Colección Helft: Los compré también para ustedes, vívanlas!

Eugenia Viña

Eugenia Viña

 

Toda colección es una forma de autobiografía compuesta a través de fragmentos del mundo. Se diferencia del museo, cuyo patrimonio es público y de las galerías de arte como espacios comerciales privados.  En el caso de la Colección Helft, se entrecruzan todos estos universos, generando una frontera cultural que revolucionó el universo de las artes visuales a partir de la década del setenta y que sigue constituyendo un refugio que se abre como un testimonio vivo de la época. La colección es también la anatomía de una obsesión:  una búsqueda en las vanguardias argentinas donde el cuerpo aparece como campo de fuerza, como territorio de tensión, de una belleza violenta, exquisitamente disruptiva.

Hay historias donde el vínculo con el arte circula como legado. Un modo de mirar que se transmite como una sensibilidad: la cultura como linaje, como filiación. En el caso de la Colección Jorge y Marion Helft, ese gesto comienza en la trama familiar de ambos, donde el contacto con las obras, los artistas y las ideas formaba parte de la vida cotidiana y social. Tanto en la familia de Jorge Helft como en la de Marion Eppinger, las casas eran hogares que se habitaban como galerías. No sólo por la presencia de obras – antigüedades, pinturas, esculturas- sino también por una concepción de la potencia de la belleza y la cultura como un continuum de la vida cotidiana. El padre de Jorge, Jacques Helft, era un famoso coleccionista francés y la madre de Marion, Margit Eppinger Weisz, fue una gran artista húngara que entre otras particularidades históricas registró en carbonilla el juicio de 1945 a los jerarcas nazis.

Sus casas, espacios domésticos, se volvían territorios de experiencia donde la división entre lo social y lo personal, lo familiar y lo cultural, formaban parte de una misma vivencia.

En ese contexto se conformó una mirada colectiva (Helft- Eppinger) que se reveló como la de un equipo familiar visionario capaz de reconocer valor donde otros no lo veían, de sostener elecciones a contracorriente, de escuchar lo que una obra tiene para decir antes de que el consenso la legitime.

Su colección no responde a una lógica de acumulación sino a una intuición precisa, capaz de reconocer valor antes de su legitimación en los circuitos oficiales. Con un agregado que lo torna aún más especial: la comunidad amorosa que conformaron con los artistas a los que les compraban obra. La pareja resultó un dúo de talentosos visionarios que detectaron un vacío en las prácticas culturales de la Argentina y valientes aventureros que encontraron  artistas escondidos  en espacios donde todavía nadie miraba.

On Giving Life,
Ana Mendieta - 1975 - Collection, LLC
Los saltimbanquis
Alberto Heredia - De la serie "Los tronos", 1984 - Alambre tejido, tela, yeso, madera, esmalte sintético, mimbre, sandalias de plástico, máscaras de cerámica y cuerina
El coronel
Antonio Berni - 1964. Óleo, metal, cartón y papel sobre madera
Sin Título
Niki de Saint Phalle 1980 - Resina poliéster, acrílico y esmalte sintético - Foundation/Adagp, París
Mr. Músculo
Jorge de la Vega -1967 - Acrílico y tela sobre tela

Escenario argentino de la época

Ninguna mirada se construye en el vacío. La escena argentina de los años sesenta, setenta y ochenta fue un territorio de enorme vitalidad y transformación: del impulso experimental del Di Tella a las redes del arte conceptual, de la efervescencia democrática al under de San Telmo. En ese entramado, el arte contemporáneo comenzaba a dejar de ser periférico para inscribirse en una conversación más amplia.

Es allí donde la figura del coleccionista se desplaza. Ya no se trata solo de adquirir obras, sino de gestionar cultura: abrir espacios, sostener artistas, producir condiciones para que el arte circule. La Fundación San Telmo, creada en 1980 y la posterior instalación de la colección en ese barrio en 1992, no sólo respondieron a una elección personal, sino a una intervención concreta en el mapa cultural de la ciudad. Cruzar la avenida Rivadavia era para muchos ingresar a tierras desconocidas y temerarias. El sur resultaba extranjero para las familias de clase media alta. Esa fue otra frontera que Jorge y Marion se animaron a cruzar.

La colección se fue transformando en un organismo vivo y singular que no fija el pasado, sino que reactiva sus efectos de forma permanente. No sólo protege y conserva, sino que produce sentido. Cada obra mantiene su personalidad, pero al reunirse con otras construye una red de relaciones, tensiones y resonancias.

Esa red no es abstracta: se organiza en núcleos precisos que permiten leer la colección como un recorrido. Uno de sus ejes es la figuración crítica argentina, donde la representación del cuerpo se vuelve un campo de conflicto y expresión: de Antonio Berni a Jorge de la Vega, de Luis Felipe Noé a Juan Carlos Distéfano, aparece una insistencia en lo humano atravesado por la violencia, lo social y lo existencial.

El Narciso de Mataderos de Pablo Suarez, construido con cartapesta, masilla epoxi, acrílico, pelo sintético, tela encolada, maderas, esmaltes, espejos y yeso. La fuerza monumental de Jorge de la Vega en Danza de montaña y Homenaje a Tom y Jerry, donde la libertad conceptual se une a la técnica: el óleo convive con plástico, metal y grafito en 1964.  Juanito Laguna, que gracias a ellos pasa de vivir entre desechos industriales a coquetas paredes e inclusive hoy en el Museum of Fine Arts de Houston. Clorindo Testa, con su osadía lúdica (Anotador sobre el tema de Caperucita, de 1980), la brutalidad compleja y fálica de Alberto Heredia en obras como Los Saltimbanquis y Lengua, el caos imantado de Luis Felipe Noé, por nombrar solo algunos de los cientos de obras de artistas presentes en la colección.

A ese núcleo se suman las poéticas neo-dadá, el pop lunfardo y el conceptualismo, donde el objeto deja de ser estable y la obra se desplaza hacia la idea, la acción o el proceso. Artistas como Víctor Grippo, Edgardo Antonio Vigo o León Ferrari dialogan aquí con figuras internacionales como Marcel Duchamp o Ben Vautier, trazando un puente entre la escena local y las vanguardias globales.  No faltó la perspectiva de género, que alojó a artistas mujeres increíblemente  pioneras y disruptivas como Aída Carballo.

La colección también incorpora con fuerza las experiencias experimentales de los años sesenta, vinculadas a espacios como el Di Tella o el CAyC, donde el arte se abre a lo performático, lo efímero y lo interdisciplinario. En esa línea se inscriben prácticas como las de Marta Minujín y Delia Cancela, que disuelven los límites entre arte y vida.

Otro aspecto central es el interés por la materialidad y la escultura, visible en obras de Líbero Badíi, Alberto Heredia, Enio Iommi o Clorindo Testa, donde lo orgánico, lo precario y lo ensamblado adquieren una densidad simbólica particular.

A nivel internacional, la colección amplía su campo con artistas que expanden la noción misma de obra: Louise Bourgeois, Ana Mendieta o Sophie Calle introducen el cuerpo, la memoria y la experiencia como territorios fundamentales del arte contemporáneo.

Más que una acumulación, la colección se construye en profundidad: sigue trayectorias, reúne series, acompaña procesos. Las obras no aparecen como piezas aisladas, sino como parte de una trama que hace visible tanto la evolución de cada artista como los cruces entre contextos. En ese sentido, la curaduría de la colección – y de la actual exposición a cargo de Jimena Ferreiro- resulta increíblemente actual. Los grandes museos contemporáneos no siguen una línea cronológica sino semántica articulando la hermandad de sentidos. La colección no resulta una reunión de obras sino que es el resultado de una pareja de pioneros que supieron escuchar lo que las obras vibran en silencio y trazaron constelaciones entre ellas, construyendo  un acervo que no solo reunió figuras centrales del arte argentino, sino que también estableció puentes con la escena internacional. Esa doble dirección —hacia adentro y hacia afuera— fue clave (y lo sigue siendo) para ampliar los horizontes de circulación y lectura del arte local.

Al mismo tiempo, hubo en esa práctica una voluntad sostenida de democratización de la cultura. En un contexto donde el acceso al arte contemporáneo era limitado, la colección funcionó como un espacio de encuentro, estudio y formación para artistas, curadores y públicos nómades.

Como toda colección viva, la de Helft no se cierra sobre el pasado, sino que sigue siendo un eslabón central para comprender y conectar con el arte contemporáneo argentino.  La memoria es una práctica cultural extemporánea, no un museo muerto de datos e información. La experiencia estética se renueva en la exposición homenaje que actualmente se realiza en W—galería,  en el mismo lugar del barrio de San Telmo donde Jorge y Marion construyeron el espacio de arte para alojar su colección, al cumplirse el primer aniversario de la muerte de su fundador Jorge Helf. Mueren los organismos, pero no sus espíritus. En este caso, a través del maravilloso cuerpo de obra a través de la cual seguimos escuchando algo que dijo el mismo Helft hace varios años cuando le preguntaron por el sentido de su colección: “las compré también para ustedes, vívanlas”.

ARGENTINA

Colección Jorge y Marion Helft
W—galería:  Defensa 1369, CABA
Curaduría: Jimena Ferreiro
De martes a sábados, de 12:00 a 18:00 hs. Entrada libre y gratuita. Hasta el 13 de junio de 2026.

Foto de portada:  «El manto final» (1994), de Pablo Suárez

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