El ojo que no se automatiza 

Claribel Terré Morell

Claribel Terré Morell

Valeria S. Groisman

Valeria Sol Groisman


La inteligencia artificial está cambiando la forma en que vivimos, pensamos, nos vinculamos, nos informamos, aprendemos y leemos. También comienza a transformar el significado de conceptos como ocio, trabajo, inteligencia (valga la redundancia), educación, escritura y literatura, entre otros. Ya no existe casi ningún ámbito de la actividad humana que permanezca inhabitado por estas máquinas capaces de crear contenido y resolver procesos a partir de lo que ya existe. O dicho de otro modo, a partir de la montaña de conocimiento que los humanos construimos durante siglos.  

Hace algunos días, Guido Indij, editor de La Marca, interZona y Factotum (Argentina), publicó un posteo en Instagram en el que debatía con Constanza Brunet, directora editorial de Marea (Argentina), acerca de la fricción entre la inteligencia artificial y la autoría. “Todo lo que consumimos está intervenido por la inteligencia artificial. Entonces, creo que el libro tiene que ser un refugio y un bastión de la inteligencia y hasta de los errores humanos”, decía Brunet.

Entusiasmados con la idea de continuar y expandir la conversación, los convocamos a ellos, además de a Juan Pablo Díaz Chorne, editor de Muñeca Infinita Editorial (España) y Corina Vanda Materazzi, editora de Enero (Argentina), para pensar juntos qué puede y qué no puede hacer la inteligencia artificial por un libro. 

Be Cult: ¿Usás IA en tu trabajo como editor/a? ¿Qué herramientas y para qué?

Constanza Brunet: Uso buscadores permanentemente para navegar internet y chequear datos que aparecen en los textos. Al trabajar sobre todo no ficción es imprescindible que los nombres estén bien escritos, los años sean precisos, etc. Para el trabajo de edición, corrección, diseño y pre-producción en general no los utilizamos. Consideramos que el trabajo con un texto es también un trabajo creativo, que va más allá de unificarlo normativamente. Es una interacción que requiere criterio, sensibilidad, gusto, rigurosidad, comprensión del tono, del género, del público al que se dirige. Todo eso es un trabajo humano que una máquina no puede reemplazar. 

Guido Indij: Uso ChatGPT, Claude, DeepSeek, Kimi, NotebookLM, Gemini. Los uso para muchas cosas, como complemento de lo que antes hacía con Chrome, y con Wikipedia. Para leer correos de manera resumida, para administrar el calendario, para hacer cálculos, para traducir y dar a mis correos, en otras lenguas, carácter más comercial o institucional, dependiendo el caso.

Juan Pablo Díaz Chorne: Uso la IA para alguna tarea básica, sobre todo para crear una primera redacción de algún texto a retrabajar, en general relacionado con el marketing editorial. La IA es sobre todo útil para textos algo vacíos que deben cumplir un formato, tipo subvenciones. También la usamos como apoyo de diseño pero siempre supervisada. Algunas veces para buscar información sobre algún libro.

Corina Vanda Materazzi: Sí, usamos herramientas de inteligencia artificial, pero de manera muy puntual y acotada. No las utilizamos para leer, evaluar o corregir manuscritos, ni para reemplazar el criterio editorial, sino para ordenar y procesar información vinculada con la circulación del catálogo.

En nuestro caso, la IA funciona como una herramienta de apoyo para organizar datos, sistematizar métricas, cruzar información de ventas, movimientos de títulos, circulación en librerías, comportamiento del catálogo y rendimiento de determinadas acciones de comunicación o distribución. A partir de ese ordenamiento, podemos construir estadísticas internas que nos permiten leer mejor algunos procesos y tomar decisiones más orientadas a nuestros objetivos.

Es decir, no usamos la IA para decidir qué publicar ni para evaluar el valor literario de una obra. Esa sigue siendo una tarea de lectura, criterio, experiencia y sensibilidad editorial. La usamos, más bien, para trabajar sobre información ya existente: ordenar datos, detectar tendencias dentro de nuestro propio catálogo y convertir esa información en insumos útiles para la gestión editorial.

En una editorial independiente, donde cada decisión tiene mucho peso, contar con datos mejor organizados puede ser una ventaja. Nos permite pensar con más claridad qué libros necesitan mayor acompañamiento, qué acciones funcionaron mejor, qué circuitos de circulación conviene fortalecer y cómo planificar de manera más precisa. Pero siempre como una herramienta instrumental, no como una instancia de decisión estética o literaria.

Be Cult: ¿Cambió en algo su forma de evaluar el potencial comercial de una obra, o siguen confiando puramente en el «olfato» editorial antes que en algoritmos predictivos de mercado?

Constanza Brunet: Siempre nos hemos basado en el «olfato», por llamarlo de alguna manera. Ese «olfato», que, en realidad, se compone de una historia de 22 años en los que se fue construyendo una línea editorial que hoy puede identificarse tanto desde lo estético, lo ideológico, como lo político. Nuestro modelo es el de la editorial que crea olas, en lugar de seguir las ondas del momento.

Guido Indij: No cambiamos nuestra forma de tomar decisiones. Nos equivocamos ahora, tanto como antes. A lo sumo podemos pedir alguna sinopsis generada por IA, que nos permita acceder a más contenidos en las mismas horas que destinamos a la lectura. Pero, sinceramente, es poco útil, porque tampoco nos importa tantísimo la trama como la literatura humana que la sostiene.

Juan Pablo Díaz Chorne:: No cambió gran cosa en ese aspecto, más allá de que no solo confíe en el olfato editorial. Creo que a la hora de valorar una obra uno debe intentar que el gusto propio solo sea una de las patas de la mesa de decisión.

Corina Vanda Materazzi: Cambió en el sentido de que hoy tenemos más herramientas para pensar el recorrido posible de una obra, pero no diría que la evaluación comercial pueda resolverse mediante algoritmos. En una editorial independiente, el potencial comercial no depende solamente de tendencias abstractas. Depende del catálogo, del momento de publicación, de la comunidad lectora, de las librerías, del trabajo de prensa, del diseño del objeto libro, de la conversación que una obra pueda activar y, también, de algo mucho menos cuantificable: la intensidad con que un texto interpela.

El “olfato” editorial sigue siendo central, aunque no lo entiendo como una intuición caprichosa. Se construye con años de lectura, conocimiento del catálogo propio, escucha del mercado, diálogo con libreros, periodistas, lectores y autores. No es lo contrario del análisis: es una forma compleja de evaluación que incluye variables sensibles, literarias y comerciales.

Publicar también es crear condiciones de lectura. Si una editorial independiente se guiara únicamente por predicciones de mercado, probablemente terminaría empobreciendo su catálogo y persiguiendo tendencias ajenas. Para nosotros, el desafío está en cruzar lectura, intuición, estrategia y sensibilidad comercial, sin convertir la literatura en una fórmula.

Be Cult: Ante la proliferación de contenidos autogenerados en las plataformas de autopublicación, ¿sentís que el rol del editor como filtro de calidad se volvió más crucial o que está perdiendo terreno frente a los algoritmos de recomendación?

Constanza Brunet: Vivimos un momento en el que la barrera de ingreso para publicar, para escribir, para promocionar, gracias a las tecnologías, vive su momento más bajo de la historia de la escritura. En ese contexto, el rol del editor me parece que crece en importancia para el lector. La escritura tiene un nivel de dificultad que es lo que la hace interesante, en ese esfuerzo, se ponen en marcha mecanismos del cerebro, de la memoria, de la sensibilidad -es decir de la creatividad en síntesis- que finalmente logran producir un texto original, nuevo, sintonizado con los tiempos en el que vive el autor o autora. Hoy vivimos rodeados en nuestra vida cotidiana de textos estandarizados, creados por IA, creo que quien se acerca a un libro curado por una editorial, debe saber que ese material es un producto intelectual y creativo original, creado por una persona con una historia, con una inscripción nacional y social, con contradicciones. 

Juan Pablo Díaz Chorne: Los contenidos autogenerados no creo que sean el principal peligro, tampoco los algoritmos de recomendación. De hecho, abren nuevas posibilidades. Me preocupa más la creciente irrelevancia del papel de prescriptor del editor, crítico o librero. Sin ser ingenuo, y sabiendo que siempre el marketing ocupó un lugar destacado en determinados espacios, me preocupa este doble movimiento de sobreproducción de contenido y que cada vez importe menos el contenido mismo, lo que hay entre las páginas, y más todo lo extraliterario: autor, presencia en redes, eventos, el tema, la viralidad, etc. Está por verse qué efecto tiene la IA en todo esto, pero desde luego parece que hará que la cosa se acelere todavía más.

Corina Vanda Materazzi: Creo que las dos cosas suceden al mismo tiempo. Por un lado, los algoritmos de recomendación tienen una enorme capacidad de circulación: ordenan lo visible, empujan ciertos títulos, premian determinadas lógicas de consumo y vuelven más accesibles muchos contenidos que antes quizás no encontraban lectores. En ese sentido, es evidente que disputan un lugar que antes estaba ocupado por mediadores tradicionales: editores, críticos, libreros, suplementos culturales.

Pero justamente por eso el rol del editor se vuelve más crucial. Cuando todo puede publicarse, cuando la cantidad de contenidos crece de manera desmesurada y cuando muchas obras empiezan a parecerse entre sí porque responden a fórmulas de rendimiento, la curaduría editorial gana valor. El editor no es solo un filtro de calidad en el sentido de decir “esto sí” o “esto no”. Es alguien que acompaña una obra para que alcance su mejor forma posible. Lee lo que el texto es, pero también lo que podría llegar a ser.

La diferencia entre un algoritmo y un editor es que el algoritmo recomienda en función de comportamientos: qué se leyó, qué se compró, qué se clickeó, qué se parece a otra cosa que ya funcionó. El editor, en cambio, puede apostar por una incomodidad, por una voz rara, por una obra que todavía no sabe cómo encontrar su lugar, pero tiene una potencia evidente. Puede detectar una promesa literaria donde todavía hay desorden. Puede trabajar con el autor, intervenir, conversar, ajustar, cuidar una voz, pensar un libro como objeto y no solo como contenido.

En ese contexto, el editor no debería pensarse como una figura nostálgica que resiste la tecnología, sino como un mediador todavía más necesario. Su tarea es construir sentido en medio de la saturación. Frente a la velocidad de los contenidos autogenerados, la edición propone otra temporalidad: la lectura atenta, el trabajo sobre la forma, la responsabilidad sobre lo que se publica y la construcción de un catálogo con identidad.

No creo que los algoritmos vuelvan innecesario al editor. Creo que vuelven más evidente la diferencia entre publicar contenido y editar literatura. Ahí hay una distancia enorme. Y en esa distancia todavía hay mucho trabajo para hacer.

Costanaza Brunet

Costanza Brunet

Guido Indij

Guido Indij

Juan Pablo Díaz Chorne

Juan Pablo Díaz Chorne

Corina Vanda Materazzi

Corina Vanda Materazzi

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