En casa ya no hay papel de diario

Sonia Santoro

Por Sonia Santoro*

En casa ya no hay papel de diario, ahora hay bolsas de Rappi.

Necesito papel para poner en el fondo del tacho de basura o para prender un asado. Eso que hasta hace unos años estaba muy a mano se volvió un objeto en extinción.

Hace unas semanas bajamos una caja de la baulera y aparecieron algunas revistas XXIII. Mi hijo mayor las miró con entusiasmo. Ahora andan dando vuelta por el comedor y nadie se anima a hacer otra cosa con ellas más que acariciarlas, ojearlas, dejarlas y convivir con su presencia que remite a recuerdos.

Recuerdo que de chica me compraban la revista Anteojito, no la Billiken, esa se la compraban a mis primas.

Recuerdo que en casa de la infancia siempre había todo tipo de revistas y me fascinaba pasar horas mirándolas aunque estuvieran rotas, o le faltaran partes, para buscar la figurita o las letras que nos pedían en la escuela.

Recuerdo que, desde que murió mi padre, el diario era un invitado cada domingo.

Recuerdo que hasta muy poco antes de morir, mi madre compró el Clarín, recortó las recetas de Blanca Cotta y coleccionó los suplementos de turismo.

Recuerdo comprar el diario cuando empecé a ir a la facultad, esta vez Página/12; leerlo en el tren o el colectivo mientras viajaba a clases.

Recuerdo haber comprado La Maga, y que ahí encontré el primer taller literario al que asistí.

Recuerdo cuando me sentaba en un bar y lo primero que hacía era buscar el diario o esperar que alguien terminara de leerlo para hacer el repaso de los títulos del día.

Recuerdo que leyendo obituarios me enteré de la muerte de mi primer profesor de taller.

Recuerdo los domingos en que ya en mi propia casa compraba no uno sino tres diarios y los desplegaba con sus suplementos y sus revistas que me alegraban la mañana.

Recuerdo cuando hacíamos avioncitos para mis hijos y cuando enrollaba el diario para educar a mi perra.

Recuerdo que los diarios llegaban a la puerta de mi casa. En esa época también los compraba martes y viernes.

Recuerdo que en un momento ese despliegue me pareció demasiado y pasé a comprar uno solo los domingos.

Recuerdo que en un momento dejé de hacerlo aunque no me gustaba encender la computadora para leer noticias. Tal vez empecé a leer menos diarios y revistas.

Recuerdo que empecé a comprar la revista Ñ los sábados y que me tiraba en el sillón después de comer para leerla y dormirme con las hojas en la cara.

Recuerdo que en la pandemia dejé de comprarla.

Recuerdo mi enojo al ver las primeras notas online que contradecían toda regla de buen periodismo con títulos que no informaban, solo buscaban el click.

Recuerdo que por esos días empecé a comprar virtualmente.

Recuerdo que me resistí al Uber y afines porque no me daba confianza y además por una cuestión ideológica.

Recuerdo que en un momento ya no extrañé el diario en papel.

Recuerdo que cuando mis hijos tuvieron edad de salir a la noche les pedí que tomaran taxi y después tal vez Uber porque era más barato.

Recuerdo que me pasó lo mismo con Rappi. Ver a los pibes en bicicleta o amontonados esperando un pedido de gente cómoda en su casa, alimentaba mi resistencia.

Recuerdo cuando los Rappi eran un sector aislado del mundo laboral especialmente precarizado.

Recuerdo que mis hijos empezaron a pedir por Rappi porque era tan barato que no valía la pena salir de casa. Recuerdo haberme indignado con ellos.

Recuerdo que empezaron a llegarme ofertas irresistibles de Rappi en mi teléfono.

Recuerdo que las ignoré.

Recuerdo que un día no dudé en comer el helado que mis hijos pidieron a través de la aplicación.

Recuerdo la aparición de notas en los portales producidas industrialmente por IA sin personalidad ni gracia.

Recuerdo cuando la precarización en los diarios dejó de ser sorpresa.

Recuerdo cuando Rappi y Uber se convirtieron en trabajos rápidos para despedidos y también segundos o terceros trabajos para empleados/as.

Recuerdo, cuando hace tan poco y ya tan atrás en el tiempo noticioso, leí que un docente que en su tiempo libre manejaba un Uber fue asesinado en ese trabajo por un policía que de civil robaba. Recuerdo haberlo leído en redes sociales.

Disculpen, hoy me levanté pesimista, es que se me rompió un vaso y no tengo con qué envolverlo para tirarlo a la basura. Es que en casa ya no hay papel de diario, hay papel de Rappi y, ustedes saben, no es lo mismo.

* Sonia Santoro (Buenos Aires, 1973) es Licenciada en Comunicación y Magíster en Estudios y Políticas de Género.
Es autora de las novelas Ahora creemos en esas cosas (2026), Y un día me convertí en esa madre que aborrecía (2010); de la novela juvenil Mariposas de río (2021), seleccionada por Ibby México entre las mejores del año; y de las la novelas infantiles Penélope recorre el mundo (2017), ganadora la convocatoria internacional de la Editorial Edebé de México, y Nadie tiene que saberlo (2022).
Como periodista, publicó los libros Periodismo con G. (2016) y Cocina Sagrada (2006).
Escribe artículos de autor, especialmente para el diario Página/12.
Foto: Santiago Cichero

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