Por Valeria Sol Groisman
Mientras leía Donde el agua trabaja, el último libro de David Antonio Silva Rojas (Ica, Perú), que llegará a las librerías argentinas en septiembre, algo del clima narrativo —¿las frases cortas, el léxico, el ritmo, el registro ominoso? ¿todo eso junto?— me transportó al universo de Juan Rulfo, específicamente a Comala, aquel pueblo ficticio donde transcurre Pedro Páramo. Sin siquiera notarlo al principio, leía a Silva Rojas como si estuviera leyendo también al mexicano. Por eso me sorprendí al enterarme de que cuando recibió la noticia de que había ganado el I Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat (con un jurado de lujo integrado por Cristina Rivera Galarza, Mónica Ojeda y Selva Almada), el mismo Silva Rojas estaba releyendo El Llano en llamas, del mismo autor.
Puede que la casualidad no exista y solo sea un sesgo cognitivo más, pero después está la sincronicidad, ese fenómeno que conecta tiempos, lugares y personas con el hilo invisible de lo que tenemos en común. Eso me vino a la cabeza: ¿Y si escribimos para que lo propio y lo ajeno encuentren su cauce en el mismo río?
Días después del anuncio del premio, Be Cult conversó con Silva Rojas, que es abogado, autor de La limpieza y se dedica a la investigación sociocriminológica y al análisis de las formas contemporáneas de la vulnerabilidad, el trabajo y la justicia social.
VSG: ¿Cuál fue el detonante de la historia que narrás en Donde el agua trabaja?
DASR: El detonante fue una frase que escuché mientras trabajaba en una investigación sobre trata de personas para el Ministerio de Justicia del Perú. En ese contexto, una trabajadora agrícola llegó para recibir asesoría jurídica por un tema distinto y, mientras conversábamos, comenzó a contarme cómo era su vida en los campos. En medio de esa conversación me dijo una frase que permaneció conmigo durante mucho tiempo: “Aquí pasan muchas cosas que nadie cuenta”. A partir de ahí empecé a acercarme a ese mundo. Visité los paraderos donde, antes del amanecer, cientos de personas esperan los buses que las llevan a distintos fundos. Escuché sus historias, traté de ganarme su confianza y comprendí que había aspectos de esas experiencias que un informe o un artículo académico podían explicar, pero no necesariamente mostrar. La novela nació cuando entendí que necesitaba acercarme a la dimensión humana de esas vidas.
VSG: Al comienzo del libro la narradora está pendiente de no olvidarse su peine. ¿Por qué ese objeto?
DASR: No pienso esos objetos como símbolos con un significado único. Me interesan los gestos cotidianos, esas pequeñas acciones que las personas realizan casi sin darse cuenta cuando atraviesan un momento importante. Creo que cada lector puede encontrar ahí una lectura distinta, y prefiero que ese espacio permanezca abierto antes que fijar una interpretación.
VSG: Las oraciones cortas marcan una especie de ritmo de aliento rápido, de respiración agitada. ¿Fue intencional? ¿Estás de acuerdo con la idea de que el clima que genera la escritura puede funcionar como metáfora?
DASR: Sí, fue una decisión consciente. Busqué que la forma acompañara la experiencia de la protagonista. No quería una voz que analizara constantemente lo que vivía, sino una que avanzara casi al mismo ritmo que su cuerpo. Me interesa pensar que el ritmo también cuenta una historia. En ese sentido, la forma nunca es un adorno: participa de la experiencia narrativa.
VSG: El agua y su sonido aparecen como instancias ominosas que alteran la tranquilidad y representan aquello de lo que no se habla. ¿De qué susurros buscabas hablar al escribir?
DASR: Me interesa mucho esa lectura, aunque prefiero no decir qué representa exactamente un elemento de la novela. El título nació de una imagen muy concreta que encontré en Ica: en los lugares de donde provienen muchas de las mujeres del libro el agua corre libre por los ríos; en los fundos parecía trabajar junto con las personas, siguiendo un recorrido y una tarea. A partir de esa imagen cada lector puede construir sus propias asociaciones, y creo que esa libertad forma parte de la experiencia literaria.
VSG: ¿Hay algo de autobiográfico en la descripción detallada del dolor, del agotamiento, de la desesperanza? El trabajo y el cuerpo son una díada indivisible en el libro: el trabajo como imposición y el cuerpo como carga.
DASR: No es una novela autobiográfica. Hay, por supuesto, experiencias personales que terminan influyendo en la manera en que uno observa el mundo, pero el dolor físico y emocional que aparece en la novela nace sobre todo de la escucha, de la investigación y de muchas conversaciones con personas que vivieron ese trabajo. Mi responsabilidad como escritor fue intentar acercarme a esa experiencia con respeto y sin apropiarme de ella.
VSG: ¿Creés que la literatura posee la potencialidad de cambiar la realidad social?
DASR: No sé si una novela puede cambiar por sí sola una realidad. Lo que sí creo es que puede cambiar la manera en que miramos a otras personas. A veces eso ya es mucho. La literatura tiene la capacidad de devolverles rostro, voz y complejidad a quienes suelen aparecer reducidos a cifras o titulares. Ese cambio en la mirada quizá no transforme el mundo de inmediato, pero sí transforma la conversación que tenemos sobre él.
VSG: «El pasado se me desarma en la cabeza», dice la narradora, como buscando explicar de qué manera el trabajo pesado puede hasta desintegrar tu propia identidad. Cuando te leía pensaba en la hiperconexión como un equivalente a esa forma de esclavitud simulada. ¿Qué pensás?
DASR: Me parece una lectura muy interesante. Creo que cada época encuentra formas distintas de desgaste y de pérdida de sí mismo. La novela habla de un contexto muy específico, pero entiendo que los lectores establezcan puentes con otras experiencias contemporáneas. Esa es una de las cosas que más me interesan de la literatura: una historia concreta puede dialogar con realidades muy diferentes sin necesidad de explicarlas todas.
VSG: ¿Encontrás conexiones entre tu yo como lector y tu yo como escritor?
DASR: Creo que escribo impulsado por las mismas razones por las que leo: para intentar comprender mejor a las personas. Como lector admiro los libros que confían en la inteligencia del lector, que no apresuran las explicaciones y que permiten que el silencio también forme parte del relato. Con los años entendí que esa también era la forma en la que debía escribir.
VSG: ¿Qué leías cuando te enteraste de que habías ganado el premio?
DASR: Estaba releyendo El Llano en llamas, de Juan Rulfo. Recuerdo que estaba justo al comienzo de «¡Diles que no me maten!», un cuento que siempre me ha impresionado. En ese preciso momento recibí la llamada. Fue una coincidencia muy extraña. Por un instante sentí que estaba haciendo algo indebido, como si no correspondiera interrumpir una lectura así con una llamada que venía a cambiar tantas cosas. Después me reí de esa sensación, pero con el tiempo he pensado que los libros tienen esa capacidad de acompañarnos y quedar asociados para siempre a algunos de los momentos más importantes de nuestra vida.
_________________________
Quién es David Antonio
Silva Roja
Abogado por la Universidad Tecnológica del Perú, especializado en Derecho Penal y Constitucional, e investigador académico. Vivió desde temprana edad en Toyohashi, Japón, donde cursó estudios en la Nanbu Chūgakkō y trabajó posteriormente en la corporación Toyota. Obtuvo el primer lugar en el certamen literario Novo Mundo, organizado por la Municipalidad de Toyohashi, con el relato en portugués O rastro da canela. Su formación como narrador se consolidó en los programas de aprendizaje permanente (Shōgaigakushū) de Gamagōri, donde cursó Lectura y Escritura de Escenarios Literarios, y en los talleres de guion del NHK Bunka Center. De esa experiencia incorporó una concepción narrativa influida por principios estéticos japoneses como el Ma (el valor expresivo del vacío, el silencio y el intervalo), la economía verbal del haiku y una construcción dramática donde el sentido suele revelarse a través de lo que permanece fuera de escena. Esa búsqueda privilegia la observación minuciosa, los gestos cotidianos y la contención emocional como formas de intensidad narrativa. Ha trabajado en la Dirección Distrital de Defensa Pública y Acceso a la Justicia de Ica del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos del Perú. En 2026 obtuvo una mención honrosa en el XXIX Concurso de Novela Corta «Julio Ramón Ribeyro», organizado por el Banco Central de Reserva del Perú, con la novela La limpieza.