El rock ha muerto (y está bien que así sea)

Cada tanto, alguien sentencia: “el rock ha muerto”. La frase reaparece cíclicamente, como si necesitara ser revalidada por cada generación. A veces suena a lamento nostálgico; otras, a denuncia contra la industria o contra los gustos actuales; en ocasiones, incluso, a provocación deliberada. Pero quizás el problema no sea la muerte del rock, sino nuestra incomodidad frente a una verdad más amplia y menos romántica: ningún movimiento artístico está hecho para durar para siempre.

Por Juan Pablo Quiroga

El arte no es estático. Nunca lo fue. Se construye sobre tensiones, rupturas y reemplazos. Es un proceso en constante mutación, donde cada nueva forma dialoga – y a la vez discute – con las anteriores. Lo que hoy es vanguardia, mañana será tradición. Y lo que ayer fue rebelión, con el tiempo puede convertirse en museo, en canon, en objeto de contemplación más que de conflicto.

El rock, en su origen, no fue simplemente un género musical: fue un gesto. Una irrupción cultural que desordenó jerarquías, que cuestionó normas estéticas y sociales, que habilitó nuevas formas de decir y de habitar el mundo. Esa potencia inicial no residía únicamente en el sonido de una guitarra eléctrica, sino en lo que esa guitarra representaba: una forma de rebeldía.

En Argentina, ese gesto tuvo traducciones particularmente intensas. Durante las décadas del 70 y 80, en un contexto político atravesado por la censura, la violencia y el silencio impuesto, el rock se convirtió en un espacio de expresión alternativa. Bandas como Sui Generis, Pescado Rabioso, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Sumo no solo hacían música: construían lenguaje en contextos donde decir algo podía ser peligroso. Había, en esas canciones, una tensión entre lo dicho y lo insinuado, entre lo poético y lo político.

Más adelante, figuras como Soda Stereo o Charly García consolidaron una estética que lograba algo poco frecuente: combinar masividad con sofisticación artística. El rock argentino ya no era únicamente un refugio contracultural; también era industria, espectáculo, identidad nacional exportable. Se había ampliado su alcance, pero sin perder del todo su carga simbólica.

Sin embargo, uno de los momentos más potentes en términos de construcción de identidad popular llegó en los años 90 con el llamado “rock barrial”. En ese contexto, bandas como Los Piojos, La Renga, Callejeros y Viejas Locas construyeron una épica distinta: más cercana, más cotidiana, menos abstracta. El barrio, la esquina, los amigos, la cancha, el aguante. La narrativa ya no era solamente estética o política: era vivencial. Era una forma de pertenecer.

Ese movimiento logró algo difícil: convertirse en espejo de una generación. En un país atravesado por transformaciones económicas y sociales profundas, ese rock ofrecía una identidad reconocible, un nosotros. Pero incluso ese momento – tan potente, tan cargado de sentido – tenía fecha de caducidad. No porque fracasara, sino precisamente porque cumplió su función.

Ahí es donde aparece la incomodidad. Tendemos a pensar que aquello que nos marcó debería permanecer intacto, como si su valor dependiera de su permanencia. Como si el paso del tiempo fuese una amenaza en lugar de una condición necesaria. Sin embargo, la historia del arte muestra lo contrario: los movimientos que perduran sin transformarse dejan de ser movimientos y pasan a ser estilos. Y cuando eso sucede, pierden su capacidad de incomodar, de irrumpir, de generar conflicto.

El rock, en ese sentido, comenzó a institucionalizarse. Pasó de ser un lenguaje de ruptura a convertirse, en muchos casos, en un repertorio de fórmulas reconocibles. La rebeldía se volvió previsible. Y cuando la rebeldía es previsible, deja de ser rebeldía.

Hoy, gran parte de esa energía que el rock supo canalizar parece haberse desplazado hacia la música urbana. En Argentina, nombres como Duki, Wos o Nicki Nicole ocupan ese lugar de construcción identitaria que antes tenían las bandas de rock. No se trata solo de una diferencia sonora, sino de una diferencia en el modo de producir sentido.

Las plazas donde se improvisa freestyle, las batallas que se viralizan, las letras que hablan de precariedad, ambición, frustración o deseo de ascenso social cumplen hoy una función cultural muy similar a la que el rock tuvo en otras épocas. Hay ahí una búsqueda de voz propia, una necesidad de narrarse en primera persona frente a un entorno muchas veces hostil o ajeno.

Los códigos, claro, cambiaron. Ya no es la guitarra el símbolo central, sino la base digital; no es el bar o el under, sino la plaza o la plataforma; no es el disco como objeto físico, sino el algoritmo como mediador. Pero la necesidad sigue siendo la misma: decir algo propio, construir identidad, encontrar comunidad.

Y quizás ahí esté la clave para desarmar la idea de muerte. El espíritu del rock – entendido como impulso de ruptura, como gesto de apropiación cultural, como forma de incomodar – no desapareció. Migró. Se desplazó hacia otros lenguajes, hacia otras estéticas, hacia otros formatos.

Tal vez lo que ha muerto no sea el rock como actitud, sino el rock como centro. Como eje dominante de la cultura juvenil. Y eso no debería leerse como una derrota, sino como parte natural de un ciclo. Porque ningún lenguaje puede monopolizar indefinidamente la expresión de una época.

De hecho, si el rock alguna vez representó la irrupción de lo nuevo frente a lo establecido, lo más coherente – lo más fiel a su propio espíritu – es que eventualmente haya sido reemplazado por otra cosa. Aferrarse a su centralidad sería, paradójicamente, traicionar aquello que lo hizo relevante en primer lugar.

Aceptar que el rock ha muerto no implica negarlo ni desvalorizarlo. Implica, en todo caso, ubicarlo en perspectiva. Entenderlo como un capítulo fundamental de la historia cultural, pero no como su punto final. Porque el arte no avanza por acumulación estática, sino por desplazamientos.

Y en ese movimiento constante, cada generación encuentra su propia forma de hacer ruido.

Aceptar la muerte del rock es, en el fondo, aceptar que el arte, por suerte, sigue vivo.

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