Siete escenas reales
1
Un adolescente invita a sus padres a sentarse a la mesa. Tiene que decirles algo. El rostro de los progenitores delata el terror ante el inminente anuncio. Después de algunos titubeos, el hijo confiesa: “Me inscribí en Bellas Artes”. El terror parental trueca en desazón. ¿Qué hicimos mal? Y de inmediato, la pregunta de rigor, la que se viene repitiendo generación tras generación, en cada hogar, idéntica a sí misma: pero ¿de qué vas a trabajar? ¿De qué vas a vivir?
La escena puede ocurrir, por supuesto, con otras carreras. Recuerdo que cuando les anuncié a mis padres la decisión de estudiar filosofía –luego de invertir cuatro largos años en Ingeniería en Sistemas– uno de ellos quiso saber, muy afligido, por qué elegía “esa carrera del fracaso”. A tres décadas de distancia pienso que, sin quererlo, había dado en la tecla. Los temerarios que se lanzan a carreras humanísticas obtienen un privilegio único: elegir el propio fracaso.
Los valores pequeñoburgueses –para darles un nombre– están estrechamente relacionados con la utilidad, el esfuerzo y la acumulación de ganancias. En ese marco, la práctica artística aparece como una desviación de los ideales básicos de clase: la casa, el auto, las vacaciones. Quien elija el arte o las humanidades como forma de vida será percibido como la oveja negra, la mancha familiar, el raro, la rara. A menos que nazca en el seno de una familia con estirpe intelectual (Borges: “El acontecimiento capital de mi vida fue la biblioteca de mi padre), en cuyas bases late el mandato de transitar la misma senda. Para ejemplificar los matices, vale el inicio de Teorema, de Pier Paolo Pasolini: “Se trata de una familia pequeñoburguesa: pequeñoburguesa en el sentido ideológico, no en el sentido económico”.
Es verdad que la creciente precariedad económica ha desatado una crisis de expectativas y ha vuelto inaccesibles muchos de los bienes con los que se construían los sueños de clase. Sin embargo, estoy seguro de que todavía persiste el aroma de ese añejo imaginario pequeñoburgués
2
En un evento social alguien revela su condición de artista: toca el piano, dirige películas, escribe novelas, pinta cuadros, es poeta. La primera reacción de los interlocutores será admirativa: qué lindo, qué hermoso, qué interesante. Y acto seguido, alguno de los presentes comenzará a sentir un nudo en la garganta que le recordará aquel talento pasado (una vocación artística) que se fue debilitando, con el correr del tiempo, hasta convertirse en un vapor, en una vaga nostalgia.
Todos nacemos con una predisposición, sea cual fuere, artística, matemática, deportiva. Algo que nos apasiona, que nos obliga a desentendernos del mundo. No escuchamos a nadie. Nada importa más que eso. El resto de la humanidad nos tilda de irresponsables. Irrespetuosos. “¡Todo el día leyendo!”, “¡todo el día pintando!”, “¡Hacé algo!”. Nos consagramos –no podemos evitarlo– a una tarea que tiene más de obsesión que de oficio.
Las causas por las cuales una persona renuncia al llamado de la vocación son múltiples. Por supuesto, muchas veces la “vida misma” se encarga de obturar el camino: obligaciones familiares o económicas, pero en la mayoría de los casos somos nosotros, movidos por nuestra decisión o indecisión, los encargados de cerrar la puerta y tirar la llave.
Una diferencia respecto del deporte es que, en general, los padres ven en ese talento una posibilidad de salvación económica. Por eso lo estimulan con una intensidad que, paradójicamente, favorece el abandono de la actividad.
Aunque parezca paradójico, creo que es más arduo dedicarle la vida a ese llamado que hundirse en el pantano de la queja. Si alguien elige el intrincado camino de su pasión, las excusas se diluyen: si falla, falla él; si no era tan talentoso como pensaba, no hay otro a quien endilgarle el fracaso. Precisamente, esto podría explicar la fascinación del común de los mortales por los artistas: menos por el hecho de ser un gran pintor o un eximio poeta que por haber apostado a vivir según su deseo (Freud describió la estructura neurótica “de los que fracasan al triunfar”. Lacan radicalizaría esa intuición: lo verdaderamente temido no era el fracaso, era el éxito).
Cambiando de perspectiva, la vocación puede pensarse también como una llamada que no proviene de atrás, ni nace con nosotros, sino que se construye mediante el hábito, la voluntad y el azar, y sólo retrospectivamente advertimos que habíamos terminado por ofrendar la vida a lo que amábamos sin saber.
3
En Una novela rusa, Emmanuel Carrère narra la compleja situación que atraviesa con su nueva novia, quien lo acusa de haber recibido todos los privilegios de nacer en una familia acomodada (la madre fue una de las intelectuales más influyentes de Francia), gracias a los cuales pudo elegir la profesión que se le antojaba y vivir al ritmo que le apetecía. Frente a la acusación, el escritor saca a relucir su mirada clasista y cuenta que la mayoría de los amigos “se dedican a actividades artísticas”. Y si, por ejemplo, él es amigo del director de la editorial, su novia lo es de la recepcionista, que trabaja porque tiene que comer, sin haber elegido ese trabajo.
El episodio Carrère exhibe una división social entre aquellos que deben someterse a la implacable ley de la necesidad y los que deciden, sin demasiadas coacciones, cómo emplear su tiempo. ¿No sería esta una definición de libertad?, pero ¿de qué depende esa libertad? ¿Del arte o de la clase? ¿Cuántas personas con altísimos ingresos cuentan los días como migajas? ¿Cuántos artistas tienen serias dificultades a la hora de pagar el alquiler?
4
¿Es el artista un trabajador? Nadie discutiría que el artista trabaja, transforma materiales, produce una obra, aunque su labor desborda los criterios de productividad. En las Jornadas de Crítica de 1996, Gumier Maier cuestionaba la condición laboral del artista en la ponencia “Abajo el trabajo”, que cerraba con estas palabras: “Goce, emoción, belleza son términos devaluados. Una operación de clausura verborrágica sobre lo indecible del arte. Porque el arte, como la vida, no es un problema –y menos aún un trabajo–. Es un misterio”.
5
El nuevo escenario tecnológico nos obliga a introducir un elemento que pocos años atrás no tomábamos en cuenta en la relación entre arte y trabajo: la inteligencia artificial que, según voces autorizadas, tendrá un impacto dramático en el mercado laboral. Los supermercados no necesitarán cajeros, los bancos no necesitarán empleados, los coches no necesitarán conductores, y así se irán perdiendo bolsones de empleos hasta que un día nos levantemos de la cama sin nada mejor que hacer que mirarnos las caras. Ahora bien, si en lugar de ocuparnos de los trabajos repetitivos, que prescinden de la imaginación, pensamos en el arte frente a la IA, surge otra pregunta. ¿Podría ella, con su reservorio de pasado y su combinatoria, generar la contingencia propia del arte? El arte propicia lo inesperado; es, como decía Borges, la inminencia de una revelación que nunca se produce. ¿Será capaz la IA –esa potencia impotente– de provocar alguna clase de inminencia? ¿Y si en un futuro no tan lejano, cuando el capital prescinda definitivamente de las personas, los únicos trabajos que sobrevivan son los que incluyen una cuota de imprevisibilidad?
6
En una entrevista de 1972, Alfred Hitchcock es consultado acerca de cómo puede vivir tantas vidas –director de cine, productor, presentador de tv, editor, etc.–. Con una sonrisa campechana y satisfecha, responde: “Siempre tenés sábados y domingos”.
Le preguntan a Federico Fellini adónde va de vacaciones. El director de Amarcord confiesa, con esa ironía típica de la lengua del Dante, que nunca se va de vacaciones, que la idea de tomarse unas vacaciones le es completamente extraña, ni siquiera entiende qué quiere decir porque él está siempre de vacaciones. Como hace el trabajo que le gusta, cuando trabaja es el momento de mayor goce, entonces, ¿cuál sería la necesidad de descanso?
En Razones Intensas, compilación de entrevistas realizadas por Graciela Speranza, Edward Said se confiesa: “No tengo un plan. Simplemente no me tomo vacaciones, trabajo todo el tiempo y sobre todo, me gusta lo que hago. Tengo la oportunidad de ocuparme de lo que me interesa y la aprovecho”.
Los tres casos demuestran que nuestro modo de ganarnos la vida es ambiguo. Todo el tiempo trabajamos y todo el tiempo estamos de vacaciones; miramos una película y estamos trabajando; salimos a pasear y estamos trabajando; tomamos una cerveza y estamos trabajando; dicho de otra manera, en nuestro rubro el ocio coincide con el negocio. Semejante ambigüedad provoca una serie de anomalías. ¿Cuál es el valor de nuestro trabajo si trabajamos todo el santo día? ¿Cuál, si nos la pasamos de vacaciones? ¿Quién nos explota?
Alfred Hitchcock
7
Según una anécdota muy difundida, probablemente falsa, y por tanto más valiosa, todas las noches, antes de acostarse, el poeta francés Saint-Pol-Roux, colgaba en la puerta de su habitación un cartel que decía: «No molestar. Poeta trabajando.» La pregunta insiste, ¿qué clase de trabajo realiza el artista? No solamente un trabajo alienado. El arte escapa al imperio de la utilidad y aparece como un espacio en el que el tiempo dedicado a producir la mercancía –ya de por sí misteriosa según Marx, cuyo espectro se paseó por todas las escenas– tiene otro valor y el producto final no participa de manera plena del intercambio capitalista.
En 1871, Arthur Rimbaud le escribe, en medio de los agitados días de la Comuna de París, a su antiguo profesor de retórica: «Seré un trabajador: esa es la idea que me sostiene, cuando las furias me empujan hacia la batalla de París –¡donde tantos trabajadores siguen muriendo mientras les escribo!– Trabajar ahora, jamás, jamás; estoy en huelga». Una huelga extraña la del artista, que trabaja interrumpiendo la lógica del trabajo, produciendo otro valor, un valor invaluable, que quizá no se percibe si no estamos dispuestos a hacer el esfuerzo. Un valor que puede cambiarnos la vida.