Didion y la escritura como refugio

Estoy casi segura de que la literatura no salva pero sí alivia.

Valeria S. Groisman

Por Valeria Sol Groisman

Era sábado por la mañana y leía en la cama Echar raíces, de Simone Weil. Un texto pesado, en el buen sentido, y que me generaba disfrute. A veces es difícil identificar por qué un libro o una obra de arte o una película nos hacen sentir bien a pesar de lo tremendo de su significado o de lo dramático de la historia que se narra. Los sentimientos están o no están. No se imponen a la fuerza, no se sobreactúan, no se inventan. Quizás lo que me daba placer era la escritura, la delicada selección de las palabras, el ritmo. No sé. 

Cerré el libro porque mis hijas andaban correteando cerca y hacían demasiado ruido. Preparé los bolsos y nos subimos al auto. Íbamos a pasar el fin de semana en las afueras de la ciudad. Mi marido había corrido en la cinta eléctrica y estaba de buen humor. 

Subimos a la autopista y mi hija mayor pidió permiso para poner música. En ese momento le gustaba la cumbia pop, así que no nos quedó otra que escuchar Loquita y Noche loca y Todo comenzó bailando. En el asiento de atrás pintaba clima de boliche y a mí, de repente, se me nublaron los ojos. No lloraba, pero me caían lágrimas. No estaba triste, pero me caían lágrimas. 

Media hora después, mi marido, que manejaba, me miró e hizo un gesto frente al que reaccioné como si me estuviera haciendo una broma. Su cuerpo comenzó a sacudirse y entonces me di cuenta de que me estaba pidiendo ayuda. Si hoy tuviera que repetir la secuencia que me llevó a salvar su vida no estoy segura de ser capaz de lograrlo. Apagué el motor del auto. Le quité el pie del acelerador. Mis hijas lloraban. No entendían nada. Me bajé del auto. Con señas, frené al vehículo que venía de frente. Grité: “Un médico, se está muriendo”. Abrí la puerta de su lado. Recliné su asiento. Intenté reanimarlo. En ese momento recuerdo que pensé en las lágrimas. Era esto, me dije. Apareció un médico. Me hizo a un costado. Bajé a las nenas del auto. Un hombre se acercó con tres botellitas de agua. Apareció una mujer. Me dijo que se quedaría con las nenas, que no me preocupara. Las tres se sentaron en el pasto, al costado de la calle. Llamé a mi mamá, que es médica y estaba en un congreso en el exterior. Le dije: “Mi marido se está muriendo”. 

(Dije su nombre, no dije “mi marido”, pero en este texto prefiero no nombrarlo. ¿O lo preferiría él? No sé. Últimamente el “no sé” me tira bastante). 

El médico me dijo que mi marido ya estaba consciente y que pronto llegaría la ambulancia. Le pregunté qué le había pasado. Me dijo, también él: “No sé”.

(Mi marido se salvó, y no de milagro). 

Confieso que, a pesar de que lo tengo en mi biblioteca hace años, sigo sin poder leer El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Apenas lo abro lo vuelvo a cerrar. No leerlo es casi una cábala. 

El pensamiento mágico no es lo mío. Todo lo contrario. Me declaro judía, pero en un sentido vinculado con la tradición, con la cultura, con la historia de mi familia. No creo en la existencia de un dios (de hecho, lo escribo en minúscula). Sí confío en la ciencia, en la evidencia, en lo empírico, en los datos. Por eso, aunque no encuentro explicación para las lágrimas de aquella mañana y mi primer impulso fue relacionarlas con el quiebre en la salud de mi marido, la hipótesis de alguna suerte de premonición me acerca más a la incredulidad que a la creencia ciega.  

No leí El año del pensamiento mágico, pero sí me animé a Apuntes para John, un volumen que forma parte del tríptico que se completa con Noches azules, donde narra la muerte de su hija Quintana, que ocurrió pocos años después de la de su marido.

En Apuntes, Didion le cuenta a su marido, John Gregory Dunne, casi de manera textual y en una especie de diario escrito en segunda persona, el contenido de las sesiones con su psiquiatra, el doctor Mckinnon, durante años. Hay unos pocos temas que van y vienen entre conversación y conversación: el alcoholismo de Quintana, la relación entre ellas, la adopción (su hija era adoptada), el peso de la familia de origen, el difícil equilibrio entre cuidar y confiar (cuando se es madre), el trabajo deseado versus el trabajo que paga las cuentas, la tendencia a vivir en alerta constante y el miedo a la muerte (más a la ajena que a la propia). 

McKinnon le dice: “Usted creció, por la razón que sea, esperando que sucediera lo peor”. Didion se lo cuenta a su marido, reflexiona sobre ello, pero no puede evitarlo: su ansiedad le juega en contra. El año del pensamiento mágico y Noches azules son una suerte de justificación de esos años de alarma constante.  

Leer a Didion es duro, pero, al mismo tiempo, resulta placentero. Didion no pierde elegancia. Pareciera que ni las peores circunstancias la arrastran hacia un descuido en su estilo meticuloso, delicado, obsesivo. La escritura es esa cosa en su vida que permanece inalterada, protegida frente a las circunstancias de la vida. Pienso en la escritura como un  refugio donde todo lo que pasa entra y, sin embargo, no arruina el andar de la palabra.

Estoy casi segura de que la literatura no salva pero sí alivia. 

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