Nacida en Irán en 1984 y radicada en Sídney (Australia) desde 2009, Nasim Nasr se ha consolidado como una de las voces más potentes y singulares del arte contemporáneo actual. Su práctica artística, desarrollada con mayor profundidad tras obtener su Maestría en Artes Visuales por la University of South Australia en 2011, se sitúa en la intersección de la identidad personal, la memoria histórica, la textura de la sensibilidad y la transitoriedad cultural.
Por Valeria Sol Groisman
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El trabajo de Nasr es una búsqueda constante de equilibrio; una simetría intelectual que intenta armonizar la brecha entre Oriente y Occidente: sus dos mundos. A través de una lente que captura tanto el diálogo intercultural como la perspectiva histórica, su obra utiliza la fotografía, el video, la performance y los objetos 3D para señalar las sutiles pero profundas diferencias culturales que ha experimentado en sus dos patrias: la de origen (Oriente) y la de adopción (Occidente). En su concepción de lo que significa el arte, no hay separación entre obra y artista. Su dolor es un dolor visceral y a la vez simbólico, y es el dolor de todas las mujeres iraníes que escaparon, como ella, o que siguen intentando salvarse de un régimen que las oprime y las niega.
Conocí a Nasim durante una fellowship impulsada por Salzburg Global en abril del año pasado. Éramos cuarenta personas del mundo entero que trabajamos en el ámbito del arte y la comunicación. Con la consigna de pensar las narrativas del futuro, convivimos a lo largo de una semana en el Schloss Leopoldskron, el famoso castillo donde se rodó La novicia rebelde hace ya 61 años.
El mismo día de nuestro recibimiento, los organizadores nos invitaron a recorrer las instalaciones mientras nos contaban la historia del lugar, enclavado en un lago rodeado de montañas, y con una historia que incluía un corazón enterrado en los jardines, persecuciones durante el nazismo y el origen del famoso Festival de Salzburgo. En algún momento de la tarde, nos detuvimos en una sala cuyas paredes estaban repletas de obras tan valiosas como antiquísimas: eso nos dijeron, porque no pudimos verlas. Estaban cubiertas por velos negros.
Resulta que en 2021, durante un programa sobre justicia racial, un grupo de fellows reclamó que se cubrieran los retratos históricos del Gran Salón (principalmente de la familia Firmian, fundadores del palacio). Argumentaban que la presencia constante de esas figuras que ellos reconocían como “coloniales y aristocráticas blancas” creaba un entorno que silenciaba sus identidades y experiencias.
A mí me resultó, por lo menos, paradójico. Si el arte no puede incomodar, ¿entonces qué, quién?
Enseguida nos preguntaron qué opinábamos acerca de la decisión de cubrir las obras de arte, y fue Nasim la primera que pidió la palabra. Dijo que ella venía de un país en el cual las mujeres tenían la obligación de cubrirse con un velo y que encontrarse con una sala en la que se censuraban obras de arte de otra época según un criterio arbitrario le resultaba, como poco, discutible.
Miré a Nasr: se la veía ofuscada, angustiada, preocupada.
Nos habían convocado para pensar el futuro de las narrativas como camino a un mundo mejor, y, en cambio, nos enfrentábamos a cuatro paredes en las que se planteaba que el arte era sinónimo de ofensa y peligrosidad; por lo tanto, la censura era la mejor opción.
Cuando abandonamos esa sala, me acerqué a Nasr y conversamos un rato.
Éramos una artista iraní exiliada y una escritora judía con un mismo objetivo: romper con la idea de que lo que no concuerda con nuestras ideas debe desaparecer. La famosa cancelación. Si el arte no tiene la libertad de incomodar, ¿entonces qué? Si los artistas no pueden ejercer la libertad de crear, ¿entonces quiénes?
Una trayectoria de reconocimiento internacional
El impacto de la obra de Nasr ha sido validado en los escenarios más exigentes del mundo. Recientemente, su video Impulse (2023) fue Selección Oficial en el festival A Shaded View on Fashion Film en París y resultó premiado como Mejor Microcortometraje en el Adelaide Independent Film Festival. No es su primera distinción en la capital francesa: en 2018, su obra Women in Shadow II ya había sido galardonada en el décimo aniversario de los premios ASVOFF, celebrados en la Maison Jean Paul Gaultier.
Nasr ha sabido llevar su mensaje a espacios emblemáticos, desde la Trienal de Asia en el Asia Society Museum de Nueva York hasta la prestigiosa feria Photo London en 2023. En Australia, su presencia es habitual en certámenes de prestigio como el Bowness Photography Prize, donde obtuvo el premio del público, o los Fisher’s Ghost Art Awards, donde ha sido finalista de forma consecutiva en los últimos años.
El arte como documento y legado
La relevancia de Nasim Nasr no se mide solo en premios, sino en su capacidad para generar pensamiento crítico. Su obra ha sido analizada por académicos de renombre y forma parte de volúmenes fundamentales sobre el feminismo, el arte de performance y el «transorientalismo».
Hoy, sus piezas integran algunas de las colecciones más importantes del mundo, incluyendo la Art Gallery of NSW, el Powerhouse Museum, la Parliament House Art Collection en Canberra y colecciones privadas en Singapur y Europa. Leer a Nasr es, en definitiva, asomarse a una narrativa de pertenencia y ausencia, donde el arte se convierte en el lenguaje definitivo para entender quiénes somos cuando habitamos más de una cultura.
En un contexto cada vez más complejo, hoy con Medio Oriente en el ojo de la tormenta, Nasr conversó con Be Cult:
¿Cómo comenzó tu recorrido como artista?
Mi viaje como artista empezó en la escuela primaria, cuando mi maestra de arte se dio cuenta de que podía pintar y dibujar mejor que muchos de mis compañeros. Mi padre reconoció mi talento desde el principio y me alentó brindándome clases particulares, lienzos y pinturas en casa. Este apoyo me llevó a cursar estudios formales en la Universidad de Arte de Teherán, en Irán. Sin embargo, cuando quise bosquejar el cuerpo femenino y estudiar anatomía, descubrí rápidamente que esos temas estaban prohibidos bajo las estrictas reglas del régimen islámico. Ese fue un momento crucial para mí: encendió mi misión como artista: presionar y desafiar los límites. Seguí creando esos dibujos de forma clandestina en Teherán, plenamente consciente de los riesgos y, aun así, continué desafiando al sistema y creando.
¿Fue tu hogar uno con vuelo artístico?
No en el sentido tradicional. Aunque mi hogar era rico en historias, simbolismo y memoria cultural, era principalmente un hogar orientado a las ciencias. Mi padre era médico generalista y mi madre apoyaba su labor médica, por lo que el arte no era el foco. Sin embargo, había unas pocas pinturas al óleo tradicionales que mi padre había comprado que cuales influyeron silenciosamente en mi memoria visual y mis primeras fantasías.
¿Reconocés algún momento en el que sentiste por primera vez que eras una artista?
Sí. Sucedió durante mi tiempo en la Universidad de Arte de Teherán, cuando una exposición de mis dibujos de desnudos y semidesnudos femeninos fue cancelada y se prohibió su exhibición. Me di cuenta entonces de que mi trabajo tenía poder —podía desafiar al sistema— y que estaba en una misión más grande que yo misma. Mi padre me envió a Australia con un pasaje de ida por mi seguridad, para que pudiera seguir siendo artista en una sociedad libre.
Más tarde, tras mudarme a Australia en 2009, descubrí que ya no me sentía compelida a pintar cuerpos desnudos en una sociedad libre. Casi inconscientemente, mi medio cambió hacia el videoarte y la fotografía en Maslin Beach, una playa nudista histórica (y legal) en el sur de Australia, centrándome en historias de censura, control y voces silenciadas de mi pasado que me perseguían.
Mi primera serie fotográfica, Liberation, creada cuando aún era estudiante, fue adquirida por un coleccionista de arte japonés. Cuando me dieron la mano y dijeron: «Hemos invertido en una buena artista con un gran futuro», realmente me sentí reconocida como artista por primera vez. Desde entonces, he seguido usando mi propio cuerpo y mi voz como medios para decir verdades que a menudo son demasiado peligrosas para decir en voz alta. Ese momento me confirmó que el arte no es solo un acto de expresión, sino un acto de coraje, y que este es el camino y el propósito de mi vida.
¿Por qué te considerás una artista silenciada?
Me llamo a mí misma una artista silenciada porque provengo de un lugar donde la libertad de expresión no existe (Irán). Cualquiera que se atreva a hablar es vigilado de cerca y a menudo castigado. Como mujer, artista y voz disidente, había muchas cosas que no se me permitía decir o hacer en el Irán regido por las leyes islámicas.
En mi caso, pintar y dibujar mujeres desnudas como estudiante de arte en Irán estaba prohibido. Cuando desafié esta restricción, tuve que irme, con un pasaje de ida a Australia, como te comenté anteriormente. Ahora, experimento una forma diferente de silenciamiento en Occidente. Mi trabajo puede ser visto por comunidades islámicas que a menudo lo cuestionan y, como resultado, las plataformas tradicionales evitan presentarlo de la manera en que merece ser visto.
Incluso ahora, mi trabajo navega por los límites de lo que puede expresarse con seguridad, no solo bajo el régimen islámico, sino también dentro de las comunidades islámicas fuera de Irán. El arte contemporáneo es a menudo ambiguo y enigmático, abierto a la interpretación. Pero mi trabajo a veces es visto como una amenaza, a pesar de ser exhibido internacionalmente y recibir múltiples premios. Posee poder, pero permanece fuera de la corriente principal (mainstream).
¿De qué manera tu país de origen no te permite expresarte como artista? ¿Cómo funciona la censura allá? ¿Me darías ejemplos concretos?
La censura en mi país de nacimiento, Irán, es tanto abierta como insidiosa. Las artes visuales, las performances, las películas e incluso el contenido de las redes sociales están sujetos a un estricto escrutinio y supresión gubernamental. Los artistas que buscan la libertad de expresión son a menudo inhabilitados, encarcelados, castigados o incluso ejecutados, especialmente después de la muerte de Mahsa Amini (fue una mujer iraní de origen kurdo arrestada, torturada y asesinada por la policía islámica no usar el hiyab correctamente), que desató un poderoso levantamiento entre artistas, creativos y la generación más joven.
Hay muchos ejemplos. Toomaj Salehi, un rapero que lanzó canciones desafiando al régimen, fue encarcelado durante dos años y sometido a severos castigos físicos. Shervin Hajipour fue arrestado por su canción ‘Baraye’, un himno suave pero poderoso por la libertad. Shirin Neshat, una celebrada artista visual, vive en el exilio. Jafar Panahi, un renombrado cineasta, ha enfrentado repetidas prohibiciones, arrestos y censura a lo largo de su carrera.
Las obras de arte que tocan temas como el género, la libertad, la religión o la política son a menudo prohibidas, destruidas o llevan al exilio o encarcelamiento de los artistas involucrados. Personalmente, he visto a colegas artistas encarcelados, exposiciones canceladas y permisos revocados, solo por abordar temas tabú. Hay miles de historias así; honestamente, podría escribir un libro.
La censura es diferente en mi nuevo país de residencia, Australia: si el tema no está en la misma onda que el arte popular predominante, el sistema deja de lado al artista, ya sea de forma abierta o silenciosa, rechazando el financiamiento en premios de arte o descartando al artista para muestras curadas en instituciones. Estos artistas de repente ya no forman parte de las exposiciones curadas y se sienten marginados. Una forma muy «gentil» de rechazo, por cierto.
¿Alguna vez temiste por tu vida o la de tu familia?
El miedo ha sido —y a veces sigue siendo— un compañero constante. Crear arte que cuestiona la autoridad o resalta las injusticias sociales en Irán puede tener consecuencias graves, incluso letales. Este miedo no es solo personal; se extiende a nuestras familias, amigos y colaboradores. Muchos de nosotros cargamos con ese peso en silencio, pero seguimos creando. Creo en la perseverancia porque puede conducir a una conciencia global.
El régimen islámico en Irán a menudo intenta silenciar a los artistas en el exilio amenazando a sus familiares que se quedaron en el país. Es una técnica deliberada para infundir miedo y suprimir voces en el extranjero.
Después del movimiento «Mujer, Vida, Libertad», hablé abiertamente con los medios internacionales sobre el trato severo del régimen hacia las mujeres y las constantes violaciones de los derechos humanos básicos en Irán. Como resultado, atravesé desafíos serios y tuve que tomar medidas extensas para mantener a mis padres a salvo en Australia. Me aseguré de que nunca regresaran a Irán. Desafortunadamente, muchos artistas que alzan la voz han enfrentado situaciones similares, con sus familias tomadas como blanco simplemente por su coraje.
Realicé una performance polémica llamada Women in Shadow. La versión en video de la primera edición fue exhibida en una pequeña galería de Melbourne en 2012, la galería Walker Street, dirigida por David O’ Halloran, y la ventana de la galería fue destrozada durante la noche. Así que la amenaza está y ha estado en todas partes.
¿Por qué decidiste seguir haciendo lo tuyo sabiendo que corrés ciertos riesgos?
El silencio puede ser más peligroso que hablar. El arte tiene el poder de crear conciencia, solidaridad y cambio. Continúo porque no trabajar se sentiría como entregar mi voz y las voces de muchos otros que no pueden hablar en absoluto. No sé por qué sigo haciendo esto, a veces se siente fuera de control, pero muchas veces siento un impulso, un deseo ardiente, una voz interna que me empuja a no rendirme y a entregar la voz de los que no tienen voz en Irán.
¿Qué pensás del futuro de Irán dada la situación actual en Medio Oriente?
(la entrevista fue realizada durante la última semana de febrero) Si Estados Unidos e Israel apoyan una intervención militar, la gente dentro de Irán está decidida a derrocar al régimen islámico ocupante; después de presenciar la masacre más mortífera de nuestro tiempo, la gente está muy enojada. En este momento, están esencialmente con las manos vacías y no pueden tener éxito solos. La mayoría de la gente escribe y corea el nombre (Reza) Pahlaví dentro de Irán; nosotros hacemos eco de su voz a través de las redes sociales y en nuestras manifestaciones globales, creyendo que él podría liderar a Irán a través de un período de transición. Después de eso, creo que surgirá un nuevo Irán, una de las civilizaciones y naciones más creativas y largamente suprimidas. Será una civilización antigua respirando de nuevo, limpiándose de las reglas religiosas. Este proceso ya ha comenzado y lo presenciamos a diario. Será un momento asombroso para el mundo y el Medio Oriente: el renacimiento de Irán.
¿Cómo es tu vida ahora?
Desde que me mudé a Australia en 2009, vivo y trabajo en relativa seguridad, pero el impacto de la censura, el desplazamiento y el exilio continúa moldeando tanto mi vida como mi práctica artística. Mi obra explora temas de memoria, identidad, exilio y pertenencia, y da voz a mujeres y artistas que aún luchan por ser escuchados. Cargo con esta responsabilidad en cada proyecto que emprendo.
Al principio, mi práctica de arte contemporáneo no siempre fue comprendida por el público australiano. Pero con el tiempo, particularmente después del movimiento «Mujer, Vida, Libertad» en 2022, mi trabajo empezó a ganar más reconocimiento y resonancia. Ese momento de atención global ayudó a amplificar las voces de los artistas iraníes en el exilio y abrió nuevas puertas para el compromiso y el entendimiento.
Hoy, mi obra forma parte de importantes colecciones públicas, incluyendo el Powerhouse Museum en Sídney, la Parliament House Art Collection en Canberra, Art Bank y la Art Gallery of New South Wales en Sídney. Ha sido curada y exhibida tanto local como internacionalmente, incluyendo el TarraWarra Museum of Art (2014), Photo London (2023), los festivales de cine ASVOFF en París (2018–2023) y la Trienal de Asia inaugural en el Asia Society Museum de Nueva York (2020–2021).
Sin embargo, los últimos años han traído un desafío nuevo y preocupante. Desde el 7 de octubre de 2023, he observado que cuanto más apoyo abiertamente a los artistas y comunidades judías en Australia, más se me excluye: de las exposiciones, del apoyo institucional y de las oportunidades de financiación. Se siente como un tipo diferente de silenciamiento, uno que castiga la solidaridad y la claridad moral. Oponerse al odio en cualquier forma no debería tener un costo profesional, y sin embargo, eso es lo que estoy experimentando.
La guerra actual en Gaza ha proyectado una larga sombra sobre el mundo del arte. Los artistas que apoyan a la comunidad judía o tienen herencia judía están siendo marginados, ya sea de forma abierta o silenciosa. Esto es cada vez más evidente en el panorama artístico australiano. Como artista inmigrante en el exilio, me encuentro reflexionando profundamente sobre cuestiones de libertad artística, integridad e inclusión: principios que deberían ser universales, pero que se sienten cada vez más frágiles.
¿Trabajás de manera colaborativa con otros artistas silenciados?
La solidaridad entre artistas silenciados y desplazados es esencial para mi práctica. He colaborado con otros que comparten luchas similares, creando espacios —tanto físicos como conceptuales— donde podemos resistir juntos y apoyarnos mutuamente.
He entrevistado y publicado trabajos con Shirin Neshat para el Arts Matter Journal, participando en conversaciones que amplifican las experiencias de los artistas en el exilio. También participo en exposiciones colectivas y encuentros que reúnen voces que a menudo son dejadas de lado por las narrativas políticas dominantes.
Mi próxima exposición, que se inaugura el 18 de junio de 2025 en la Goldstone Gallery de Melbourne, presenta a artistas como Nina Sanadze, Xiao Lu y Badiucao; cada uno de ellos ha enfrentado censura o desplazamiento bajo regímenes como el PCCh en China o el estado ruso. Esta exposición es nuestro acto colectivo de resistencia y un contraataque; es la primera vez que exponemos juntos como voces disidentes, una respuesta unificada contra las presiones políticas tanto globales como locales.
También me conecté recientemente con la artista kuwaití Shurooq Amin en Salzburg Global. Su trabajo sobre la censura resonó profundamente conmigo y ahora estamos planeando colaborar en futuros proyectos. Ambas estamos contribuyendo al próximo libro global titulado In the Lion’s Mouth de Cleo Barnett, cuyo lanzamiento está previsto para 2026. Ese proyecto reúne a artistas que han resistido el silencio y la opresión, y me honra formar parte de él.
Si tuvieras que definir tu arte en una sola frase, ¿cuál sería?
Hacer arte salva mi alma, las heridas son testificadas y la verdad finalmente encuentra forma.