Ese sábado 19 de diciembre me desperté pensando que esa noche iba a ver a Los Redondos. Había escuchado apenas Luzbelito y algún que otro tema. Cuando mis viejos trajeron el primer estéreo con compact disc a casa, yo me compré ese disco y mi hermana eligió Tercer Arco. Corría 1996 y ahí descubrí a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Por Juan Pablo Quiroga
La música la había mamado de mis viejos. En casa sonaban Serrat, Sabina, Charly, Spinetta. Pero el Indio era mío. No hubo nadie que me mostrara esa música. Más bien todo lo contrario. En casa escuchaba comentarios como “hablan de la droga”, “no se entiende lo que dicen” o “es el típico rock de España”. Nunca entendí qué significaba exactamente eso último.
Lo cierto es que en mi casa no se escuchaba a Los Redondos. De golpe me interesaron a mí. Yo militaba, sin demasiado activismo, pero iba a marchas, reuniones y actividades de distintos espacios de izquierda. Y siempre, al principio o al final, estaban Los Redondos sonando de fondo. Como una presencia permanente.
Recuerdo aquel 19 de diciembre. No esperaba nada y, al mismo tiempo, esperaba todo. Me estaba escapando de casa para irme a dos horas de distancia a escuchar una banda de la que conocía tres canciones. Una banda que convocaba a gente a la que yo admiraba, pero de la que en realidad no sabía casi nada. Tres temas, tres personas, tres conversaciones.
Ese recital me pegó fuerte. No entendía bien qué estaba pasando. No puedo decir que lo disfruté. Lo viví.
Y en algún lugar de esa noche sentí que estaba creciendo algo que ya no se iba a borrar jamás. Esa parte de mí que iba a ser ricotera para siempre.
La vida sigue y a veces te aleja de los momentos que más disfrutaste. Los Redondos pasaron a un segundo plano, como si fueran algo que iba a estar ahí para siempre. Yo empecé a enamorarme de otra banda: La Renga. Durante bastante tiempo dejé a Los Redondos de lado.
Hasta abril de 2000.
Ese recital me devolvió a aquel primer encuentro, pero ya nada era igual. Era cerca de casa, en un estadio enorme donde uno se pierde. Ya no había inocencia. Yo sabía perfectamente a dónde estaba yendo. Y eso cambió todo.
No pude disfrutarlo de la misma manera. Fui preocupado. Fui con expectativas. Fui creyendo que sabía lo que iba a pasar. Algo de la capacidad de asombro que había tenido en 1998 ya no estaba.
Por suerte, la historia no terminó ahí.
Todavía quedaban muchas experiencias. Y, probablemente, las mejores anécdotas de mi vida.
Era octubre. Estaba en San Telmo con dos amigas. Sonaba “Vencedores Vencidos” en un bar que parecía dispuesto a pasar la discografía completa de Los Redondos. Una de ellas dijo:
—Che, toca el Indio en Tandil. ¿Vamos?
La miré y respondí sin pensarlo:
—Vamos.
La otra, mucho más inocente, alguien que jamás había pisado un estadio y con quien todavía no tenía demasiada confianza, nos observó un poco desconcertada y dijo:
—Y sí, vamos.
Ahí arrancó todo.
Yo siempre pensé que aquella noche en Racing había sido mi experiencia ricotera definitiva. La mejor posible. Estaba equivocado.
Cuando uno se aleja de su casa para un recital, el viaje deja de ser solamente un viaje. Te lleva a escuchar música, claro, pero también a vivir algo distinto. Una experiencia que tiene tanto que ver con la convivencia como con las canciones.
Eso no se explica demasiado bien. Se vive. O se sobrevive, según las circunstancias.
Acampamos en un camping preparado para quinientas personas. Éramos más de quince mil.
Y sin embargo funcionaba.
Armamos la carpa y, al rato, aparecieron dos pibes pidiendo hielo. Les dimos. Diez minutos después volvieron con cuatro choripanes.
—Gracias por el hielo, chicos.
Nos sorprendió. Uno está acostumbrado a dar sin esperar nada a cambio. Pero ahí pasaba algo distinto. Ahí la devolución aparecía sola.
Dos días alcanzaron para entender que lo que existía en ese lugar era único. Un espacio que solamente podían comprender quienes estaban ahí. Eso que cualquier ricotero entiende cuando escucha que el rock es el otro.
Manejé hasta Tandil. Nos alojamos relativamente cerca. Media hora caminando hasta el predio. Charlamos con los vecinos. La ciudad tenía unos 125 mil habitantes y había recibido más de 200 mil personas.
Y nadie parecía molesto.
Al contrario. Muchos estaban contentos. Entendían que íbamos a disfrutar, pero también que dejábamos plata, que movíamos la ciudad, que durante unos días formábamos parte de ella.
Después llegó el recital.
Arrancó con “Jugo de Tomate Frío”, siguió con “Post-Crucifixión” y “Vamos las Bandas”. Tres canciones que alcanzaron para condensar todo lo que uno espera de un evento masivo y, al mismo tiempo, algo mucho más difícil de describir.
Saltamos, pogueamos, nos emborrachamos.
Y alrededor había de todo.
Pibes muy jóvenes. Madres y padres con sus hijos. Mujeres embarazadas. Personas mayores. Todos reunidos alrededor de una misma idea. El Indio. O Los Redondos. O las dos cosas al mismo tiempo.
Lo de Mendoza merece un capítulo aparte.
Hipotermia. Doce horas de micro para ir y otras tantas para volver. Policía montada. Situaciones que uno no espera encontrar en un recital del Indio.
Pero lo que más recuerdo no pasó arriba del escenario.
Un pibe bastante tomado caminaba detrás de otro que llevaba unos metros de ventaja.
—¡Rastaaa! —le gritó.
El otro siguió caminando.
—¡Rastaaa!
Finalmente se dio vuelta.
Entonces el muchacho levantó la mano, mostró algo que llevaba y le dijo:
—Se te cayó la billetera.
Nada más.
No había cámaras. No había redes sociales. No había intención de mostrarse como ejemplo de nada.
Y, sin embargo, ese momento resume mejor que cualquier discurso lo que significaba estar ahí.
Cofradía. Compañerismo. La sensación de que cualquiera podía ser el que pierde la billetera y cualquiera podía ser el que la devuelve.
Creo que, sin proponérselo, el Indio generó eso.
Una comunidad imperfecta, enorme y contradictoria, pero capaz de hacerte sentir que durante un rato todos compartían algo.
Porque al final, para muchos de nosotros, la experiencia ricotera nunca se trató solamente de la música.
Se trató de encontrarse con los otros.