cerdo. Lo que más lamento es perder el contacto físico con los más pequeños de la familia ya que experimentan cambios constantes que me estoy perdiendo. Me angustia no saber cuándo se acaba esta amenaza de contagiarse y morir. He sido de ir a leer a los cafés, a caminar, a hacer gimnasia, en mi pequeño departamento añoro la casa con jardín en la que viví durante cuarenta y cinco años. Pero me consuelo con el balcón y su vista magnífica desde el piso nueve. Me cuestiono si vale la pena continuar con la novela que había comenzado antes de la pandemia ya que el futuro es hoy más incierto que nunca. Voy a cerrar con unos versos de Rainer María Rilke: “Yo que he sido pan, migaja que en el suelo endurece”.

¿Epitafio preferido?
Ninguno. Me parecería un gesto de soberbia. La muerte decidió, que se ocupe ella de escribirlo.

Silvia Plager Nació en Buenos Aires. Ha publicado 25  libros en importantes editoriales. Los últimos, bajo el sello Penguin Random House: “Malvinas, la ilusión y la pérdida” (en coautoría con Elsa Fraga Vidal) Boleros que matan, thriller seleccionado para competir por el Premio del Lector de la Feria del Libro 2012; La rabina, finalista Premio Planeta, reeditado por Sudamericana, Las mujeres ocultas del Greco, segunda edición Sudamericana. Complacer, octubre 2016, Sudamericana, Ed. De Bolsillo, 2017. Pequeña Viena en Shanghái, novela, Plaza & Janes, 2019.  Obtuvo numerosos premios. Colabora con medios literarios. Coordina talleres literarios. Varios de sus textos han sido incluidos en antologías publicadas en Argentina y en el extranjero.  

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